El conferencista habla
en un inglés lento. Más que pronunciarlas, pareciera que va dejando caer una a
una las palabras para comprobar la contundencia de su peso. «Cada época fija
rumbo a la creación artística; de muchos modos, prefigura el trabajo de los
creadores», afirma y nos mira tan sin apremio, que podría sospechársele interesado
en contar cuántas personas formamos el no muy nutrido auditorio. De todas
maneras, en tanto él no es Clark Kent ni yo soy transparente, queda sin enterarse
de cómo sus palabras han hecho que la figura de Apeco se asome a mis recuerdos.
Entre los años
sesenta y ochenta del siglo pasado, mientras Wifredo García y el resto de la
vanguardia fotográfica en la República Dominicana se valían del fotoclubismo y
la acción docente para encarrilar la adultez de la fotografía moderna en ese
territorio, Apeco fue un fotógrafo solitario y autodidacta que escribía y actuaba
extraños monólogos, al tiempo que se ganaba la vida retratando eventos
familiares y sociales, algo no muy bien visto por muchos de los que entonces protagonizaban
una cruzada en el país para lograr que la fotografía fuera definitivamente reconocida
como un género de las artes visuales.
Más aún. Cuando lo
usual era que los grupos fotográficos organizaran continuas excursiones campestres
con la esperanza de encontrar en el paisaje rural la “verdadera y más
auténtica” imagen nacional, Apeco prefería los espacios urbanos, cuanto más
solitarios y fragmentados mejor; retrataba personajes inmersos en contextos de
gran espesor patrimonial –el carnaval, los velorios, las fiestas populares, los
locos callejeros–; y adelantaba una experimentación que ponía en jaque el
perfeccionismo técnico de la época. «Claro –dice Apeco alzando muchísimo las
cejas dentro de mi recuerdo–, la fotografía es un poco de técnica y mucho de
inspiración».1
Por supuesto que el conferencista
no puede escucharlo, en parte por las razones apuntadas más arriba y en parte porque
está ocupado diciendo: «Si Picasso no hubiera existido, alguien hubiera aportado
las soluciones estéticas que él aportó». Y para el momento en que la palabra aportó es pronunciada, ya Apeco desanda en
mi memoria por Santiago de los Caballeros, se detiene a cambiar bromas con un paletero
apostado en la esquina de San Luis y la calle El Sol, contempla con sobreactuada
admiración a una criolla que pasa explayando al viento sus monumentales volúmenes.
Viéndolo otra vez así,
se entiende el aura de personaje extravagante que le endosó la sociedad
santiaguense, algo que Apeco se tomaba como un cumplido. Solo sonreía y continuaba
actuando aquellos monólogos llenos de metáforas que hoy se llamarían performances,
o dando charlas en las que, cuando el público menos lo esperaba, sacaba una
tijera y cortaba su corbata o desgarraba su camisa. Las miradas sin mucho
calado no supieron ver más allá de esas salidas suyas. Incluso no pocos de sus
colegas lo consideraron por bastante tiempo apenas un fotógrafo intuitivo y
empeñoso, propietario de impulsos ingobernables que en ocasiones acertaban a
plasmar alguna fotografía inquietante.
Apeco, mientras
tanto, seguía sonriendo. Exploraba las posibilidades de lo que hoy se denomina
narrativa fotográfica y elegía con toda conciencia un camino diferente de los
grandes relatos colectivos que predominaron en gran parte de la fotografía dominicana
tras la muerte de Rafael L. Trujillo, en 1961, para concentrarse en las
historias individuales. Puede que a veces no lo pareciera, pero Apeco lo tuvo
siempre muy claro: su trabajo no era captar la posible hermosura o la fuerza
social de los espacios y las personas; su trabajo consistía en reinventarlos a
través de una muy peculiar mirada fotográfica.
«Por mucho que el
trabajo de algunos artistas a veces pretenda desafiar los límites de su tiempo,
esos esfuerzos terminan siendo un reconocimiento tácito de tales límites», asegura
el conferencista, y en mi memoria Apeco levanta la cabeza con un movimiento
alerta, cualquiera pensaría que ha escuchado lo dicho por el charlista. Pero
no, él siempre tuvo cosas más importantes de qué ocuparse. Pionero del
autorretrato en la fotografía dominicana, buscó dar salida a sus ángeles y
demonios internos en cada personaje, en cada edificio y calle solitaria, en cada
árbol de ramaje enrevesado que fotografió, y gracias a esa sinceridad,
consiguió apresar algunas de las más espléndidas y también de las más terribles
intimidades de su sociedad sin rendir culto al “reflejo social en el arte”, que
era la nota característica por entonces. Es más, si lo apuramos un poco, estoy
seguro de que repetiría ahora mismo: «Ante todo está el compromiso conmigo mismo».
Pues, sacando provecho de que el charlista concluye y el protocolo indica preguntar si hay preguntas,
levanto la mano. Tras recibir el gesto aprobatorio correspondiente, empiezo:
«En Santiago de los Caballeros hubo un fotógrafo nombrado Natalio Puras Penzo,
a quien todos llamaban Apeco…», pero el conferencista me interrumpe: «Are you kidding me? ¿¡Apico!?», y suelta
una incrédula carcajada. Yo también río; no porque su alegría sea contagiosa,
claro, sino porque dentro de mi cabeza Apeco, ese fotógrafo provinciano que anduvo
dos pasos por delante de su tiempo y propuso una obra capaz de dialogar con nuestra
contemporaneidad ahíta de posts, casi
postrera, me hace un guiño cómplice y redondea con sus labios una O burlesca.
1 Las opiniones de
Apeco que aquí cito han sido tomadas de entrevistas que le fueron realizadas a
lo largo de su carrera. Con esas entrevistas preparé en 2012 un texto único,
una suerte de credo fotográfico de Apeco que, si desea, puede leer haciendo
clic sobre el título: “Ese fotógrafo que soy”.
Imágenes:
Autorretrato,
Apeco se asume cámara fotográfica, c.
2006.
Autorretrato
del 78, 1978.
Pareja
en el camino, 1964.
Diseño
para multiplicar risitas lúdicas 1, 1985.
Burro
en el Gran Teatro del Cibao, 1995.
Para ver las más importantes obras de
Natalio Puras Penzo (Apeco), solo
tiene que hacer clic en el título de la exposición La insólita mirada irónica de Apeco, que fuera exhibida primero en
la Pinacoteca de São Paulo (2013)
y luego en el Centro Cultural Eduardo León Jimenes (2015). Si desea ver toda la obra de Apeco, solo haga clic en el Fondo de Fotografía Dominicana Natalio Puras Penzo (Apeco), que atesora el Centro León.
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Mesa: "El cuento, vivito y coleando", 21 de noviembre de 2015, a las 12:30 p.m., room 3314 de la Feria Internacional del Libro de Miami. Allí estaré presentando mi libro de cuentos El arma secreta. Están invitados.
Muy bueno, José. Gracias. Veré más cosas de este hombre. Abrazos
ResponderEliminarJorge, me alegra mucho que te haya gustado.Y sí, dialogar con la obra de Apeco es una aventura del intelecto y de la emoción. Si hubiera nacido en otro lugar, su nombre estaría hoy en los libros como uno de los grandes innovadores de retrato fotográfico.
ResponderEliminarOh, José, que hermoso artículo, sobretodo para los que tuvimos la bendición de cococer a Apeco !!!
ResponderEliminarBuena descripción de ese genial personaje...
ResponderEliminarCaramba, qué hermosa exposición y análisis de la inmortal vida y obra de Apeco. Gracias!
ResponderEliminarCaramba, qué hermosa exposición y análisis de la inmortal vida y obra de Apeco - gracias! IAP
ResponderEliminarLo grandioso de Apeco era su infinita humildad, jamás se vio como el genio que era!!!! Sólo los grandes entienden eso!!!!
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