Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El arte de roncar




Tras doce meses ininterrumpidos de existencia, Palabras del que no está entra en receso de fin de año, y tomando en cuenta que su autor planea aventurarse por la tierra del siempre quizás, les deja como regalo de Navidad, fin de año, año nuevo, Reyes Magos, o lo que usted prefiera, el relato El arte de roncar, finalista entre 2,200 de su especie que tomaron parte en el XXX Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo, convocado en París por Radio Francia Internacional. Para leerlo, basta que acaricie este link:
Nos vemos o, al menos, nos hablamos.

Foto: Karenia Guillarón

viernes, 30 de noviembre de 2012

La dictaduracia latinoamericana




Como los virus y los gérmenes, las enfermedades sociales también evolucionan; mutan para hacerse resistentes a la acción de las instituciones que deben ejecutar en la sociedad una vigilancia parecida a la que realiza el sistema inmunológico en nuestros organismos; se hacen invulnerables a las leyes y rebrotan con otros síntomas y otras maneras de expandirse, aunque lamentablemente con iguales y hasta peores consecuencias.
Hablar de dictaduras hace treinta años en América Latina presuponía la usurpación del poder mediante el uso de una fuerza militar y, por lo general, con el apoyo de una potencia extranjera, fórmula violenta a través de la cual era posible ignorar la voluntad de la mayoría con el pretexto de salvaguardar los destinos de la patria frente a algún enemigo supuestamente terrible. Variantes más o variantes menos, tal fórmula de corte golpista concita hoy en nuestros países un rechazo bastante sólido, lo que se ha visto beneficiado por un descenso en la impunidad con que las potencias (tanto nuestro imperio continental como aquellos situados más lejos) impusieron su voluntad hasta la segunda mitad del siglo XX.
Pero el gesto dictatorial dista mucho de haber sido derrotado. Acaso si ha cambiado sus formas de operar y se ha vuelto, si cabe, más dañino por ser también más hábil y difícil de combatir. Si dejamos de lado el caso de Cuba, cuyas especificidades pertenecen a una época clausurada en casi todo el hemisferio, los aspirantes contemporáneos a dictadores latinoamericanos buscan el pretexto de la mayoría para adueñarse del poder e irlo haciendo lo más absoluto que permitan las circunstancias. Esto representa un reto para las endebles democracias nuestras, que se ven combatidas con el mismo argumento que ellas emplean para definirse: ser un resultado de la voluntad mayoritaria de la población.
Si fuera algo excepcional, no habría por qué preocuparse. Pero la aparición de estos nuevos hombres (y ahora también mujeres) “fuertes” se ha vuelto algo frecuente entre nosotros. Aunque cada caso asume sus peculiaridades, en lo visto hasta el momento creo posible identificar dos modelos centrales de actuación.
El primero se funda en la aparición de una figura que aprovecha las desigualdades y las insatisfacciones sembradas por el liberalismo extremo y los abusos elitistas para capitalizar las ansias de justicia social a través del populismo. Es, por lo general, una fórmula que nace o se sustenta en las antiguas izquierdas políticas, concita el fanatismo al convertir su propuesta en una causa ideológica y trae dos consecuencias nefastas: la polarización de la sociedad en torno a posturas irreconciliables, que se resuelven en violencia, y la hipoteca del futuro, al destinar los recursos no a generar un desarrollo duradero, sino a entregar beneficios puntuales a los más pobres que, mayoría al fin y al cabo, aportan un voto difícil de derrotar.
El segundo modelo proviene de la derecha política y plantea muchas semejanzas con las  formas en que operan las mafias. Aprovecha también la insatisfacción generalizada, pero su centro no está situado en la confrontación ideológica, sino todo lo contrario, en una banalización de las oposiciones y las perspectivas divergentes a través de la compra de voluntades, el enriquecimiento de grupos diversos, las dádivas clientelistas y, en el caso de los más pobres, el ejercicio institucionalizado de la mendicidad. Este modelo tiene también su sueño para vender, cómo no. Es la promesa del desarrollo como una caricatura primermundista y del progreso basado en el privilegio implacable del consumo.
Aunque cada caso presenta sus peculiaridades, como ya se dijo, y hay no pocos préstamos entre uno y otro, ambos modelos conducen a un mismo resultado: la construcción de una figura principesca y mesiánica, que afirma su personalismo sobre una cohorte de incondicionales aprovechados. De este modo, los destinos de los países quedan atados a la voluntad de un iluminado cuyo discurso no solo da por sentada la incapacidad de la sociedad para valerse por sí misma, sino que además asesina la alternancia de perspectivas diferentes, única forma de aspirar a una madurez política colectiva.
Claro, en países sanos, con instituciones fuertes y sistemas legales independientes, es más difícil que estas formas dictatoriales hagan su letal metástasis. Pero, mientras esa no sea la realidad que vive la mayor parte de América Latina, deberíamos al menos ir cuestionando los viejos criterios acerca de la democracia, esos que se basan exclusivamente en la convocatoria a elecciones periódicas y la voluntad de una mayoría frente a la cual la pregunta no debería de ser cuánto sino cómo.
 
P.S. Pensé ahorrarles una última mala noticia, pero es imposible. Resulta que la inevitable crisis del segundo modelo, mafioso y corrupto, puede crear condiciones de descreimiento colectivo que potencien el discurso populista esencial en el primer modelo y la aparición de una figura hábil, capaz de capitalizar las circunstancias a su favor. No fue otra cosa lo que sucedió en Venezuela hace más de una década… y hasta el sol de hoy.

Ilustración: Autorretrato como neuro-perro (fragmento), de José García Cordero. Colección Eduardo León Jimenes de Artes Visuales.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La edad heroica

 

Cada vez las personas ingresan más jóvenes a los estudios superiores y al mercado laboral. Todos los días nos asombramos de alguien que ha conquistado un puesto socialmente relevante a una edad que hace solo tres décadas habría sido considerada casi infantil. Hay a estas alturas nichos profesionales que se consideran vedados para personas mayores de cuarenta años. La publicidad nos vende todo el tiempo la apariencia joven como el don supremo. Palabras tan esenciales como felicidad, vigor, salud y plenitud han pasado a presuponer la condición de ser joven o de simularlo a cualquier precio. En fin, la juventud se nos ha vuelto un valor, ese es el signo de los tiempos.
Lo heroico que señala el título, sin embargo, no se refiere a esa precocidad galopante sino al extremo contrario de la cadena vital. Señala a quienes nacieron en los años cincuenta (o antes) del siglo que, no sin cierto desdén, llamamos pasado. Parias en un tiempo para el cual no fueron preparados, inmigrantes de una época clausurada, quienes hoy giran alrededor de los sesenta (pocos años menos, a veces bastante más), han tenido que afrontar todas las dudas y todos los desplantes que reciben quienes llegan a lugar ajeno. Pocas veces se suele poner atención sobre ese desarraigo, y cuando los sociólogos, psicólogos o culturólogos lo hacen, es para decirnos que la experiencia adquirida con tanto esfuerzo no ofrece respuestas adecuadas para el inquieto presente.
Durante los años sesenta y setenta (incluso antes), esa generación fue educada a golpe de cincel, como si el mundo en que vivía fuera a ser eterno. Se les formó bajo el concepto de que tener información era ser culto, de que el libro impreso y su lectura lineal eran la cumbre de la comunicación, de que lo perdurable constituía el valor esencial de la existencia humana. Se hablaba entonces de “mi casa” para referirse al lugar donde se nacía y se moría; de “mi biblioteca” como el mejor índice para mostrar la fisonomía intelectual de alguien; de “mi familia” en tanto prueba esencial de pertenencia; y así sucesivamente. Todo aludía a una movilidad social reducida, mientras cumplíamos el lento y trabajoso proceso que nos convertía en adultos mayores.
Cierto que en los años sesenta los viajes al espacio o el fulgurante desarrollo de la televisión emitieron señales que debieron ser de aviso, pero ese devenir pareció todavía coherente con el lento tiempo de la tradición en que se vivía (y su ruptura, que también formaba parte de esta), cuando los ancianos eran el respetado consejo que guiaba a la tribu y las utopías sociales de libertad y soberanía nacional deslumbraban a todos. Igual mirábamos hacia el horizonte equivocado. Creíamos en esa fecha que el cambio vendría desde la política y los movimientos sociales. Nadie se imaginó que la verdadera revolución se estaba desarrollando en los terrenos de la investigación, y menos aún cuán drástica sería esa revolución. Tanto, que por primera vez en la historia de la humanidad un imperio (el soviético y sus acólitos del socialismo entonces llamado real) sería derrotado no en el campo de batalla, sino en el de la innovación y la eficiencia.
Los años ochenta hicieron quebrar la ilusión de segura continuidad prevaleciente hasta entonces. Lo perdurable fue sustituido por la fugacidad. Los medios digitales de comunicación y sus códigos asociados impusieron la fragmentación y el pastiche como formas de abordar y entender la realidad. La información quedó bajo la custodia de los equipos electrónicos y al alcance de un golpe con el dedo índice. Los aparatos se acoplaron como prótesis a nuestros cuerpos para romper la noción de espacialidad y atomizar el sentido de pertenencia. No basta con decir que todo cambió, es más justo admitir que lo novedoso se impuso como una razón de vida, como una filosofía, como una droga que es necesario consumir todos los días, y los que a fines de los ochenta rondaban los cuarenta años o más tuvieron que rehacerse sobre la marcha para no quedar obsoletos y abandonados a la orilla del camino.
Lo dicho podría parecer excesivo para quienes consideran que cambiar la máquina de escribir por el ordenador o el viejo teléfono de mesa por el celular es solo un asunto de equipos con posibilidades diferentes, una asunción entusiasta del progreso. Pero si entendemos que los nuevos códigos culturales vinculados a los aparatos ordenador o celular moldean nuestras formas psíquicas superiores y, por tanto, transforman nuestras maneras de razonar el mundo, entonces quedará clara la dimensión de los impactos a que nos estamos refiriendo. Para esa generación que había nacido en los cincuenta o antes fue como pasar del Renacimiento al siglo XIX, pero en solo unos años. ¿Exagerado? Tal vez, aunque invito a ponderar con cuánta profundidad han sido transformados todos los aspectos sociales; desde el sentido de la espacialidad y las formas de concebir la felicidad, pasando por los valores de la comunicación y las maneras de compartir, hasta llegar a la vida en familia y los horizontes de la educación.
La humanidad no hará un monumento a esa edad sorprendida entre dos mundos. Es más, se olvidará de ella en la misma medida que la actual brecha generacional desaparezca y las sucesivas generaciones crezcan en armónico diálogo con las actuales, cambiantes y vertiginosas formas de ser y percibir. Por eso, antes de que sea tarde, quiero reconocer a esa generación el coraje de haber sabido reinventarse frente a tanto reto, ese heroísmo cotidiano que no espera estatuas ni reclama aplausos.

lunes, 15 de octubre de 2012

Los escritores y su perseguida soledad

 

La modernidad dio a los escritores todas razones para presentar el acto de escribir como un oficio rodeado de misterio. Son incontables las páginas dedicadas a recrear ese proceso creativo como  algo esotérico, cuajado de imponderables y gestos excéntricos que, por cierto, fascinan a los lectores al menos tanto como las novelas. Mucho me temo, sin embargo, que esa sacralización del talento y la hermética soledad  que por tanto tiempo la acompañó están siendo duramente cuestionadas por la contemporaneidad.
Con frecuencia me pregunto por qué en las últimas décadas las propuestas de las artes visuales muestran en casi todas partes una mayor eficacia y penetración a la hora de cuestionar y recrear la realidad que las elaboradas desde la literatura. La primera respuesta que se me ocurrió fue que la inserción de los artistas visuales en el mercado del arte (por endeble que este pudiera ser) permite a muchos de ellos una profesionalización cierta y les confiere ventajas frente a los artistas de la palabra, aherrojados a un empleo muchas veces indeseado. En esas elucubraciones andaba, cuando recibí un correo electrónico de Fernando Ureña Rib, a la sazón destacado artista visual y prolífico escritor dominicano, donde me preguntaba si todavía yo “curaba” libros de cuentos.
El de curador es un oficio común en las artes visuales contemporáneas y proviene de la palabra inglesa care (cuidar, atender). Verlo referido a un texto de literatura me sorprendió. ¿Es posible curar un texto literario?
El curador de arte tiene diferentes funciones de acuerdo con el tipo de labor a la cual dedique sus esfuerzos. Para el caso que nos ocupa, curar la ejecución de un proyecto artístico significa acompañar al artista en el planeamiento, diseño y realización de este; problematizar desde una mirada externa pero comprometida el proceso creativo para lograr que el autor esté completamente seguro de lo que quiere hacer y se pregunte a cada paso si las soluciones que va implementando son las adecuadas para obtener el mejor resultado.
Sería posible hacer este mismo trabajo en el caso de la literatura, de eso estoy seguro, pero no conozco a un solo escritor profesional que crea necesitarlo o esté dispuesto a admitirlo, a menos que se lo proponga alguien tan famoso como Mario Vargas Llosa. Ah, divina vanidad, ¿cómo has de permitir que un extraño invada la sacrosanta soledad del creador? Bien difícil ha sido ya aceptar a los editores como intermediarios entre el autor y el público, aceptación que para la mayoría de los escritores termina en el acto de corregir… Ni una pizca más allá. En cuanto al acompañamiento, lo más cercano al proceso curatorial que llega la literatura entre nosotros es al coaching, seguimiento que se da a los principiantes para adiestrarlos en el oficio de escribir. ¿Los profesionales? ¡Ni locos!
La actitud de las artes visuales es completamente distinta. Deseosos de cuestionar una contemporaneidad repleta de complejidades y de resonancias que llegan desde todas partes, los artistas han apostado por lo procesual, por la inclusión de las nuevas tecnologías de la comunicación y por una hibridez genérica que les permite mezclar códigos visuales, auditivos, táctiles y olfativos para labrar en el territorio de las emociones y los conceptos. Conscientes de que la realidad comunicacional ya no permite establecer una división tajante entre quienes emiten el mensaje estético y quienes lo reciben, y enterados de que esto transforma radicalmente el trabajo del creador, no solo han abierto las puertas al esfuerzo colectivo y al acompañamiento curatorial, sino que han dado al público la posibilidad de intervenir sus procesos y completar sus obras. En ese camino, se han apropiado de recursos provenientes de otras disciplinas artísticas, como la danza, el teatro, el cine, el video, y claro, la literatura.
Los escritores, de nuestra parte, apenas si nos acercamos con suspicacia a las nuevas posibilidades que la era digital abre para mezclar la letra escrita con sonidos, imágenes en movimiento, etc. Cerrando los ojos a la evidencia de que la oralidad ha vuelto para reclamar su lugar, bien sea de manera directa o mimetizada en la especial gramática de los minimensajes y su singular familia comunicacional, seguimos enzarzados en la discusión acerca de si el libro impreso sobrevivirá o si es lícito propiciar al lector acceso libre a nuestros textos a través de la conexión remota. Usuarios de una red global donde emisión y recepción tienden a fundirse, nos sigue pareciendo un sacrilegio permitir que los lectores puedan intervenir nuestra obra y transformarla a su gusto, solo porque sería ofensivo para una originalidad y una exclusividad intelectual que la época va borrando a toda prisa.
Claro que hay escritores oteando los nuevos horizontes de la época. Para solo citar un ejemplo del patio, en eso anda El Hombrecito, un colectivo dominicano que integra literatura, música y elementos de las artes visuales, sobre todo performáticos. Pero son excepciones. La norma en literatura sigue siendo la huraña distancia del genio y la soledad del creador único. Queda por ver hasta cuándo. No se necesita ser demasiado listo para percatarse de que la hibridación de los códigos terminará por imponer a los escritores cada vez más el trabajo en colaboración, como normalmente ocurre en el cine, las artes escénicas o las artes visuales, único modo de que la inspiración logre comprender y dar respuesta a los actuales derroteros del tiempo.
 
 
P.D. El trabajo del curador tiene que ver con el proceso de concepción y ejecución de una obra; es decir, su acompañamiento termina inmediatamente el texto está concluido. Es entonces que llega el editor, quien asume la responsabilidad de hacer propuestas que adecuen ese resultado a los códigos impresos y a los públicos que desea impactar el sello editorial en cuestión. Este último es el tipo de trabajo por el cual preguntaba el amigo Ureña Rib. Entre el curador y el editor solo hay una  cosa en común: Ninguno de los dos puede intervenir de manera directa en el proyecto o en la obra ni imponer al autor un punto de vista que este no desee asumir.
Foto: José Enrique Tavárez
 

lunes, 24 de septiembre de 2012

El patrimonio cultural y sus ritmos




Patrimonio cultural es un concepto que se escucha por todas partes, tocado con la ligereza que dan los significados sobreentendidos. Pero si usted se toma el trabajo de seguirle la pista en los medios de información, las comunicaciones de las instancias oficiales, la mayor parte de los programas que promocionan las instituciones de diverso tipo y, por último, los comentarios de la ciudadanía, no resulta difícil percatarse de que la clave predominante es la comprensión del patrimonio como un legado; es decir, como algo que la sociedad recibe del pasado y que debe conservar.
Y esto no estaría mal si al mismo tiempo se comprendiera que ese punto de vista es solo una parte de la verdad. Una parte que, idealizada ingenuamente o manipulada con actitud provechosa, conduce a considerar el patrimonio al margen del ser social que lo crea y lo reproduce, o sea, como un acervo de objetos, valores, técnicas, saberes, etc., que este debe colocar en el templo de la adoración. Desde esa perspectiva, el patrimonio cultural deja de ser un capital de herramientas vitales que cada individuo reproduce a su manera para convertirse en una prisión que nos atrapa al nacer, en un mandato sin vida real ni posibilidades creadoras.
Apenas en marzo pasado, los especialistas del Centro León realizaron una encuesta para indagar cómo veían los dominicanos su patrimonio cultural. Personas de edad, sexo, clase social y nivel de escolaridad diferentes mostraron relativa facilidad para mencionar objetos o manifestaciones que ellos entienden forman parte de su repertorio cultural, pero encontraron serios problemas a la hora de definir el concepto. Incluso el 20% de los encuestados respondió negativamente o no estuvo seguro de que existiera un patrimonio cultural dominicano.
Entre los objetos y manifestaciones más mencionadas, como era de esperar, la primera tendencia del público fue vincular el patrimonio con los monumentos y las obras de arte, secuela de la añeja percepción elitista que presenta el valor patrimonial como algo incuestionablemente inherente a los objetos. Esta perspectiva, que se desgaja en reverencias frente a los fetiches del pasado y según la cual el patrimonio es construido por personas dotadas de talento excepcional, sigue teniendo sus mejores aliados entre algunos intelectuales y medios tradicionales de comunicación.
También abundaron las alusiones a manifestaciones de la cultura popular cuya importancia ha sido muy exaltada por el poder político en su esfuerzo por construir la imagen de un patrimonio cultural único para todos los dominicanos, no importa su posición económica, su pertenencia regional o su nivel educacional. Es esa una operación sesgada, que parece reconocer las expresiones populares, cuando en realidad solo las arranca de las relaciones sociales en las que estas cobran sentido y las despoja de los profundos conflictos que expresan para integrarlas en un edulcorado espectáculo de paz y convivencia que, según todos sabemos, no existe.
El patrimonio cultural es un acervo cuyo sentido se construye en el diario vivir del grupo social, el cual encuentra en su uso (sea práctico o simbólico) un arsenal útil para enfrentar los retos que le plantea la vida y dar solidez a su sentido de pertenencia en el tiempo. Es decir, el valor patrimonial de cualquier objeto, creencia o saber depende del uso consciente o inconsciente, material o simbólico, tangible o intangible que los miembros del grupo le dan. Esto significa que, aunque muchos de sus componentes llegan desde el pasado, el patrimonio cultural se vive en presente y es resignificado por sus usuarios y creadores: las personas.
Todos los seres humanos poseen un capital cultural compartido, no importa si son conscientes de este o no. Pero conocer y reflexionar sobre el patrimonio cultural propio permite también conocernos mejor por lo que somos y por lo que no, por lo que hacemos y por las maneras en que adoptamos lo que otros hacen. Fomentar en la ciudadanía la seguridad de que todos somos protagonistas y creadores de nuestro patrimonio en el fluyente espacio de la cotidianidad, y no meros adoradores de aquello que los supuestos especialistas entienden como valioso, debe ser la primera labor de las instituciones culturales. También, y sobre todo, debería serlo de la educación dominicana, pero esta insiste de modo general en una percepción del patrimonio mucho más cercana al elitismo y la falsa visión paradisíaca tan provechosa para los grupos de poder.
La conciencia de ser y de pertenecer alimenta la autoestima y abre inmensas posibilidades para actuar, eso es indudable. Pero lo es siempre y cuando se admita que no existe un solo y único patrimonio cultural dominicano, cuando estemos dispuestos a comprender que cada individuo tiene el derecho de utilizar libremente el patrimonio cultural que reconoce suyo según sus posibilidades y necesidades, cuando podamos convencernos de que examinar las herramientas y capacidades de que nos provee nuestro patrimonio cultural es tan útil (o más) que llevar control de nuestras cuentas bancarias.
Después de afirmar que el patrimonio cultural dominicano estaba en los museos, uno de los entrevistados en la encuesta de marras preguntó: ¿Y qué gano yo en la práctica al saber qué es el patrimonio cultural? Como ponerse a teorizar no iba a ser de mucha ayuda, preferí responderle con un ejemplo.
Hace unos días vi en televisión una entrevista con Santiago Antúnez, el preparador cubano de 110 metros con vallas. Mientras el atletismo del país antillano ha sufrido un verdadero derrumbe en los últimos tiempos, esa disciplina sigue produciendo una gran cantidad de atletas y excelentes resultados, incluidas las medallas de oro olímpicas de Anier García en Sydney 2000 y de Dayron Robles en Beijing 2008. ¿Por qué? Antúnez explicó que, como entrenador, había estudiado las escuelas más importantes del mundo (es decir, la norteamericana, la francesa y la inglesa). “Fue entonces [dijo] cuando descubrí que los corredores cubanos podían ser distintos en el ritmo. La tarea era elaborar una metodología que les permitiera correr las vallas usando el ritmo del son”.
Puede que sea un cuento de Antúnez, ya se sabe lo mentirosos que podemos ser los cubanos, pero el día en que logró convencer a sus atletas de que nadie corría las vallas como ellos porque lo hacían al ritmo del son cubano, estoy seguro de que justo en ese momento Anier y Robles comenzaron su marcha hacia la gloria olímpica.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Danilo Medina, el brujo y la computadora


 
Bastó un supuesto anuncio de que el recién electo presidente de la República Dominicana, Danilo Medina, no usaría la silla que la democracia doméstica heredó del dictador Rafael L. Trujillo y que se le atribuyera la decisión de tampoco colocar su foto en todas las oficinas públicas para que numerosas personas se manifestaran esperanzadas en que ahora sí el poder político iba a cambiar. Fue una reacción instantánea y jubilosa, que arrastró incluso a algunos comunicadores avezados, profesionales con muchos años de experiencia en el sinuoso tráfico de los símbolos.
El asunto me regresó a uno de los misterios más atrayentes de mi vida. Durante dos décadas presencié decenas de conversaciones entre sacerdotes de las religiones populares cubanas (santería, palo monte, vodú, espiritismo, o una mezcla de estos) y personas que buscaban solución a sus problemas a través de las supuestas capacidades de aquellos para establecer contacto con los dioses, santos, muertos, espíritus, fuerzas, o una mezcla de estos. Fui testigo de algunas revelaciones impresionantes, lo confieso, pero en la mayoría de los casos resultaba obvio que se trataba de una manipulación lograda por el practicante a base de altas dotes histriónicas y una penetrante habilidad para manejar la comunicación. Lo enigmático para mí era cómo los “pacientes” no podían percatarse de que la adivinación la producían ellos mismos y no el brujo.
Vine a entender lo que ocurría algún tiempo después, cuando conocí a ELIZA. Así nombró Joseph Weizenbaum un software que creara en el afamado Instituto Tecnológico de Massachusetts, allá por 1964, con el objetivo de analizar el lenguaje escrito. Funcionaba mediante un patrón que le permitía detectar la palabra fundamental en cualquier oración, analizarla en el contexto lingüístico donde aparecía y devolverla reformulada tan habilidosamente que parecía ser una respuesta a la oración original. Para sorpresa de su creador, ELIZA se convirtió en una celebridad de la mano de profesores, psicoterapeutas, científicos y periodistas. Al “dialogar” con “ella”, las personas tenían la aplastante impresión de que era humana. Incluso la secretaria de Weizenbaum, quien le había visto crear el software, un día pidió al profesor que saliera de la oficina pues la “conversación” que ella sostenía con ELIZA se estaba haciendo demasiado íntima. En el fondo, el software funcionaba como una suerte de “espejo” que permitía a sus interlocutores dialogar consigo mismos.
Del igual manera que ELIZA, los médiums de mi experiencia devolvían reformuladas las informaciones y los estados de ánimo que les comunicaban sus “pacientes”, quienes propiciaban ellos mismos la adivinación, e incluso el supuesto remedio a sus problemas. A favor de los practicantes estaba su largo oficio en tratar con personas sometidas a las más disímiles amenazas, tanto físicas como espirituales, sicológicas o emocionales, y al miedo que estas traen asociado. Para decirlo con toda claridad: El brujo en realidad no existía, eran los “pacientes” quienes lo construían porque tenían la imperiosa necesidad de que él fuera real y tuviera las facultades mágicas capaces de ayudarlos.
El otro es siempre una construcción a través de la cual nos vemos a nosotros mismos. Claro que ese otro existe objetivamente, pero somos nosotros quienes le adjudicamos las características (positivas o negativas) que necesitamos, de acuerdo con nuestros deseos, fobias, esperanzas, etc. Esto es muy notable en el caso de los líderes, sea en el terreno que fuere, pero ocurre todo el tiempo a nuestro alrededor. Solo presten oídos cuando alguien muy enamorado habla sobre el objeto de su amor. ¿Cuántas veces en esos casos quedamos asombrados porque lo que escuchamos no parece tener un ápice de relación con la persona a quien hace referencia? La operación es simple: Consciente o inconscientemente, se bloquean las señales que pueden impedir la construcción de la imagen deseada… hasta el día en que la realidad irrumpe con la brutalidad del desengaño.
Desearía de todo corazón que Danilo Medina emprendiera una campaña seria y profunda para sanear la corrupción, castigar a los fraudulentos, reducir la pobreza y organizar el país. En fin, que ciertamente hiciera “lo que nunca se ha hecho”, como prometía su eslogan de campaña. Pero, por ahora, su perfil de revolucionario no es más que una construcción comprensible, dictada por los mejores deseos y las más justas apetencias de quienes con todo derecho sueñan una República Dominicana mejor.

lunes, 20 de agosto de 2012

Hasta luego, Guacanagarix




Aquella tarde, mientras me investían como ciudadano dominicano, pensé en Guacanagarix.
Confieso que cada vez me siento menos cómodo con los héroes, los mártires, los padres de la patria y el resto de las especies que pueblan el panteón de los símbolos nacionales. Y me refiero a todos los panteones nacionales, no importa en qué país hayan sido construidos.  El problema no es tanto con las personas que fueron esos héroes o con sus encomiásticas acciones, como con la imagen sublimada y lista para la adoración que los políticos y sus testaferros, los intelectuales, suelen construir  de ellos para jugar con nuestra emocionalidad.
Pero, ¿por qué recordar en ese momento a alguien tocado por fama tan nefasta como la de Guacanagarix? Quizás sea por la frecuencia con que mis ahora coterráneos dominicanos recuerdan al cacique de Marién, uno de los cinco que en esta isla gobernaban cuando Colón se hizo presente, allá por 1492, y el único que lo ayudó en los primeros momentos de su empresa conquistadora. De ese hecho, la sociedad dominicana contemporánea ha derivado el “complejo  de Guacanagarix” para etiquetar a aquel de los suyos que da preeminencia a lo extranjero antes que a lo propio. Si desea ponderar la vitalidad del tal complejo, solo escríbalo en Google y prepárese a leer lindezas.
Durante los catorce años en que ejercí la extranjería en la República Dominicana nadie me distinguió por venir de afuera. Si bien muchas manos desinteresadas se tendieron (y se tienden) para ayudar a hacerme un espacio, también sufrí la exclusión, el rechazo y la ojeriza que en todas partes suscitan los extranjeros, observados por los nativos (de todas partes, ya dije) como intrusos que quieren arrebatarles lo que (creen ellos) es suyo por herencia, sin necesidad de esfuerzo.
¿No existe entonces el complejo de Guacanagarix? Existe, pero no porque los dominicanos adoren a los extranjeros, sino porque muchos de ellos (y, para peor, muchos de los más instruidos) tienden a desconfiar de la solidez de su cultura y a denigrar las costumbres de sus conciudadanos. No es un asunto nuevo, desde que la República Dominicana se consolidó como nación, gran parte de su intelectualidad se formó lejos de la extraordinaria cultura popular que dignifica al país, considerando que las clases pobres y menos letradas eran las responsables del atraso nacional, mientras ellos suspiraban por Europa o los Estados Unidos.
Solo se necesita leer con atención los textos emblemáticos del ultranacionalismo dominicano, que con tanto fervor ha azuzado (ayer y hoy) el antihaitianismo, y se verá que en el fondo el temor al vecino de piel un poco más oscura y los gritos de alarma por la supuesta haitianización que asecha al país se asientan sobre una enorme falta de fe en la cultura dominicana, a la que consideran tan débil, que no podrá resistir la “arremetida” de la profunda cultura tradicional que portan los emigrantes del vecino y sufrido país. Por supuesto, al dominicano de a pie todo esto le importa poco. Él está seguro de quién es e intuye por una experiencia histórica de siglos que nunca ha sido tan dominicano como cuando asimiló con creatividad la influencia del otro, venga de donde venga.
Todas las sociedades revisan sus culturas, ejecutan un continuo acto de reflexión sobre su fisonomía, vigilan las formas en que cambian y, sobre todo, buscan con preocupación cuáles son sus rasgos más positivos o negativos de cara al futuro. Incluso, es frecuente encontrar nacionalidades que han hecho de la burla hacia sí mismas un mecanismo de protección y adaptación a las cambiantes y no siempre agradables circunstancias que les toca vivir.

Lo que se oculta tras eso que llaman “complejo de Guacanagarix” es otra cosa. Es negarle relevancia a la cultura que los dominicanos comunes y corrientes construyen de manera colectiva con el vivir de los días. Es la desconfianza en el valor del acervo múltiple que el pueblo dominicano crea, a menos que sea reconocido por los Nobel, los Grammy, los Guiness, o cualquier otra convención por el estilo certificada “afuera”. Es, en fin, una perspectiva elitista que asume la negación de los suyos como una fatalidad histórica y de paso sirve para desvalorar cualquier logro que el extranjero pudiera conseguir, dado que este nunca se debe a su talento o su tesón, sino a la consideración excesiva que recibe de los hijos de Duarte.
Guacanagarix no tiene la menor culpa de esto. Tomó una pésima decisión histórica, creyó quizás que le era posible acrecentar su principalía a costa del poder extraño, y ya tuvo bastante con el engaño de Colón y su propia vergüenza. No merece que además lo utilicen para construir una supuesta maldición nacional que justifique lo que, aquí y ahora, no pasa de ser pura mezquindad.

En la foto: Federico Jovine, Iván Gómez y Karim Mella, los tres dominicanos que en 2011 escalaron el Monte Everest. Se publica con permiso expreso de ellos.

domingo, 29 de julio de 2012

Diez exigencias para una rendición machista




Es difícil deponer las armas, declararse finalmente vencido, bajar los brazos y entregarse a la derrota más dulce. Quizás por eso, el veterano novio condicionó la firma del acta matrimonial al cumplimiento de diez demandas puntuales, que estuvieron a punto de infartar al sorprendido magistrado. Estas fueron sus exigencias:

1.       Es responsabilidad de la esposa bajar la basura en las mañanas. Esta es una obligación intransferible al marido. 

2.       Ninguna otra tarea de la esposa será tan importante como velar el estado de los pelos en las orejas y la nariz del marido.

3.       Bañarse diariamente nunca será una obligación, ni será exigido al marido en ningún caso o por mucho que el mismo apeste.

4.       Está totalmente prohibido a la esposa roncar por las noches, tener dolor de cabeza o alegar cansancio a la hora de acostarse.

5.       Que el marido escriba nunca será considerada una tarea inútil, que no paga las cuentas.

6.       A partir de este momento, primero está el marido, después está el marido, en tercer lugar está el marido, y solo después le tocará a Dios. ¿Los amigos? Bien, gracias.

7.       Queda totalmente prohibida la pregunta: “Mi amor, ¿y qué hiciste con el dinero que estaba en la gaveta?”

8.       Es regla divina: El televisor fue inventado para que el marido viera la pelota mientras la esposa le frota los pies.

9.       Solo hay en el mundo una cosa realmente importante: ¡la cerveza bien fría del marido!

10.   Y lo más importante: Por ninguna razón se admitirán en el futuro las discusiones en torno a quién quiere más a quién. Queda determinado, desde ahora y hasta el fin de los tiempos, que nadie sobre la tierra quiere o podrá querer a un ser como yo, marido, quiere a esta mujer.

Al final, si nos guiamos por la foto que aparece debajo, es evidente que el hombrín firmó. ¿Habrá aceptado la bella novia el pliego de demandas? Fue el 27 de julio de 2012, un día tan bueno como otro cualquiera para reconocer la capitulación.


miércoles, 18 de julio de 2012

Cuba: la fe en el poder, el poder como religión




Pronto hará cuatro meses que el papa Benedicto XVI visitó Cuba, en medio de crecientes acercamientos entre la alta jerarquía católica cubana y el Gobierno de ese país, hasta no hace mucho rivales enconados. Como era de esperar, la presencia del Sumo Pontífice en una isla cuya situación política genera puntos de vista extremos exacerbó a tirios y troyanos. De mi parte, mientras veía a mis coterráneos arracimarse en las calles para saludar al insigne personaje, no pude sino recordar una curiosa ironía que por décadas me ha picado la atención.
El gobierno que se estableció en Cuba al institucionalizarse la revolución de 1959 no solo se declaró ateo y discriminó a los creyentes, sino que también sostuvo dilatadas y en ocasiones violentas desavenencias con varias denominaciones religiosas, en particular con la Iglesia Católica. Sin embargo, y en aparente paradoja, la estructura que resultó del maridaje entre ese proceso revolucionario y el modelo socialista soviético, una vez llegada la segunda mitad de los años sesenta, copió muchas de las pautas simbólicas y procedimentales de los sistemas religiosos. Veamos si no.
Semejante a cualquier religión, el núcleo que dio sentido a la estructura político-social revolucionaria fue un dogma de fe mediante el cual nación, patria, cultura y sistema político fueron presentados como una unidad indisoluble que, se decía, era la única forma de salvar al país. Esa verdad no necesitó demostración ni admite cuestionamientos. Hacerlo significa un atentado contra la causa, un sacrilegio, como ocurre en toda religión cuando se someten a la cruda razón crítica sus pilares teológicos. Los matices se cerraron: Dentro de la revolución, todo; fuera de esta, nada. Igual proceden casi todos los credos religiosos: Cada uno se autodesigna como proveedor exclusivo de la salvación eterna para sus fieles. ¿El resto de la humanidad? ¡Al infierno!
Para las religiones es bastante fácil sostener la pertinencia de una formulación simbólica como esa, pues el alma de los seres humanos siempre está corriendo grave riesgo de perderse en medio de las disyuntivas y las tentaciones que planteará un futuro desconocido e inquietante. En el caso de un sistema político, el asunto es más complicado. La solidez de tal propuesta depende por completo de que realmente el país esté en perpetuo e inminente peligro de sucumbir bajo una amenaza, mucho más si es foránea. Esto explica la manera en que el Gobierno cubano ha buscado validarse a través de una confrontación sin opciones con los Estados Unidos. Más difícil de entender es cómo el grueso de quienes adversan al sistema político de la isla no se ha percatado de que la respuesta violenta, obcecada y frontal propicia una justificación y, a través de esta, favorece el equilibrio interno del mismo estatus quo que se pretende combatir.
Por otra parte, para actuar como tal, un dogma de fe requiere ser sustentado a partir de un estado divino incuestionable. El papel de dios, para el caso revolucionario cubano, fue asumido por un mesías verde olivo hecho de inteligencia versátil, guapería caribeña, liderazgo machista y marrulla de barrio. No fue una deidad que naciera de sí misma; se declaró descendiente de un apóstol decimonónico que, según parece, tuvo las mejores dotes para la premonición. La nueva palabra mítico-revolucionaria cobró, pues, incontrovertible materia de consigna: “Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”. Pero como el dios (esa infinita superioridad) no puede ser imitado, se hizo imprescindible poner en escena un delirante culto por los héroes y los mártires (palabra de fuerte vinculación cristiana) que, entendidos como modelos, terminaron por emular el hieratismo del nutrido santoral católico.
Tomando en cuenta que los apóstoles de pensamiento profundo no abundan por estas tierras dadas a la lascivia y el goce de lo inmediato, fue necesario adoptar a Marx, Engels y Lenin, cuya compleja formulación materialista-dialéctica, una vez traducida en manuales para lerdos, demostraba científicamente la existencia del infierno y el paraíso. El primero era el capitalismo, simbolizado en clave suprema por un imperio norteamericano que, dicho sea de paso, se ha esforzado hasta la tontería en cumplir su papel de diablo contradictor. El paraíso, no faltaba más, era el socialismo que pariría al hombre nuevo, material y espiritualmente pleno, que no necesitaba morir para alcanzar la gloria de la justicia social. ¿Alguien quiere mejor oferta?
La virtud y el comedimiento que la religión compensa con la promesa de una vida eterna fueron sustituidos por la fidelidad ciega a la causa y la delación mutua; la confesión y los avemarías que limpian pecados encontraron su homólogo en la autocrítica y el trabajo “voluntario”; a la contención, el respeto y el temor de Dios, se prefirió la adhesión y los silencios oportunos que permitían mantenerse dentro de la vanguardia revolucionaria; el remordimiento que consume a los pecadores se convirtió en exclusión, ostracismo y exilio para quienes pretendieran plantear una opción diferente; y así una penosa colección de dobleces que separó radicalmente a los miembros de la sociedad cubana y ritualizó su cotidianidad hasta convertirla en una liturgia tan reiterativa como la propia misa católica.
La estructura política y social revolucionaria reposa sobre un tupido sistema de símbolos diseñados en torno a la vocación mesiánica, el temor a ser excluido y la adhesión emocional. Lo mismo que cualquier religión más o menos estructurada. Su intensa confrontación con los sistemas mágicos y/o religiosos nacionales luego de 1959 fue un pulseo con entidades de estructuras parecidas para disputarles el dominio sobre las almas de los cubanos, un poder que el Gobierno revolucionario no iba a compartir con nadie (ni la familia, ni la religión, ni los grupos de pertenencia que propicia la sociedad civil, etc.), aupado como entonces estaba por la popularidad nacionalista, las promesas de un mundo no solo distinto sino también mejor, la solidaridad internacional y los recursos soviéticos.
Que ese sistema de símbolos ha sido exitoso, lo demuestra el hecho de que hasta los enemigos del régimen establecido en Cuba por más de medio siglo actúan bajo su influjo y reaccionando según la mejor conveniencia de los gobernantes cubanos. A pesar de lo que indica una dilatada experiencia, siguen apostando por una confrontación despiadada, sin matices, que niega de plano algún valor a todo lo ocurrido en Cuba luego de 1959 y aporta una importante cuota al equilibrio interno de la actual y agotada estructura político-social de la isla. Frente a esa intolerancia que se pretende oponer a la intolerancia revolucionaria, el cubano de a pie, agobiado por las penurias, desencantado, sin acceso a una información plural y envuelto en una lucha tremenda por sobrevivir, tiene todo el derecho a ser cuidadoso antes de apoyar a unos opositores que le son continuamente presentados como los diablos que arrasarán con el país una vez cambien los actuales y sempiternos gobernantes.
Quienes en la emblemática calle 8 de Miami trituran con aplanadoras discos de músicos por el solo hecho de actuar en la isla pueden desgañitarse aclarando que es nada más un gesto simbólico. El que dentro de Cuba bracea buscando salvar lo poco que le ha dejado el despeñadero revolucionario está obligado a ser cauteloso ante tanta saña y sentirse muy poco inclinado a investigar cuán simbólico o literal sería ese aplanamiento en caso de que la situación cambiara en su país. En este caso, funciona aquello de “vale más malo conocido que bueno por conocer”.
Por eso apoyo cualquier propuesta de diálogo, no importa quién la haga. Lo que ocurre es que hay distintos tipos de diálogos: unos decorosos, otros no tanto.
Hoy las circunstancias son bien distintas a las que en los sesenta permitieron en Cuba el diseño de una estructura política absolutamente centralizada y de férreo control social: No hay guerra fría y bipolar, ni campo socialista aliado, ni Unión Soviética que pague las cuentas, ni posibles sueños por cumplir… Solo queda en la isla caribeña una economía destruida, un grupo de dirigentes envejecidos, una legión de promesas incumplidas y una barbaridad de consignas agotadas, que se diluyen en la rutina y la doble moral desgastante.
¿Por dónde podría comenzar a hacer concesiones el Gobierno cubano para buscar nuevos aliados con el fin de sostener el equilibrio interno sin tocar la esencia del sistema? Pues por su semejante, la Iglesia Católica. Para esto, solo se requiere olvidar a miles de muertos, perseguidos, encarcelados, expulsados de centros de estudio y trabajo, obligados al exilio… en fin, montones de vidas rotas por el simple hecho de ser creyentes. Pero, ya se sabe, nada es realmente importante si está en juego el poder, y esa es otra coincidencia entre los dirigentes cubanos y la alta jerarquía católica dentro del país. Lo prueba la historia.
En todo esto pensé mientras veía a los cubanos mover banderitas a lo largo de Carretera del Morro, en Santiago, para recibir al Papa, como tantas veces antes las han movido “voluntaria y entusiastamente” para celebrar a jefes de Estado que apenas conocían. Pero sobre todo cuando leí el cartel que agitaba una señora; decía: “Mi trabajo es creer y aferrarme a la fe, el de Dios es hacer milagros”. ¿A cuál dios se estaría refiriendo?

Foto del autor.

viernes, 15 de junio de 2012

Apoteosis y halago de la pendejada





El policía está confuso. No puede entender que yo haya hecho una maniobra casi suicida entre los vehículos que se disputaban el semáforo de la 27 de Febrero con León Jimenes, que haya estacionado en un lugar indebido y haya retrocedido dos cuadras a pie… ¡solo para comprar una escoba! Cuando le explico que un equipo de especialistas en el Centro León lleva dos años investigando las escobas dominicanas con la idea de hacer una exposición, él parece no estar seguro en torno a qué sería más apropiado: Si ponerme una multa o llamar al manicomio.
En una época idiotizada por la fugacidad y la apariencia, lo humilde encuentra cada vez menos aprecio. El partido que disputan Djokovic y Nadal en la final del Roland Garros no es un juego de tenis; qué va, es la porfía del año. Ese encuadernado de papel, cartulina y tinta no puede ser ofrecido como un libro común y corriente; no, es la novela que trazará los nuevos destinos de la literatura en el país. La tarjeta de crédito que el banco insiste en proponerme no es un rectangulito plástico que facilitará mis transacciones; imposible, representa la clave que pondrá al mundo de rodillas ante mi solvencia.
Vivimos según los códigos de la publicidad, donde solo cuenta lo excepcional, lo inmejorable y lo único; donde mentir está justificado si contribuye al figureo. El resto de las cosas es irrelevante. Cuando esa frustrante operación se asimila como ética colectiva, la existencia social termina siendo una turbia carrera de caballos: No basta con leer a un autor que me gusta, este tiene que ser el mejor escritor vivo en lengua española; la calidad de una canción se mide por la cantidad de Grammys que haya obtenido su intérprete; el elevado que el Gobierno construye con mis impuestos y para beneficio de los contratistas es el símbolo del progreso. Y así sucesivamente.
La filosofía del espectáculo siente una vocación irreprimible por lo grandilocuente. ¿Una escoba?, ¿quién puede preocuparse por una escoba? No importa si ese modesto utensilio acompaña al ser humano desde su nacimiento como especie y es uno de los pocos enseres domésticos que ha soportado a pie firme el aquelarre tecnológico de las últimas décadas. Tampoco importa que hasta la más anodina escoba ponga en evidencia un intenso diálogo entre el patrimonio natural, los retos de la vida cotidiana y la creatividad social. Ni siquiera importa que desde los tiempos más remotos la humilde escoba haya servido para expresar nuestras esperanzas y nuestros miedos a través de un imaginario repleto de refranes, expresiones, canciones, creencias, supersticiones, adivinanzas, juegos… A los ojos de la estimativa contemporánea carece de glamour.
Quienes creen en el valor de esas nimiedades van siendo una especie en extinción. Pueden pasar una mañana tratando de explicarse cómo es posible que las ropas y los objetos atrapados en una fotografía de hace cuarenta años sigan envejeciendo (la calidad y limpieza de la tela, la textura de las paredes, etc.), mientras las personas mantienen la apariencia del momento en que se captó la imagen. Se desvelan en la madrugada, inquietos por la posibilidad de que sin saberlo vivan dos existencias paralelas y misteriosamente distintas: una durante la actividad consciente y despierta; otra en el ingobernable inconsciente de los sueños. Hurgan en la madeja de gesticulación y homenajes con que la práctica política teje a diario sus símbolos apócrifos y se afanan por encontrar en los héroes ese detalle falible y humano que los hace realmente héroes.
Pendejadas, menudencias sin aplicación práctica. La escoba que compré mediante la peripecia narrada al principio fue tejida reciclando las cintas plásticas que se emplean para amarrar las cajas en zona franca. La belleza e ingeniosidad de su confección, además de admirables, son un intento por adaptarse a las necesidades del presente, el desesperado braceo de una manufactura artesanal con siglos de tradición que trata de sobrevivir sin apoyo del Estado frente al mangoneo de la ganancia fácil, la arremetida industrial y la apertura indiscriminada de los mercados. Son decenas, cientos de miles de personas abandonadas a la pobreza, sin más aliado que una riquísima cultura en riesgo. De ese tamaño es el conflicto que puede revelar una simple escoba.

Aunque a diario caminan kilómetros por las calles de Santiago proponiendo su mercancía, la anciana y el muchacho a quienes compré la escoba nunca alcanzarán a pasar por la alfombra roja. El policía, que seguramente es tan pobre como ellos, tampoco entiende por qué hay que preocuparse tanto por una escoba que venden dos personajes anodinos en plena vía pública. Qué pena…

Foto del autor.

viernes, 1 de junio de 2012

Los tiranos de la lengua




Como esos hijos a los que adoramos pero en cuyas capacidades no creemos, la lengua y su uso suelen provocar dos percepciones extremas y un resultado común: La solicitud de reglas, cuanto más estrictas mejor, y el reclamo de castigos para quienes osen incumplirlas. Por eso, como los hijos infravalorados, la lengua también termina huyendo de nosotros a la primera oportunidad. Porque ellos (la lengua y los hijos) se niegan a ser pretextos para esconder nuestros miedos. Así de sencillo.

En la primera de las dos percepciones nombradas, la lengua es poco menos que el todo definidor. Hace solo días escuché decir a un amigo de cuya inteligencia resulta imposible dudar que la pertenencia de un texto a equis literatura nacional depende de la lengua en que este haya sido escrito. A estas alturas resulta difícil dudar sobre la condición de herramienta cultural que ostentan las lenguas y la evidencia de que nuestros mecanismos cognitivos son moldeados con la mediación, entre otros códigos, de la lengua que recibimos al asomarnos a este mundo donde conviven tan amigablemente esplendores y tonterías.
Pero hay un trecho muy grande entre esas convicciones y convertir la lengua en la síntesis absoluta de toda una cultura, en el filtro que valida lo que entra y lo que no en el parnaso de unas identidades que nada tienen de unitarias y monolíticas. La lengua nuestra no es un estado divino y preexistente que nos ha escogido para manifestarse. La hacen o la deshacen los seres humanos, y es en estos donde reside la cualidad de pertenecer o no (de vivir, entender, juzgar, crear, construir e incluso renunciar) a una cultura determinada.
Puro humo es un libro auténticamente cubano, aun y cuando Guillermo Cabrera Infante haya escrito la versión original en inglés. Al menos tan cubano como dominicanos son los textos escritos por Julia Álvarez o Junot Díaz en inglés. Solo alguien ajeno a este mundo de construcciones simbólicas transnacionales, con millones de personas viviendo en la frontera entre varias culturas y tributando a todas sin tener que renunciar a ninguna, puede mantenerse apegado a las concepciones cerradas y exclusivistas que acompañaron el surgimiento de los estados-nación.
La segunda percepción sobre la lengua tiene también un sabor místico. Solo que en este caso el criterio se sitúa en el otro extremo, ese en el que los hablantes estamos siempre a punto de destruir el estado ideal y perfecto (aunque desvalido) que es la lengua. La pobre, tan grande, tan llena de idealidades y al mismo tiempo tan débil… parecen decirnos. Y es ahí donde los puristas se dan banquete. Es ahí donde los dictadores blanden el palo contra quienes se atrevan a separarse de lo que consideran inviolable: las infinitas reglas de la norma llamada culta.
La lengua, tal y como se muestra hoy,  es un conjunto de usos culturalmente situados, una multiplicidad de registros que concretan diversas expresiones  para lograr ese propósito mundano que es la comunicación. Basta respirar la realidad en que vivimos con un chin menos de prejuicios para asombrarnos de la cantidad (y vitalidad) de códigos verbales que fluyen por todas partes en medio de este aquelarre tecnológico que nos toca vivir.
Claro, alguien tiene que hacer las reglas. Pero no se puede legislar partiendo de  que uno de los registros (por muy correcto que nos parezca) es superior a los demás. Del mismo modo que los académicos deberían hacer sus reglas con el oído atento al palpitar de la vida, nosotros deberíamos matar al tirano que llevamos dentro y salir a celebrar la libertad con que las personas comunes y corrientes (que al final somos todos) disfrutan su lengua como lo que es: una cultura del regocijo y el desparpajo.
Para decirlo rápido, a la necedad de la Real Academia de la Lengua, que en sus últimas normas discute si se debe escribir ex marido o exmarido, como si de ese mínimo espacio entre el sustantivo y el prefijo dependiera el destino de la humanidad, preferiré siempre el gracejo del cubano anónimo que en este momento circula por Internet unas décimas a Cervantes de las que cito la estrofa final: «Cual Quijote o Sancho Panza / combatimos cada día / al gigante Ortografía, / pero nos parte la lanza... / Mas asere, hay confianza: / tu lengua no acabará, / que con tal diversidá  / brilla y luce como un sol, / porque, viejo, el español, / sigue arriba, ¡qué volá!» Mejor dicho, ni Góngora.

Foto: Wifredo García
Publicada con permiso de sus herederos

viernes, 18 de mayo de 2012

Silencio, estamos en elecciones





Quería escribir sobre la despenalización de la droga, así que me senté temprano (con la fresca, como se dice) y convoqué las dos razones que con más frecuencia se aducen al hablar de este tema. Para unos, regularizar la venta de estas sustancias, hoy prohibida, dejaría sin sentido el comercio ilegal y el negocio de las mafias que criminalizan gran parte de la vida política y social en nuestros países. Para otros, convertir la droga en un uso admitido terminaría por hacerla más popular, sobre todo entre los jóvenes.
Buscaba aterrizar ambos criterios en la realidad, cuando un escándalo mayúsculo me paralizó. Era un ruido apabullante, en el que resultaba imposible reconocer otra cosa que unos estremecedores registros bajos y una gritería infernal. «Es un desfile proselitista por las elecciones, no te dejes desconcentrar», intenté animarme. Pero, por mucho esfuerzo que hice, no conseguí organizar las ideas mínimas para aclarar siquiera que no todas las drogas son iguales ni hacen el mismo daño.
Asomada al balcón, Karenia me gritaba algo. «Qué», grité yo mismo. Por fin, tras varios esfuerzos, pude entender que en la calle los teloneros del candidato estaban tirando bolones a la muchedumbre de simpatizantes. «La democracia del caramelo, muy curioso», me dije, y quise retornar a la idea de que despenalizar la droga quizás podía despojarla también de ese halo atractivo que da brillo las cosas prohibidas. Pero al mismo tiempo no podía dejar de preguntarme si aquello de tirar bolones a los seguidores no sería una buena metáfora para describir el gobierno que proponía el candidato: Dulce mientras necesitara los votos, duro cuando se encaramara en el poder, difícil de chupar todo el tiempo… empezando por ese ruido inmisericorde que no me dejaba escribir.
Y justo en ese momento, como para castigarme, el ruido hizo algo que un segundo atrás parecía imposible: aumentó. Creció hasta un punto en que pareció hacerse sólido, quizás por la vibración de todos los objetos realmente sólidos a mi alrededor. Imaginé un titular de periódico: Mueren cientos en derrumbes producidos por campaña electoral dominicana. Interesante, tanto como el hecho de que el alcohol es una droga despenalizada, letal y destructiva si su consumo resulta excesivo, pero la facilidad para adquirirlo no ha hecho que la sociedad en pleno haya sucumbido ante el alcoholismo. Y eso a pesar de la abrumadora publicidad en torno a las bebidas alcohólicas, iba a agregar, cuando me percaté de que Karenia intentaba decirme algo desde el balcón… Ah, ya. Está pasando el candidato, por eso el escándalo supremo.
Imaginé a la muchedumbre histérica, ahíta de alcohol pagado con mis impuestos, todos intentando llegar hasta el vehículo del elegido para dejar testimonio visual de su presencia. El intelectual al que le han prometido agregarlo culturalmente en un país ventajoso. El profesional anhelante de asesorar un par de ministerios donde se cobre mucho y se trabaje nada. El primo de un vivo que ha hecho fortuna en las operaciones penumbrosas del gobierno. El otrora izquierdista que todavía se da su vueltita por Cuba de vez en cuando para hablar mal del mismo capitalismo que aquí ordeña sin misericordia. El pobre de los barrios que no entiende bien, pero hoy bebió gratis, posiblemente también coma, y a lo mejor lograba hacerse con uno de los sobrecitos que estaba repartiendo a su paso el candidato. Karenia me miraba otra vez desde el balcón y yo podía leer su mensaje como si ella estuviera escribiendo con la mirada en el espesor del ruido. ¡Ay, el contenido de los sobrecitos! ¿Habrá droga más envilecedora que la corrupción y el abuso de poder?
Cuando echamos las sobras a los cerdos no solo los alimentamos. Esa acción también indica lo que pensamos de ellos: No son para nosotros sino cerdos. ¿Cómo ve a su pueblo un político que pasa tirando bolones y repartiendo dinero en sobres a una muchedumbre cuya presencia ha comprado antes al contado o con promesas? La prohibición no es virtud, del mismo modo que tener elecciones no significa vivir en democracia. Apoyo la despenalización de las drogas porque usarlas o no es una elección personal, que atañe a la ética del individuo y de la familia. Pero voto también por la penalización real de la ambición desmedida, de la manipulación desde el poder, del endiosamiento personal a costa de la miseria ajena.
Ahora solo queda esperar a que pase el ruido y así poder escribir todas estas ideas sobre la despenalización de las drogas. Mientras tanto, hagamos silencio… estamos en elecciones.

viernes, 4 de mayo de 2012

El modelo de maestro que no necesité soñar




La primera vez que Víctor Montero entró a mi aula de bachillerato fue para decirnos, antes de haberse presentado siquiera, que la guerra de Troya se había producido por razones económicas y políticas, no porque le hubieran robado una mujer a alguien. En ese momento supe que había otra forma de impartir clases y de entender la erudición. Debió ser allá por el año 1971 y todavía nadie hablaba entre nosotros de construir conocimientos.
Víctor Montero era un actor que dentro del aula actuaba a un personaje llamado Víctor Montero. De cuerpo magro, tenía una voz tan sólida como flexible y una conciencia de sí mismo a prueba de terremotos. El preuniversitario de Bayamo estaba entonces dentro de una escuela técnica, y había que ver cómo aquellos estudiantes de mecánica, tornería y otros oficios semejantes se arracimaban fuera del aula para verlo hablar de Ibsen o Cervantes. Escuchaban (escuchábamos) estupefactos cómo Víctor pasaba de James Joyce a Muhammad Alí, de Julio Cortázar a Chucho Valdez, de Ferdinand de Saussure a José Raúl Capablanca, y ese asombroso tejido de conexiones terminaba siempre mostrando un punto de vista novedoso sobre nuestro presente.
Para lograr esa maravilla de la inteligencia y la intuición, el maestro se preparaba esmeradamente. Igual devoraba los textos más complejos que la colección de revistas Bohemia y Carteles; los discos más difíciles de conseguir que las historias de sus contertulios en el parque de Bayamo… todo le servía. Para lograr esa maravilla de la inteligencia y la intuición, el actor que era Víctor Montero estaba dispuesto a hacer lo que fuera: mentir, mostrarse iracundo, aprender a escribir con ambas manos… cualquier cosa. Cuarenta años después recuerdo con asombro la mañana en que se acostó sobre la mesa para ilustrar mejor cómo un médico desmedido y abusador le había hecho un tacto rectal.
Cierto, Víctor era egocéntrico y podía llegar a ofender, sobre todo porque no toleraba la mediocridad. Pero era también cercano, apasionado, terrenal, bien distinto a aquellos docentes cumplidores que parecían recitarnos desde otra galaxia su clasecita adusta y llena de idealidades. Por supuesto que semejante carga de amor y criterio propios encajaban con mucha dificultad en la unidimensionalidad disfrazada de pureza doctrinal que regía la sociedad cubana de la época. Un par de años después, ya Víctor no impartía docencia en el preuniversitario. Lo habían trasladado a una escuela del Partido Comunista de Cuba, donde era posible controlar mejor sus resabios de hombre brillante. Sin dudas, él no era un formador adecuado para el hombre nuevo, esa entelequia hecha de moralina bobalicona, engaño político y obediencia dogmática que prometió parir el socialismo cubano.
Pasó el tiempo y tantas cosas que lo mejor a veces ha sido olvidar. Sin embargo, cuando nos reunimos quienes fuimos sus estudiantes, aún reímos a carcajadas recordando lo que el maestro dijo o hizo hablando del tal o más cuál tema. Es así porque Víctor Montero no impartía literatura; él era la literatura, y de esa conciencia orgullosa provenía su autenticidad.
Al terminar aquella primera clase y mientras recogía sus notas escritas con una caligrafía perfecta, nos informó que bajo ningún concepto podíamos llamarle profe (“Si usted no le dice inge al ingeniero o coman al comandante, ¿por qué me va a decir profe a mí?”, tronó). Aclaró que toleraría el apelativo de profesor, pero prefería que lo llamaran maestro. Y a renglón seguido aclaró que este término provenía del latín magister, cuyo significado era “lo más alto, quien es mejor en lo que hace”. Así se sentía él cuando trataba con sus alumnos.
Salí del aula aquella mañana sintiendo la incómoda desazón que produce lo nuevo, y confieso que también un poco de decepción porque Homero había caído del olimpo inmaculado donde lo encaramaron tantos profesores antes para terminar siendo un ciego no muy limpio que recorría las ciudades soñando realidades posibles. Pero había una cosa de la que estaba confusamente seguro: Ese tipo entregado, orgulloso de su trabajo hasta el exceso, y al mismo tiempo vivo en su presente era el maestro de literatura que yo soñaba con ser.

PD. Ya escrito este texto, pedí al periodista Eugenio Pérez Almarales alguna foto para acompañarlo.  El coterráneo y amigo me hizo llegar varias con la aclaración de que eran inéditas y habían sido tomadas en “una de las últimas ocasiones en las que habló el maestro”. Y aclaraba a renglón seguido: “Algunas imágenes no las podrás utilizar porque están movidas.  Es que era difícil sorprender en calma a Víctor Montero”. Tenía más de noventa años.

Foto: Eugenio Pérez Almarales

viernes, 20 de abril de 2012

Distinguir las voces de los ecos




A este tiempo llamarán antiguo, escribió el Dante en la Divina comedia. Cuando eso mismo suceda con el día que transcurre hoy, los hombres tendrán la distancia necesaria para medir hasta dónde la revolución cultural asociada a Internet puede compararse en su repercusión con el advenimiento de la escritura. Solo que, si esta última necesitó siglos para consolidarse y transformar la fisonomía de la sociedad, Internet lo ha hecho en dos décadas. Es decir, lo diferente ahora es la velocidad del cambio.
Pocas cosas tienen en la actualidad el sentido que tenían hace apenas unos años y esto obliga a una redefinición de los componentes sociales. Pero, mientras algunas estructuras responden de forma ágil a ese continuo proceso de transformación, otras hacen desesperada causa con la inercia. Ese último es el caso de la universidad, considerada hasta hace poco el summum del conocimiento, y que ahora encuentra dificultades para reinventarse ante la evidencia de que la instrucción ocurre también (y a veces de modo más expedito) en ámbitos como los medios de comunicación, las instituciones culturales, los grupos sociales de pertenencia, entre varios más.
Siempre me pregunté por qué mis colegas docentes deploran todo el tiempo la escasa calidad de sus estudiantes, mientras los discentes entienden su paso por la universidad como un desagradable trámite en busca del necesario título de grado. Con el tiempo, las preguntas fueron creciendo: ¿No será que la realidad de hoy exige competencias y actitudes distintas al profesor de la educación superior? Los estudiantes que en este momento llegan a la universidad, ¿son menos inteligentes que los de ayer? ¿No serán simplemente distintos?
Entre un estudiante de veinte años y un profesor que ronda los cincuenta, ambos dominicanos, media una brecha generacional que los convierte en extranjeros dentro de una misma cultura. Poseen formaciones distintas, maneras distintas de percibir y juzgar la realidad, conceptos distintos acerca de lo que significa el conocimiento, así como parámetros distintos a la hora de definir metas y estrategias para alcanzarlas. ¿Cómo lograr una comunicación satisfactoria entre dos actores con un campo de experiencia común tan estrecho? El asunto se agrava desde el momento en que el profesor intenta imponer un modelo de sabiduría basado en la cantidad de libros que ha leído, cuando lo que buscan los estudiantes son competencias que les permitan conectar la información para dar respuesta a los problemas que les plantea la vida en el relampagueante minuto presente.
Dediqué dos años en compañía del antropólogo Jorge Ulloa a examinar esta problemática. Los resultados de ese afán aparecen en el libro Las voces y los ecos, publicado hace un par de semanas por la Universidad Iberoamericana. Encontramos, por ejemplo, que si se le pregunta a 132 profesores universitarios cómo es su comunicación con los estudiantes, el 80% asegura que muy buena. Mientras, si se hace la misma pregunta a 700 estudiantes, el 50% sitúa la comunicación con sus profesores como regular o mala. ¿Más? El 90% de los 700 estudiantes encuestados considera que sus profesores saben poco o nada acerca de quiénes son ellos. De su parte, la inmensa mayoría de los 132 profesores declaran que sus estudiantes son indolentes y mal formados. ¿Cómo conseguir que dos protagonistas tan distantes coronen un intercambio satisfactorio?
A diferencia del antiguo catedrático, el profesor universitario de hoy requiere actuar como un mediador que a través de la comunicación facilite ese complejo proceso de construcción de sentidos que es el aprendizaje. Sin las competencias y los valores del comunicador profesional difícilmente podrá el docente insertar su trabajo con éxito en una realidad pletórica de códigos culturales y participar con sus estudiantes en un diálogo que, para ser pertinente y duradero, tiene que involucrar no solo el plano cognitivo, sino también el afectivo y el actitudinal.
Esa nos parece la única vía para que la actual universidad se llene de voces frescas y no termine por hacerse obsoleta, añorando los ecos de un pasado ajeno al vértigo de este tiempo que, no lo duden, alguna vez también llamarán antiguo.