Los problemas de Sindo
Pacheco (Cabaiguán, 1956) empezaron cuando de muy niño quiso ser narrador. Como
no podía buscar orientación al respecto con los Tigres, sus compañeros en el
equipo de pelota, que inmediatamente lo habrían expulsado de la pandilla por blandito,
decidió consultar al espejo familiar. La respuesta que recibió aparece falseada
en la novela Retrato de los Tigres:[1]
—Deja
esa mierda, Pirolo. Eso no sirve. ¿Has visto algún escritor con dinero?
No
lo habíamos visto. Ni sin dinero tampoco. En nuestro pueblo no había
escritores. Ni falta que hacía. No tendrían de qué escribir. Aquí nunca pasa
nada. Se cumplen todos los planes. Todo el mundo trabaja o estudia, hasta
nosotros. Y de nosotros no podemos escribir. Ni siquiera eso de que no podemos
escribir (130-131).
Y entonces comprendió que necesitaba aprender algunas
trampas. Allá, en su natal Cabaiguán, esperaba a que los entierros llegaran
hasta el Puente de los Buenos, y en cuanto el despedidor del duelo comenzaba a
tirar los pecados del difunto al río, dejándolo más limpio que bolsillo de
pobre, Sindo se echaba al agua para recogerlos, no importa si eran errores veniales
o crímenes espantosos, y alojarlos en algún rinconcito sensible de su memoria.
A esa precoz capacidad para la trampa y el
escamoteo debemos la dimensión humana que asombra en la obra narrativa del
Sindo Pacheco maduro y, particularmente, en la novela Retrato de los Tigres, una tragicómica radiografía de los
conflictos que dinamitaron la vida social cubana entre 1959 y 1980; esto es, la
niñez, adolescencia y juventud de una generación que no hizo la revolución pero
sí fue el primer conejillo de Indias de ese experimento social.
Retrato de
los Tigres
posee un tono arrollador, asentado sobre el habla popular cubana, que le
permite fundir tiempos, espacios y mentalidades, jugar con una intertextualidad
muy vasta, auténtica por su coherencia con el mundo narrado, y aunque su realismo
no desdeña la nota testimonial, prefiere la reelaboración íntima del tiempo
histórico. Es un tono narrativo cercano al cuento, género que el autor domina a
la perfección, y si se sostiene a lo largo de toda la novela, se debe a que
cada capítulo funciona como una unidad de asunto, a lo que se agrega un notable
sentido del límite y una capacidad para el equilibrio y la renovación de los
motivos que hace de Sindo Pacheco uno de los narradores más hábiles de su
generación. Vean si no:
No
podemos estar bien de la cabeza, ni de los pies tampoco, doctor. Nos ponemos
las botas rusas al revés, y parecemos muñecones de carnaval caminando con las
piernas abiertas; pero a veces, doctor, nos las ponemos al revés, pero no la
izquierda en la derecha ni la derecha en la izquierda como debían ser unas
botas al revés, doctor, sino que las acordonamos y todo con el tacón para
alante, y el teniente nos tiene mala voluntad porque cuando dice de frente,
march, empezamos a marchar para atrás, y la compañía completa a reírse y se
resquebraja la disciplina, usted sabe cómo es el asunto ese de la disciplina,
pero eso tampoco es todo, doctor, a veces nos ponemos una bota para alante y la
otra para atrás, y no hacemos más que dar vueltas en el mismo sitio, doctor,
cada pierna persiguiendo la otra, haciendo círculos sobre la hierba, círculos
concéntricos y excéntricos, éticos peléticos pilimpimpéticos […] No queremos
ser soldados, doctor, esa es la verdad, Nicolás Guillén, no sé por qué piensas
tú, soldado que te odio yo, si somos la misma cosa, vea que sí, Nicolás, somos
la misma cosa, somos civiles, es lo mismo, la misma cosa, tú, yo… (120-121)
Discurso original y al mismo tiempo bien articulado
con el de otros narradores cubanos nacidos en los años cincuenta (en especial
con los registros del novelista tunero Guillermo Vidal), teje una narración
llena de ingenio y gracia para una novela de fuerte aliento trágico. Esa voz
que arrastra al lector línea tras línea posee un fluir tan natural, que pronto
nos preguntamos si no será un decir anterior al acto escritural, un lamento que
viene desde la época reconstruida y frente al que el escritor solo funciona
como médium. Igual que ocurre en tantos textos de Sindo Pacheco, Retrato de los Tigres es una novela
agraciada por una feliz apariencia de espontaneidad.
Y sin embargo, hay en ella la ejecución de una
depuradísima técnica, esa que permite al narrador incorporar la voz de los
personajes de manera indirecta usando el pretérito de subjuntivo, o cambiar sin
sobresaltos su discurso del pretérito al presente de indicativo buscando anclar
ciertos hechos en la permanencia, o enhebrar discursos provenientes de fuentes
como la Biblia, la literatura, la cultura popular, la política, la crónica
deportiva, la narración infantil y un largo etcétera de registros, en un
mestizaje discursivo que abre sutiles opciones de sentido al texto, como cuando
el uso del verso martiano “la niña está sola, vamos” establece un paralelo
entre los sucesos del teatro Villanueva en 1869 y los actos de repudio en la
Cuba de 1980.
Esa perspicaz creación de sentidos gobierna también
la estructura narrativa, nucleada en torno al leitmotiv de las visitas que los protagonistas realizan a una plaza
donde antes hubo una virgen y las personas hacían ofrendas rogando por un
futuro venturoso. Hacia ese futuro quiere avanzar el equipo de los Tigres en la
novela, dividida en cinco partes mayormente cronológicas, que sin embargo
intercalan capítulos a modo de regresos a la niñez y primera adolescencia de
los protagonistas. Ese montaje articula un violento pareo entre las
elaboraciones simbólicas con que los personajes imaginan su futuro y la manera
en que una realidad represiva lo va torciendo. Ahí radica el meollo de una
novela repleta de felices transgresiones.
La mayor de esas transgresiones se produce en la
fisonomía de la voz narrativa. Retrato de
los Tigres pone en acción un narrador protagonista y omnisciente que cuenta
usando la primera persona del plural, algo que podría parecer técnicamente inviable.
La omnisciencia proviene de un hecho que el lector solo descubre al final (y
que entre nosotros ya José Soler Puig había usado en Ánima sola): el narrador está muerto y desde la muerte cuenta su
historia. El uso del nosotros como
pronombre narrativo empieza por ser, entonces, un recurso para rescatar la vida
vivida, para evitar que esta desaparezca tras la dispersión y el dolor.
No se trata en este caso de buscar objetividad,
como ocurre con el narrador-protagonista que apela a la tercera persona para
hablar de sí mismo. Tampoco es un intento por hibridizar las personas
narrativas y abrir el punto de vista a nuevas posibilidades, como hace Soler
Puig en su novela El pan dormido. Retrato de los Tigres pluraliza la voz
narrativa, dando a lo que cuenta fisonomía generacional. El narrador se apropia
de cada uno de los muchachos que forman el equipo de pelota de los Tigres y los
suma a su voz coral, lo que descoyunta las normas gramaticales y sintácticas
para la concordancia entre sujeto y verbo. Aquí va un ejemplo:
Qué
nos parecía, preguntó.
Realmente
no nos parecía nada. A nadie nos pareció nada. Manet nos encogimos de hombros,
Rony lo miramos extrañado:
Qué
era aquello.
—Un
poema. ¿No ven que es un poema?
Rony
no veíamos nada. Tampoco Santiago. Ni nosotros.
—Lo
escribimos anoche —volvió a decir—. ¿No se la llevaron?
Nadie
nos habíamos llevado nada, es decir
que no habíamos entendido nada. No había nada que entender, ni que llevarse (128).
Esa transgresión sintáctica no constituye un
artilugio narrativo ansioso de novedad. Está atada al corazón conceptual de la
novela: el enfrentamiento entre un grupo de jóvenes que buscan sentido de
pertenencia en lo colectivo, que sueñan su libertad, y un contexto
político-social organizado a partir de un falso colectivismo que convierte a
los perseguidos en perseguidores, que coarta la libertad y los mejores sueños
del individuo:
Fuimos
alzando los brazos. Todos estábamos de acuerdo, de acuerdo con todo, los brazos
eran para levantarlos, para estar de acuerdo, Marta Miriam, y para aplaudir, y
tomar las armas si era preciso. Ya lo habíamos hecho muchas veces desde que nacimos,
desde que crecimos, desde que estábamos en esa asamblea según la cantidad de
tipos que hacía falta desenmascarar. El mundo estaba lleno de enmascarados,
pero nosotros, Marta Miriam éramos eso: desenmascaradores (149).
En el acto narrativo organizado por Sindo Pacheco, dos
plurales se enfrentan: el solidario de los Tigres y el falaz de un sistema político
que termina separando a los protagonistas y conduciendo sus mejores energías hacia
el odio, la pérdida de sentido y la muerte. Presos en la inercia, la vigilancia
intransigente y el control, cada paso de los personajes en busca de la alegría
tropezará con una realidad cerrada e implacable, excluyente. Dice el narrador
pluralizado:
Nosotros
somos unos tipos malas cabezas. Pero nadie nos preguntó nunca qué cabeza
queríamos, ni siquiera sabemos quién nos puso estas que tenemos. Si encontráramos
algunas mejores, seguramente ya la hubiésemos cambiado. Tal vez un día exista
algún mercado de cabezas para la gente como nosotros que no está conforme con
la suya. A nosotros nos gusta una cabeza más tonta que la nuestra, que sirva
únicamente para saber el nombre y la dirección, para firmar cuando nos levanten
algún acta, y para estar de acuerdo siempre con lo que piensan las demás
cabezas (58).
Es la sempiterna historia del ser humano que defiende
su derecho a ser distinto. Ha sido contada con tan natural talento, convicción
humana y pericia técnica que, al terminar de leerla, pensé: «Sindo Pacheco ha
escrito una excelente novela». Pero enseguida comprendí que también yo,
ustedes, cada lector, teníamos derecho a ese plural solidario que los Tigres quisieron
defender strike por strike sobre el terreno de juego de la
vida y rectifiqué. Digo entonces: «Sindo Pacheco hemos escrito una excelente
novela».
[1]
Sindo Pacheco: Retrato de los Tigres.
Miami, Eriginal Books, 2015. Todas las citas que aparecen en este texto se
refieren a esa edición y las páginas se consignan entre paréntesis.
Ilustración: Sindo Pacheco durante la presentación de Retrato de los Tigres en Miami, mayo de 2015. Foto de Armando Añel.
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Excelente critica que me ha dejado con las ganas de leer a este escritor cubano. Como sabes José admiro y respeto la escritura que sale de la pluma de un cubano . He leido varios escritores muchos de ellos clásicos pero tambien contemporáneo y no te puedo decir que alguno sea para dejar de leerlos. Su lenguaje barroco y la cotidianidad, sus tecnicas escriturales , la polifonia de voces en la superficie del texto y la intertextualidad es una razón para valorar las obras que he leido y esta vez estas introduciendo en esta critica a quien podrá dejarme con las ganas de leer toda su obra ... gracias por tu considación.
ResponderEliminarLe aconsejo la obra de Sindo Pacheco, Doris. Está escrita con la sapiencia, la autenticidad y, al mismo tiempo, la sencillez de los escritores cuando se cuidan de continuar siendo niños. Es de esas obras cuya lectura produce placer, aun y cuando por debajo corre una profundidad asombrosa.
ResponderEliminarPequeño. Yo sé de tu capacidad para elaborar críticas y también narrar. Parece una buena novela. Ahora, dime en qué pueda ella trascender fuera de la buena técnica. Yo estoy obligado a leerla para ejercer un juicio más acertado y más cuando yo soy de los que nació en los cincuenta y jamás recibió elogios ni premios importantes por falta de esfuerzo, tal vez de talento y por mi rebeldía. Pacheco suena mucho entre los intelectuales cubanos pero mi ignorancia me obliga, gracias a ti a satisfacer mi curiosidad. Él si me conoce pero nunca tiene un gesto para mí. Yo quisiera tenerlo para él. Me ayudó en cierta novelita de baja estofa que él ayudó a editar.
ResponderEliminarÁnónimo, la técnica (fruto del oficio y tan necesaria para cualquier profesional de la literatura) es el elemento menos trascendente en la obra de Sindo. La novela trasciente por: 1) El sincero calado en el ser humano, que nos permite entender mejor de qué estamos hecho. 2) La recreación-invención de un lenguaje que resume una época y nos permite entender un poco mejor el más terrible de los conflictos que puede enfrentar un ser humano: la intolerancia que lo priva de libertad. 3) La credibilidad que logra este acercamiento sensible a la realidad concreta de un país y unas personas, poniendo en juego recursos muy disímiles, tomados de la multidiscursividad social. 4) Y todo eso está hecho con un profundo sentido del humor, una gracia que lleva al lector página por página casi sin resuello. Una sola de esas virtudes haría de Retrato de los Tigres una muy buena novela. En cuando a Sindo, se da en él algo muy raro en el mundo de los escritores: el buen escritor habita en un muy buen ser humano, acércate a él y encontrarás muchos gestos.
ResponderEliminarSiempre he sido el más declarado lector, gustador,divinizador y defensor de la narrativa de Sindo Pacheco. Uno de los más destacados narradores de su generación, tanto en cuento como en novela.
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