Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

viernes, 3 de enero de 2014

Jesús Díaz: Juzgar hasta ser juzgados



Corría el año 1988 cuando entrevisté en compañía de Jorge Luis Hernández al escritor cubano Jesús Díaz. Queríamos incluir ese diálogo en el primer número de una revista literaria que planeábamos junto a la narradora Aida Bahr y al poeta León Estrada, debido no solo a las reacciones que Las iniciales de la tierra (1987) provocaba por entonces en Cuba, sino también al vínculo que la publicación de esa novela había tenido con el II Encuentro de Narrativa Cubana, celebrado en Santiago de Cuba a finales de 1982.

Ocurrió de este modo. Con el título de “Biografía política”, Jesús Díaz sometió  la primera versión de la novela al concurso Casa de las Américas en 1973, de donde fue compelido a retirarla por la alta dirección del Partido Comunista de Cuba con la promesa de que luego le expondrían las razones. El concurso declaró desierto el premio de novela en ese año, nunca hubo explicaciones y la obra quedó vetada. En Santiago de Cuba, durante la reunión de narradores arriba mencionada, Jesús Díaz leyó un fragmento de la obra, cuya censura emergió varias veces durante los intensos debates que en aquel evento se suscitaron. Armando Hart, en esa época ministro de Cultura y quien participó en una de aquellas sesiones, dio indicaciones para que se publicara. Las iniciales de la tierra vio por fin la luz en 1987, cinco años después.

La revista que entonces planeábamos corrió peor suerte. Nunca llegó a sacar un número y la entrevista quedó inédita hasta que el pasado 17 de diciembre de 2013 fue incluida como parte de un dossier que La Gaceta de Cuba ha dedicado a la literatura de los años ochenta en Cuba. Lo que reproduzco a continuación son algunos fragmentos de aquel diálogo que sostuvimos Jorge y yo un cuarto de siglo atrás con Jesús Díaz, quien en ese momento ya planeaba viajar con una beca a Alemania, país en el que finalmente optó por separarse del proyecto político cubano. Los criterios que Jesús expone en 1988 sobre la intolerancia nacional resultaron premonitorios. Una vez fuera de Cuba, el autor de Las iniciales de la tierra quedó –como tantos otros intelectuales cubanos– atrapado por el síndrome de Juan Clemente Zenea: Juzgado traidor a la ortodoxia ideológica revolucionaria por los oficialistas en la Isla y juzgado traidor por gran parte de la intelectualidad emigrada, que llegó a considerar la fundación de la revista Encuentro de la Cultura Cubana en la España de 1996 como una operación para destruir la ortodoxia ideológica del exilio.

Por ahora y para mí, este ejercicio ha sido como retomar en la distancia del tiempo el diálogo con el escritor querido que fue Jesús Díaz y con el hermano entrañable que fue Jorge Luis Hernández. Algo así como una prueba de que, por duros que sean los años y las distancias, las palabras, las auténticas palabras, nunca quedan perdidas.

Jesús Díaz o la memoria salvada


Jorge Luis Hernández: ¿Cómo surgió Las iniciales de la tierra?

Jesús Díaz: Eso tuvo que ver con mi propio proceso del Partido [Comunista de Cuba], cuyas conclusiones demoraron como dos años. Así y todo, no se trata de una autobiografía, sino más bien de una para-autobiografía. A principios de 1969, durante el proceso del Partido de otro compañero, alguien pasó repartiendo las planillas y yo le pedí una. No empecé a escribir hasta finales de 1970 o principios de 1971 porque me fui a la zafra, donde estuve durante el 69 y el 70. Me impulsaba entonces la idea de que los acontecimientos pueden tener una significación en el momento que se producen y otra luego, cuando pasa el tiempo; es decir, una doble lectura según el contexto en el cual se les juzgue.

Fernández Pequeño: Pero la inmediatez de la narración respecto a los sucesos narrados no borra el sentido de reflexión en torno a la vida del personaje…

J.D.: No estamos de acuerdo en cuanto a la palabra reflexión. Yo más bien diría evocación, pues el personaje evoca la existencia en su inasibilidad, razón por la cual no hay juicios de valor en la novela. Es la memoria la que actúa, la memoria desatada. Si el personaje pudiera evaluar su vida, si pudiera verla con espíritu crítico, habría respondido la planilla de inmediato. Pero no puede, hasta el momento en que le quedan dos horas.

J.L.H.: Yo siento que, hasta que la novela llega a la zafra [de los Diez Millones], hay como un apego al testimonio histórico y que en ese momento comienza a jugar con la imaginación.

J.D.: No comparto la idea del testimonio tal y como tú la expresas. En la novela hay una carga testimonial, pero está conseguida a través de la elaboración literaria. Los capítulos de la zafra y el resto de la novela fueron trabajados a partir de los mismos criterios y las mismas reflexiones. No hubo diferencias. Ocurre que el nivel de locura, de delirio que se produjo durante aquellas zafras –al menos en mi vivencia– fue tan alto que deja la impresión de un incremento de la fantasía o, para lectores menos avisados, de cierto tipo de realismo mágico. No es así. Los procedimientos son los mismos, han cambiado el contexto y la índole de los sucesos.

F.P.: Si te dijera que uno de los valores más altos de la novela está en el trabajo con el lenguaje, ¿qué pensarías?

J.D.: Cortázar decía que después de escribir Rayuela se había quedado despalabrado y eso me pasa un poco a mí. Algún crítico, puesto ante la diversidad de la novela, ha dicho que los elementos testimoniales, de crónica, autobiográficos, de fantasía, históricos, etc., que existen en Las iniciales de la tierra son unificados por el lenguaje.  En este sentido, se ha subrayado mucho la idea del lenguaje popular, que a mí me gustaría matizar un tanto. Yo hablaría mejor de los lenguajes, que son en alguna medida generacionales. En la novela están, por ejemplo, el lenguaje de los cómics, que para mí resultó un descubrimiento literario; el lenguaje de la mitología afrocubana, que en la novela es bantú y no yoruba porque quise ser fiel a mi experiencia personal; el lenguaje de la música; el lenguaje de la danza, que para sorpresa mía no ha sido señalado por ningún crítico y es el elemento que mejor define al cubano; el lenguaje político, al que la revolución imprime una dinámica extraordinaria; etc. Así, la idea del lenguaje popular puede ser reductivista en este caso si se observa solo como algunas expresiones características. Me gustaría más hablar de una multiplicidad de lenguajes.

J.L.H.: ¿Pretendiste escribir la novela de la revolución cubana?

J.D.: Estoy convencido de que se va a producir una novela de la revolución, pero de conjunto. En esa novela de la revolución hay obras que anteceden a Las iniciales de la tierra y otras que la seguirán. Es ingenuo pensar que uno ha escrito esa novela de la revolución. Yo solo pretendía salvar ciertas memorias, ciertas angustias, ciertas tensiones. Luego de escrita la novela, me he dado cuenta de que ella es una reflexión sobre la intolerancia, sobre ese hábito permanente de juzgar a los demás que se nos fue pegando, esa paranoia quizás necesaria producida por cierto estado de la lucha de clases. Es decir, desarrollamos una enorme capacidad para clasificar el mundo y para emitir juicios acerca de las personas que nos rodeaban, hasta que un día el juzgado era uno mismo, juzgado sin apelación posible, y entonces uno rechazaba ese hecho porque creía conocerse muy bien y, si no era perfecto, pues casi.

F.P.: ¿Te han impugnado la novela por ser demasiado contenidista?

J.D.: Por escrito no, salvo el trabajo publicado por Leonardo Padura en Casa de las Américas, cuya idea del personaje manipulado, del exceso de acontecimientos y del historicismo de la novela, anda por ahí. Estos son criterios manejados hasta ahora solo en Cuba y por un sector muy localizado de lectores, casi siempre escritores coetáneos que forman parte de un cierto estado de opinión. A mi juicio, eso está vinculado, entre otras razones, al crecimiento en Cuba del minimalismo literario, que se rige por la idea de que la gran historia ha sido ya contada y que lo importante ahora son los acontecimientos mínimos de la vida cotidiana. Pienso que la literatura, como posibilidad, es tan grande que caben dentro de ella con igual derecho obras que van desde La guerra y la paz hasta El extranjero. Puesto a escoger, yo hubiera preferido escribir La guerra y la paz, simplemente.



Imagen de la pauta original marcada tipográficamente en 1988, cuando debió publicarse la entrevista.




Para leer la entrevista: http://www.uneac.org.cu/gaceta/PDF/2013/gaceta-06-13.pdf y la encontrará en la página 22 de La Gaceta de Cuba. Un consejo: sea paciente, el sitio entra con bastante lentitud (cuando entra).

jueves, 19 de diciembre de 2013

Bromelio

Primera estampa mongólica


Como felicitación porque 2013 termina y todavía estamos aquí para vivir su final, les dejo esta estampa mongólica, recuerdo de un tiempo que nunca fue pero que gozamos igual.

A Bromelio le decían Saco’etarro. Y la verdad, no sé por qué. Por mucho que lo vigilaba, nunca vi que tuviera tarros guardados en un saco. A veces, cuando el abuelo sacaba los dos taburetes para la acera, allá por las seis y media, y nos sentábamos a esperar que pasara el hombre de los helados empujando el carro y sonando las campanitas, yo me entretenía pensando si uno de esos días vería a Bromelio salir al frente de su casa con el saco y entonces nos enseñaría la maravilla de tarros que coleccionaba. Los habría grandes y bolos, chiquitos y puntiagudos, unos bien curvos y otros más rectos… a fin de cuentas, razonaba yo, por algo le dicen Saco’etarro a un tipo, no va a ser porque sí y ya. Tanto vigilaba yo a Bromelio que un día me dijo «Oye, mongólico, ¿no tienes otro lugar para dónde mirar?» Aunque no puedo asegurar si me lo dijo porque lo estaba mirando a él o a Nereida, su mujer. Ese, cuando Nereida estaba presente, era el único momento en que yo no podía vigilar bien a Bromelio. No era que no quisiera, estemos claros, es que era imposible separar los ojos del fondillo de Nereida, grande y levantado como las lomas de la Sierra Maestra. Solo que el fondillo de Nereida estaba ahí delante y las lomas de la Sierra se veían lejísimo y opacas por las brumas. Pero no nos desviemos del tema. El día que Bromelio entró en la casa de Pablito-rompe-puertas y le cortó la cabeza con un machete, se formó el acabose en el barrio y yo pude asomarme cuando la policía registró su casa. Fueron amontonando todas sus cosas en el patio y, les juro, no había ningún saco de tarros. Esa noche comencé a pensar que quizás los tenía en otro lugar, vaya usted a ver si Bromelio no los llevaba encima. Se me ocurrió pensar eso porque a la hora de la sopa papito dijo «Mira tú, si ese hombre era más manso que un buey». Y mamita contestó «Cuando yo lo digo, hay mujeres peores que las perras». Y entonces sí que no entendí nada. Que se supiera, Nereida no le había dado el machete a Bromelio para que matara a Pablito-rompe-puertas; es más, ni estaba en la casa cuando pasó esa desgracia que me dejaba sin saber dónde Bromelio escondía el saco de tarros. Nada, que el mundo es un lugar más bien incomprensible.

Foto: Karenia Guillarón. Tomada en el Museo de Cera de Bayamo.

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Segunda estampa mongólica: El héroe

lunes, 25 de noviembre de 2013

Ahora que Bayamo cumple quinientos años



¿Qué pasa cuando una ciudad tiene el juvenil atrevimiento de cumplir quinientos años? No me refiero a qué le pasa a la ciudad sino a quienes nacimos en ella. A propósito de que Bayamo –la tierra que mis abuelos gallegos decidieron hacer suya cuando salieron a hacer las Américas–, arriba a esa edad en este noviembre, la también bayamesa revista Ventana Sur me solicitó un texto. Querían sonsacar –eso dijeron– la mirada del hijo distante, medio desaprensivo y para nada patriotero. Les advertí de los daños colaterales que podría traer el ponernos a hurgar en un amor tan contradictorio como este, pero –tercos que son– insistieron. Aquí va, pues.

Me produce una particular admiración la forma en que mis coterráneos bayameses, desde los rincones más diversos del planeta, comparten fotos del pueblo natal a través de Internet, en un amoroso esfuerzo por apropiarse del espacio originario diseñando un modelo virtual a la escala de su cariño. Sin embargo, en la misma medida de esa admiración, me resulta imposible sentir la nostalgia –a veces exaltada, a veces tristona– que por lo general despliegan al reconocer el parque donde de niños jugaban, la esquina en que su padre plantaba la mesa de dominó o la casa de la prima que hizo la niñez un poco más hermosa.

Detesto la nostalgia porque es una sublimación del pasado entendido como pérdida, como un cúmulo de espacios, momentos y personas idos para siempre. O sea, el ser nostálgico brota de la convicción –consciente o inconsciente– de que la felicidad existió en algún momento y ya no está más en el presente ni estará en el futuro. Recordemos que lo vivido es un tiempo manso, terminado, que por lo general no puede sorprendernos, y esa condición lo hace parecer más amistoso que el ahora retador o el mañana inquietante. Pero esa apreciación es falsa, no siempre el pasado fue mejor. Somos nosotros quienes lo despojamos de su costado hiriente para quedarnos solo con los buenos recuerdos y evitar el dolor de los malos. La nostalgia es, entonces, una trampa, una mentira que debilita a quien la siente y no le permite enfrentar con entereza la vida que le espera por delante.

Soy incapaz de sentir nostalgia por Bayamo porque fue mi elección no regresar a trabajar en mi pueblo natal tras graduarme en la Universidad de Oriente, en 1979. Lo hice bajo el absoluto convencimiento de que en Santiago de Cuba había más posibilidades para desarrollar la carrera de escritor a la que he dedicado cada gramo de esfuerzo que la vida me ha permitido hasta hoy. Cuando veinte años después entendí que ya no encontraba en el medio cultural santiaguero las motivaciones y los espacios que necesitaba, tampoco regresé a Bayamo, sino que me alejé aún más: Fui a trabajar en la República Dominicana. Entre la nostalgia y el futuro, en ambos casos elegí el futuro y, más de treinta años después, no me arrepiento. Creo que fui honesto con mi origen y conmigo mismo.

En Bayamo queda la casa donde fui niño y adolescente, el recuerdo de la familia que me formó, muchos de los amigos entre los cuales se cocieron mis mejores virtudes y mis peores defectos. Como a todos les debo la obligación de ser la persona más productiva y honesta que me sea posible, opté por las oportunidades que me permitirían ir más lejos en ese propósito. Y, habiendo derrotado la nostalgia, pude también salvar la memoria de mi pueblo: Durante casi cuarenta años nunca he sido el tipo que se fue de Bayamo, sino el que siempre regresa. La fidelidad tiene muchas formas y esta es al menos tan auténtica como cualquiera otra. Cuidado si no más.

¿Qué es Bayamo para mí? Muchas cosas que vienen del pasado u ocurren ahora mismo en un lugar distante, pero que nunca me llegan como recuerdos o añoranzas. Están vivas dentro de mí, son reconocibles en mi forma de decir, me siguen aconsejando a la hora de tomar una decisión, me empujan hacia la cordura o el desvarío, según cuál de estas actitudes sea la pertinente en cada momento. Bayamo es el íntimo olor a hogar, la estela del gesto campesino, el sonido eufórico del tren en la madrugada, la ceiba que por mucho tiempo asumió la representación de lo enorme, el diálogo afilado y entrañable con el río al que nos íbamos sin permiso una tarde sí y la otra también. En fin, Bayamo es la conciencia de esa cultura vegetal y juguetona que comparto con muchos, que me entrega las mejores armas para enfrentar con posibilidades de éxito los retos y asechanzas de una vida tantas veces intratable. Hombre de pocos miedos como soy, el mar siempre me infunde respeto, me inquieta. Es que pertenezco a la cultura del río, de focalización más intensa que extensa; más profunda que intimidante.

Por eso no necesito sentirme triste o feliz ante la foto de un parque, una esquina o la casa de una prima. En cada pálpito de mi vida, Bayamo está ocurriendo siempre. Víctor Montero diserta sobre pelota o jazz parado en una esquina. María Luisa Milanés aprieta el gatillo de su último verso. Aquella muchacha nueva y hermosa vuelve a decirme que sí. De la Vega pasa repartiendo periódicos que no dan noticias. Juan Salvador e Hiram me retan a un duelo –ron peleón mediante– para ver quién sabe mejores cuentos de relajo. Alguien que todavía no es estatua escribe la letra del himno nacional. Martínez Fajardo despide un duelo. Rita la Caimana tira un pasillo de gruesa sabrosura. Las campanas de la Iglesia Mayor tañen el tiempo presente. El Guayabero nos amanece en el parque Céspedes ritmando el doble sentido. Y Nena, mi madrecita, termina de hacer un dulce que mis compañeros de estudio enfriarán delante del ventilador, apremiados por una juventud eterna e invencible, capaz de derrotar a la mismísima muerte. Tanta gente y tantas cosas…

Quiero decirlo ahora que mi pueblo cumple medio milenio. Bayamo es una fértil réplica de mí mismo que me ha crecido dentro y va llenando de fibras cuanto escribo. Algunas son visibles. Otras se dejan sospechar. La mayoría hay que buscarlas literatura adentro. Es más que una ciudad real tendida sobre un llano inabarcable, es un conjuro contra la desdicha que me ha dado quinientas razones para derrotar la nostalgia. Porque donde yo esté, en ese mínimo punto de la sensibilidad humana, ahí mismo está Bayamo.



Fotos: Karenia Guillarón

lunes, 14 de octubre de 2013

Mientras el poeta Jesús Cos Causse habla con el camarada Mao




Si ser auténtico –uno mismo y no otra cosa– es una aspiración suprema del humano, el santiaguero Jesús Cos Causse (1945-2007) alcanzó esa condición por cuadruplicado: Fue auténticamente negro, poeta, caribeño y amigo. Dormido o despierto, sobrio o borracho, triste o alegre, Cos era un espíritu de libertad en su versión más desaforada, un carácter informal hasta la iluminación, alguien dotado con la sinceridad de prometer lo que no cumpliría jamás, y al mismo tiempo un desborde de sensibilidad. La más vívida representación del alma caribeña, en fin.

Un día, ya avanzados los años setenta, el negrito fino y nervioso que era Cos Causse desembarcó en Pekín como parte del intercambio cultural entre China y Cuba, países hermanados por esa época en la aspiración de construir un socialismo tan real que terminó haciéndose imposible. Lo esperaba en el aeropuerto un edecán asiático, bajito y sonriente que, apenas presentado, lo llevó al hotel y le mostró el estricto programa de trabajo que cumplirían durante la visita del camarada escritor caribeño.

Sobrevinieron entonces dos agotadores días de recorrer fábricas, escuelas, monumentos históricos y escuchar al edecán cuatro veces por minuto decir que toda aquella maravilla de estudiantes recitando poemas de José Martí en una lengua incomprensible y obreros de enigmáticas sonrisas era la obra genial del camarada Mao. Al tercer día, apenas amaneció, unos suaves toques perturbaron la puerta de la habitación. Tras abrir, un soñoliento Cos Causse observó a dos hombres que cargaban una pesada caja y supo por boca del edecán el tamaño honor del que era objeto al recibir como regalo las obras completas del camarada Mao Tse Tung. Una vez solo, mientras circundaba aquella caja inmensa como el desconsuelo, el negrito con apariencia de Quijote isleño se dijo que aquello estaba yendo demasiado lejos y era necesario hacer algo urgente.

Caribeño de punta a punta como era, decidió que había llegado la hora de apelar al cimarronaje ladino, ese de rebeldía silenciosa que, sin necesidad de apalencarse, termina por apropiarse las armas del creído dominador. Ese atardecer, luego de aliviar con un baño las tensiones de su desencuentro con un taller de escritores noveles chinos pertenecientes a una unidad militar, Cos Causse se paró frente a la caja y dijo de la forma más despaciosa posible para cuidar que las deformaciones típicas de los micrófonos no entorpecieran aún más la comprensión de su español tartamudeado: «Pero ven acá, ¿y esta gente no bebe alcohol? ¡Qué ganas tengo de darme un trago!» Media hora después, durante la cena, el edecán le informó que las instancias superiores deseaban obsequiarle una botella del mejor alcohol de arroz elaborado en el país. El objetivo no podía ser más noble: favorecer la cabal comprensión de la cultura china por parte del escritor visitante, gesto que se vería acentuado por el hecho de que el personal del hotel le rellenaría la botella cada vez que esta se vaciara.

A partir de ese momento, el diálogo entre el poeta cubano y las obras del camarada Mao fue haciéndose más y más próximo. Apenas levantado a la mañana siguiente, Cos Causse le reclamó: «¿Y esta gente no me va a dar viáticos? ¡Coño, qué tacaños son!»  Al momento de recogerlo para cumplir el programa del día, el edecán le hizo entrega de unos yuanes que casualmente las altas instancias habían decidido asignarle para que los usara según mejor creyera. Alentado por esa nueva victoria, en la noche el poeta se quejó frente a la caja: «Estoy cansado de que me lleven a todas partes. ¡Cómo me gustaría caminar solo, ir adonde me dé la gana!» Y casualmente, esa mañana el edecán le informó durante el desayuno que, siempre respetuosas de la libertad individual, las altas instancias habían entendido pertinente suspender las actividades programadas para los días restantes y dejar que el hermano escritor cubano conociera por sí mismo al pueblo del camarada Mao.

La noche antes del regreso, Cos Causse se despidió de la caja según la tradición más caribeña, siempre equívoca y deslizante. Le dijo: «¡Qué viaje tan extraordinario! ¡Cuánto he aprendido junto a mis hermanos chinos!» Y a las tres de la madrugada, dos horas antes del momento señalado por el edecán para recogerlo, se largó en un taxi hacia el aeropuerto. Feliz avanzaba el poeta en la madrugada, tironeándose con suavidad la barbita rala, de vuelta al Trópico con la correspondiente pacotilla y tres botellas de alcohol de arroz para impresionar a los socios de tragos. Y todo gracias al espléndido éxito que, para la correcta supervivencia, había tenido su diálogo con las obras completas del camarada Mao, convenientemente olvidadas en la habitación del hotel.

Pero si la cultura china ha llegado a ser milenaria, se debe precisamente a su tozudez. Cuando ya el poeta cubano despachaba el equipaje en el counter de Aeroflot, escuchó unos gritos que clamaban «¡Camarada Jesús, camarada Jesús!» Y al volverse, vio a dos hombres que corrían hacia él cargando la conocida caja, al parecer más pesada que el infortunio, mientras el edecán le decía entre sofocos: «¡Camarada Jesús, olvidaba usted las obras del camarada Mao! No podíamos permitir que usted sufriera tan enorme pérdida». ¿Había en la sonrisa mansa del hombrecito asiático un brillo de ironía o fue solo la apreciación –¿engañosa, fugaz?– del bardo caribeño? Ese es un misterio que, me temo, nunca llegaremos a dilucidar.

Bueno, sí podemos imaginar la cara de azoro con que el negrito fino abandonó el aeropuerto José Martí, en La Habana, a marcha forzada y sin mirar hacia atrás, no fuera a ser que algún oficial de Aduanas le preguntase si tenía idea de a quién pertenecía la caja enorme que giraba desconsolada sobre la correa del equipaje. Más o menos –a lo mejor menos que más– así contó la anécdota el poeta, y ahora que lo recuerdo sentado en el patio de la Casa del Caribe, con el trago en una mano y el cigarrillo humeante en la otra, dudo si la historia fue en China o en Corea del Norte, si el involucrado fue Mao Tse Tung o Kim Il Sung. Aunque en el fondo el dato carece de relevancia ante las blandas morosidades de la tenacidad que cuajaron el ser caribeño del poeta Jesús Cos Causse, ¿no creen?


Si un caminante…

A Joel James Figarola

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela con precaución, porque puede ser
el fantasma de un forastero escapado del recuerdo.

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela y piensa en el amor, porque puede ser
una víbora vieja cuya próxima víctima será la primavera.

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela y reza un Padrenuestro, tose hasta asustarlo.

Enciende una vela y un pedazo de pan, porque puede ser
un mendigo moribundo con hambre de luz y de sangre.

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela y ciérrala rápidamente, porque puede ser
la muerte disfrazada como un ser humano,
errante y envidiosa, con la guadaña escondida en los ojos.

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela con un crucifijo en la mano, porque puede ser
el Demonio y sus cómplices y un círculo de fuego.

Si un caminante toca a tu puerta
ábrela e invítalo a pasar, sea quien sea,
coloca tu corazón sobre la mesa,
esgrime la vida como una espada
y se convertirá en un caminante ya sin caminos,
regresando con sumisión
a su tranquila morada en la eternidad.

Jesús Cos Causse, del libro póstumo Crónica del crepúsculo.