José M. Fernández Pequeño: Borrar los límites
Argenis Osorio
Durante casi dos años gocé el privilegio de que cerca cincuenta escritores cubanos, anclados en los espacios más disímiles de la geografía universal, abrieran su corazón y su alma a este impenitente preguntón que siempre fui, y respondieron desde el único compromiso y la libertad de su verdad. Nunca censuré nada (ni lo haría jamás), tampoco nadie me pidió crear un espacio como este, y tampoco recibí (ni aceptaría nunca) un centavo. Hoy me despido agradecido de todos (incluso de quienes no quisieron estar o no les fue posible). Al cerrar Cubaconvite, me satisface hacerlo con un cuarto bate como es la figura de José M. Fernández Pequeño. Mientras preparábamos su entrada, me dijo: «Argenis, solo me interesan los proyectos humildes». Fue gratificante.
Usted ha afirmado que escribir es, en esencia, un camino hacia uno mismo. En ese sentido, ¿cómo se presentaría ante un lector que aún no conoce su obra?
No estoy seguro de ser la persona indicada para semejante tarea, pero lo intentaré. Quizás le diría: aquí hay un escritor que acude a la literatura porque es la mejor forma que ha encontrado de dialogar consigo mismo usando cuanto existe a su alrededor como intermediario. Sé que tal enfoque podría sonar poco amable, incluso herir la sensibilidad de ese hipotético lector al que le estoy ratificando su irrelevancia mientras escribo… Ahora bien, si se tratara de un lector inteligente y esencial, a lo mejor le agradaría mi voluntad de no hacer comercio con la literatura ni emplearla para subir peldaños hacia ese esperpento social que llaman reconocimiento. Es decir, a lo mejor agradece mi poco interés en conquistarlo porque, a fin de cuentas, toda operación de conquista obliga a una cierta manipulación de los contenidos y las circunstancias, una forma de engaño tan jodida como cualquier otra.
El nombre de Santiago aparece de manera recurrente en su trayectoria vital y literaria, concretamente en las ciudades de Santiago de Cuba y Santiago de los Caballeros. ¿Qué le aportaron y qué le arrebataron cada una de ellas? Y, desde su mirada, ¿cuál cree que fue su propio aporte a esos lugares que lo han marcado tan profundamente?
Aunque nací en Bayamo, en una casa sin libros, supe que sería
escritor desde la época en que veía el cartel de Humanidades y suponía que ahí
había una Escuela de Medicina. Es una vocación que precede a mi conciencia.
Algo parecido me ocurre con los Santiagos, y digo “parecido” porque en ese caso
las explicaciones están más a la mano. Soy nieto de cuatro gallegos emigrados a
Cuba, así que algún invisible polvillo de Santiago de Compostela pudo haberse derramado
sobre la cuna de mis primeros sueños.
A Santiago de Cuba llegué para estudiar en la universidad. Reconozco
que al principio fue difícil entenderme con esa ciudad drástica, calurosa, implacable
como una cicatriz, que prefiere la rudeza de la montaña a la blanda paciencia
del mar. Por suerte, hubo un mediador oportuno. Durante los cinco años de
estudios universitarios, no paré de hacer teatro y, en tres de ellos, me tocó
salir a la escena dando voz y figura a… ¡Santiago Apóstol! Por respondona e
impulsiva que sea, ni siquiera Santiago de Cuba puede negarse a alguien que la
corteja desde el alto caballo apostólico y envuelto en la capa del santo patrón,
ya convenientemente mestizado a golpe de requinto. ¿Qué me dio Santiago de
Cuba? Allí me formé. Primero, en la universidad, con personas tan decisivas
como Ricardo Repilado y Ercilia Estrada; luego, en el extraordinario ambiente
cultural que, desde los años sesenta, venía forjando un grupo importante de
intelectuales y gestores a golpe de inteligencia y necesidad de abrir espacios
para su trabajo. Allí se me sembró dentro la cultura popular cubana; allí di
mis primeros y torpes pasos como editor; allí transcurrieron los largos años de
diálogo literario con Jorge Luis Hernández, Aida Bahr, León Estrada y algún que
otro nombre más; allí ayudé a fundar las Noches Culturales de la Calle Heredia,
el Festival del Caribe, la Casa del Caribe, la revista Del Caribe y
muchísimos otros proyectos; allí escribí mis libros iniciales y me despedí de
la ciudad con mi primera y muy amarga colección de cuentos: Un tigre
perfumado sobre mi huella (1999). En fin, allí tuve el privilegio de ser
protagonista en una década cultural (los años ochenta) como difícilmente esa
ciudad conozca otra.
Santiago de los Caballeros es un espacio diferente. Su ubicación
en un fértil valle, su vínculo espiritual con un río (“las cosas cambian cuando
hay un río de por medio”, ha escrito con razón Abilio Estévez) y las montañas que
levantan el horizonte le conceden un alma vegetal semejante a la del Bayamo donde
crecí, solo que a ritmo de perico ripiao. Allí llegué en 2007 para trabajar
como gerente de Proyectos Culturales en el Centro León, una de las
instituciones culturales más importantes del Caribe contemporáneo. No es
posible imaginar dos formas de gestionar la cultura tan distintas como las del
Centro León y la Casa del Caribe. Lo que en el Centro (concebido y dirigido por
la familia León Jimenes y Rafael Emilio Yunén, el gestor cultural mejor formado
de la República Dominicana) era método y sistema, en la Casa (concebida y
dirigida por Joel James, el más brillante gestor cultural de la segunda mitad
del siglo XX en Cuba) era intuición e impulso. ¿Qué me dio Santiago de los
Caballeros? Pausa y reflexión, todo lo que yo necesitaba para completar mi oficio
de escritor. También la coherencia de saber que la patria está donde yo esté. Siglos
de intercambio humano entre el Cibao dominicano y el llano del Oriente cubano
construyeron un hondo sentido de territorio común que persiste de mil sutiles
formas, así que durante esos años pude moverme a satisfacción entre tantas
amables sombras (la saga del trío Matamoros, Sindo Garay cubriendo el campo
corto durante uno de los primeros juegos de pelota celebrados en territorio
dominicano, o simplemente la campesina que en plena Sierra Septentrional usa una
palabra tan cara para mi infancia como “cutara”). Durante mi estancia en
Santiago de los Caballeros, el contacto con la cultura popular y las artes
visuales dominicanas obró de manera decisiva para hacerme comprender con
absoluta claridad quién es el escritor que yo había nacido para ser. De esa
ciudad me despedí con el libro de cuentos que, creo, marca mi madurez como
narrador: El arma secreta (2014).
Resumiendo. Así como el oficio de escritor estuvo siempre (y contra toda probabilidad) en mi destino, esa misma extraña fuerza cuidó de que nunca me faltara un Santiago a tiempo.
¿Cómo es el proceso creativo de José M. Fernández Pequeño? ¿Sigue un método de trabajo definido, se apega a algún ritual o planificación previa, o, por el contrario, prefiere fluir al ritmo que le imponen sus personajes?
No hago planes ni fijo rutas: escribo narrativa sin que me
preocupe no saber qué ocurrirá en el siguiente párrafo. Si me bloqueo, dejo de
pulsar el teclado a sabiendas de que la solución llegará pronto y sin forzarla.
La ventaja de este no-método es lo mucho que disfruto; las desventajas son dos:
estoy obligado a desarrollar la investigación para mis textos a medida que los voy
escribiendo y no paro de escribir ni un solo segundo. Haga lo que haga, hay en
mi interior un mecanismo implacable y no siempre consciente que registra
estímulos, resalta frases oídas al azar y se encarga de mantener activo el
flujo de la ficción.
De cualquier forma, cada proyecto (como cada persona) impone
su temperamento. Me pasé diez años tratando de terminar la novela Tantas
razones para odiar a Emilia (2021) y no fue posible hasta que di el brazo a
torcer y dibujé su “estructura” en una pared. Mientras tanto, en la novela Y
la noche doblaba por tercera (2025), escribí el capítulo cuatro sin saber
cómo serían el dos y el tres; por no saber, ni siquiera sabía que estaba
escribiendo el capítulo cuatro.
¿Rutinas? Muchísimas. Sé que la madrugada me dejará las
mejores ideas y la mayoría de las soluciones, como sé que luego del amanecer los
problemas tendrán una apariencia menos amenazante, así que al insomnio me
entrego resignadamente (por cierto, hace semanas que me obsesionan el sonido y
la figura del número 33, un camino que aún no sé a dónde lleva). Me levanto
alrededor de las cuatro sin necesidad de despertador y escribo hasta las siete,
hora en la que salgo para el trabajo. De regreso, sobre las tres de la tarde,
descanso un poco y sigo escribiendo mientras chequeo cómo mi hijo Thiago hace
sus tareas escolares. Aparte de eso y si el proyecto lo exige, puedo escribir
en los espacios entre clases, en la espera de un turno médico, mientras hago
ejercicios en el gimnasio… incluso detenido en una de esas tan miamenses congestiones
del tráfico. Bueno, si cuando era joven logré escribir en las terminales de
ómnibus cubanas, esas prefiguraciones del infierno, ¿cómo no voy a hacerlo en cualquier otro
lugar?
También desarrollo otras rutinas conscientes. Mientras
trabajo en un proyecto (a veces en más de uno al mismo tiempo), me hago un plan
de lecturas y relecturas que podrían resultar estimulantes. Por ejemplo, desde
que comencé a escribir mi novela más reciente y que se mantendrá inédita hasta
2027 o 2028 (“Cada hoja es el árbol”, así se titula), me he releído a
escritores como César Aira, Antonio Tabucci, Clarice Lispector, Guillermo
Vidal, Ricardo Piglia (debo a una frase suya el punto de vista para narrar el
capítulo cinco de la novela), Paul Auster, entre muchísimos más. Otra: una vez
que termino un libro, le concedo al menos un año de reposo antes de publicarlo
o enviarlo a cualquier parte; a lo largo de ese tiempo, ya inmerso en otros
proyectos, lo leo cada cierto tiempo y voy corrigiendo, reescribiendo o
eliminando partes.
Cambiar de actividad mientras escribo es decisivo para mí y
no me quejo… nada es más lógico cuando has borrado los límites entre vivir y hacer
literatura.





