Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

viernes, 5 de agosto de 2016

Destinos





Los habitantes del suburbio no encontraron qué otra cosa hacer sino mirarse inquietos, ansiosos por comprobar que en efecto eran ellos y que amanecían en el mismo sitio donde se habían acostado a dormir. Lo eran, de eso podían estar al menos tan seguros como de que la noche anterior aquel puente no cruzaba sobre las naves ruinosas donde alguna vez hubo una fábrica de películas fotográficas, más allá de la última hilera de casas.

En las proximidades del mediodía, Jonas Demelis escupió una babaza ácida que le subía desde el estómago y declaró:

—Estamos bien jodidos.                                  

—Bueno, tampoco hay que tomarlo tan a la brava –intentó apaciguarlo el cojo Frandes, creído de que el viejo se quejaba porque en los últimos cuatro días solo les había alcanzado para yerba sintética–. Podríamos ir hasta la mecánica de Gabio y hablarle. Otros lunes ha resultado.

Demelis se incorporó trabajosamente, deslizando su espalda sobre la pared, y escupió otra vez hacia la calle. Desde arriba, el cojo acuclillado en la acera le trajo el recuerdo de esas cucarachas aplastadas, entre pardas y grises, que habitan en los desagües.

—Estamos jodidos, recuerda que te lo dije hoy. Nadie regala nada por gusto.

La curiosidad terminó venciendo a la desconfianza. A pesar de las advertencias emitidas por el Consejo de Gobierno para que continuaran con su rutina diaria, los habitantes de la ciudad invadieron el suburbio –primero solo algunos hombres; luego familias enteras, las mascotas incluidas– queriendo ver de cerca aquella mole. Pudieron comprobar que era un puente, en efecto, y mientras más tocaban las enormes columnas de hormigón gris y más observaban en lo alto la osadía con que las barandas metálicas bordaban el azul pálido del cielo, más aumentaba el estupor. Intuían un reto confuso, imposible de identificar en ese momento, pero cuya intensidad seguramente iría creciendo cada vez que encararan el horizonte. Y como las autoridades no daban explicación…

—Despliegue todas las fuerzas, pida el apoyo del Ejército. El suburbio deberá amanecer bajo control. Mañana es domingo y esos actos de violencia no pueden repetirse… ¿me ha entendido? Envíe copia del plan para su aprobación en cuanto esté listo.

El alcalde Nastio cerró la llamada. Intentó regresar su atención al juego de baloncesto colegial que el equipo del estado perdía por catorce puntos en la pantalla del televisor pero le fue imposible. Se volteó furioso hacia su esposa:

—Deja de mirarme así y acaba de soltar lo que te esté picando en el buche.

Ella construyó una expresión de inocencia –levantó las cejas y los hombros, proyectó los labios hacia arriba–, hasta pensó en responderle que no lo miraba por mirarlo, solo se divertía viendo el reflejo distorsionado del juego en la frente y la calva de su marido. Pero desistió de la broma. Ya tendría tiempo de usarla en una circunstancia más adecuada.

—Tienes que decidir algo. La gente quiere sentirse segura… saber que el Consejo tiene la situación agarrada por los cuernos.

—Y dime, ¿qué cuernos podemos agarrar ahora mismo? Los científicos no se explican de dónde carajo vino ese puente y el Gobierno federal anda peor. Solo saben repetir que sigamos los acontecimientos atentamente.

Con delicadeza y usando ambas manos, ella empujó hacia arriba el borde inferior de su peinado, que terminaba en un hondo bucle casi a punto de tocar los hombros. Luego tomó una fosforera y prendió una varita de incienso enhiesta en la mesa de centro.

—Bueno, tú sabes tus cosas, pero ahorita aparece un atronado incitando a la gente para poner flores en el puente o para tumbarlo, da lo mismo, y quedarás como un indeciso… Si fuera yo...

—¿Y si el puente desaparece mañana igualito que vino?

No desapareció. La imponente estructura siguió en su sitio, un poco más allá del suburbio ahora militarizado, como mirando fijamente hacia la ciudad. El clima de tensión iba traspasando el límite de lo aconsejable cuando un tuit del arquitecto Petrus Kasialis se hizo viral antes de cumplir los quince minutos. Sus nueve palabras saltaron primero de cuenta en cuenta, se desbordaron enseguida hacia el rumor, e invadieron los medios de comunicación hambrientos de primicias:

—Un puente tiene sentido si salva algún obstáculo relevante –eso decía.

Hubo un unánime suspiro de alivio. Por supuesto, sobrevolar unos edificios ruinosos ofendería la condición de cualquier puente, cuánto y más de uno como aquel. Identificado el origen del miedo, lo demás resultó fácil. A propuesta del alcalde Nastio, el Consejo de Gobierno determinó emplear los fondos reservados para catástrofes e imprevistos y sembrar un río.

Un proyecto sin dudas innovador, reconocieron los ingenieros hidráulicos, aunque amenazado por una dificultad de respetable envergadura. Si en el estado sobraban las costas y sus habitantes alardeaban de bañarse en las mejores playas de la nación, no había una mísera montaña donde pudiera nacer un río. Era la dura realidad, y no fueron pocos quienes descubrieron en ese momento lo injusta que había sido la naturaleza con la región.

Por suerte la consternación duró apenas un par de días. Duró hasta que Dicent Portand, excampeón estatal de ajedrez cuando solo tenía doce años de edad, detuvo su explicación acerca del momento adecuado para ejecutar un enroque, se mesó la barba blanca con avisada expresión de patriarca, miró directo a la cámara lo que equivale a decir directo a los ojos de cada espectador sentado frente a su televisor–, y cuestionó:

—¿Y los puentes no sirven precisamente para enfrentar los retos de la naturaleza?

También era cierto. El Consejo de Gobierno decidió construir un río artificial, al tiempo que ordenaba redactar un llamado a la población. Solo con el apoyo material y moral de todos podría la ciudad salir victoriosa en aquella ciclópea empresa. Y efectivamente, el día en que las aguas huérfanas de peces cruzaron por debajo del puente, saltando entusiastas en su camino al mar, el alcalde Nastio declaró desde el helicóptero en que sobrevolaba el histórico momento:

—Esta obra es un símbolo de la voluntad humana. Podemos sentirnos orgullosos por el presente y esperanzados en el porvenir.

Como ocurre en las borracheras profundas, la población se dejó arrastrar por la alegría, y cuando terminaron las celebraciones, cada quien quedó a solas con la duda de si no habría cometido algún exceso imposible de recordar. Una nube de inquietud se aposentó sobre la ciudad y durante días nada fue tan duro como levantar los ojos por la razón que fuera –seguir el vuelo de unas aves o calcular las probabilidades de lluvia para esa tarde, por ejemplo– y tropezar en el horizonte con un puente que cruzaba sobre el ocre fluir de un río. Un puente que no venía ni iba para algún lugar.

Esta vez la dificultad del proyecto obligó a buscar el apoyo de las autoridades federales, cuya intrincada burocracia se ocupó de que todo avanzara en la forma más lenta y engorrosa posible. Los trabajos duraron ocho años y dejaron al puente hermosamente conectado a una audaz maraña de autopistas que, apenas inauguradas, se congestionaron de vehículos apresurados por llegar a algún sitio. Ante la tela de araña atiborrada de viajeros, no quedó alma en la ciudad sin preguntarse cómo habían podido vivir tantos años indiferentes a la necesidad de aquella obra que llenaba sus vidas con una luz distinta.

—¿¡Quién!? –preguntó Riamia sentándose de un salto en la cama, y por un instante pareció referirse al hombre dormido a su lado, desnudo y bocabajo.

Kiaris fue recogiendo los mechones de pelo rubio dispersos sobre la frente de la muchacha, esperó un momento a que la intensidad del susto cediera un poco en su rostro. Por fin le tomó la barbilla:

—Tienes que levantarte, querida, hubo un accidente anoche en la 641 y parece que tu hermano estaba ahí.

Pero Riamia no reaccionaba. A la vista de las mejillas hinchadas, las dos carreteras grises corriendo en arco bajo los ojos azules y los labios resecos que se abrieron y cerraron varias veces como si intentaran recobrar algún sabor, Kiaris recordó lo que su madre le dijo alguna vez, hacía una barbaridad de años: la belleza es una ilusión.

—Ven –le dijo halándola por ambas manos–. Vamos a echarte un poco de agua en esa cara. Dos policías te están esperando en el recibidor… Por el cliente no te preocupes, yo me encargo.

Visto desde la perspectiva que da el tiempo, puede decirse que en realidad el puente conectó a la ciudad y no al revés. No solo la dotó de un símbolo a la altura de la Torre Eiffel, el Cristo de Corcovado o la Gran Muralla China. También la convirtió en un centro de atracción visitado cada mes por miles y miles de hombres de negocios, científicos, artistas de fama diversa, o simples turistas y viajeros que leían admirados en los impresos promocionales cómo una década había bastado a la región para colocarse entre las cinco de mayor crecimiento económico en toda la nación.

Ante un presente tan intenso, ¿quién necesitaba preocuparse por el futuro? Y así fue hasta que apareció el primer suicida colgando del puente, algo que en sí mismo no tenía por qué ser considerado una catástrofe; en todas partes hay gente inoportuna y amargada. Lo intrigante en ese caso, como en el de los otros ahorcados que aparecieron después, fue que ninguna de las numerosas cámaras colocadas a lo largo del puente registrara lo ocurrido, ni tampoco vieran algún movimiento sospechoso los policías que vigilaban la obra por aire y tierra, o al menos uno entre los miles de conductores que iban o venían sin pausa.

Tratando de sobrepujar el ruido del helicóptero, el capitán de la policía informó al inspector enviado por el Gobierno federal:

—La única pista sobre el suicida es un nombre escrito con tinta en el forro de su chaqueta: Jonas Demelis. Pero en el registro consta que esa persona murió hace más de cuatro años y tampoco hemos encontrado familiares o allegados suyos. Claro, la chaqueta pudo haber pertenecido antes al tal Demelis y…

Se detuvo, era obvio que el inspector no lo estaba escuchando. Miraba fijamente a través de la ventanilla, como embelesado. Por fin hizo una mueca ratonil al apuntar con los labios hacia el puente y la maraña de carreteras que se desplegaba debajo:

—¿Qué había en la zona antes de que todo eso fuera construido?

El capitán de la policía sintió un pequeño sobresalto. No porque desconociera la respuesta, pasaba de los cincuenta años y había vivido toda su vida en la ciudad, sino porque de momento le pareció que aquel hombrecito escuálido y molestoso indagaba sobre un tiempo improbable, algo semejante a cuando en la escuela de su infancia escuchaba mencionar la Edad Media o la época de Pericles. Por fin, sobreponiéndose a sí mismo y al desagrado que le causaba el inspector, respondió:

—Ahí vivía la gente del suburbio, pero eso fue hace mucho.



Ilustración: Dibujo del artista inglés Pete Amachree (fragmento).
Tomado de http://lacrudeza.blogspot.com/2012/11/el-thriller-futurista-apocaliptico-de.html



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sábado, 9 de julio de 2016

Los transtierros de la memoria


Palabras en la presentación del libro Memorias del equilibrio,
Centro Cultural Español de Miami, 24 de junio de 2016.


Varios de los cuentos que aparecen en este libro pudieron ser escritos en los años setenta del siglo pasado. El joven que era yo por entonces no solo rumiaba ya algunas de esas vivencias; también estaba consciente de las potencialidades que tenían para la fermentación narrativa. Que en aquel momento no se convirtieran en literatura obedece a cuestiones personales: mi oficio no estaba maduro para tal empresa. Que no lo intentara a pesar de los impulsos de la edad, amerita otra explicación.

Gran parte de los narradores cubanos nacidos en los años cincuenta comenzamos a publicar libros de manera tardía. Y se entiende. Nuestra adolescencia coincidió con el proceso de radicalización revolucionaria que arrancó entre 1966 y 1967. Cumplimos los veinte años en un período que va desde la zafra de los diez millones (1970) hasta las proximidades de la estampida hacia Estados Unidos que partió del Mariel (1980), lo que incluye el Congreso de Educación y Cultura, los procesos contra intelectuales críticos o no muy entusiastas al aplaudir, las purgas de profesores y estudiantes por razones políticas, de preferencia sexual o de no alineación irrestricta con el experimento socialista en marcha.

Lo que comenzó aplastando a los desafectos o a quienes pretendían mantener una postura intelectual independiente (los escritores agrupados en las ediciones El Puente, Reynaldo Arenas o Carlos Victoria, para mencionar tres ejemplos) terminó castigando en los años setenta a autores que apoyaron sin cortapisas el proyecto político cubano, cuya obra incluso se había reconocido como expresión de los «nuevos tiempos»: Jesús Díaz, Eduardo Heras León o Norberto Fuentes, para limitar los ejemplos de nuevo a solo tres. No era tiempo para asuntos raros, puntos de vista inquietantes o ambigüedades expresivas que, por otra parte, son el alma misma de la literatura.

Si pienso en narradores nacidos en la Cuba de los cincuenta que comenzaron a publicar temprano sus libros dentro del país y luego hicieron una consistente carrera literaria solo me vienen a la mente los nombres de Senel Paz y Miguel Mejides, ambos nacidos en 1950. Sin dudas habrá otros, pero no son demasiados.

Igual, casi todos los cuentos de Memorias del equilibrio pudieron haber sido escritos durante los años ochenta y supongo que no ocurrió así por la razón antes expuesta: su autor no estaba listo. Admitiré, sin embargo, que tampoco soplaban aires muy favorables para el escritor que, todavía confusamente, aspiraba yo a ser. El rebrote narrativo de esa década en la Isla se apoyó sobre todo en el accionar de una masa de escritores que llamaré reformistas. Creíamos que era posible perfeccionar el sistema político-social cubano, purgarlo de sus excesos intolerantes, y de manera más bien espontánea, apoyándonos en eventos que tenían lugar a lo largo del país o en las propias organizaciones del sistema, luchamos por al menos tres objetivos: 1) Que se entendiera la naturaleza contradictoria del acto creador y el espacio que el escritor ocupa dentro de la sociedad. 2) Que no se repitieran sin respuesta los actos de agresión y enclaustramiento que habían ocurrido en la década anterior. 3) Que en lo posible, los jóvenes narradores emergentes no fueran objeto de las persecuciones que habíamos conocido antes.

No es este el espacio para valorar adónde condujo todo eso. Decepcionados, muchos optamos un día por emigrar (Félix Luis Viera, Luis Manuel García o Jesús Díaz, para continuar con los ejemplos en trío), otros decidieron permanecer en la Isla (Leonardo Padura, Arturo Arango, Eduardo Heras León). Lo que me interesa recalcar ahora es que el canon narrativo predominante en Cuba a lo largo de los ochenta mantuvo su foco en la así llamada función social de la literatura, aunque cambiando de perspectiva: ser críticos ante la realidad del país se convirtió en anhelo supremo. Se discutía entonces con fervoroso empuje quién había bautizado al primer gay en nuestra corriente narrativa, o quién había sido el pionero en airear el jineterismo, o quién se había atrevido a... En fin, contrarrestar el silencio de los periodistas y el triunfalismo de la propaganda oficial cubana devino por aquellos años entre nosotros (y lo es todavía en no pocos espacios intelectuales) aplaudido valor literario.

Yo buscaba otros caminos. Amir Valle, una de las voces más notables entre las que emergieron en esa década, ha testimoniado que por entonces le resultaba difícil entender en mi incipiente trabajo «la mezcla de absurdo, fantasía y realismo, algo realmente raro para nosotros, defensores de los cuentos duros, directos, realistas, pero sobre todo algo distinto en el panorama del cuento santiaguero […].» Recuerdo a mi vez el primer cuento que por entonces leí de otro narrador fundamental en ese grupo, Alberto Garrido. Me parecía insólito que un muchacho de apenas dieciocho años pudiera escribir un texto con tal madurez narrativa, pero de seguro Garrido debió sentir como un despropósito que aquel viejo de treinta y pico le sugiriera insistir en el detalle de un timbre cuyo sonido era imposible acallar en su cuento, antes que en la actitud corrupta de su personaje protagónico.

Y claro que pude haber escrito todos los cuentos que hoy forman Memorias del equilibrio en la primera década del siglo que ahora habitamos, cuando ya me había asentado en la República Dominicana. Pero tampoco estuve listo entonces, aunque por una causa diferente: para mi desesperación, llegó un momento en que no podía escribir sobre el pasado, cada línea que intentaba era contaminada por mi abrumador presente de emigrante. Fue duro. Hoy, dueño de otra perspectiva, comprendo que estaba en tránsito hacia el transtierro, para usar un concepto caro al escritor dominicano Keysi Montás; es decir, camino a convertirme en un ser humano desplazado que, en lugar de decidir entre dos culturas, opta por poner patria a medio camino entre ambas, en el centro del puente que las une. El mejor testimonio de ese proceso es mi libro El arma secreta, que terminé de escribir en 2013, luego de haber llegado a Miami.

No existe mejor lugar para un transterrado que Miami. Es una ciudad y huele a campo; está conectada a un continente pero respira el orgullo pretencioso de las islas. En sus calles no campea una forma regular y dominante de manifestarse que deba ser acatada. Se impone la mezcla, convive lo distinto, y exactamente como en cualquier ciudad del Caribe, la gente habita un presente eterno, un tiempo que parece avanzar hacia sí mismo. Miami no es algo terminado, es un espacio que se reconstruye sin parar en la mirada de sus transeúntes y donde la geografía del gesto, igual que la del habla, cambia con cada paso que das. Nada es definitivo en este lugar; para saberlo, basta levantar la cabeza y seguir el vuelo de los aviones que no cesan de llegar o irse. Tomando prestado el concepto de Joel James, diría que Miami es un proyecto de inconclusión, un lugar donde el ser híbrido que es todo transterrado puede vivir a plenitud sus perspectivas conjugadas.

Apenas asentado en Miami, los asuntos que hoy forman Memorias del equilibrio comenzaron a regresar uno a uno, urgiendo ser escritos con un vigor inesperado si tomamos en cuenta que se trataba de vivencias longevas. No sé si los cuentos que resultaron de tal ejercicio tienen algún valor, ¿quién soy yo para juzgar eso? Al presentarlos hoy como un proyecto definitivo, sí me siento feliz de haber mantenido sus asuntos fuera de la literatura con aspiración de crítica o de testimonio, sea este histórico, político o social. Ubicadas en Cuba entre los años sesenta y la primera década del siglo XXI, estas historias seguramente provocarán en el lector reflexiones de diversa índole, según sea su particular experiencia. El autor, por su parte, prefiere quedarse con la dignidad del hombre común y corriente que un día comienza a dialogar con los muertos, o con la aviesa y vengativa mirada del mongo sobre un mundo que lo ningunea, o con la posible enfermedad del hombre incapaz de evitar que su portañuela aparezca abierta en público, o con la rebeldía tal vez inútil de los derrotados que, sin embargo, termina por sembrar una montaña…

El narrador argentino Julio Cortázar declaró muchas veces que tras el triunfo de la revolución cubana, en 1959, su obra había incorporado una conciencia más colectiva. Memorias del equilibrio realiza el viaje inverso. En medio del colectivismo que pretendió imponer esa revolución, regresa al individuo, a su desesperada búsqueda de un equilibrio que deje intacto el elemental derecho a ser diferente.



Memorias del equilibrio fue publicado en junio de 2016 por K ediciones, de Miami, e incluye quince narraciones acompañadas por dibujos de la artista Margarita García Alonso. La ilustración de este post forma parte de esos dibujos. Si desea solicitar el libro, solo haga clic sobre el título.



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domingo, 12 de junio de 2016

Cuando las memorias (al fin) se equilibran




Viernes 24 de junio de 2016
Presentación del libro:



Combinando los meandros del relato y las tensiones del cuento corto, los conflictivos narradores de este libro convocan a seres humanos atrapados por una gesta supuestamente colectivista que sin embargo los orilla de la historia. Son ante todo figuras que bracean para encontrar alguna forma de equilibrar su vida, de hacer que la existencia adquiera algún sentido. Y, quizás para su propio mal, a veces lo logran de la única y terrible manera a su alcance: como una pírrica victoria humana frente a la exclusión, la crueldad y el olvido a que los condena el poder. «Este es un regreso literario a Cuba», dice su autor, «he querido escribir muchos de estos asuntos desde que era un niño».

El autor

Al salir de Cuba, José M. Fernández Pequeño llevaba en la maleta un río y cierta cantidad de abrazos, protectores infalibles contra la nostalgia. Ha publicado dieciséis libros en géneros como la crítica literaria, la narrativa, el ensayo y la literatura infantil. Entre 1998 y 2013 vivió en la República Dominicana, donde ha recibido el Premio Nacional de Cuentos (2013) y el Premio Nacional de Literatura Infantil-Juvenil (2016). En ese país descubrió además los colmados, el poder de la libertad y toda la verdad contenida en la expresión «Más pa’lante hay gente». Actualmente reside en Miami. Su último libro, El arma secreta, recibió la Medalla de Oro en los Florida Book Awards al mejor texto en español publicado por un residente en ese estado durante 2014. Es editor, profesor universitario y gestor cultural, además de un culé convencido, un discutidor de oficio y un adepto impenitente a la cerveza.

El presentador

Manuel Vázquez Portal: Poeta y periodista nacido en Morón. Fue profesor de enseñanza media, asesor literario del Ministerio de Cultura y periodista en varios medios estatales cubanos. Ganador de los premios UNEAC 1984, La Edad de Oro 1985 y 1993, publicó cinco libros en Cuba. En 2003 fue condenado a dieciocho años de prisión junto a 74 disidentes más. Vive en Miami, donde ha publicado los libros de poesía Celda número cero y Velo de cristal, a los que se suma Escrito sin permiso, que apareció en Italia. Es fundador de la prensa independiente cubana. Mientras estuvo en la cárcel, recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa (2003), que otorga el Comité de Protección al Periodista y el de Human Right Watch en 2004.

La artista dibujante

Margarita García Alonso, periodista, poeta y artista visual cubana nacida en Matanzas. Ha publicado diez libros entre poemarios, novelas y cuadernos de arte. Licenciada en periodismo por la Universidad de La Habana, posee también un máster en Industrias Gráficas. Ha obtenido numerosos premios en artes visuales y literatura. En Cuba fue directora del semanario cultural Yurumí y editora en Casa de las Américas. Reside en Francia desde 1992 y dirige las ediciones Hoy no he visto el paraíso. Los dibujos que aparecen en el libro fueron realizados específicamente para este proyecto.

1490 Biscayne Boulevard, Miami, Florida 33132
Parqueo en la calle trasera del edificio.
Si desea saber cómo llegar, haga clic sobre el nombre de la institución.

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viernes, 29 de abril de 2016

Declaración de independencia





Porque escribir es a veces eso,
observar y apropiarse de la basura ajena.


Maurice Sparks y/o Ernesto G.


¡Por favor, no vuelva a decir que es increíble! protesta con el celular apretado contra el oído izquierdo y viene a recostarse de mí.

Conozco cada reacción suya, cada impulso que sus decisio-nes igual las muy meditadas como las más irreflexivas ponen a circular por ese cuerpo menudo y casi siempre en tensión. Hace mucho aprendí a leer lo que siente a través de sus contactos y puedo asegurar que ahora mismo está al borde del colapso. Mientras escucha, saca con la mano derecha uno de los libros alineados en el quinto estante, contando de abajo hacia arriba, y lo muñequea bruscamente, como si necesitara comprobar que no hay algo peligroso escondido entre las páginas. Son las Ficciones de Borges, lo confirmo cuando tira el volumen encuadernado en rústica y formato seis por nueve sobre la mesa de trabajo para despegarse de mí reclamando al pequeño transmisor:

–Siete años sin escribir, siete años de espantosa sequía, y ahora que por fin regresa el impulso, ocurre esto… ¡dígame si no es cruel!

Y comienza a pasearse frente a mí, de pared a pared, ida y vuelta desde la puerta que conduce a su dormitorio hasta la ventana que da a la calle, a una ciudad que él no se ha cansado de maldecir páramo, desierto, estercolero de engreídos, nido de superficiales con dinero, eso y más la ha llamado durante los últimos siete años.

Nada de eso importa ahora tira un golpe al aire con el brazo libre–. Lo que escribo aparece luego cambiado, dígame qué parte de esa desgracia no entiende y se la explico otra vez.

Detiene su ir y venir. Se congela con los cinco dedos de la mano derecha unidos y muy cerca del rostro, mientras respira angustiado la voz que ha de estar vibrando en las entrañas del aparato y los huecos en sus mejillas se ahondan todavía más.

¡No quiero calmarme! explota al fin–. Ayúdeme a encontrar una explicación, que para eso usted es el autor y se inventó esta bronca del escritor emigrado y la ciudad hostil, ¿cómo va a venirme ahora con que no puede controlar un conflicto que usted mismo imaginó?

Camina hacia la mesa de trabajo, toma una hoja de papel que ha estado todo este tiempo sobre el monitor de la computadora:

La otra noche escribí y lee–: «De cierto modo, adoro los caminos inciertos», y cuando me levanté a la mañana siguiente decía «De cierto camino, adoro los modos inciertos», ¿ve? ¿Considera que algo así es aceptable?... Qué va, olvide el mambo y cante bolero, no hay posibilidad de error. Otra cosa no tendré, pero buena memoria me sobra… Mire, ayer mismo escribí –y vuelve a leer–: «Ahora encuentro mis historias por doquier, a menudo en la basura ajena», ¿y quiere saber cómo apareció esta mañana? Pues «Encuentro ahora la basura ajena por doquier, a menudo en mis historias».

Se sienta sobre la mesa de trabajo, de espaldas hacia donde estoy, lo que me ahorra sus ojos enrojecidos, la expresión de desamparo que hace lucir más salientes aún los huesos de sus pómulos.

¡Vaya! exclama, y se da un golpe en el muslo con la mano que todavía empuña el papel–, así que escribir es en sí mismo un acto de traición… ¡qué frase tan bien compuesta, lo felicito! Pero, ¿sabe qué?, no me sirve de nada. Si no es usted, ¿quién cambia lo que escribo? ¿El gato? ¿El librero? Como están las cosas, a lo mejor el librero aspiró un soplo de vida y ni usted ni yo nos hemos enterado. ¿O seré sonámbulo? Eso, ¿andará suelta por ahí una manifestación salvaje de mí mismo que reescribe mientras duermo o estoy en la calle? Porque las palabras no cambian solas de lugar, ¿o sí?

Y bueno, en ese último aspecto discrepo de su razonamiento, incluso podría facilitarle dos o tres libros de entre los que él mismo ha colocado en mis estantes para estimularlo a revisar sus criterios sobre los hábitos de las palabras, o por lo menos a tomar en consideración el carácter revoltoso de ciertos escritos… Pero mejor dejamos ese ejercicio para otro momento, no es prudente contradecir a una persona como él cuando está así de alterada.

Ilustración: The writer isolator, de Margarita García Alonso.


Margarita García Alonso: Periodista, poeta y artista visual cubana. Es una de las personas más ocupadas del planeta. En la mañana escribe mundos que echan a girar apenas salen de sus manos. La tarde la dedica a una investigación sobre el modo subjuntivo en la comunicación afectiva de las flores. En su tiempo libre se desempeña como reina en Groenlandia... sin remuneración, claro. Y en la noche, mientras parece dormir, en realidad ejercita la cuántica, lo cual le permite hacer audaces dibujos para textos que sus amigos alguna vez escribirán, aunque ellos todavía no lo sepan. ¿No me creen? Pues solo hagan clic sobre su nombre.


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