Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 26 de enero de 2019

Para explicar ciertas regularidades del verbo ir(se)


Foto: Karenia Guillarón

Uno hace el esfuerzo de, aunque sea en la vejez, comportarse como una persona normal... ¿qué es eso de andar escribiendo invenciones, imaginando historias, intercambiando golpes con unas palabras que a fin de cuentas terminan por burlarse de uno? ¡No, señor, basta ya! Entonces sale de su casa y camina ahí, haciendo nada, y tropieza con la vecina nica, una señora en tránsito a los ochenta cuyo trabajo parece ser pasear al perrito y poner luces de Navidad. Hola vecino, dice, tenga cuidado, no se vaya muy lejos. Le pregunto por qué y me cuenta. ¿Usted ve esa casa al lado de la suya? Pues ahí vivían unos cubanos, eran como catorce, y un día el señor más viejo salió caminando, cruzó la entrada del condominio, saludó al guardia, y no volvió jamás. ¿Lo asaltaron?, pregunto, ¿lo encontraron muerto? No, informa ella, solo salió y se perdió, desapareció nadie sabe todavía hacia dónde. Y de momento no hallo nada qué decir, lo único que se me ocurre es un horroroso chiste sobre elefantes. Doy el hasta luego y regreso a casa bien pendiente de mí, atento para no permitirme imaginar el rumbo de ese señor abuelo, padre, tío, buen vecino, etcétera, etcétera, que un día salí por el portón del condominio, saludé al guardia y...


Me decido a cambiar la losa rota en el sendero de entrada a la casa (estoy empeñado en ser un tipo normal, ya lo dije, y los tipos normales arreglan cosas). Es temprano y el condominio se aposenta sobre una melaza de silencio que solo perturban los gritos de quienes juegan soccer todos los sábados en el patio de la escuela colindante. Cambiar una losa exige precisión, mucha precisión, sí señor. Puro, ¿quiere que le preste un nivel?, me saluda el vecino de al lado, a punto de montarse en su enorme camioneta. Tengo uno digital, grita por encima del motor que brama. No, gracias, le sonrío en cuclillas. Los movimientos del vecino son bruscos; su figura, gorda y calva, conserva todavía restos de una juventud que se despide. La camioneta se le parece; es bronca, ruidosa, y deja en el aire un mareante olor a petróleo quemado. ¿Cómo es la apariencia de alguien que un día sale de su casa para no regresar jamás? ¿Y si al momento de salir no planea que será para siempre? ¿Qué pasa si solo arranca a caminar y nunca siente el deseo de volver atrás? No sé, es difícil hacer tangible a alguien que únicamente desaparece, y la vecina nica (esa a quien podría preguntarle) aún no saca a pasear su perro. La familia que queda detrás se deja imaginar mejor. Hermanos, esposa, hijos, nietos, sobrinos, y así hasta llegar a la cifra de catorce personas (según el conteo generoso de la vecina nica), gente que quizás nunca tuvo paciencia para tejer, que termina por seguir su rutina insistiendo en creer que cada día es el bueno para recibir al hermano, esposo, abuelo, padre, tío... de regreso. Con muy poco esfuerzo puedo verlos ir y venir por la casa de donde salió el vecino de la camioneta. Tienen rostros verosímiles, unas maneras que se acomodan a lo posible. Entro a casa. Poner una losa no es tan fácil como parece, va a ser mejor llamar a un handyman, pero al menos ya sé por qué el hombre no puede regresar. Su ausencia da sentido a quienes abandona, los hace eternos.


Se aleja. Desde mi posición arrodillada (estudio formas para extender el tubo del desagüe hasta mitad del jardín), la imagen se me ofrece halada hacia arriba, y asumo que por esa distorsión el hombre luce demasiado flaco, demasiado huesudo, su cabeza de anciano demasiado pequeña y alta mientras se aleja con una paz que impresiona. No parece despedirse. Para nada, la displicencia de su paso es ajena a ese dolor; más bien se diría que va restituyendo las cosas en su lugar (un condominio de townhouses ahí, ese edificio de apartamentos allá, la entrada a la plaza comercial en este lado, la oficina de correos en aquel otro…), devolviéndolas para librarse de tener que recordarlas luego. Las cosas ya no son como antes, dice la vecina nica parada frente a mí, ganando también unas pulgadas de estatura y perdiendo algunos kilos de grosor con el estiramiento que produce mi perspectiva en contrapicado. Últimamente el barrio se ha llenado de cundangos, árabes y negros… Hay que andar con cuidado. Como el tono de su voz desciende hacia el punto final, le hago nuevas preguntas, y en efecto, la imagen del hombre reaparece en sus ojos. De espaldas siempre, alejándose todo el tiempo. En esta ocasión avanza por una calle bastante estrecha, tendida entre casitas amarillas, todas exactamente iguales, que lo ven pasar liviano, liberado de pertenecer. Irse como él lo hace pudiera ser una forma de morir yendo hacia uno mismo, pienso, y la idea me recuerda el ascensor que soñé anoche. Estoy seguro de que en el sueño no era tan amplio ni tan limpio ni tan brillante como el recuerdo lo regresa a la luz de la mañana, pero sin moverme de su interior yo podía ocuparme de todo: iba de compras al supermercado, visitaba a mi compadre Hiram, atendía el trabajo de la redacción… Lo único que nunca hice durante el sueño (bastante largo, por cierto) fue apretar algún botón y poner el ascensor en movimiento. Estoy hablando de un sueño, claro, y los sueños no se explican. Como tampoco me sería posible explicar qué relación hay (si la hubiera) entre el ascensor soñado y el hombre que ya no se aleja en los ojos de la vecina nica porque ella abandonó el tema y está contando algo que ocurrió ayer o antier a las hijas de un vecino colombiano. Devuelvo la atención al conector obtuso que no estoy seguro sea el adecuado para extender el tubo de desagüe y nada comento sobre el sueño, no sea que mi interlocutora decida incluirme en su lista de raros y peligrosos, junto a los homosexuales, los árabes, los negros, y vaya usted a saber cuánta gente más.


¿En qué momento desaparece el hombre que se va? Dicho de otro modo, ¿qué indicaría su desvanecimiento final? Mi esposa levanta la mirada del plato y responde en clave sorda, preguntándome a su vez cuándo se podrá abrir de nuevo la entrada de agua a la casa. Tiene el mentón levemente contraído, su señal preferida para indicar contrariedad. Hago un movimiento con los hombros que lo mismo podría significar pronto como en el siglo próximo, e intento seguir comiendo, pero ella no deja de mirarme y el mentón ha acentuado su condición contráctil. Cuando termine de almorzar y repose un poco, verificaré que el pegamento de los tubos haya secado bien, digo. La carga de resignación con que regresa su mirada al plato no deja dudas sobre lo que vendrá. ¿Por qué no compraste el pegamento que te dijo Hiram, el que seca en unos segundos? Pausa. Eres escritor, no plomero. Y sí, quizás la clave sea el vértigo del segundo. Quizás el decisivo sea ese segundo a partir del cual los perros dejan de ladrar al paso del que se marcha. Puede que haya un instante en que los signos del hombre se hagan inaudibles para el universo (cualquiera sea la amplitud mística que concedamos a tal palabra) y su avance hacia el horizonte desaparezca en el radar de los dioses. Sin huella no hay presencia, al menos no para los ojos humanos y su horrible pretensión de atrapar la mayor cantidad posible de realidad para elaborar rutinas. El tipo que inventó los tubos de PVC y nos ahorró el engorro de la soldadura merecería ser elevado al Olimpo de los genios, digo solo por decir algo, para aflojar la tensión del momento.


Estuve a punto de morir anoche. Olvidé que había tomado la medicina para la presión y dos copas de vino (sumadas a media pastilla de algo que no declararé en este lugar) me provocaron una crisis de desmembramiento. Eso sentía tirado en la cama: un frío enorme y el horror de deshacerme. Morir es un estado de desequilibrio, créanme. Como no quise (con voz que sonó en mi interior a eco ajeno) que llamara al 911, mi esposa se arrodilló junto a la cama y comenzó a rezar. Así de fea anduvo la cosa. Perdida la gravedad interior, temblando y con los ojos cerrados, me aferré al recuerdo de la muerte de mi madre. Fui asociando sus reacciones finales con mis síntomas, reconociendo en mí cada peldaño que ella descendió. Confiaba en que la misma muerte no podía ocurrir dos veces en dos personas tan próximas, y en algún momento me dormí. Aquí estoy, pues, en la sobrevida, dando un paseo tempranero por el condominio. De la experiencia nocturna queda un persistente dolor en las articulaciones, que me obligará a suspender los trabajos en el patio y el frente de la casa por unos días, más alguna huella a la espera de un ojo sagaz. Estoy a punto de doblar en la esquina, cuando la vecina nica sale de su casa y lo primero que me pregunta es si me siento mal. Desecho su curiosidad. Quien tan próximo anduvo de la muerte, no está obligado a guardar consideraciones, así que le echo en cara: Usted inventó la historia del hombre que se fue y nunca regresó… ese tipo no existió. El ancho rostro de la vecina nica cambia vertiginosamente de expresión, como si repasara a toda velocidad el catálogo de reacciones a su disposición. Finalmente sonríe con sonrisa de abuela cumplida. Tironea la correa para someter la inquietud de su perrito y me mira condescendiente, entendiendo algo que no logro entender. Claro que existió, y su sonrisa se apaga, lo que no sabemos es adónde fue. Y fíjese que eso nos puede pasar a todos. ¿Nunca ha sentido usted que no está en el lugar donde se supone que está? No esperaba esa respuesta, la verdad, y ella aprovecha mi silencio, lo asume como una señal de derrota. ¿Ha visto al vecino gringo de la 331, el que todas las tardes a las cinco saca su sombra a pasear? Silencio, ¿qué puedo decir? No lo he visto. El rostro indígena de la vecina nica está tan serio que parece como si se alejara. Continúa: Y no me vaya a decir que el gringo está loco, eso lo saben hasta las piedras del condominio, pero lo difícil de explicar es cómo logra que el collar se mantenga atado al cuello de su sombra mientras camina. Piénselo. Así dijo la vecina nica y se fue con paso de abuela cumplida, arreando a su perrito. Cierro los ojos con todas mis fuerzas, aunque inútilmente. La voz dentro de mi cabeza (esta vez sin ecos, ni propios ni ajenos) se admira: ¡qué personajazo para un cuento!... Pero ni muerto, estoy retirado de la literatura, ahora soy solo un hombre que arregla cosas en su casa.


domingo, 21 de octubre de 2018

Medio siglo


Foto: Ena LaPitu Columbié

Hoy cumplo cincuenta años. Nunca pensé ir tan lejos (¡medio siglo!) pero, como llegué hasta aquí, me veo obligado a hacer planes y prevenirles, no sea que mis decisiones puedan afectarles. Allá va eso:

  1. Decido dar las gracias a quienes me han querido, no importa si mucho o poco, si de forma interesada o desinteresada, y hacerles saber que es mi voluntad continuar mortificándoles todo lo que esté a mi alcance.
  2. Decido seguir siendo escritor, sentarme frente al computador con premeditación, alevosía y ensañamiento: no sólo tendrán que sufrir tres libros nuevos, ya terminados y en vías de publicación, sino también los proyectos por escribir. Despreocúpense, para aquellos que la muerte no me diera tiempo, entonces escogeré al peor escritor disponible y se los dictaré al oído, desde las nieblas del más allá. Esto es: no esperen salvación.
  3. Decido mantener mi mala memoria, cultivar mi arrogancia, ser (si esto fuera posible) aún más roscaizquierda, disfrutar mi torpeza para las cosas prácticas, reírme de los que creen en la ropa a la moda y reincidir en el incómodo defecto de pensar lo que me dé la gana y decirlo cuando me dé la gana. En resumen: no tengo ninguna intención de ser mejor, sino todo lo contrario.
  4. Decido ser cubano hasta el último día y no dejarme engañar otra vez: la patria no se entona como un himno ni se ondea como una bandera. Cuba está donde quiera que yo esté o sueñe estar. Adendum: Decido que soy dominicano más allá de cualquier papel o ley, y le disguste a quien le disguste; es más, declaro que nunca me he sentido más cubano que siendo dominicano, y viceversa.
  5. Decido que discutir es un deporte más atractivo, apasionante y sorprendente que la pelota y el balompié juntos, aunque nadie te pague una purruchada de millones por practicarlo ni al final lleguemos a conclusión alguna.
  6. Decido que no necesito intermediario para hablar con Dios, que nuestro mutuo cariño incluye el idioma común y la posibilidad de no estar de acuerdo.
  7. Decido no ser incondicional de nada ni de nadie, desconfiar de los mesías, las razones intransigentes y las verdades que no conciban su propia negación, recordar siempre que nada será bueno en el futuro si no puedo disfrutarlo en el presente.
  8. Decido pelear cada round que me proponga la muerte. Saber que, si al final no puedo ganarle la pelea, sí está en mis manos irme con la satisfacción de haber intentado devolverle cumplidamente cada golpe.
  9. Decido que el futuro es más interesante que el pasado y que me asiste todo el derecho de olvidar siempre que tenga ese deseo.
  10. Decido dar las gracias a mis enemigos y, por extensión, a todo aquel que ha querido hacerme daño. Ellos han sido mi acicate, el estímulo para seguir, el alimento de mi terquedad.
Escrito y firmado hoy y mañana y pasado y dentro de cincuenta años más. Quedan advertidos.


Pequeño

sábado, 1 de septiembre de 2018

Decapitación de Manolito el explotador



Barrio de la ciudad de Bayamo hoy
Foto: Osvaldo Gouyonnet


Nunca se llegó a saber qué era mayor en Manolito, si su mal genio o su buen corazón. Tampoco supimos de su condición explotadora hasta aquel día.

Antes de ese momento, Manolito fue un niño-adolescente con una impresionante habilidad manual y una viveza para aprender que a los dieciocho años lo convirtieron en talabartero con negocio propio, uno pequeñito en la calle Martí casi esquina a Figueredo. La pequeñez del negocio, sin embargo, no impidió que dos años después Manolito importara de Estados Unidos la mejor máquina de coser cuero que habría en Bayamo hasta los años ochenta, lo que no es un decir escaso porque estamos hablando de mediados de los cincuenta y Manolito apenas rebasaba los veinte años.

La década del sesenta y su carga de sucesos estremecedores para el país encontraron a Manolito casado, con una hija y casa propia. Mantenía aún el negocio de la calle Martí, igual de pequeño y ajetreado. ¿Debieron estos hechos llevarnos a identificar el corazón explotador que latía en Manolito? Bueno, las cosas no eran tan simples. Empezando porque su esposa no trabajaba en la calle y las monturas, botas, cinturones y tantas otras maravillas que Manolito sacaba del cuero alcanzaban también para contratar a una señora que ayudaba en los quehaceres de la casa. Visto así, no es fácil sostener que Manolito explotara a su esposa.

Para más defensa de nuestra inocencia, tampoco tenía Manolito empleados en su talabartería, a menos que consideremos como tal a un sobrino de diez años que solía llevarse hasta el negocio cuando no era día de escuela, con el pretendido deseo de que ayudara y fuera curtiéndose en los modos del trabajo, aunque la tal “ayuda”, en el caso del pequeño, no iba más allá de ponerse a jugar con las cajas de clavos, de manera que cuando Manolito necesitaba clavos de un cuarto, debía revisar todas las cajas hasta encontrarlos en la correspondiente a los de una pulgada.

Si a todo eso agregamos la satisfacción con que los clientes pagaban sus encargos ya terminados, deberíamos concluir que, según todo indica, Manolito era un explotador de sí mismo.

Así las cosas, estoy seguro de que los mayores (Manolito antes que nadie) esperaban lo que ocurrió el día ya mencionado al principio; ahora, para el sobrino fue un verdadero impacto. En el centro del grupo de hombres que bloqueó la puerta de la talabartería estaba Mayo, el vecino, solo que no traía el rostro risueño con que tantas veces había prometido al niño que sería la segunda base regular en el equipo del ICP cuando cumpliera los doce años. Ahora se veía sombrío y, ciertamente, no faltaron sombras en la voz con que gritó:

—Este negocio está intervenido en nombre del pueblo revolucionario.

Al día de hoy, todavía el sobrino tiene la impresión de que no eran cinco o seis los hombres que obstaculizaban la entrada de la luz mañanera, sino cientos, miles. Tanta fue su sorpresa que vino a despertar cuando ya Manolito había agarrado una chaveta en cada mano y respondía:

—Díganle al pueblo revolucionario que, si tiene cojones, pase y ocupe el negocio.

El sobrino se asustó. Él conocía muy bien aquel tono de voz bajo, reverberante; además, había visto a Manolito afeitarse con el filo de las chavetas ¡y sin jabón! Tras un instante de suspenso, Mayo hizo un gesto a sus acompañantes y, empujándolos con los brazos abiertos, los obligó a cruzar la calle Martí y detenerse en la acera de enfrente.

El resto de la mañana transcurrió a fuego lento. Manolito fue llamando a los clientes que tenían teléfono para que recogieran sus encargos, terminados o no, antes del mediodía, aunque solo unos pocos de ellos se atrevieron a entrar en el negocio bajo la hosca mirada del grupo apostado enfrente. Estoy muy seguro. Solo la vieja amistad que ese día terminaba impidió que Mayo llamara a la policía. Una vecindad que se extendía a los padres de ambos lo hizo mantenerse allí, a la espera de algo que no creo le resultara claro.

Cerca de la una, Manolito tomó al sobrino por el hombro izquierdo y lo condujo afuera. Luego cerró la puerta del que hasta ese día había sido su negocio, puso la llave sobre la acera y se fue sin mirar atrás, siempre conduciendo por el hombro al sobrino, que tampoco se atrevió a volver la mirada. En completo silencio doblaron la esquina de la ferretería que hasta hacía poco había pertenecido a los Landrove. Entonces Manolito murmuró:

—Esto se jodió, hay que ver cómo te sacamos del país.

—¿Y por qué, tío?

Manolito seguía mirando al frente. Guardó silencio dos, tres, cuatro, cinco segundos, y entonces:

—Porque, como tú, hay a quien le ha dado por jugar a poner los clavos en la caja equivocada.

En ese momento no lo entendí.



lunes, 6 de agosto de 2018

Destino de ser nube


Foto: Rodolfo de la Fuente


Para Haydee López Peliquín, donde esté.


Digamos que se llamaba Nube. Era delgada, de grandes ojos pardos y fumaba sin descanso, pero lo que la sitúa en este recuerdo es el acto de escribir. Literatura, quiero decir, Nube escribía poemas que los maestros aplaudían y a veces eran publicados en revistas y periódicos. Y se leían además en los actos patrióticos. En fin, si alguien en la escuela pronunciaba palabras como inspiración o escritor, todos pensaban en Nube.

Y exacto ahí entro yo. Para un adolescente que soñaba con ser escritor sin un solo antecedente familiar en tan arduo asunto, ver que alguien apenas un año mayor escribía literatura y hacía públicos sus textos con semejante desenfado era, como poco, alentador. Los escritores no solo estaban en los olorosos libros o en las clases de literatura para justificación de un maestro que, hastiado de sí mismo, enumeraba las “características” de esta época, aquel movimiento o la otra generación. No, también podían tener un delicado cuerpo humano, y andar con ligereza de nube por los pasillos de la escuela, y mirar las cosas de todos los días como si el mundo cupiera dentro de su asombro, y fumar como locos, y (más, más importante) escribir versos con las mismas mundanas palabras de decir ¡qué tronco de calor hace, caballeros!

Nube, como puede suponerse con muy poco esfuerzo, aspiraba a estudiar literatura, de modo que a punto de finalizar el pre pidió la carrera y su escalafón académico se la permitió: Licenciatura en Letras. Y entonces, inopinadamente, la llamaron a una reunión. El país necesitaba defectólogos y pedía que Nube renunciara a la carrera de Letras y fuera a estudiar Defectología en la Unión Soviética. Ella argumentó, estaba segura de que enseñar niños con dificultades especiales era una hermosa tarea… para quien tuviera esa vocación. Ella quería ser poeta, no maestra.

Pero el país no entendió. En el reino de los obreros y los campesinos, ser poeta pasaba por no sentirse alguien especial ni creer que se pertenecía a una élite intelectualmente superior, ni muchísimo menos que por escribir versos uno adquiría carta de crédito para ponerse fuera del juego cuando le diera la gana. Nada de eso, que Nube recordara lo ocurrido en La Habana un tiempito atrás con aquel poeta que se había orillado de la historia y convertido en enemigo del pueblo.

Con su acostumbrada determinación, el país dio tres días para pensar, setentaidós horas en las que Nube se ahogó bajo el peso de dos argumentos como peñascos: el país que le propiciaba estudios gratuitos era el mismo que ahora necesitaba su cooperación y, muy por encima de todas las cosas, ella era militante de la Juventud Comunista, parte de una vanguardia lista para dar un paso al frente cada vez que la patria lo solicitara. Y la patria, qué duda había, eran aquellos dirigentes ante los que Nube renunció por fin a su carrera de Letras para aprender ruso e irse a estudiar en la Unión Soviética.

Ahí la perdí de vista por más de diez años.

Una mañana iba de camino a la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba, y a la salida de la Plaza de Marte tropecé con Nube. Debió ser en 1984, quizás 1985, y sentí una enorme alegría al verla. Se había transformado en una señora joven y todavía delgada, con la misma expresión de asombro en los grandes ojos pardos, aunque ahora un par de arrugas pusieran entre paréntesis su risa de dientes asediados por la nicotina. Nos actualizamos: ella vivía en Santiago, se había casado, tenía dos niños en el trayecto de los seis a los ocho años, y trabajaba en un círculo infantil.

Hacia el final de la conversación, cuando se iba haciendo obvio que las respectivas obligaciones no nos permitirían seguir interrumpiendo por mucho más tiempo el paso en la acera de la avenida Victoriano Garzón, le informé que cada quince días, los miércoles, un grupo de amigos nos reuníamos a debatir sobre literatura. No era un taller literario oficial, éramos solo amigos de confianza que se habían escogido entre sí para leer textos e intercambiar. ¿Por qué no se nos unía el próximo miércoles?

A Nube se le cansó la sonrisa.

—Te lo agradezco pero no, ya no pertenezco a ese mundo. No creo que a estas alturas encuentre fuerzas.

Y lo dijo con la perpleja tristeza que casi siempre dejan las nubes al marcharse.