Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

jueves, 2 de julio de 2026

José M. Fernández Pequeño: Borrar los límites

Argenis Osorio



Durante casi dos años gocé el privilegio de que cerca cincuenta escritores cubanos, anclados en los espacios más disímiles de la geografía universal, abrieran su corazón y su alma a este impenitente preguntón que siempre fui, y respondieron desde el único compromiso y la libertad de su verdad. Nunca censuré nada (ni lo haría jamás), tampoco nadie me pidió crear un espacio como este, y tampoco recibí (ni aceptaría nunca) un centavo. Hoy me despido agradecido de todos (incluso de quienes no quisieron estar o no les fue posible). Al cerrar Cubaconvite, me satisface hacerlo con un cuarto bate como es la figura de José M. Fernández Pequeño. Mientras preparábamos su entrada, me dijo: «Argenis, solo me interesan los proyectos humildes». Fue gratificante. 

Usted ha afirmado que escribir es, en esencia, un camino hacia uno mismo. En ese sentido, ¿cómo se presentaría ante un lector que aún no conoce su obra?

No estoy seguro de ser la persona indicada para semejante tarea, pero lo intentaré. Quizás le diría: aquí hay un escritor que acude a la literatura porque es la mejor forma que ha encontrado de dialogar consigo mismo usando cuanto existe a su alrededor como intermediario. Sé que tal enfoque podría sonar poco amable, incluso herir la sensibilidad de ese hipotético lector al que le estoy ratificando su irrelevancia mientras escribo… Ahora bien, si se tratara de un lector inteligente y esencial, a lo mejor le agradaría mi voluntad de no hacer comercio con la literatura ni emplearla para subir peldaños hacia ese esperpento social que llaman reconocimiento. Es decir, a lo mejor agradece mi poco interés en conquistarlo porque, a fin de cuentas, toda operación de conquista obliga a una cierta manipulación de los contenidos y las circunstancias, una forma de engaño tan jodida como cualquier otra.

El nombre de Santiago aparece de manera recurrente en su trayectoria vital y literaria, concretamente en las ciudades de Santiago de Cuba y Santiago de los Caballeros. ¿Qué le aportaron y qué le arrebataron cada una de ellas? Y, desde su mirada, ¿cuál cree que fue su propio aporte a esos lugares que lo han marcado tan profundamente?

Aunque nací en Bayamo, en una casa sin libros, supe que sería escritor desde la época en que veía el cartel de Humanidades y suponía que ahí había una Escuela de Medicina. Es una vocación que precede a mi conciencia. Algo parecido me ocurre con los Santiagos, y digo “parecido” porque en ese caso las explicaciones están más a la mano. Soy nieto de cuatro gallegos emigrados a Cuba, así que algún invisible polvillo de Santiago de Compostela pudo haberse derramado sobre la cuna de mis primeros sueños.

A Santiago de Cuba llegué para estudiar en la universidad. Reconozco que al principio fue difícil entenderme con esa ciudad drástica, calurosa, implacable como una cicatriz, que prefiere la rudeza de la montaña a la blanda paciencia del mar. Por suerte, hubo un mediador oportuno. Durante los cinco años de estudios universitarios, no paré de hacer teatro y, en tres de ellos, me tocó salir a la escena dando voz y figura a… ¡Santiago Apóstol! Por respondona e impulsiva que sea, ni siquiera Santiago de Cuba puede negarse a alguien que la corteja desde el alto caballo apostólico y envuelto en la capa del santo patrón, ya convenientemente mestizado a golpe de requinto. ¿Qué me dio Santiago de Cuba? Allí me formé. Primero, en la universidad, con personas tan decisivas como Ricardo Repilado y Ercilia Estrada; luego, en el extraordinario ambiente cultural que, desde los años sesenta, venía forjando un grupo importante de intelectuales y gestores a golpe de inteligencia y necesidad de abrir espacios para su trabajo. Allí se me sembró dentro la cultura popular cubana; allí di mis primeros y torpes pasos como editor; allí transcurrieron los largos años de diálogo literario con Jorge Luis Hernández, Aida Bahr, León Estrada y algún que otro nombre más; allí ayudé a fundar las Noches Culturales de la Calle Heredia, el Festival del Caribe, la Casa del Caribe, la revista Del Caribe y muchísimos otros proyectos; allí escribí mis libros iniciales y me despedí de la ciudad con mi primera y muy amarga colección de cuentos: Un tigre perfumado sobre mi huella (1999). En fin, allí tuve el privilegio de ser protagonista en una década cultural (los años ochenta) como difícilmente esa ciudad conozca otra.

Santiago de los Caballeros es un espacio diferente. Su ubicación en un fértil valle, su vínculo espiritual con un río (“las cosas cambian cuando hay un río de por medio”, ha escrito con razón Abilio Estévez) y las montañas que levantan el horizonte le conceden un alma vegetal semejante a la del Bayamo donde crecí, solo que a ritmo de perico ripiao. Allí llegué en 2007 para trabajar como gerente de Proyectos Culturales en el Centro León, una de las instituciones culturales más importantes del Caribe contemporáneo. No es posible imaginar dos formas de gestionar la cultura tan distintas como las del Centro León y la Casa del Caribe. Lo que en el Centro (concebido y dirigido por la familia León Jimenes y Rafael Emilio Yunén, el gestor cultural mejor formado de la República Dominicana) era método y sistema, en la Casa (concebida y dirigida por Joel James, el más brillante gestor cultural de la segunda mitad del siglo XX en Cuba) era intuición e impulso. ¿Qué me dio Santiago de los Caballeros? Pausa y reflexión, todo lo que yo necesitaba para completar mi oficio de escritor. También la coherencia de saber que la patria está donde yo esté. Siglos de intercambio humano entre el Cibao dominicano y el llano del Oriente cubano construyeron un hondo sentido de territorio común que persiste de mil sutiles formas, así que durante esos años pude moverme a satisfacción entre tantas amables sombras (la saga del trío Matamoros, Sindo Garay cubriendo el campo corto durante uno de los primeros juegos de pelota celebrados en territorio dominicano, o simplemente la campesina que en plena Sierra Septentrional usa una palabra tan cara para mi infancia como “cutara”). Durante mi estancia en Santiago de los Caballeros, el contacto con la cultura popular y las artes visuales dominicanas obró de manera decisiva para hacerme comprender con absoluta claridad quién es el escritor que yo había nacido para ser. De esa ciudad me despedí con el libro de cuentos que, creo, marca mi madurez como narrador: El arma secreta (2014).

Resumiendo. Así como el oficio de escritor estuvo siempre (y contra toda probabilidad) en mi destino, esa misma extraña fuerza cuidó de que nunca me faltara un Santiago a tiempo.

¿Cómo es el proceso creativo de José M. Fernández Pequeño? ¿Sigue un método de trabajo definido, se apega a algún ritual o planificación previa, o, por el contrario, prefiere fluir al ritmo que le imponen sus personajes?

No hago planes ni fijo rutas: escribo narrativa sin que me preocupe no saber qué ocurrirá en el siguiente párrafo. Si me bloqueo, dejo de pulsar el teclado a sabiendas de que la solución llegará pronto y sin forzarla. La ventaja de este no-método es lo mucho que disfruto; las desventajas son dos: estoy obligado a desarrollar la investigación para mis textos a medida que los voy escribiendo y no paro de escribir ni un solo segundo. Haga lo que haga, hay en mi interior un mecanismo implacable y no siempre consciente que registra estímulos, resalta frases oídas al azar y se encarga de mantener activo el flujo de la ficción.

De cualquier forma, cada proyecto (como cada persona) impone su temperamento. Me pasé diez años tratando de terminar la novela Tantas razones para odiar a Emilia (2021) y no fue posible hasta que di el brazo a torcer y dibujé su “estructura” en una pared. Mientras tanto, en la novela Y la noche doblaba por tercera (2025), escribí el capítulo cuatro sin saber cómo serían el dos y el tres; por no saber, ni siquiera sabía que estaba escribiendo el capítulo cuatro.

¿Rutinas? Muchísimas. Sé que la madrugada me dejará las mejores ideas y la mayoría de las soluciones, como sé que luego del amanecer los problemas tendrán una apariencia menos amenazante, así que al insomnio me entrego resignadamente (por cierto, hace semanas que me obsesionan el sonido y la figura del número 33, un camino que aún no sé a dónde lleva). Me levanto alrededor de las cuatro sin necesidad de despertador y escribo hasta las siete, hora en la que salgo para el trabajo. De regreso, sobre las tres de la tarde, descanso un poco y sigo escribiendo mientras chequeo cómo mi hijo Thiago hace sus tareas escolares. Aparte de eso y si el proyecto lo exige, puedo escribir en los espacios entre clases, en la espera de un turno médico, mientras hago ejercicios en el gimnasio… incluso detenido en una de esas tan miamenses congestiones del tráfico. Bueno, si cuando era joven logré escribir en las terminales de ómnibus cubanas, esas prefiguraciones del infierno, ¿cómo no voy a hacerlo en cualquier otro lugar?

También desarrollo otras rutinas conscientes. Mientras trabajo en un proyecto (a veces en más de uno al mismo tiempo), me hago un plan de lecturas y relecturas que podrían resultar estimulantes. Por ejemplo, desde que comencé a escribir mi novela más reciente y que se mantendrá inédita hasta 2027 o 2028 (“Cada hoja es el árbol”, así se titula), me he releído a escritores como César Aira, Antonio Tabucci, Clarice Lispector, Guillermo Vidal, Ricardo Piglia (debo a una frase suya el punto de vista para narrar el capítulo cinco de la novela), Paul Auster, entre muchísimos más. Otra: una vez que termino un libro, le concedo al menos un año de reposo antes de publicarlo o enviarlo a cualquier parte; a lo largo de ese tiempo, ya inmerso en otros proyectos, lo leo cada cierto tiempo y voy corrigiendo, reescribiendo o eliminando partes.

Cambiar de actividad mientras escribo es decisivo para mí y no me quejo… nada es más lógico cuando has borrado los límites entre vivir y hacer literatura.



Argenis Osorio, escritor y promotor literario

sábado, 21 de marzo de 2026


El libro más cubano de Fernández Pequeño


Amir Valle


Y la noche doblaba por tercera es una novela extraordinaria, contundente, estremecedora. No voy a hablar del nivel de lenguaje porque ya José M. Fernández Pequeño ha demostrado su capacidad de asumir todo tipo de discursos expresivos y lenguajes: culto y cargado de significados y filosofías cuando es necesario; popular y sencillo, pero enriquecido con esa sabiduría ancestral e histórica de la gente de a pie cuando esa norma del habla se impone, envueltas todas sus esencias comunicativas en una musicalidad natural y una poesía auténtica y sabia. Lo ha demostrado en sus cuentos y en su anterior y monumental novela "Tantas razones para odiar a Emilia". 

Prefiero hablar del creador de personajes inolvidables, como lo demuestra en esta novela donde crea a un ficticio narrador deportivo Mello Dominguez para homenajear al mítico narrador Felo Ramírez, una de las glorias de Cuba. Extraordinaria proeza narrativa es imbricar la realidad de Felo en la ficción de Mello, haciéndonos ver al verdadero Felo en ese Mello que va armando a lo largo de estas páginas como quien observa un álbum de fotos al tiempo que escucha las anécdotas que sobre esas fotos cuentan el protagonista y quienes con él coincidieron. Nadie dudará que existe un Mello Domínguez, como nadie duda que existió un Felo Ramírez.

Contundente novela porque toca una fibra muy sensible del alma cubana: ese deporte que tantas pasiones ha despertado, que tantas definiciones de “lo cubano” ha generado, que tantas marcas históricas ha dejado en el desarrollo de nuestra sociedad y nuestra cultura, desde que, allá por 1864, el béisbol (“el juego de pelota” para los cubanos) fuera introducido en Cuba por unos jóvenes cubanos que regresaban luego de estudiar en Estados Unidos, aunque algunos aseguren que el impacto real comenzó en 1878, cuando se efectuó el primer juego en el estadio Palmar de Junco, en Matanzas, momentos que tanto Felo como Mello estarían encantados de haber podido narrar. 

Y la huella profunda de ese impacto, que muchos ni siquiera pueden valorar en su justo peso, es una de las virtudes de Y la noche doblaba por tercera en la voz de Mello Domínguez, en la anécdota de su inserción temprana en el mundo de la narración deportiva, prolongada incluso hasta en ese deseo suyo de morir narrando; en esas debilidades humanas y pecados capitales que humanizan su grandeza; en las peripecias de esos personajes secundarios que terminan de configurar los misterios en torno a Mello desde sus vidas cotidianas e incluso desde el misticismo del cordón espiritual; en esas luchas personales, primero en un mundo donde el dinero regía el oficio y el mundo exterior, y después en una nueva era, supuestamente revolucionaria e inclusiva, en la cual encontró la marginación y le obligó a escapar. Una vida común y ordinaria que permite, a través de sus vivencias personales y sus contradicciones, entender la complejidad de las huellas que ha dejado ese deporte en el cuerpo vivo de la nación cubana. Toda una proeza literaria, hay que decirlo.

Estremecedora novela porque pone a sus personajes a moverse humanamente (y por ello, imperfecta y cuestionadoramente) en los tres grandes tópicos de la historia nacional, a fin de cuentas tres grandes traumas generados por la miseria humana (y ya se sabe que las grandes novelas se alimentan, diría el gran Hemingway, de la carroña humana): el daño histórico dejado por ese proceso social que se instauró en nuestra isla en 1959; el drama de millones de cubanos que tuvieron que reinventarse en una asfixiante y, mayormente, inhóspita diáspora; y el suicidio forzado (ideología mediante) de los sueños de quienes se quedaron o tuvieron que partir. Una novela que, como los grandes libros de la literatura universal, es un manantial de significados, de mensajes, de guiños de complicidad o crítica despiadada a las culpas que cargamos. El libro, sin dudas, más cubano de Fernández Pequeño.



martes, 17 de marzo de 2026

 


Un jonrón de Pequeño con las bases llenas


José Hugo Fernández


No diré que la he leído de un tirón. No leo así. Mucho menos cuando se trata de una novela tan jugosa como Y la noche doblaba por tercera, de José M. Fernández Pequeño, auténtica rara avis dentro del panorama de la narrativa cubana en nuestros días. El gozo mayor de la lectura -creo yo- radica en la lectura misma. Debe ser por eso que me resisto a sobrevolar todo lo emocionante y placentero que hay en una página bien escrita solo por el apuro de saber lo que ocurrirá más adelante. No propongo que todos lean igual. Habría que estar loco para prefijar normas en torno a una práctica tan personal e intransferible. Cada cual con su cuero hace tambores. Ni siquiera dudo que aún quede algún genio suelto por ahí que haya podido beberse las más de doscientas páginas de esta novela corriendo sin parar tras la anécdota, pero saboreando a la vez cada uno de sus deliciosos párrafos.

De hecho, resulta una perspectiva tentadora para el caso, ya que el argumento arrastra al lector, al tiempo que la sólida consistencia en la estructura, y la fluidez verbal, sugestiva, convocante (la gramática es la música del pensamiento, sostuvo Steiner), convidan al remanso y a la plena abstracción.

Como ya se ha comentado, esta novela recrea un largo período en la vida de Felo Ramírez, el mejor y más afamado cronista deportivo cubano, toda una institución en sí mismo, tanto en la Isla como en el exilio, hacia donde debió partir temprano, en 1961, con las primeras ráfagas del ciclón fidelista. Desde luego que escoger ese tema para una novela denota un gran tino por parte del autor. Fue su primer acierto. Al punto de que le hubiera alcanzado para redondear un buen libro. Pero parece que Pequeño no se conformó con batear un oportuno jit. Así que apostaría por el jonrón con las bases llenas.

Diferentes recursos de la narrativa de ficción se trenzan aquí con los del ensayo, la biografía, el esquicio histórico, la crónica deportiva y sociocultural, el anecdotario… logrando, juntos y revueltos, una suerte de síntesis de polifonía que le otorga rango de genuina novela cervantina, lo cual equivale a decir el mejor ejemplo de riqueza evolutiva que puede exhibir la novelística moderna.

Dueño del espacio y del tiempo narrativo, Pequeño mueve escenarios y personajes entre una época y otra, sin ocasionar el menor sobresalto. La trama, absorbente, meticulosa, resolutoria. Las reflexiones del protagonista y del autor, puntuales y chispeantes, aunque también portadoras, por momentos, de una recogida morriña. Felo reina con su gracejo en el espectro luminoso de esta obra. Lo asumimos muy vivo, porque resulta especialmente vívido todo cuanto narra o comenta. Pero no es el único personaje en cuyo diseño se lució el autor. Hay otros, no pocos, que transitan por estas páginas deslizando sus testimonios y pareceres, a modo de cordial guiño a la novela coral. Mediante sus palabras se percibe igualmente una afectiva rendición de cuentas a la niñez, la adolescencia, la amistad, la familia, y en especial a la ciudad de Bayamo, terruño del protagonista y del autor.
Siempre con las emociones del béisbol moldeando el ritmo, Y la noche doblaba por tercera prodiga una detallada y amena incursión en los predios de la pelota y un agudo análisis en torno a la industria que le sirve de sustento. Por sus pasajes discurren, además, figuras entrañables de nuestra cultura popular casi o completamente olvidadas hoy. Distantes luminarias a las que, gracias a la novela, volvemos a frecuentar como si fueran vecinos del barrio. Orestes Miñoso con su cautivadora sonrisa. El Niño Valdés, gran comelón de filetes, dejándose convencer por Felo para que publicite la malta Hatuey luego de uno de sus contundentes nocauts. Bola de Nieve con su voz de persona…
En fin, se trata de un libro de exquisita densidad, muy trabajado, desde el título hasta el epílogo. Al repasarlo sin atropellamientos ni saltos de páginas, he vuelto a experimentar ese cúmulo de sensaciones que propicia adentrarse en la lectura como lo que siempre fue, desde sus orígenes: singular generadora de placer, a más de un hondo y enriquecedor proceso intelectual. ¿Lo será todavía?

Miami, marzo de 2026


Para solicitar la novela, haga clic en el título: Y la noche doblaba por tercera

sábado, 27 de mayo de 2023

 

Rafael Duharte Jiménez:
formas de fundar y morir


José M. Fernández Pequeño


Para Rafaelito y Elsa.


Hay muchas formas de muerte. La más común, la que llega tras el último resuello, se ha apropiado del historiador Rafael Duharte Jiménez en Santiago de Cuba. Las manifestaciones de duelo en las redes sociales no se han hecho esperar: hablan de su trabajo como profesor, de sus investigaciones, de sus desvelos en la divulgación de la historia santiaguera… Pero, si deuda grande tienen la ciudad y el país con Duharte, esta pasa por sus esfuerzos en la gestión cultural.

Cuando logramos fundar la Casa del Caribe, en 1982, se nos presentó un problema muy serio: necesitábamos personas capacitadas, que lograran entender el proyecto, pero que al mismo tiempo fueran organizadas. Joel James no lo era, al menos no en el sentido burocrático, ni yo tampoco, ni menos Jesús Cos Causse. Todo el período que antecedió a la irrupción de Las Noches Culturales de la Calle Heredia (1980) y se alargó luego hacia el Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño (abril de 1981) estuvo repleto de chispazos, impulsos, asombros y descubrimientos. Bajo la capitanía de Joel, nos fuimos encontrando versiones inusitadas de nosotros mismos a través de las igualmente inusitadas expresiones culturales que se mostraban a nuestros ojos, y cada posibilidad hizo visible otra posibilidad, hasta que se creó la Casa del Caribe.

Una institución que pretendía no solo mantener el festival, sino también aunar un tipo gestión cultural poco común con la investigación sobre la cultura popular en el Caribe y crear una revista capaz de expresar todo ese universo de certezas y suposiciones, requería organización. Y en esa encrucijada, nadie tan idóneo como Rafael Duharte, por entonces profesor de Historia en el Pedagógico de Santiago de Cuba. Al momento de abrir la Casa del Caribe, no hubo la menor duda sobre la pertinencia de Duharte para ocuparse del Departamento de Investigaciones. Él nos había ayudado con la organización del evento teórico que nació dentro del festival (El Caribe que Nos Une) y había dejado más que clara su milimétrica capacidad para la organización y su seriedad profesional. Por otra parte, desde hacía años y de manera independiente, llevaba una investigación acerca de la esclavitud en Cuba, con búsquedas de archivo centradas en casos muy específicos y siguiendo los pasos de Pedro Deschamps Chapeaux, un trabajo que hoy puede ubicarse dentro de la microhistoria y la historia regional. Era, al menos por los asuntos de su interés, un investigador no demasiado distante de las líneas que Joel ansiaba desarrollar.

Hoy es difícil imaginar lo que fueron aquellos primeros años de la Casa del Caribe. Al no ser un proyecto pensado por la rígida y centralizada estructura cultural cubana, no aparecía en ningún plan y quedaba sujeto a la administración, siempre renqueante, de la Dirección Provincial de Cultura en Santiago de Cuba. Éramos un extraño caso de propuesta nacida desde la práctica, en la base cultural cubana misma, y que Armando Hart, entonces ministro de Cultura y miembro del Buró Político del PCC, había entendido conveniente apoyar. Esto nos generaba una enorme inestabilidad: la revista Del Caribe, cuyo primer número apareció en 1983, no tenía un espacio definido de impresión y saltaba de poligráfico en poligráfico según un trayecto dictado más por los contactos a nivel de “socios” que por una verdadera planificación productiva; las instituciones intelectuales cubanas cuyo trabajo se relacionaba con el Caribe (algunas tan poderosas como Casa de las Américas) nos miraban, en el mejor de los casos, con suspicacia; tampoco estábamos en La Habana ni teníamos a mano las redes oficiales de comunicación con el resto de los países que forman el Caribe. Pero ya entonces sabíamos que estas dificultades irían desapareciendo con los años y el trabajo. El principal problema era interno y recalaba precisamente en el área de las investigaciones, es decir, aquella para la cual llegó Rafael Duharte. Cierto que teníamos el apoyo de estudiosos e investigadores externos tan disímiles como Olga Portuondo, Gladys González o Ricardo Repilado, pero era necesario un frente de investigación estable dentro de la institución, cuyo trabajo alimentara las acciones de gestión cultural y de publicación.

Era un reto de gran magnitud. Primero, por el objeto de estudio. Puedo decir que, aparte de Joel, ninguno de quienes comenzamos en la Casa del Caribe éramos investigadores de la cultura popular tradicional cubana y, menos aún, caribeña. No lo eran Bernardo García ni Radhamés de los Reyes ni el propio Duharte. Cos Causse, ese ser tan especial, no lo sería jamás. Julito Corbea se situaba en las proximidades del territorio bajo investigación, pero sobre un tema muy específico: el poblado del Cobre y la virgen de la Caridad. Otros lucharon para reconvertirse, como José Millet y Rafael Brea. En cuanto a mí, el asunto era fascinante, pero desde la perspectiva del escritor que entonces soñaba ser. Y luego estaban los métodos. Si Joel fue, sin dudas, el intelectual más importante en ese terreno de estudio durante la segunda mitad del siglo XX cubano, se debe a una aproximación teórica donde resulta imposible determinar las fronteras entre la ciencia, la reflexión filosófica y la creación literaria. Al mismo tiempo, la experiencia de Joel como estudiante de Historia en la Universidad de Oriente, anegada por el marxismo de manual y la actuación de comisarios políticos tan obtusos como implacables, le generó un rechazo absoluto hacia la investigación de corte académico. Echar a andar líneas de investigación fuertes en esas circunstancias fue, ya lo dije antes, un reto.

El punto de equilibrio en proceso tan complicado y tan nutrido de variables diversas, a veces irreconciliables, fue Rafael Duharte, apoyado en su paciencia, su meticulosa capacidad organizativa y su tino para moverse con la brújula de la cordura cerca de ese maravilloso tornado de ideas y coraje que fue Joel James. Pronto el coloquio El Caribe que Nos Une se multiplicó en otros eventos científicos o artísticos, a veces puntuales, como el Coloquio Maurice Bishop in Memoriam o el Congreso Mundial sobre la Muerte, a veces dentro del propio festival, como el coloquio de arqueología que capitaneaba Jorge Ulloa o los encuentros de poesía. Todos encontraron en Duharte, por entonces subdirector de la Casa del Caribe, un organizador equilibrado y lúcido. Viéndolo desde hoy, tantos años después, cuesta entender cómo apenas una docena de personas podíamos llevar adelante todo aquel trabajo. Pero bueno, eran otros tiempos. 

Y aquí me detengo. En la foto que encabeza estas líneas, Duharte y yo estamos en Baní, República Dominicana, junto al cartel que señala el lugar donde nació Máximo Gómez. Es noviembre de 1997 y ya en ese momento he informado a Joel mi intención de radicarme en la República Dominicana cuando regresemos a ese país, en marzo de 1998. Había trabajado dieciséis años seguidos en la Casa del Caribe. No sé cuántos estuvo allí Duharte, pero no fueron menos de veinticinco… ¡un cuarto de siglo! Me parece muy triste que, en su página oficial de Facebook, la Casa del Caribe actual, esa institución tan dada a colocar bustos, celebrar velorios y presentar fundadores apócrifos, no señale esa condición primigenia para Rafael Duharte y liquide su muerte con apenas dos vertiginosas líneas“trabajó como jefe de departamento de investigaciones (sic) y luego como subdirector en la Casa del Caribe”. Dos líneas para sepultar un cuarto de siglo. Debe ser un récord mundial de frugalidad informativa.

Cierto, hay muchas formas de morir. También de matar.