Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

jueves, 11 de diciembre de 2014

La bola


Novena estampa mongólica


La bola de hierro se balanceaba cogiendo impulso. Viéndola colgada del brazo de la grúa, más arriba de los árboles, entendí bien a Nereyda cuando se rio la otra tardecita y dijo «¡Pareces una grúa Kato!» El balanceo dio tiempo a que tío Eusebio se fumara medio cigarro Vegueros, y cuando por fin el brazo de la grúa lanzó la bola contra el edificio, todos en el parque estábamos esperando el acabose... Y no pasó casi nada. Un golpe hueco y un suspirito de polvo que ni competir podía con el humo que tío Eusebio soltó por la boca al comentar «Menos mal que el edificio se estaba cayendo, porque si no…»

Lo dijo bajito, mientras botaba la colilla en el cantero del parque, y si en ese momento Armandito-cara-de-coco vino hasta el banco donde estábamos sentados, debió de ser porque quería enseñarnos aquel mismo edificio que alumbraban los reflectores, pero con puertas y ventanas y carros parqueados enfrente y gente conversando en la acera y ninguna bola balanceándose para tumbarlo. En el hotel de la foto estaba todavía el nombre escrito con letras blancas, y al lado el cine anunciaba un montón de películas, todas con letras negras. «Me acuerdo de ese día», dijo tío Eusebio. «Hicimos tremenda cola para ver Lo que el viento se llevó y yo me dormí nada más empezar la película. Cuando desperté, la gente en el cine lloraba más que el carajo, hasta el padre de este».

Esa noche en el parque no hacía viento y el polvo que soltaba el edificio con cada golpe de la bola atravesaba la luz de los reflectores convertido en gusanitos; eran tantos, que si los miraba fijo hasta poner los ojos bizcos se volvían millones de pececitos oscuros nadando entre dos bolas de hierro que se balanceaban, y encima, dos lunas también redondas, aunque fijas. «Estamos jodidos», dijo Armandito-cara-de-coco, «ya nada es como antes». Y tenía razón. Los cambios llegaban de momento y lo dejaban a uno viendo musarañas. Antes mamita decía que el tío Eusebio era un tarambana, y de pronto podía salir con él hasta de noche. Antes nadie en la familia quería oír hablar de Nereyda, y de pronto papito me mandaba a su casa para ayudarla por las tardecitas. Antes los muchachos andaban siempre por el barrio, y de pronto se habían desperdigado, igualito que si una bola como aquella le hubiera dado un janazo al grupo.

«Los americanos caminan por la luna y nosotros aquí, comiendo polvo», gritó alguien mientras la bola todavía cimbraba por el golpe al lado de la fachada, y con el grito se me enderezaron los ojos. Fue una pena porque con la mirada bizca ya empezaba a ver la luna como si fuera otra bola balanceándose, mientras que en el parque no pasaba nada interesante. La gente seguía mirando hacia arriba sin hablar, la espalda de Armandito-cara-de-coco se alejaba hacia la esquina de La Creación, y los policías caminaban entre los grupos como si ya no tuvieran ganas de prestarle atención a la bola. Iba a comentarle a tío Eusebio que si aquel golpe contra el edificio lo hubiera dado la luna y no la bola, a quienes estuvieran caminando por allá arriba no iba a gustarles mucho, pero en ese momento él dijo «Creo que mejor nos largamos de aquí», y recogió la caja de Vegueros que tenía encima del banco.

«¿Te tragaste la lengua?», preguntó el tío cuando íbamos doblando en la calle Saco, y le respondí que me estaba acordando de la película Trapecio y del día que papito me llevó a verla. «¡Lindas las tetas de la tipa que salía en esa película!», comentó él sin que pudiera enterarse de la coincidencia. Por tarambana que tío Eusebio fuera, no le iba a decir que la bola me recordaba las nalgas de Nereyda.

Ilustración: Foto de autor desconocido, tomada presumiblemente en los primeros años cincuenta. Debo al periodista bayamés Armando Yero haber entrado en contacto con ella.

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Cuarta estampa mongólicaEl sueño
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Séptima estampa mongólicaVeneno
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5 comentarios:

  1. Aun recuerdo ese dia. Era muy pequeno, no se, unos 7, creo. Mi papa me llevo en su vieja bicicleta, recuerdo esa grua pegandole al edificio y no hacia mas que un agujero hasta que lo drstruyeron.

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  2. Yo era mayor, ya andaba por la secundaria. Y la verdad, no sé por qué este hecho nos marcó tanto a todos. Es algo de lo que e habla continuamente entre bayameses de la época.

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  3. El maestro Cristóbal Díaz Ayala me escribe pidiendo ayuda para domar el sistema. Este es su comentario: Formidable Sencillamente decirte que me recordó la demolición de Cinema Paradiso, los mismo personajes bien logrados, la atmósfera, pero en tu caso, sin la maravilla de la máquina fotográfica, sino el milagro de tu prosa...CDA"

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