Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 9 de mayo de 2015

Finalmente, la gloria




Uno


Todos los ojos están pendientes de él. Lo sabe. Lo tiene tan sabido al momento de hacer contacto con la tabla del box, que solo dedica a los corredores un vistazo de rutina. Su atención parece concentrada en las señas que repite una y otra vez la mano del receptor acuclillado; en estudiar esa forma que tiene el bateador de inclinarse sobre el jon, como invitándolo a tratar la esquina de adentro. Detalles. Al final, toda la suerte tenida o por buscar depende de la pelota cuyo agarre él oculta dentro del guante; de la parsimonia con que detiene el movimiento inicial de sus brazos, anclándolos sobre ambas caderas durante una fracción mínima de tiempo, solo para dejar en claro quién gobierna el instante. Así lo confirma el murmullo del público, que se encoge cuando él balancea el pie izquierdo hacia atrás, afirma el peso del cuerpo sobre la pierna derecha para concentrar el equilibrio y lanzarlo con todas sus fuerzas en la pelota que verá regresar hacia sus ojos como una alucinante mancha blanca, como un vertiginoso mensajero de la muerte.

Dos

Inclino el cuerpo hacia la derecha en el momento que el bateador comienza el suin, como si estuviera escrito en alguna parte que la pelota vendrá por el centro del terreno, y esa anticipación me da la ventaja de dos pasos extendidos, uno con la pierna izquierda, otro con la derecha. Cuando la inercia va empujando hacia el tercer y decisivo paso, la pelota ya picó a la izquierda del lanzador y alarga un bote furioso que volverá a picar junto a la almohadilla de segunda base, buscando meterse en el cénter, si no fuera porque extiendo el brazo izquierdo y cierro los ojos presintiendo la sensación gloriosa que produce el golpe de la pelota dentro del guante. Lo demás será de rutina. Dar un salto, girar el cuerpo en el aire superando la punzada en la cintura y tirar a primera base, hacia donde avanza el corredor que ahora no veo...
   –Tranquilo, no te muevas –dice una voz de mujer que enseguida tiene rostro. Uno negro y gordo que va apareciendo encima de mí como si brotara del zumbido.
   Es el rostro que cualquiera vería si fuera a soñar con una enfermera vestida de blanco. La única persona a mano para preguntarle dónde estoy.
   –Por fin despiertas –ignora ella mi pregunta–. Sigue la punta de mi dedo –ordena mientras mueve ante mis ojos la yema morada que traza un amplio no–. No te muevas que ahora viene el médico.
   Y me muestra su espalda maciza. Se aleja despreocupada y yo quedo preso dentro del zumbido donde flota la voz de la mujer en retirada:
   –Ah, y para la próxima, por lo menos agacha la cabeza cuando veas venir la pelota.

y tres

Se fue levantando del balance en la misma medida que la pelota tomaba altura y el narrador chillaba "¡se va elevando... se va elevando... y la bola...!" Pero en ese momento todo volvió hacia atrás. El punto blanco de la pelota viajó en sentido inverso hasta chocar otra vez con el bate que retrocedía, y ese sonido en repetición, seco y desolador, penetró en su pecho como una puñalada de fuego. Sus manos se agarrotaron sobre la camisa beige que no había tenido tiempo de quitarse al llegar de la oficina, mientras iba inclinando el cuerpo hacia adelante y su boca agrandaba una dolorosa O.
   Desde el suelo, presa de las últimas convulsiones, no pudo compartir la alegría del aficionado que en la pantalla del televisor daba carreras por las gradas del jardín izquierdo mostrando la pelota, testimonio del único jonrón que posiblemente capturaría en toda su vida.


Si deseea escuchar los textos en voz de su autor, haga clic aquí: Finalmente, la gloria.

sábado, 25 de abril de 2015

Difusas nociones para huir a través de una mirada



Cuando Félix Luis Viera publicó su volumen de cuentos Precio del amor, en 1990, dejó una nota de singularidad en la narrativa cubana. Ajeno al fuerte y directo acento social que por la época predominaba en la cuentística de la isla, Viera prefería explorar en los textos de este libro ciertas agonías humanas, algunas insólitas rutas del deseo y, sobre todo, los costos de vivir.

La edición definitiva del volumen, a cargo ahora de Alexandria Library en Miami, nos vuelve a una antigua evidencia: decir que su tema es el amor resulta poco decir. Los ocho cuentos giran en torno a la atracción sexual y a las idealizaciones del ser femenino como formas de escape, como una huida desesperada del varón hacia la hembra-enigma, única promesa a la vista para conjurar los riesgos de un vacío que a veces se declara y casi siempre se hace presentir. De ahí nace la sólida unidad de este libro y de ahí también su diversidad, que el autor dosifica con malicia de novelista avezado en tres partes. Veamos.

La primera se ocupa de conflictos entre parejas y emplea una narración contraída, marcada por la síntesis. Viera es aquí un maestro de la sugerencia, un experto en sembrar motivos que permiten lecturas distintas de acuerdo con la perspicacia del lector. Por ejemplo, es imposible entender la reevaluación de su matrimonio que hace el protagonista de “En tantas cosas” si no podemos definir cuál es la “impostura” de Pozo, que el narrador alude una y otra vez de manera sesgada. Ese dato trae a un primer plano la miseria humana encarnada en la relación entre Pozo y el “bicho”, al tiempo que echa otra luz sobre las decisiones del personaje protagónico.

La segunda sección, por el contrario, abre las líneas del relato, lo subjetiviza a partir de una voz narrativa pletórica de sensaciones. Los dos cuentos que la integran ocurren en Europa y sus protagonistas, cubanos en viaje temporal de trabajo al extranjero, intentan conjurar la distancia y la soledad idealizando su encuentro con una mujer que la ansiedad carga de resonancias simbólicas, como bien ejemplifica la curiosa escalera de motivos construida por el narrador de “Solo en la noche”: helado-mujer-ojos azules-mar de Cuba. El final de este cuento es, en mi opinión, la única concesión en este libro rotundo, pues la materialización del ser añorado rompe la atmósfera de idealización que sostiene al texto.

La tercera parte ejecuta otra vuelta de tuerca en la sensibilización de la realidad, que ahora roza las dimensiones del sueño. A través de un tono lírico muy preciso, cobra aliento la huida de la realidad que tiene lugar en los tres cuentos finales del libro. Lo que comienza como un diálogo de almas entre el movilizado cañero y la campesina en “Mirada”, concluye en “Circuito abierto”, narración-poema que consagra el poder del sueño, cuya circularidad puede deshacer lo imposible. Esa apuesta por escapar de una realidad mostrenca culmina en “Noemí”, la pelirroja sentada en un tren lechero cubano atestado de animales, personas sudorosas y sacos con productos agrícolas, mientras ella viaja por una razón sin sentido ganancioso: buscar posturas de rosas.

Precio del amor se inserta en la tradición del cuento realista cubano. A veces más Novás, a veces más Onelio; compartiendo no pocas preocupaciones con los cuentos que en los ochenta-noventa escribía Miguel Mejides, quizás alguien piense que el libro se desinteresa del contexto cubano para refugiarse en asuntos más intimistas. No es cierto, sin embargo. El grosero pragmatismo, la pesada inercia y la castrante agonía diaria para sobrevivir en la realidad isleña es la explicación última al porqué sus personajes se despeñan ciegos y desesperados hacia un deseo instintivo, se agarran casi suicidas de una frágil mirada, que ellos suponen fecundante, para buscar la espiritualidad que da sentido a las cosas y hace que la vida valga la pena.

Si este sólido libro de Félix Luis Viera consigue tan sugerente y sensible caracterización de la realidad social es porque mira a través del ser humano y sus contradicciones. Y como lo hace poniendo en movimiento un innato talento de escritor y un oficio literario espléndido, articula un discurso retador, una armónica apariencia de sencillez que cobija sin embargo múltiples niveles de sentido a la espera del lector creativo y sagaz. Como siempre cuando de buena literatura se trata.

Ilustración: Félix Luis Viera y el autor del texto durante la presentación de Precio del Amor en Miami, espacio La otra esquina de las palabras, Café Demetrio, el 21 de marzo de 2015. Foto de Armando Añel.

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lunes, 6 de abril de 2015

Reminiscencia de lunes No. 2: Humo



«Ah, literatura», dice el hombre mientras manosea mi resume. Y no es que decir ah, literatura en medio de un departamento de ropa femenina tenga algo especial, sino el tono y la expresión con que lo ha dicho, de seguro los que usaría para referirse al sapo que su esposa ha encontrado nadando en la taza del inodoro. Entonces, vaya usted a saber por qué, recuerdo que una vez, hace tantísimos años, el gobierno de mi país creó un género literario por decreto, y allí de pie, acosado por el aroma de la ropa interior para mujeres, me regresa en un segundo la cascada de euforia que durante décadas consagraron los escritores y los críticos a la salud de esa criatura, la periodista que en mil novecientos ochenta y cuatro me reveló su plan de escribir una novela policiaca en décimas. «Nadar a favor de la corriente es la forma más segura de ahogarse», digo como quien se descubre desnudo en medio de la vía pública, pero el hombre no me entiende y tampoco sabe qué hacer con mi resume.

Ilustración: Esencia de humo, tomado de Cocinista (http://www.cocinista.es/)

sábado, 14 de febrero de 2015

El canalla


Décima (y última) estampa mongólica


Fue lo mismo que si hubiera encontrado el saco con los tarros de Bromelio dentro del armario, así de contento me puse, y no me importaban los calambres en las piernas ni la peste a rancio de la ropa que tenía encima. Entre las malas palabras que gritó Nereyda esa tardecita, ninguna podía competir con lo que me había dicho la primera vez «¡Con razón los mongos tienen esa fama!» Nada, por mucho que el primo alardeara de su trabajo en la policía, no tenía manera de luchar contra mi arma poderosa.

Y fue entonces, haciendo uno de sus cuentos, que el primo mencionó la palabra. Si quitamos los episodios de las Aventuras, yo nada más se la había oído antes a Delio-el-inyectador, y seguro fue por eso que imaginé a Luisito y el Kinka en un cuarto tan oscuro como aquel armario, escondidos debajo de una tonga de ropa, mientras Delio-el-inyectador los buscaba por todas partes con la jeringuilla en la mano y gritando «¿Dónde están esos canallas?» No me miren así… el primo y su cuento alardoso tuvieron la culpa por juntar a Luisito y el Kinka con una palabra tan rara.

Cuando abrió la puerta del armario y dijo que ya podía salir, Nereyda tenía ojos de sospecha y me preguntó qué era lo que había oído. Lo que se dice oír, yo había oído muchas cosas, pero mejor le contesté «¿Qué iba a oír si me estaba ahogando con toda la ropa que me tiraste encima?» Y en seguida puse cara de estar molesto, a ver si me prometía que ningún primo iría a visitarla ese fin de semana. Al final no lo conseguí, aunque sí me dejó enjabonarle las nalgas en la ducha.

La noche fue más incómoda que haber estado todo ese tiempo dentro del armario. A la hora de la sopa no tenía hambre y a mamita le cogió con decir que me veía pálido. «Nada más falta que te enfermes con las pruebas de nivel ahí mismito… Mejor le aviso a Delio para que venga y te ponga unas vitaminas». Papito se molestó mucho, aunque no estoy seguro de si fue porque no lograba estarme quieto o porque el equipo Cuba perdía en el juego del televisor. «No sé cuándo acabarás por coger fundamento, a tu edad yo trabajaba». Todavía a la hora de dormir los dos discutían con el abuelo, emperrado en que yo debía de andar con muchachos de mi edad. «Vaya el diablo a saber lo que aprende con el mala cabeza de su tío Eusebio y en la casa de la mujercita esa».

Casi no dormí. Cuando no era que los pedazos de música del cabaret venían a pincharme, un coche pasaba a todo meter estremeciendo la calle, o el escobillón del barrendero hacía un ruido feo al empujar el agua de los bordillos, frrru-frrru-frrru-frrru… Bueno, si hasta los pitazos del tren de Contramaestre sonaron medio ácidos esa madrugada. Soñé que Delio-el-inyectador, así mismo de viejo y con su pierna más corta que la otra, era Batman y lo habían encerrado en mi cuarto. Él se tiraba contra las paredes tratando de escapar, vaya usted a saber por qué no usaba la salida, que ni puerta tenía, o por qué yo no se la enseñaba, pero el caso es que Batman seguía ahí, empeñado en meterle la cabeza a las paredes y gritando «¿Dónde están esos canallas?»… «¿Dónde están esos canallas?»

Cuatro carros de patrulla se llevaron a Luisito y el Kinka por la mañana, un poquito antes de las nueve. Fue tanto el barullo y la alteración de la gente en el barrio que a muy pocos se les ocurrió asombrarse por el regreso de Bromelio Saco’etarro. Estaba igualito, como si viniera de sacar los mandados de la bodega y no de estar en la cárcel todo ese tiempo, así que lo único interesante fueron los brincos que daban las nalgas de Nereyda debajo de la bata de casa cuando salió corriendo a recibirlo. Yo no les perdía pie ni pisada mientras trataba de explicarle a Yoyi que nunca había oído a los muchachos hablar de algún plan para irse clandestinos del país, y vi cómo Nereyda nos hacía señas de lo más emocionada para que saludáramos a Bromelio.

Como tío Eusebio estaba al recogerme para ir al río, me puse a desenterrar las lombrices en el patio, y desde allí oí a mamita que le decía al abuelo «¿Usted ve, papá, por qué no queríamos que el muchacho siguiera juntándose con esa gente?» Las lombrices son difíciles de agarrar a veces, mucho más si no ha llovido y los terrones se ponen duros. Luchando para sacarlas sin que se partieran, imaginé lo que estaría diciendo la gente del barrio allá afuera si en ese momento hablaran de mí, o si Nereyda un día hubiera salido corriendo delante de todo el mundo para abrazarme, o si la noche anterior yo hubiera ido cruzando de patio en patio hasta la casa de Luisito y el Kinka para avisarles que la policía iba a llevárselos presos por la mañana.

Pero fue un momentico y pasó enseguida. A fin de cuentas, yo era el mongo nada más.

Ilustración: Margarita García Alonso, El héroe. Creación virtual, formato A4.

Margarita García Alonso: Poeta y artista visual cubana radicada en Francia. Su estética establece una relectura de los códigos simbólicos al uso, lo que puebla su obra de figuras y situaciones en apariencia contradictorias y que, precisamente por eso, operan un sagaz cuestionamiento de la realidad. En la imagen, su "antiselfie".

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza
Sexta estampa mongólica: El Mudo
Séptima estampa mongólica: Veneno
Octava estampa mongólica: La letra
Novena estampa mongólica: La bola