Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

domingo, 16 de agosto de 2015

Para contar a Lino Novás Calvo



Crecer sin familia en los barrios más pobres de La Habana, hacerse adulto ejecutando labores de obrero, boxeador, contrabandista, carbonero, chofer de taxi y muchas otras peripecias semejantes, nada de eso parece biografía adecuada para los inicios de un hombre de letras. A menos que ese hombre viniera al mundo con un don excepcional. Lino Novás Calvo, quien nació en Galicia (1903) y fue enviado a Cuba antes de cumplir diez años, aprendió en las calles habaneras, entre la miseria de los solares y los plantes de santería, lo que ninguna academia le hubiera enseñado jamás sobre los seres humanos y las voces que pueden contarlos.

Su trayectoria hasta el reconocimiento literario se resume fácil. En el segundo lustro de los años veinte ya hacía los primeros ejercicios serios en el entorno de la Revista de Avance y casi enseguida sus traducciones empezaron a poner al alcance del lector en español a los narradores norteamericanos e ingleses que catalizaron la evolución de la narrativa latinoamericana hasta desembocar en el tan manoseado boom: Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Huxley y demás. En la década del cuarenta tras una permanencia en España entre 1931 y 1939, guerra civil incluidaLino Novás Calvo se había convertido en el más importante narrador cubano vivo, apuntalado por una novela y dos libros de cuentos: Pedro Blanco, el negrero (1933), La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1947).1 La anterior no es poca afirmación si recordamos algunos de los nombres que narraban en aquel momento cubano: Alejo Carpentier, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez... y así hasta el dominicano Juan Bosch.

La obra de Novás Calvo resolvía desde la contundencia estética tres falsas contradicciones que trampearon la literatura latinoamericana de la época: aquellas que se establecieron entre el criollismo nacionalista y el humanismo universal, entre la lengua literaria y el habla cotidiana, y entre el realismo y la fantasía. Al derribar esas anquilosadas barreras, su voz narrativa estableció un crucial punto de equilibrio que le permitía contar en un registro reconocidamente cubano sin que esto fuera óbice para explorar con hondura las agonías del ser humano sometido a situaciones extremas. De cualquier ser humano, digo.

Los críticos e investigadores han insistido sobre el signo trágico de los personajes novasianos, siempre enfrentados a fuerzas que terminan por destruirlos. Lo que no se ha resaltado con la debida intensidad, creo yo, es la verdadera esencia del conflicto que en esas obras se narra: el del ser humano enfrentado a sí mismo. Al sumergirse en el crudo mundo de la trata negrera y la piratería durante la segunda mitad del siglo xix, Pedro Blanco explora sus propios límites y los desafía sin piedad.  En “Cayo Canas”, Oquendo está derrotado desde el principio porque su lucha real es contra su desaliento y no contra las llamas que ve avanzar sin remedio. “La visión de Tamaría” es una crónica sensible y minuciosa de la forma en que el personaje intenta escapar al complejo que le produce su condición de ciego. Tan evidente o más es el conflicto consigo mismo del taxista que protagoniza esa joya del cuento en español que es “La noche de Ramón Yendía”, a quien leemos correr en medio de la violencia desatada por la revolución antimachadista sin que nadie lo esté buscando; pero no puede dejar de huir, su conciencia culpable no se lo permite. Así podríamos seguir, ejemplo tras ejemplo, para entender la razón última de ese estremecimiento que producen las piezas de Novás Calvo en los lectores de cualquier nacionalidad y cultura: no hay tragedia más amarga y frecuente que la derrota del ser humano frente a sí mismo.

Esa fue también la tragedia de Novás Calvo. Como sus más notables personajes, él protagonizó un despiadado combate contra sí mismo, un enfrentamiento que lo movió a escribir sus líneas más brillantes, del mismo modo que terminó por hundirlo en el silencio. Llegados los años cincuenta, el narrador que mejores registros había logrado para la literatura cubana hasta ese momento abandonó su carrera de escritor. Cierto es que luchó, agónica e inútilmente. En los últimos años cuarenta escribió varios relatos, algunos de los cuales fueron publicados en diversas revistas. Entre 1947 y 1952 fue dando a conocer en Bohemia un manojo de cuentos policiales, género que siempre le había sido cercano. Durante ese tiempo, quiso una y otra vez escribir una novela2 que se frustró también una y otra vez.

Los investigadores y críticos no han cesado de preguntarse por qué dejó de escribir Lino Novás Calvo. Las respuestas a esa interrogante son poco variadas: depresión ante la difícil situación económica que vivió en la Cuba de fines de los cuarenta, desencanto provocado por la falta del reconocimiento que su obra merecía y que el mostrenco medio cubano le negaba, falta de fe en la pertinencia de la literatura, abandono radical de sus antiguas posiciones, cercanas a la izquierda política, etc. Todas me parecen causas circunstanciales. La verdad pudiera ser más cruda y tajante. La literatura es una irreprimible necesidad de decir que encuentra o no su correlato en una posibilidad de decir. Novás Calvo se quedó sin necesidad de decir, simplemente su mundo literario, que había maravillado a tanto lector, se agotó y él no logró reinventarse.

Basta consultar las cartas que escribió al crítico e investigador José Antonio Portuondo entre 1945 y 1950 para percibir el temor nunca expresamente declarado, es ciertode estarse repitiendo. Va una muestra. El 26 de diciembre de 1946, Novás Calvo se queja: “Hace quince años que vengo escribiendo –y rompiendo religiosamente– una [novela] que no acaba de salir. No sé por qué. Todos los caminos se me cierran. Me encuentro trabado en todas partes, en todas las técnicas, en todos los estilos, en todos los temas. Todo cuanto he escrito no es más que retazos de novelas abortadas. Y cada vez que releo una página mía, tiro el libro bien lejos: me da algo parecido a náuseas”.3

La lectura de los cuentos escritos por Novás Calvo a partir de 1945 y de los dos capítulos de la novela que sobrevivieron4 ofrece, en efecto, elementos que pudieran apuntalar ese temor de estarse repitiendo. El propio Portuondo hizo la advertencia en un texto crítico de 1947 donde, por otro lado, hacía justicia a la calidad y la trascendencia de la obra firmada por Novás Calvo: “Es imposible persistir en esa visión del mundo –el individuo aislado, acechado por la angustia y por la muerte– sin caer en la monotonía del acento monocorde, en la repetición hasta el cansancio de una misma nota ejecutada por diversos instrumentos”.5

Lo estrictamente cierto es que en el segundo lustro de los años cincuenta, con una situación financiera mucho más equilibrada como jefe de información de Bohemia, el autor de “Long Island” miraba hacia la escritura creativa con distancia y desdén. Cada vez que algún aprendiz de escritor se le acercaba con la reverencia del discípulo –y fueron muchos: Lisandro Otero, José Soler Puig, José Lorenzo Fuentes, etc.–, su respuesta era siempre la misma: “Deje eso, la literatura no da nada; dedíquese a escribir crónicas de sucesos”.

Cuando se exilia, en 1960, espantado por la violencia que estremecía a la Cuba revolucionaria, el universo del escritor que había sido Lino Novás Calvo quedó abandonado. Hasta su muerte, ocurrida en 1983, si le preguntaban por textos no recogidos en libros, respondía invariablemente: “No conservo nada de lo publicado en revistas y periódicos antes de 1960”.6 De lo que había quedado inédito, por supuesto, conservó menos. En 1970, ante la posibilidad de publicar un volumen de sus relatos clásicos entreverados con otros nuevos,7 prefiere reescribir para mal“Angusola y los cuchillos”, texto que había dado a conocer en un número de Bohemia correspondiente a 1947,8 antes que buscar por cualquier vía la versión original de un relato sin dudas muy interesante.

Pero nada prueba mejor el agotamiento literario de Novás Calvo que el grupo de cuentos escritos por él en los Estados Unidos después de 1960. Y no solo porque carecen de la intensidad, la fuerza narrativa y la atmósfera de su mejor obra, sino porque están en su mayoría dirigidos al testimonio y la denuncia sociopolítica, algo incompatible con un autor que había dado una clase magistral acerca de cómo la literatura puede acercarse a la historia reciente en “La noche de Ramón Yendía” y que con “Aquella noche salieron los muertos” logró tal penetración literaria en la mística del poder absoluto que incluso adelantó muchos de los elementos medulares de la circunstancia política que se ha vivido durante el último medio siglo en Cuba. Claro que aquí y allá es posible encontrar en algunos de esos relatos restos del pulso narrativo novasiano, pero ya no es aquel autor que en 1933 había escrito, en carta a Regino Pedroso: “Para mí el arte-política no es política ni es arte […] Para mí el sentido verdaderamente humano y artístico acaba donde comienzan las fórmulas, como la religión acaba donde comienza la teología […]”.9

A partir de los años noventa, un pequeño grupo de escritores, investigadores y críticos se ha dedicado –cada quien por su parte– a reflotar el mundo que Lino Novás Calvo dejó sumergido.10 Las dos figuras más tenaces en esa búsqueda han sido Cira Romero, dentro de Cuba, y Carlos Espinosa Domínguez, fuera de la Isla. La primera agrupó los cuentos no policiales que dejó dispersos el narrador, las cartas que este envió a varios intelectuales de su época y las crónicas que escribió desde España entre 1931 y 1933 para Orbe.11 El segundo acaba de dar a conocer los textos que el autor de “Un dedo encima” escribió en la prensa durante su exilio norteamericano y tiene prácticamente lista una compilación de artículos escritos por Novás Calvo sobre la guerra civil española, de la que fue un inquieto protagonista.12

Poco a poco, cada vez de forma más nítida, va quedando a la vista ese ser genial y contradictorio, en perseverante conflicto consigo mismo, que fue Lino Novás Calvo y, junto a su imagen, crece también un anecdotario copioso que a veces proviene de sus múltiples andanzas por la vida y a veces de aquellos que lo conocieron.13

Es fama entre los creyentes de los sistemas mágico-religiosos cubanos que las personas capaces de comunicarse con deidades, espíritus y muertos son seres que han recibido un don para ver lo que el resto de los mortales no podemos. Pero ese don está condicionado: si quien lo recibe renuncia a ejercerlo, entonces la gracia se vuelve contra él. También Lino Novás Calvo recibió de la vida un excepcional don de narrador al que renunció; en respuesta, parece estarse convirtiendo él mismo en literatura. En tanto dejó de contar, hace bastante que comenzó a ser contado.

Notas

1 Publicó también Un experimento en el Barrio Chino (1936), No sé quién soy (1945) y En los traspatios (1946), novelas cortas o relatos largos, según sea el criterio de quien lee esos textos.

2 “Los Oquendo” era su título provisional. Las prestigiosas editoriales Losada y Espasa Calpe se habían mostrado interesadas en publicar el proyecto.

3 Carta a José Antonio Portuondo, en Laberinto de fuego; epistolario de Lino Novás Calvo; compilación, anotación y prólogo de Cira Romero. La Habana, Ediciones La Memoria, Centro Pablo de la Torriente Brau, 2008, p. 117.

4 Fueron publicados ambos en Cuadernos Americanos. El primero, “Camila Timiraos cuenta”, en el número correspondiente a septiembre-octubre de 1947. El segundo, “Esto también es gritar”, en el de julio-agosto de 1948.

5 “Lino Novás Calvo y el cuento hispanoamericano”, en Cuadernos Americanos, Vol. XXXV, año VI, No. 5, septiembre-octubre de 1947, México, p. 261.

6 “Diez preguntas a Lino Novás Calvo”, en El Alacrán Azul, año 1, No. 2, 1971, Miami, p. 106-107.

7 Maneras de contar. New York, Las Américas Publishing Company, 1970.

8 Bohemia, año 39, No. 51, 21 de diciembre de 1947, La Habana, p. 42-44 y 73-74. La nueva versión recibió el título de “Peor que un infierno”.

9 Carta a Regino Pedroso, 3 de marzo de 1933, en Laberinto de fuego, p. 65.

10 Yo mismo recogí sus cuentos policiales en Lino Novás Calvo: Ocho narraciones policiales; compilación y prólogo de José M. Fernández Pequeño. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1995. Algunas de sus crónicas cubanas más valiosas pueden consultarse en Lino Novás Calvo, periodista encontrado; selección y prólogo de Norge Céspedes Díaz. Matanzas, Ediciones Aldabón, 2004. Los textos biográficos y autobiográficos que diera a conocer Novás Calvo en la prensa española entre 1933 y 1936 han sido recogidos en Vidas extraordinarias; selección, edición y estudio introductorio de Jesús Gómez de Tejada. España, Editorial Verbum, 2014.

11 La colección cuentos apareció como: Angusola y los cuchillos; compilación y prólogo de Cira Romero. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2003. Mientras, los artículos de Orbe se encuentran en: España estremecida; compilación de Cira Romero. España, Editorial Renacimiento, 2013. Igualmente, Cira Romero ha intentado establecer la biografía del escritor, oscura en muchos de sus tramos, a través de un montaje de voces en Fragmentos de interior: Lino Novás Calvo, su voz entre otras voces. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010.

12 Lo que entonces no podíamos saber; compilación de Carlos Espinosa; prólogo de Rafael Rojas. USA, Libros de las Cuatro Estaciones, 2015. 

13 Quizás la más impactante de esas anécdotas sea la narrada por Guillermo Cabrera Infante a partir de su visita al hospital donde Novás Calvo estuvo recluido para morir. Involucra al cuento “Angusola y los cuchillos” y es posible leerla en: “La luna nona de Lino Novás Calvo”, en Mea Cuba. Barcelona, Plaza Janés, 1983, p. 358-363. Como ocurre siempre en estos casos, nunca sabremos cuánto aportó a la anécdota la imaginación narrativa de Cabrera Infante.

lunes, 29 de junio de 2015

Equilibrio



El trapecista se balancea pendiendo de la punta de sus pies. Quiero decir que se balancea cabeza abajo, tan recto que su postura no se ajusta a ninguna palabra humana, salvo quizás por los brazos plegados sobre el pecho. Viste de blanco perfecto: pantalón, camiseta y zapatillas, todo adecuado al balanceo que brota de una concentración sin pliegues. Es cosa de sueños, me digo por decir algo, aunque sé la posibilidad de algún límite que no se deja entender, digamos que una frontera donde las nociones se evaporan en miedo. Ambos, el trapecista y yo, intuimos eso. Sabemos que ahora mismo nos jugamos la suerte, y ansiosos ponemos alma y corazón para sostener el instante. Él, buscando que no se rompa la convicción del balanceo impecable, su bien definitivo. Yo, buscando evitar que el crudo sobresalto nos haga caer del trapecio.

Imagen: Foto tomada de http://www.advancednasalcare.com.mx/index.html

viernes, 5 de junio de 2015

Retrato de nosotros o el plural como redención



Los problemas de Sindo Pacheco (Cabaiguán, 1956) empezaron cuando de muy niño quiso ser narrador. Como no podía buscar orientación al respecto con los Tigres, sus compañeros en el equipo de pelota, que inmediatamente lo habrían expulsado de la pandilla por blandito, decidió consultar al espejo familiar. La respuesta que recibió aparece falseada en la novela Retrato de los Tigres:[1]

—Deja esa mierda, Pirolo. Eso no sirve. ¿Has visto algún escritor con dinero?
No lo habíamos visto. Ni sin dinero tampoco. En nuestro pueblo no había escritores. Ni falta que hacía. No tendrían de qué escribir. Aquí nunca pasa nada. Se cumplen todos los planes. Todo el mundo trabaja o estudia, hasta nosotros. Y de nosotros no podemos escribir. Ni siquiera eso de que no podemos escribir (130-131).

Y entonces comprendió que necesitaba aprender algunas trampas. Allá, en su natal Cabaiguán, esperaba a que los entierros llegaran hasta el Puente de los Buenos, y en cuanto el despedidor del duelo comenzaba a tirar los pecados del difunto al río, dejándolo más limpio que bolsillo de pobre, Sindo se echaba al agua para recogerlos, no importa si eran errores veniales o crímenes espantosos, y alojarlos en algún rinconcito sensible de su memoria.

A esa precoz capacidad para la trampa y el escamoteo debemos la dimensión humana que asombra en la obra narrativa del Sindo Pacheco maduro y, particularmente, en la novela Retrato de los Tigres, una tragicómica radiografía de los conflictos que dinamitaron la vida social cubana entre 1959 y 1980; esto es, la niñez, adolescencia y juventud de una generación que no hizo la revolución pero sí fue el primer conejillo de Indias de ese experimento social.

Retrato de los Tigres posee un tono arrollador, asentado sobre el habla popular cubana, que le permite fundir tiempos, espacios y mentalidades, jugar con una intertextualidad muy vasta, auténtica por su coherencia con el mundo narrado, y aunque su realismo no desdeña la nota testimonial, prefiere la reelaboración íntima del tiempo histórico. Es un tono narrativo cercano al cuento, género que el autor domina a la perfección, y si se sostiene a lo largo de toda la novela, se debe a que cada capítulo funciona como una unidad de asunto, a lo que se agrega un notable sentido del límite y una capacidad para el equilibrio y la renovación de los motivos que hace de Sindo Pacheco uno de los narradores más hábiles de su generación. Vean si no:

No podemos estar bien de la cabeza, ni de los pies tampoco, doctor. Nos ponemos las botas rusas al revés, y parecemos muñecones de carnaval caminando con las piernas abiertas; pero a veces, doctor, nos las ponemos al revés, pero no la izquierda en la derecha ni la derecha en la izquierda como debían ser unas botas al revés, doctor, sino que las acordonamos y todo con el tacón para alante, y el teniente nos tiene mala voluntad porque cuando dice de frente, march, empezamos a marchar para atrás, y la compañía completa a reírse y se resquebraja la disciplina, usted sabe cómo es el asunto ese de la disciplina, pero eso tampoco es todo, doctor, a veces nos ponemos una bota para alante y la otra para atrás, y no hacemos más que dar vueltas en el mismo sitio, doctor, cada pierna persiguiendo la otra, haciendo círculos sobre la hierba, círculos concéntricos y excéntricos, éticos peléticos pilimpimpéticos […] No queremos ser soldados, doctor, esa es la verdad, Nicolás Guillén, no sé por qué piensas tú, soldado que te odio yo, si somos la misma cosa, vea que sí, Nicolás, somos la misma cosa, somos civiles, es lo mismo, la misma cosa, tú, yo… (120-121)

Discurso original y al mismo tiempo bien articulado con el de otros narradores cubanos nacidos en los años cincuenta (en especial con los registros del novelista tunero Guillermo Vidal), teje una narración llena de ingenio y gracia para una novela de fuerte aliento trágico. Esa voz que arrastra al lector línea tras línea posee un fluir tan natural, que pronto nos preguntamos si no será un decir anterior al acto escritural, un lamento que viene desde la época reconstruida y frente al que el escritor solo funciona como médium. Igual que ocurre en tantos textos de Sindo Pacheco, Retrato de los Tigres es una novela agraciada por una feliz apariencia de espontaneidad.

Y sin embargo, hay en ella la ejecución de una depuradísima técnica, esa que permite al narrador incorporar la voz de los personajes de manera indirecta usando el pretérito de subjuntivo, o cambiar sin sobresaltos su discurso del pretérito al presente de indicativo buscando anclar ciertos hechos en la permanencia, o enhebrar discursos provenientes de fuentes como la Biblia, la literatura, la cultura popular, la política, la crónica deportiva, la narración infantil y un largo etcétera de registros, en un mestizaje discursivo que abre sutiles opciones de sentido al texto, como cuando el uso del verso martiano “la niña está sola, vamos” establece un paralelo entre los sucesos del teatro Villanueva en 1869 y los actos de repudio en la Cuba de 1980.

Esa perspicaz creación de sentidos gobierna también la estructura narrativa, nucleada en torno al leitmotiv de las visitas que los protagonistas realizan a una plaza donde antes hubo una virgen y las personas hacían ofrendas rogando por un futuro venturoso. Hacia ese futuro quiere avanzar el equipo de los Tigres en la novela, dividida en cinco partes mayormente cronológicas, que sin embargo intercalan capítulos a modo de regresos a la niñez y primera adolescencia de los protagonistas. Ese montaje articula un violento pareo entre las elaboraciones simbólicas con que los personajes imaginan su futuro y la manera en que una realidad represiva lo va torciendo. Ahí radica el meollo de una novela repleta de felices transgresiones.

La mayor de esas transgresiones se produce en la fisonomía de la voz narrativa. Retrato de los Tigres pone en acción un narrador protagonista y omnisciente que cuenta usando la primera persona del plural, algo que podría parecer técnicamente inviable. La omnisciencia proviene de un hecho que el lector solo descubre al final (y que entre nosotros ya José Soler Puig había usado en Ánima sola): el narrador está muerto y desde la muerte cuenta su historia. El uso del nosotros como pronombre narrativo empieza por ser, entonces, un recurso para rescatar la vida vivida, para evitar que esta desaparezca tras la dispersión y el dolor.

No se trata en este caso de buscar objetividad, como ocurre con el narrador-protagonista que apela a la tercera persona para hablar de sí mismo. Tampoco es un intento por hibridizar las personas narrativas y abrir el punto de vista a nuevas posibilidades, como hace Soler Puig en su novela El pan dormido. Retrato de los Tigres pluraliza la voz narrativa, dando a lo que cuenta fisonomía generacional. El narrador se apropia de cada uno de los muchachos que forman el equipo de pelota de los Tigres y los suma a su voz coral, lo que descoyunta las normas gramaticales y sintácticas para la concordancia entre sujeto y verbo. Aquí va un ejemplo:

Qué nos parecía, preguntó.
Realmente no nos parecía nada. A nadie nos pareció nada. Manet nos encogimos de hombros, Rony lo miramos extrañado:
Qué era aquello.
—Un poema. ¿No ven que es un poema?
Rony no veíamos nada. Tampoco Santiago. Ni nosotros.
—Lo escribimos anoche —volvió a decir—. ¿No se la llevaron?
Nadie nos habíamos llevado nada, es decir que no habíamos entendido nada. No había nada que entender, ni que llevarse (128).

Esa transgresión sintáctica no constituye un artilugio narrativo ansioso de novedad. Está atada al corazón conceptual de la novela: el enfrentamiento entre un grupo de jóvenes que buscan sentido de pertenencia en lo colectivo, que sueñan su libertad, y un contexto político-social organizado a partir de un falso colectivismo que convierte a los perseguidos en perseguidores, que coarta la libertad y los mejores sueños del individuo:

Fuimos alzando los brazos. Todos estábamos de acuerdo, de acuerdo con todo, los brazos eran para levantarlos, para estar de acuerdo, Marta Miriam, y para aplaudir, y tomar las armas si era preciso. Ya lo habíamos hecho muchas veces desde que nacimos, desde que crecimos, desde que estábamos en esa asamblea según la cantidad de tipos que hacía falta desenmascarar. El mundo estaba lleno de enmascarados, pero nosotros, Marta Miriam éramos eso: desenmascaradores (149).

En el acto narrativo organizado por Sindo Pacheco, dos plurales se enfrentan: el solidario de los Tigres y el falaz de un sistema político que termina separando a los protagonistas y conduciendo sus mejores energías hacia el odio, la pérdida de sentido y la muerte. Presos en la inercia, la vigilancia intransigente y el control, cada paso de los personajes en busca de la alegría tropezará con una realidad cerrada e implacable, excluyente. Dice el narrador pluralizado:

Nosotros somos unos tipos malas cabezas. Pero nadie nos preguntó nunca qué cabeza queríamos, ni siquiera sabemos quién nos puso estas que tenemos. Si encontráramos algunas mejores, seguramente ya la hubiésemos cambiado. Tal vez un día exista algún mercado de cabezas para la gente como nosotros que no está conforme con la suya. A nosotros nos gusta una cabeza más tonta que la nuestra, que sirva únicamente para saber el nombre y la dirección, para firmar cuando nos levanten algún acta, y para estar de acuerdo siempre con lo que piensan las demás cabezas (58).

Es la sempiterna historia del ser humano que defiende su derecho a ser distinto. Ha sido contada con tan natural talento, convicción humana y pericia técnica que, al terminar de leerla, pensé: «Sindo Pacheco ha escrito una excelente novela». Pero enseguida comprendí que también yo, ustedes, cada lector, teníamos derecho a ese plural solidario que los Tigres quisieron defender strike por strike sobre el terreno de juego de la vida y rectifiqué. Digo entonces: «Sindo Pacheco hemos escrito una excelente novela».




[1] Sindo Pacheco: Retrato de los Tigres. Miami, Eriginal Books, 2015. Todas las citas que aparecen en este texto se refieren a esa edición y las páginas se consignan entre paréntesis.

Ilustración: Sindo Pacheco durante la presentación de Retrato de los Tigres en Miami, mayo de 2015. Foto de Armando Añel.

Para solicitar Retrato de los Tigres en Amazon, haga clic en el título del libro.

sábado, 9 de mayo de 2015

Finalmente, la gloria




Uno


Todos los ojos están pendientes de él. Lo sabe. Lo tiene tan sabido al momento de hacer contacto con la tabla del box, que solo dedica a los corredores un vistazo de rutina. Su atención parece concentrada en las señas que repite una y otra vez la mano del receptor acuclillado; en estudiar esa forma que tiene el bateador de inclinarse sobre el jon, como invitándolo a tratar la esquina de adentro. Detalles. Al final, toda la suerte tenida o por buscar depende de la pelota cuyo agarre él oculta dentro del guante; de la parsimonia con que detiene el movimiento inicial de sus brazos, anclándolos sobre ambas caderas durante una fracción mínima de tiempo, solo para dejar en claro quién gobierna el instante. Así lo confirma el murmullo del público, que se encoge cuando él balancea el pie izquierdo hacia atrás, afirma el peso del cuerpo sobre la pierna derecha para concentrar el equilibrio y lanzarlo con todas sus fuerzas en la pelota que verá regresar hacia sus ojos como una alucinante mancha blanca, como un vertiginoso mensajero de la muerte.

Dos

Inclino el cuerpo hacia la derecha en el momento que el bateador comienza el suin, como si estuviera escrito en alguna parte que la pelota vendrá por el centro del terreno, y esa anticipación me da la ventaja de dos pasos extendidos, uno con la pierna izquierda, otro con la derecha. Cuando la inercia va empujando hacia el tercer y decisivo paso, la pelota ya picó a la izquierda del lanzador y alarga un bote furioso que volverá a picar junto a la almohadilla de segunda base, buscando meterse en el cénter, si no fuera porque extiendo el brazo izquierdo y cierro los ojos presintiendo la sensación gloriosa que produce el golpe de la pelota dentro del guante. Lo demás será de rutina. Dar un salto, girar el cuerpo en el aire superando la punzada en la cintura y tirar a primera base, hacia donde avanza el corredor que ahora no veo...
   –Tranquilo, no te muevas –dice una voz de mujer que enseguida tiene rostro. Uno negro y gordo que va apareciendo encima de mí como si brotara del zumbido.
   Es el rostro que cualquiera vería si fuera a soñar con una enfermera vestida de blanco. La única persona a mano para preguntarle dónde estoy.
   –Por fin despiertas –ignora ella mi pregunta–. Sigue la punta de mi dedo –ordena mientras mueve ante mis ojos la yema morada que traza un amplio no–. No te muevas que ahora viene el médico.
   Y me muestra su espalda maciza. Se aleja despreocupada y yo quedo preso dentro del zumbido donde flota la voz de la mujer en retirada:
   –Ah, y para la próxima, por lo menos agacha la cabeza cuando veas venir la pelota.

y tres

Se fue levantando del balance en la misma medida que la pelota tomaba altura y el narrador chillaba "¡se va elevando... se va elevando... y la bola...!" Pero en ese momento todo volvió hacia atrás. El punto blanco de la pelota viajó en sentido inverso hasta chocar otra vez con el bate que retrocedía, y ese sonido en repetición, seco y desolador, penetró en su pecho como una puñalada de fuego. Sus manos se agarrotaron sobre la camisa beige que no había tenido tiempo de quitarse al llegar de la oficina, mientras iba inclinando el cuerpo hacia adelante y su boca agrandaba una dolorosa O.
   Desde el suelo, presa de las últimas convulsiones, no pudo compartir la alegría del aficionado que en la pantalla del televisor daba carreras por las gradas del jardín izquierdo mostrando la pelota, testimonio del único jonrón que posiblemente capturaría en toda su vida.


Si deseea escuchar los textos en voz de su autor, haga clic aquí: Finalmente, la gloria.