Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

domingo, 11 de enero de 2015

El arte de "entroncar". Apuntes híbridos


Joaquín Badajoz



Texto leído en la presentación del libro El arma secreta, el 5 de diciembre de 2014, en el Centro Cultural Español de Miami.


Mi primer impulso fue titular esta presentación de El arma secreta, Premio Nacional de Cuento José Ramón López 2013 de República Dominicana, “El arte de narrar”. Lo que hubiera sido lugar común, parodia y celebración de ese útil ensayo que es “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”,1 de Juan Bosch, el gran cuentista dominicano, fechado en su exilio en Caracas, en septiembre de 1958, que a pesar de su más de medio siglo y qué medio siglo: de pastiche y probeta, experimental y postmoderno sigue teniendo absoluta vigencia didáctica, aun cuando pueda haber sufrido cierta trasnochada teórica. Pero sospecho que a Bosch eso no le hubiera importado un ápice, porque sus apuntes son para narradores, no para teóricos, escritos como explicándose a sí mismo la esencia del (buen) contar. Toda regla de oro es entonces profundamente autobiográfica, no sirve para otra cosa que para desmontar desde adentro el mecanismo narrativo de otros, nunca para impulsar el propio.

En ese entonces hablo de 1958, todavía los géneros literarios parecían respetar fronteras, convivir dentro de precisos límites condales. Hoy todo ha sido sustituido por la palabra “texto”, que resume la escritura en su transexualidad, como potens híbrido, en el que importa la esencia, el ser de la escritura multiplicado, más que su genética escritural. En este año de gracia de 2014 da gusto, sin embargo, saber que sobreviven cuentistas como los que describía Bosch, verdaderos artífices del género, quizás con la diferencia de que en ellos puede entroncar el “hombre que divaga” y el “hombre de acción”, mezclarse la mirada estática y la naturaleza activa, y provocar verdaderos “retardos” narrativos aplicando el concepto duchampiano al combate de un solo round de Bosch, como sucede con la narrativa de Fernández Pequeño.

En ese aliento largo, ese regodeo prosístico, y no tanto en su “naturaleza activa”, reside el encanto de El arma secreta. Microcosmos en píldora, novelas bonsái, con gran dominio de la primera persona, la tradicional narrativa confesional, homodiegética, a menudo alternada con un narrador omnisciente, que le permite complementar con solidez los puntos de vista narrativos, Pequeño es de esos autores que saben que la forma es el arte, que todo consiste en la “manera” de contar, en el dominio de las técnicas narrativas y la verosimilitud literaria creada por el dominio de la voz de sus personajes y el contexto emocional. Es por eso que en este libro de relatos, el lector avisado disfrutará la forma sobre la que riela la historia, las muletillas de estilo, las divagaciones, la pausa reflexiva, tanto como la trama, que a veces pareciera una excusa para ensayar la arquitectura narrativa. 

Debo aclarar como si de una declaración de conflicto de intereses se tratara que Pequeño tuvo la “ocurrencia” de enviarme la reseña sobre su libro escrita por Félix Luis Viera para cubaencuentro.com, y que leí aunque no suelo hacerlo por disciplina y respeto a ambos. Eso, sin dudas, habrá influido en este texto, que aunque no pretende dialogar con la reseña de Viera, atiende a esas zonas en las que mi lectura difiere o matiza la suya. Dicho esto, puedo adelantar que, a mi juicio, dos de los textos que aparentemente rompen con la estructura de El arma secreta premiada por Ángela Hernández, Armando Almánzar y Efraim Castillo, importantes cuentistas dominicanos y que definitivamente podrían haber “sobrado”, ofrecen las claves para entenderlo como volumen temático, como pasajes de una milenaria odisea existencial, más que como un conjunto de cuentos unidos al antojo.

Los siete cuentos apretados en pinza entre “Los conquistadores” un microrrelato cerrado como un poema, casi una prosa lírica y “El arma secreta” ficción histórica que intitula el volumen, y que es mi cuento favorito, aunque están condicionados de una forma u otra por sucesos paranormales, o en todo caso inusuales –un ronquido que hipnotiza, como un toque de queda marcial, a todo un barrio (“El arte de roncar”, pág. 13); un pregonero que se lanza a vender condenado de antemano al fracaso (“Un cierto olor a escalofrío”, pág. 31); un pájaro azul y de garras moradas que invade la casa caminando por las paredes (“Rebeliones”, pág. 49); un niño cíclope, pequeño Polifemo de la infamia y la ceguera (“El cíclope”, pág. 63); un tío perfeccionista que se diluye en sus propias lamentaciones (“Imperfecciones”, pág. 79); un empresario obsesionado con su compañía que intenta averiguar el misterio de unos extraños pasos en el apartamento de arriba y termina reencontrándose con lo que verdaderamente importa en la vida (“Pongamos por caso”, pág. 83); y las hipotéticas últimas horas de un profesor que sufre una enfermedad letal (“El ombligo de María B”, pág. 99) están, como nota Viera, afincados en la realidad: incorporan y cito a Viera “elementos de lo onírico o lo simbólico o lo absurdo o lo paranormal; pero esto no obsta para que los relatos sean clasificados, sin dudas, como eso que solemos llamar ‘realismo’”.2

Se trata, sin embargo, de un realismo altamente metafórico. Estas historias pueden interpretarse literal y traslaticiamente, al mismo tiempo, en esa conjunción de realidad y suprarrealidad que contiene nuestro complejo mundo subjetivo, nuestras a veces disfuncionales psiquis, aprovechándose de su móvil o su contexto simbólico, para reflexionar sobre la existencia humana, su tránsito tenaz, sus pequeñas rutinas.  Atrapados, como decía, en esas tenazas históricas que narran la expedición de Lucio Cornelio y su pírrica conquista de Arkenia (que a mí se me antoja un anagrama de Karenia en el amor, la conquista es siempre una derrota, toda la grandeza queda generalmente en casa), que será narrada muchos años después por Ainerka (otro anagrama de Karenia: mujer y ciudad convergen en todas las mitologías de la conquista), los siete cuentos restantes adquieren una unidad temática precisamente por la inclusión de estos dos relatos que desentonan, estos dos tigres albinos. Tratando de rizar el rizo, descubrir los caprichos de inclusión, es que uno advierte que en todos estos relatos sus protagonistas nunca logran lo que persiguen, no encuentran “el arma secreta”, pero ese componente surrealista será el resorte que dispara el enfrentamiento con su propia realidad, el gatillo que los obliga a interactuar con el mundo ordinario. También todos estos cuentos reflexionan sobre batallas fútiles, empresas fallidas, seres que intentan sobrevivir, revertir en un rapto cínico su papel de náufragos, hombres “fuera de su lugar” (“El arma secreta”, pág. 144), que festejan derrotas inexplicables (“Un cierto olor a escalofrío”), desesperados por el fracaso, a punto de desaparecer (“Imperfecciones”), transformarse o morir.

Mi segundo impulso, y casi definitivo, fue girar este texto hacia su indudable valor antropológico y lingüístico. Pequeño es un ventrílocuo, y lo hace sin esfuerzo, trasladando los registros de la oralidad, acomodando refranes, jocosidades e inventivas domínico-cubanas, con una gracia comedida, que es verdaderamente disfrutable por el lector. No son chistes, como sucede en mucha narrativa caribeña, que lastran y disminuyen los textos, sino estocadas de humor aliviando tensiones, dando disparos de gracia, mucho más contundentes que los reales, con esa ocurrencia dominicana a la que Pequeño –santiaguero por partida doble, de Cuba y de los Caballeros, y por ende dominicano de Cuba, sabe tomarle el pulso bien, y que está en toda la historia de Quisqueya, incluso en la más dramática, como cuando Antonio de la Maza remató a Trujillo diciendo: “este guaraguao ya no come más pollos”.3 Choteo que no es burla fácil sino agilidad mental, metáfora rústica, y que tiene uno de sus mejores momentos cuando el viejo Pablo bromea con Osvaldo en “El ombligo de María B” uno de los relatos más complejos y redondos de este volumen diciéndole: “—Pero venga acá, licenciado. ¡Ese pescaíto no sirve ni pa’ carná!” (pág. 105).

Así que Pequeño ha logrado lo que ya anunciaba en el exergo de Donoso que abre “A.M.” (relato suyo ganador del concurso Casa de Teatro en 2001, en el que todavía se nota cierto gateo cultural): que la simetría de su vida nazca de una raíz propia más poderosa que su voluntad. Escritor duplicado, ha logrado que entronquen las identidades del hombre bicultural, narrando historias y creando fascinantes personajes que ya entran por derecho propio en la literatura dominicana de una manera natural, que es para mí el mayor elogio que puede darse en el arte y la literatura: la impresión de que lo sobrehumano se ha logrado con la simplicidad de una vuelta de tuerca, que los titanes sudan por dentro. Y ya llegará el día en que un despistado vendedor de colmado doppelgänger de algún impertinente vendedor de Home Depot, en la Cuba miamense, y que ha sido protagonista de uno de esos cuentos que el autor de El arma secreta quizás no escribirá4 le pregunte si es cubano, ¿verdad?, con la seguridad suicida que da la simpleza, el aparente dominio de las realidades maniqueas, antes de que Pequeño le responda: sí, ¿cómo lo supo? Cubano, cubano de Santiago de los Caballeros. 

Notas

[1] Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio. Santo Domingo, República Dominicana, Editora Alfa & Omega, 1970.

[2] Félix Luis Viera: El arma secreta, de José M. Fernández Pequeño”, Cubaencuentro.com; Noviembre 17, 2014.

[3] Vicente Echerri: La última "fiesta del Chivo", el ajusticiamiento de Rafael Trujillo. La Historia Pendiente, Yahoo.

[4] José M. Fernández Pequeño:El escritor híbrido y la lengua del desconcierto”, conferencia leída el 6 de septiembre de 2014 en la tertulia Letras de la Academia, actividad que organiza la escritora Ofelia Berrido para la Academia Dominicana de la Lengua. http://tertulialetrasdelaacademia.blogspot.com/2014/09/elescritor-hibrido-y-la-lengua-del.html

Ilustración: Foto tomada por Maurice Sparks en el acto de presentación de El arma secreta, ocurrido el 5 de diciembre de 2014, en el Centro Cultural Español de Miami.

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jueves, 11 de diciembre de 2014

La bola


Novena estampa mongólica


La bola de hierro se balanceaba cogiendo impulso. Viéndola colgada del brazo de la grúa, más arriba de los árboles, entendí bien a Nereyda cuando se rio la otra tardecita y dijo «¡Pareces una grúa Kato!» El balanceo dio tiempo a que tío Eusebio se fumara medio cigarro Vegueros, y cuando por fin el brazo de la grúa lanzó la bola contra el edificio, todos en el parque estábamos esperando el acabose... Y no pasó casi nada. Un golpe hueco y un suspirito de polvo que ni competir podía con el humo que tío Eusebio soltó por la boca al comentar «Menos mal que el edificio se estaba cayendo, porque si no…»

Lo dijo bajito, mientras botaba la colilla en el cantero del parque, y si en ese momento Armandito-cara-de-coco vino hasta el banco donde estábamos sentados, debió de ser porque quería enseñarnos aquel mismo edificio que alumbraban los reflectores, pero con puertas y ventanas y carros parqueados enfrente y gente conversando en la acera y ninguna bola balanceándose para tumbarlo. En el hotel de la foto estaba todavía el nombre escrito con letras blancas, y al lado el cine anunciaba un montón de películas, todas con letras negras. «Me acuerdo de ese día», dijo tío Eusebio. «Hicimos tremenda cola para ver Lo que el viento se llevó y yo me dormí nada más empezar la película. Cuando desperté, la gente en el cine lloraba más que el carajo, hasta el padre de este».

Esa noche en el parque no hacía viento y el polvo que soltaba el edificio con cada golpe de la bola atravesaba la luz de los reflectores convertido en gusanitos; eran tantos, que si los miraba fijo hasta poner los ojos bizcos se volvían millones de pececitos oscuros nadando entre dos bolas de hierro que se balanceaban, y encima, dos lunas también redondas, aunque fijas. «Estamos jodidos», dijo Armandito-cara-de-coco, «ya nada es como antes». Y tenía razón. Los cambios llegaban de momento y lo dejaban a uno viendo musarañas. Antes mamita decía que el tío Eusebio era un tarambana, y de pronto podía salir con él hasta de noche. Antes nadie en la familia quería oír hablar de Nereyda, y de pronto papito me mandaba a su casa para ayudarla por las tardecitas. Antes los muchachos andaban siempre por el barrio, y de pronto se habían desperdigado, igualito que si una bola como aquella le hubiera dado un janazo al grupo.

«Los americanos caminan por la luna y nosotros aquí, comiendo polvo», gritó alguien mientras la bola todavía cimbraba por el golpe al lado de la fachada, y con el grito se me enderezaron los ojos. Fue una pena porque con la mirada bizca ya empezaba a ver la luna como si fuera otra bola balanceándose, mientras que en el parque no pasaba nada interesante. La gente seguía mirando hacia arriba sin hablar, la espalda de Armandito-cara-de-coco se alejaba hacia la esquina de La Creación, y los policías caminaban entre los grupos como si ya no tuvieran ganas de prestarle atención a la bola. Iba a comentarle a tío Eusebio que si aquel golpe contra el edificio lo hubiera dado la luna y no la bola, a quienes estuvieran caminando por allá arriba no iba a gustarles mucho, pero en ese momento él dijo «Creo que mejor nos largamos de aquí», y recogió la caja de Vegueros que tenía encima del banco.

«¿Te tragaste la lengua?», preguntó el tío cuando íbamos doblando en la calle Saco, y le respondí que me estaba acordando de la película Trapecio y del día que papito me llevó a verla. «¡Lindas las tetas de la tipa que salía en esa película!», comentó él sin que pudiera enterarse de la coincidencia. Por tarambana que tío Eusebio fuera, no le iba a decir que la bola me recordaba las nalgas de Nereyda.

Ilustración: Foto de autor desconocido, tomada presumiblemente en los primeros años cincuenta. Debo al periodista bayamés Armando Yero haber entrado en contacto con ella.

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza
Sexta estampa mongólica: El Mudo
Séptima estampa mongólica: Veneno
Octava estampa mongólica: La letra

domingo, 7 de diciembre de 2014

La presentación de El arma secreta en fotos


Centro Cultural Español, Miami, 5 de diciembre de 2014
7:00 p.m.


El arma secreta mereció el Premio Nacional de Cuento 2013 en la República Dominicana debido (según palabras del jurado) "a la asombrosa profundidad narrativa que su autor desarrolla en los nueve relatos del libro, en la cual reivindica el arte y la maestría de narrar, a partir de una profunda observación de los desconciertos que la postmodernidad introduce en los países del tercer mundo."

Joaquín Badajoz presenta El arma secreta. Foto de Maurice Sparks









El autor habla sobre la concepción de su obra. Foto de Maurice Sparks









Público y autor. Foto de Limay González
Leyendo fragmentos de la obra. Foto de Maurice Sparks

Hora de responder preguntas. Foto de Maurice Sparks








Al final, algunos de los amigos participantes. Foto de Ena LaPitu Columbié

Y hay libros firmados. Foto de Maurice Sparks
Más público, ahora mixto. Foto: Germán Guerra
El presentador

Joaquín Badajoz: Es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua, de la American Comparative Literature Association y de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese. Su último libro publicado es Passar Páxaros (2014).

"Estos relatos son exponentes del notable oficio del autor, de su formidable capacidad de imaginación para la exposición realmente original de una historia afianzada en la intensidad y la tensión, más en la primera que en la segunda." (Félix Luis Viera: "El arma secreta, de José M. Fernández Pequeño")

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martes, 11 de noviembre de 2014

La lengua del desconcierto



Lo primero que constaté al llegar a la República Dominicana en marzo de 1998 fue que los dominicanos hablaban cantando. Tiempo después, mi segunda conclusión ya resultó un poco más trabajosa, aunque igual de contundente: contrario a lo que suele afirmarse, entre la cultura cubana y la dominicana existen diferencias inmensas… comenzando por las palabras y sus sentidos.

En el relato “A. M.”, primer premio en el Concurso Iberoamericano de Cuento convocado por Casa de Teatro en 2001, hay constancia de lo decisivas que pueden llegar a ser las palabras. Allí, un cubano recién llegado consigue trabajo vendiendo folletos de medicina naturista en las guaguas públicas de Santo Domingo… donde no tarda en tropezar con el desacomodo de las palabras: «[…] aprendí que la papaya había cubierto la putería de su masa con el casto título de lechosa; la noble malanga ganaba punta y terminaba en yautía; la pimienta dulce, tan de mi gusto mosquita muerta, prefirió la vulgaridad de ser malagueta; la guitarrera naranja había tomado la contraseña exótica de china, tan falta de imaginación que ni siquiera llegaba al juguetón chinola; el boniato, dulce y buena gente hasta en sonido, ganó en batata arrogancia musical... y así, con la marcha de los días, fui cruzando un puente de palabras […]».

Era la lengua del desconcierto. Cuando en 2007 el relato ya había sido publicado por la editorial Norma como parte del libro Tres, eran tres, hacía un par de años que venía lidiando yo con la pregunta: ¿Y qué viene ahora? La respuesta era siempre la misma: el más denso y anonadante desconcierto. Desde 2005 y hasta 2012 escribí decenas de bosquejos de cuentos que eran solo impulsos, voces que yo echaba sobre el papel sin saber adónde conducían. Mostraban un solo y doloroso elemento en común: vivían en el puro presente, sin vocación para contar el pasado.

No era solo un asunto de palabras, claro, sino de mecanismos culturales para dialogar con la realidad. Todo lenguaje es una manera singular de entender, subjetivar y recrear la vida. Enfrentarse a una nueva perspectiva para nombrar las cosas, impone la desagradable constatación de que el mundo no es exactamente como creíamos, y esa realidad hasta entonces oculta trastorna nuestros anteriores criterios, valores y seguridades. Aquellas narraciones deshilvanadas eran los agentes de un conflictivo proceso de hibridación; intentaban una búsqueda en el nuevo medio dentro del cual me desenvolvía; tanteaban posibilidades de fusión y mezcla que permitieran fecundar la lengua del desconcierto.

Debieron ser muchos los elementos que participaban en ese proceso. Tengo absoluta conciencia de tres.

Primero, los estudiantes universitarios a quienes dizque yo debía enseñar el español “correcto”, mientras con ellos iba aprendiendo a paladear la lengua de las calles dominicanas, esa que no precisa autorización de las academias para apropiarse de cuanto le dé la gana y engarzar una comunicación tantas veces deslumbrante.

Segundo, un arte contemporáneo en el que artistas y curadores dominicanos mezclaban con total soltura y falta de prejuicio una infinidad de soportes y códigos disímiles, a veces contradictorios, para adelantar procesos colectivos de resignificación que buscaban cuestionar la mirada del otro, retarlo a que abandonara la cómoda posición del espectador.

Tercero, los artistas populares que, a través de un consistente bombardeo creativo, me permitieron descubrir el elemento clave en la vida del dominicano: lo insólito, ese núcleo en torno al cual se define la realidad social del país: desde el transporte público hasta la política; desde las rutinas para el amor hasta las maneras de crear o divertirse.

Y con la conciencia de lo insólito, las narraciones que tan distantes habían parecido entre sí encontraron un punto de reconocimiento. En todas, algo inesperado obliga a una lectura diferente y sorpresiva de la realidad. Aquí, un pájaro azul camina por las paredes de una habitación familiar. Allí, un quieto poblado campesino ve nacer un cíclope. Más allá, un misterioso ronquido cambia la vida de los habitantes en un barrio capitaleño. Todavía después, alguien amenazado por una enfermedad mortal cree poder escuchar el peculiar sonido interior de las cosas y de los seres vivos… en fin, las nueve narraciones que forman El arma secreta se convirtieron, al menos para su autor, en un gozoso entrecruzarse de códigos que ya no eran cubanos ni dominicanos, sino un lenguaje distinto, y por eso mismo capaz de abordar las más exigentes dimensiones expresivas.

La lengua del desconcierto se disipaba y nos hacía dueños de una revelación: los verdaderos tesoros podían no estar allá lejos, donde nuestro arrojo supuso que debía conquistarlos, sino ahí al ladito mismo, en nuestra más palmaria cotidianidad. Y ya que de cotidianidad hablamos, termino con una anécdota.

Hace tres semanas, casi diecisiete años después de aquel marzo de 1998 en que llegué a la República Dominicana, fui a un The Home Depot en Miami. Buscaba unos tornillos con sus respectivas arandelas y quedé anonadado frente a aquellos estantes inmensos, preguntándome cómo era posible que existiera tan bárbara cantidad de tornillos diferentes. Por fin un empleado se apiadó de mi pasmo y me preguntó qué deseaba. Por el cantaíto al hablar, identifiqué que había tropezado con un coterráneo cubano.

El hombre no solo puso en mis manos lo que buscaba, sino que también me fue develando con experta satisfacción el alma intrincada de los tornillos. Los había de carácter punzante o de personalidad roma; algunos tenían cuerpos dignos de fisiculturistas y otros eran de apariencia débil aunque con una terrible tenacidad para el agarre... Al final, el empleado me preguntó afirmando:

–Usted es dominicano, ¿verdad?

–¿Y cómo lo supo? –pregunté yo a mi vez.

Él sonrió con esa suficiencia de la que solo un cubano es capaz y respondió:

–Porque habla cantando. ¿Y de qué parte de Dominicana viene?

Y entonces, habiendo llegado mi turno, le dije:

–De Cuba. Soy dominicano de Cuba.

Él siguió mirándome en silencio, quizás preguntándose si tanta exposición sobre las entrañas fenomenológicas de los tornillos me habría vuelto loco. Pero no quise explicarle. De seguro lo habría confundido más si le hacía saber lo orgulloso que me había hecho sentir su pregunta. Y no precisamente por los tornillos.

Ilustración: Hojas y ojos, de Mario Grullón. Óleo sobre tela, 75.6 x 153.2 cm. Colección Eduardo León Jimenes de Artes Visuales, Centro León.


La presente entrada es un resumen muy apretado de la conferencia "El escritor híbrido y la lengua del desconcierto", leída el 6 de septiembre de 2014 en la tertulia Letras de la Academia, actividad que organiza la escritora Ofelia Berrido para la Academia Dominicana de la Lengua. Si desea leer la conferencia completa, puede hacer clic aquí.

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Miami, diciembre 5 de 2014