Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 14 de febrero de 2015

El canalla


Décima (y última) estampa mongólica


Fue lo mismo que si hubiera encontrado el saco con los tarros de Bromelio dentro del armario, así de contento me puse, y no me importaban los calambres en las piernas ni la peste a rancio de la ropa que tenía encima. Entre las malas palabras que gritó Nereyda esa tardecita, ninguna podía competir con lo que me había dicho la primera vez «¡Con razón los mongos tienen esa fama!» Nada, por mucho que el primo alardeara de su trabajo en la policía, no tenía manera de luchar contra mi arma poderosa.

Y fue entonces, haciendo uno de sus cuentos, que el primo mencionó la palabra. Si quitamos los episodios de las Aventuras, yo nada más se la había oído antes a Delio-el-inyectador, y seguro fue por eso que imaginé a Luisito y el Kinka en un cuarto tan oscuro como aquel armario, escondidos debajo de una tonga de ropa, mientras Delio-el-inyectador los buscaba por todas partes con la jeringuilla en la mano y gritando «¿Dónde están esos canallas?» No me miren así… el primo y su cuento alardoso tuvieron la culpa por juntar a Luisito y el Kinka con una palabra tan rara.

Cuando abrió la puerta del armario y dijo que ya podía salir, Nereyda tenía ojos de sospecha y me preguntó qué era lo que había oído. Lo que se dice oír, yo había oído muchas cosas, pero mejor le contesté «¿Qué iba a oír si me estaba ahogando con toda la ropa que me tiraste encima?» Y en seguida puse cara de estar molesto, a ver si me prometía que ningún primo iría a visitarla ese fin de semana. Al final no lo conseguí, aunque sí me dejó enjabonarle las nalgas en la ducha.

La noche fue más incómoda que haber estado todo ese tiempo dentro del armario. A la hora de la sopa no tenía hambre y a mamita le cogió con decir que me veía pálido. «Nada más falta que te enfermes con las pruebas de nivel ahí mismito… Mejor le aviso a Delio para que venga y te ponga unas vitaminas». Papito se molestó mucho, aunque no estoy seguro de si fue porque no lograba estarme quieto o porque el equipo Cuba perdía en el juego del televisor. «No sé cuándo acabarás por coger fundamento, a tu edad yo trabajaba». Todavía a la hora de dormir los dos discutían con el abuelo, emperrado en que yo debía de andar con muchachos de mi edad. «Vaya el diablo a saber lo que aprende con el mala cabeza de su tío Eusebio y en la casa de la mujercita esa».

Casi no dormí. Cuando no era que los pedazos de música del cabaret venían a pincharme, un coche pasaba a todo meter estremeciendo la calle, o el escobillón del barrendero hacía un ruido feo al empujar el agua de los bordillos, frrru-frrru-frrru-frrru… Bueno, si hasta los pitazos del tren de Contramaestre sonaron medio ácidos esa madrugada. Soñé que Delio-el-inyectador, así mismo de viejo y con su pierna más corta que la otra, era Batman y lo habían encerrado en mi cuarto. Él se tiraba contra las paredes tratando de escapar, vaya usted a saber por qué no usaba la salida, que ni puerta tenía, o por qué yo no se la enseñaba, pero el caso es que Batman seguía ahí, empeñado en meterle la cabeza a las paredes y gritando «¿Dónde están esos canallas?»… «¿Dónde están esos canallas?»

Cuatro carros de patrulla se llevaron a Luisito y el Kinka por la mañana, un poquito antes de las nueve. Fue tanto el barullo y la alteración de la gente en el barrio que a muy pocos se les ocurrió asombrarse por el regreso de Bromelio Saco’etarro. Estaba igualito, como si viniera de sacar los mandados de la bodega y no de estar en la cárcel todo ese tiempo, así que lo único interesante fueron los brincos que daban las nalgas de Nereyda debajo de la bata de casa cuando salió corriendo a recibirlo. Yo no les perdía pie ni pisada mientras trataba de explicarle a Yoyi que nunca había oído a los muchachos hablar de algún plan para irse clandestinos del país, y vi cómo Nereyda nos hacía señas de lo más emocionada para que saludáramos a Bromelio.

Como tío Eusebio estaba al recogerme para ir al río, me puse a desenterrar las lombrices en el patio, y desde allí oí a mamita que le decía al abuelo «¿Usted ve, papá, por qué no queríamos que el muchacho siguiera juntándose con esa gente?» Las lombrices son difíciles de agarrar a veces, mucho más si no ha llovido y los terrones se ponen duros. Luchando para sacarlas sin que se partieran, imaginé lo que estaría diciendo la gente del barrio allá afuera si en ese momento hablaran de mí, o si Nereyda un día hubiera salido corriendo delante de todo el mundo para abrazarme, o si la noche anterior yo hubiera ido cruzando de patio en patio hasta la casa de Luisito y el Kinka para avisarles que la policía iba a llevárselos presos por la mañana.

Pero fue un momentico y pasó enseguida. A fin de cuentas, yo era el mongo nada más.

Ilustración: Margarita García Alonso, El héroe. Creación virtual, formato A4.

Margarita García Alonso: Poeta y artista visual cubana radicada en Francia. Su estética establece una relectura de los códigos simbólicos al uso, lo que puebla su obra de figuras y situaciones en apariencia contradictorias y que, precisamente por eso, operan un sagaz cuestionamiento de la realidad. En la imagen, su "antiselfie".

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza
Sexta estampa mongólica: El Mudo
Séptima estampa mongólica: Veneno
Octava estampa mongólica: La letra
Novena estampa mongólica: La bola

sábado, 7 de febrero de 2015

Florida Book Awards: libros premiados




Tallahassee, Fla. Concluidas las labores de su novena convocatoria, los Florida Book Awards anuncian los libros ganadores en las nueve categorías llamadas a concurso. Coordinados por Florida State University Libraries, los Florida Book Awards constituyen el programa estatal para el reconocimiento literario más incluyente de los Estados Unidos. Fue establecido en 2006 para reconocer lo mejor de la literatura que se publica cada año en la Florida y en este pueden participar aquellos autores que residen permanentemente en ese Estado, excepto en las categorías de libros de no ficción y de artes visuales, que admiten textos dedicados a algún aspecto de la Florida, no importa dónde resida su autor.

Los más de 200 libros presentados en esta edición de 2014 fueron evaluados por jurados que formaron tres especialistas residentes en el Estado y que fueron nominados por las organizaciones copatrocinadoras del certamen. Dichos jurados tenían la potestad para seleccionar hasta tres medallistas en cada categoría (oro, plata y bronce), así como para declarar desierto cualquiera de esos galardones.

A continuación, los ganadores de las medallas de oro en las nueve categorías convocadas:

Literatura para niños



Jurado: Marsha Gontarski (presidenta), Margaret Cardillo, Adrian Fogelin

Medalla de Oro: Cleopatra in Space, de May Maihack.




Libros de no ficción sobre la Florida

Jurado: Steven Noll (presidente), Jennifer Koslow, Ned Stuckey-French

Medalla de Oro: La Florida: Five Hundred Years of Hispanic Presence (University Press of Florida), editado por Viviana Díaz Balsera y Rachel A. May


Libros de ficción general



Jurado: Shara Smock (presidenta), Enid Shomer, Laura Smith

Medalla de Oro: The Invention of Wings (Viking Penguin Group), de Sue Monk Kidd



Libros de no ficción general


Jurado: Gail Sinclair (presidenta), Gary Mormino, David Coburn

Medalla de Oro: Merlin Stone Remembered (Llewellyn Worldwide), de David B. Axelrod, Lenny Schneir y Carol Thomas



Poesía


Jurado: Terri Witek (presidenta), Mary Jane Ryals, Craig Blais

Medalla de Oro: SLANT SIX (Copper Canyon Press), de Erin Belieu





Libros de ficción popular


Jurado: Chris Coward (presidenta), Veronica Hart, Chrissy Jackson

Medalla de Oro: Haunted (G. P. Putnam’s Son), de Randy Wayne White



Libros en lengua española


Jurado: José Manuel García (presidente), Narciso Hidalgo, Manuel López

Medalla de Oro: El arma secreta (Editora Nacional de la República Dominicana), de José M. Fernández Pequeño


Libros sobre artes visuales

Jurado: Julie Dickover (presidenta), Mallory O’Connor, Denise Bookwalter

Medalla de Oro: Africa in Florida: Five Hundred Years of African Presence in the Sunshine State (University Press of Florida), editado por Amanda B. Carlson y Robin Poynor


Literatura para jóvenes


Jurado: Laura Lascarso (presidenta), Jana Fine, Katherine Kastanis

Medalla de Oro: Kiss of Broken Glass (Harper Teen), de Madeleine Kuderick



Los nueve medallistas de oro serán reconocidos el 11 de marzo próximo en la ceremonia de los Florida Heritage Awards, patrocinada por el Florida Deparment of State’s Division of Cultural Affairs. A su vez, todos los ganadores serán honrados en el banquete anual de los Florida Book Awards, el 9 de abril, en la Mission San Luis, Tallahassee; ocasión en la que también serán recibidos en un almuerzo por la primera dama del Estado, Ann Scott, e invitados a participar en el panel sobre los Florida Book Awards que tendrá lugar en la inauguración del festival musical y literario Word of the South, igualmente en Tallahassee.


Texto traducido al español por José M. Fernández Pequeño a partir de la nota oficial de prensa distribuida por los Florida Book Awards. Para más información, favor remitirse a: http://floridabookawards.lib.fsu.edu/index.php

domingo, 11 de enero de 2015

El arte de "entroncar". Apuntes híbridos


Joaquín Badajoz



Texto leído en la presentación del libro El arma secreta, el 5 de diciembre de 2014, en el Centro Cultural Español de Miami.


Mi primer impulso fue titular esta presentación de El arma secreta, Premio Nacional de Cuento José Ramón López 2013 de República Dominicana, “El arte de narrar”. Lo que hubiera sido lugar común, parodia y celebración de ese útil ensayo que es “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”,1 de Juan Bosch, el gran cuentista dominicano, fechado en su exilio en Caracas, en septiembre de 1958, que a pesar de su más de medio siglo y qué medio siglo: de pastiche y probeta, experimental y postmoderno sigue teniendo absoluta vigencia didáctica, aun cuando pueda haber sufrido cierta trasnochada teórica. Pero sospecho que a Bosch eso no le hubiera importado un ápice, porque sus apuntes son para narradores, no para teóricos, escritos como explicándose a sí mismo la esencia del (buen) contar. Toda regla de oro es entonces profundamente autobiográfica, no sirve para otra cosa que para desmontar desde adentro el mecanismo narrativo de otros, nunca para impulsar el propio.

En ese entonces hablo de 1958, todavía los géneros literarios parecían respetar fronteras, convivir dentro de precisos límites condales. Hoy todo ha sido sustituido por la palabra “texto”, que resume la escritura en su transexualidad, como potens híbrido, en el que importa la esencia, el ser de la escritura multiplicado, más que su genética escritural. En este año de gracia de 2014 da gusto, sin embargo, saber que sobreviven cuentistas como los que describía Bosch, verdaderos artífices del género, quizás con la diferencia de que en ellos puede entroncar el “hombre que divaga” y el “hombre de acción”, mezclarse la mirada estática y la naturaleza activa, y provocar verdaderos “retardos” narrativos aplicando el concepto duchampiano al combate de un solo round de Bosch, como sucede con la narrativa de Fernández Pequeño.

En ese aliento largo, ese regodeo prosístico, y no tanto en su “naturaleza activa”, reside el encanto de El arma secreta. Microcosmos en píldora, novelas bonsái, con gran dominio de la primera persona, la tradicional narrativa confesional, homodiegética, a menudo alternada con un narrador omnisciente, que le permite complementar con solidez los puntos de vista narrativos, Pequeño es de esos autores que saben que la forma es el arte, que todo consiste en la “manera” de contar, en el dominio de las técnicas narrativas y la verosimilitud literaria creada por el dominio de la voz de sus personajes y el contexto emocional. Es por eso que en este libro de relatos, el lector avisado disfrutará la forma sobre la que riela la historia, las muletillas de estilo, las divagaciones, la pausa reflexiva, tanto como la trama, que a veces pareciera una excusa para ensayar la arquitectura narrativa. 

Debo aclarar como si de una declaración de conflicto de intereses se tratara que Pequeño tuvo la “ocurrencia” de enviarme la reseña sobre su libro escrita por Félix Luis Viera para cubaencuentro.com, y que leí aunque no suelo hacerlo por disciplina y respeto a ambos. Eso, sin dudas, habrá influido en este texto, que aunque no pretende dialogar con la reseña de Viera, atiende a esas zonas en las que mi lectura difiere o matiza la suya. Dicho esto, puedo adelantar que, a mi juicio, dos de los textos que aparentemente rompen con la estructura de El arma secreta premiada por Ángela Hernández, Armando Almánzar y Efraim Castillo, importantes cuentistas dominicanos y que definitivamente podrían haber “sobrado”, ofrecen las claves para entenderlo como volumen temático, como pasajes de una milenaria odisea existencial, más que como un conjunto de cuentos unidos al antojo.

Los siete cuentos apretados en pinza entre “Los conquistadores” un microrrelato cerrado como un poema, casi una prosa lírica y “El arma secreta” ficción histórica que intitula el volumen, y que es mi cuento favorito, aunque están condicionados de una forma u otra por sucesos paranormales, o en todo caso inusuales –un ronquido que hipnotiza, como un toque de queda marcial, a todo un barrio (“El arte de roncar”, pág. 13); un pregonero que se lanza a vender condenado de antemano al fracaso (“Un cierto olor a escalofrío”, pág. 31); un pájaro azul y de garras moradas que invade la casa caminando por las paredes (“Rebeliones”, pág. 49); un niño cíclope, pequeño Polifemo de la infamia y la ceguera (“El cíclope”, pág. 63); un tío perfeccionista que se diluye en sus propias lamentaciones (“Imperfecciones”, pág. 79); un empresario obsesionado con su compañía que intenta averiguar el misterio de unos extraños pasos en el apartamento de arriba y termina reencontrándose con lo que verdaderamente importa en la vida (“Pongamos por caso”, pág. 83); y las hipotéticas últimas horas de un profesor que sufre una enfermedad letal (“El ombligo de María B”, pág. 99) están, como nota Viera, afincados en la realidad: incorporan y cito a Viera “elementos de lo onírico o lo simbólico o lo absurdo o lo paranormal; pero esto no obsta para que los relatos sean clasificados, sin dudas, como eso que solemos llamar ‘realismo’”.2

Se trata, sin embargo, de un realismo altamente metafórico. Estas historias pueden interpretarse literal y traslaticiamente, al mismo tiempo, en esa conjunción de realidad y suprarrealidad que contiene nuestro complejo mundo subjetivo, nuestras a veces disfuncionales psiquis, aprovechándose de su móvil o su contexto simbólico, para reflexionar sobre la existencia humana, su tránsito tenaz, sus pequeñas rutinas.  Atrapados, como decía, en esas tenazas históricas que narran la expedición de Lucio Cornelio y su pírrica conquista de Arkenia (que a mí se me antoja un anagrama de Karenia en el amor, la conquista es siempre una derrota, toda la grandeza queda generalmente en casa), que será narrada muchos años después por Ainerka (otro anagrama de Karenia: mujer y ciudad convergen en todas las mitologías de la conquista), los siete cuentos restantes adquieren una unidad temática precisamente por la inclusión de estos dos relatos que desentonan, estos dos tigres albinos. Tratando de rizar el rizo, descubrir los caprichos de inclusión, es que uno advierte que en todos estos relatos sus protagonistas nunca logran lo que persiguen, no encuentran “el arma secreta”, pero ese componente surrealista será el resorte que dispara el enfrentamiento con su propia realidad, el gatillo que los obliga a interactuar con el mundo ordinario. También todos estos cuentos reflexionan sobre batallas fútiles, empresas fallidas, seres que intentan sobrevivir, revertir en un rapto cínico su papel de náufragos, hombres “fuera de su lugar” (“El arma secreta”, pág. 144), que festejan derrotas inexplicables (“Un cierto olor a escalofrío”), desesperados por el fracaso, a punto de desaparecer (“Imperfecciones”), transformarse o morir.

Mi segundo impulso, y casi definitivo, fue girar este texto hacia su indudable valor antropológico y lingüístico. Pequeño es un ventrílocuo, y lo hace sin esfuerzo, trasladando los registros de la oralidad, acomodando refranes, jocosidades e inventivas domínico-cubanas, con una gracia comedida, que es verdaderamente disfrutable por el lector. No son chistes, como sucede en mucha narrativa caribeña, que lastran y disminuyen los textos, sino estocadas de humor aliviando tensiones, dando disparos de gracia, mucho más contundentes que los reales, con esa ocurrencia dominicana a la que Pequeño –santiaguero por partida doble, de Cuba y de los Caballeros, y por ende dominicano de Cuba, sabe tomarle el pulso bien, y que está en toda la historia de Quisqueya, incluso en la más dramática, como cuando Antonio de la Maza remató a Trujillo diciendo: “este guaraguao ya no come más pollos”.3 Choteo que no es burla fácil sino agilidad mental, metáfora rústica, y que tiene uno de sus mejores momentos cuando el viejo Pablo bromea con Osvaldo en “El ombligo de María B” uno de los relatos más complejos y redondos de este volumen diciéndole: “—Pero venga acá, licenciado. ¡Ese pescaíto no sirve ni pa’ carná!” (pág. 105).

Así que Pequeño ha logrado lo que ya anunciaba en el exergo de Donoso que abre “A.M.” (relato suyo ganador del concurso Casa de Teatro en 2001, en el que todavía se nota cierto gateo cultural): que la simetría de su vida nazca de una raíz propia más poderosa que su voluntad. Escritor duplicado, ha logrado que entronquen las identidades del hombre bicultural, narrando historias y creando fascinantes personajes que ya entran por derecho propio en la literatura dominicana de una manera natural, que es para mí el mayor elogio que puede darse en el arte y la literatura: la impresión de que lo sobrehumano se ha logrado con la simplicidad de una vuelta de tuerca, que los titanes sudan por dentro. Y ya llegará el día en que un despistado vendedor de colmado doppelgänger de algún impertinente vendedor de Home Depot, en la Cuba miamense, y que ha sido protagonista de uno de esos cuentos que el autor de El arma secreta quizás no escribirá4 le pregunte si es cubano, ¿verdad?, con la seguridad suicida que da la simpleza, el aparente dominio de las realidades maniqueas, antes de que Pequeño le responda: sí, ¿cómo lo supo? Cubano, cubano de Santiago de los Caballeros. 

Notas

[1] Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio. Santo Domingo, República Dominicana, Editora Alfa & Omega, 1970.

[2] Félix Luis Viera: El arma secreta, de José M. Fernández Pequeño”, Cubaencuentro.com; Noviembre 17, 2014.

[3] Vicente Echerri: La última "fiesta del Chivo", el ajusticiamiento de Rafael Trujillo. La Historia Pendiente, Yahoo.

[4] José M. Fernández Pequeño:El escritor híbrido y la lengua del desconcierto”, conferencia leída el 6 de septiembre de 2014 en la tertulia Letras de la Academia, actividad que organiza la escritora Ofelia Berrido para la Academia Dominicana de la Lengua. http://tertulialetrasdelaacademia.blogspot.com/2014/09/elescritor-hibrido-y-la-lengua-del.html

Ilustración: Foto tomada por Maurice Sparks en el acto de presentación de El arma secreta, ocurrido el 5 de diciembre de 2014, en el Centro Cultural Español de Miami.

Para ordenar un ejemplar del libro El arma secreta, haga clic en la portada que aparece debajo:


jueves, 11 de diciembre de 2014

La bola


Novena estampa mongólica


La bola de hierro se balanceaba cogiendo impulso. Viéndola colgada del brazo de la grúa, más arriba de los árboles, entendí bien a Nereyda cuando se rio la otra tardecita y dijo «¡Pareces una grúa Kato!» El balanceo dio tiempo a que tío Eusebio se fumara medio cigarro Vegueros, y cuando por fin el brazo de la grúa lanzó la bola contra el edificio, todos en el parque estábamos esperando el acabose... Y no pasó casi nada. Un golpe hueco y un suspirito de polvo que ni competir podía con el humo que tío Eusebio soltó por la boca al comentar «Menos mal que el edificio se estaba cayendo, porque si no…»

Lo dijo bajito, mientras botaba la colilla en el cantero del parque, y si en ese momento Armandito-cara-de-coco vino hasta el banco donde estábamos sentados, debió de ser porque quería enseñarnos aquel mismo edificio que alumbraban los reflectores, pero con puertas y ventanas y carros parqueados enfrente y gente conversando en la acera y ninguna bola balanceándose para tumbarlo. En el hotel de la foto estaba todavía el nombre escrito con letras blancas, y al lado el cine anunciaba un montón de películas, todas con letras negras. «Me acuerdo de ese día», dijo tío Eusebio. «Hicimos tremenda cola para ver Lo que el viento se llevó y yo me dormí nada más empezar la película. Cuando desperté, la gente en el cine lloraba más que el carajo, hasta el padre de este».

Esa noche en el parque no hacía viento y el polvo que soltaba el edificio con cada golpe de la bola atravesaba la luz de los reflectores convertido en gusanitos; eran tantos, que si los miraba fijo hasta poner los ojos bizcos se volvían millones de pececitos oscuros nadando entre dos bolas de hierro que se balanceaban, y encima, dos lunas también redondas, aunque fijas. «Estamos jodidos», dijo Armandito-cara-de-coco, «ya nada es como antes». Y tenía razón. Los cambios llegaban de momento y lo dejaban a uno viendo musarañas. Antes mamita decía que el tío Eusebio era un tarambana, y de pronto podía salir con él hasta de noche. Antes nadie en la familia quería oír hablar de Nereyda, y de pronto papito me mandaba a su casa para ayudarla por las tardecitas. Antes los muchachos andaban siempre por el barrio, y de pronto se habían desperdigado, igualito que si una bola como aquella le hubiera dado un janazo al grupo.

«Los americanos caminan por la luna y nosotros aquí, comiendo polvo», gritó alguien mientras la bola todavía cimbraba por el golpe al lado de la fachada, y con el grito se me enderezaron los ojos. Fue una pena porque con la mirada bizca ya empezaba a ver la luna como si fuera otra bola balanceándose, mientras que en el parque no pasaba nada interesante. La gente seguía mirando hacia arriba sin hablar, la espalda de Armandito-cara-de-coco se alejaba hacia la esquina de La Creación, y los policías caminaban entre los grupos como si ya no tuvieran ganas de prestarle atención a la bola. Iba a comentarle a tío Eusebio que si aquel golpe contra el edificio lo hubiera dado la luna y no la bola, a quienes estuvieran caminando por allá arriba no iba a gustarles mucho, pero en ese momento él dijo «Creo que mejor nos largamos de aquí», y recogió la caja de Vegueros que tenía encima del banco.

«¿Te tragaste la lengua?», preguntó el tío cuando íbamos doblando en la calle Saco, y le respondí que me estaba acordando de la película Trapecio y del día que papito me llevó a verla. «¡Lindas las tetas de la tipa que salía en esa película!», comentó él sin que pudiera enterarse de la coincidencia. Por tarambana que tío Eusebio fuera, no le iba a decir que la bola me recordaba las nalgas de Nereyda.

Ilustración: Foto de autor desconocido, tomada presumiblemente en los primeros años cincuenta. Debo al periodista bayamés Armando Yero haber entrado en contacto con ella.

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza
Sexta estampa mongólica: El Mudo
Séptima estampa mongólica: Veneno
Octava estampa mongólica: La letra