Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 9 de julio de 2016

Los transtierros de la memoria


Palabras en la presentación del libro Memorias del equilibrio,
Centro Cultural Español de Miami, 24 de junio de 2016.


Varios de los cuentos que aparecen en este libro pudieron ser escritos en los años setenta del siglo pasado. El joven que era yo por entonces no solo rumiaba ya algunas de esas vivencias; también estaba consciente de las potencialidades que tenían para la fermentación narrativa. Que en aquel momento no se convirtieran en literatura obedece a cuestiones personales: mi oficio no estaba maduro para tal empresa. Que no lo intentara a pesar de los impulsos de la edad, amerita otra explicación.

Gran parte de los narradores cubanos nacidos en los años cincuenta comenzamos a publicar libros de manera tardía. Y se entiende. Nuestra adolescencia coincidió con el proceso de radicalización revolucionaria que arrancó entre 1966 y 1967. Cumplimos los veinte años en un período que va desde la zafra de los diez millones (1970) hasta las proximidades de la estampida hacia Estados Unidos que partió del Mariel (1980), lo que incluye el Congreso de Educación y Cultura, los procesos contra intelectuales críticos o no muy entusiastas al aplaudir, las purgas de profesores y estudiantes por razones políticas, de preferencia sexual o de no alineación irrestricta con el experimento socialista en marcha.

Lo que comenzó aplastando a los desafectos o a quienes pretendían mantener una postura intelectual independiente (los escritores agrupados en las ediciones El Puente, Reynaldo Arenas o Carlos Victoria, para mencionar tres ejemplos) terminó castigando en los años setenta a autores que apoyaron sin cortapisas el proyecto político cubano, cuya obra incluso se había reconocido como expresión de los «nuevos tiempos»: Jesús Díaz, Eduardo Heras León o Norberto Fuentes, para limitar los ejemplos de nuevo a solo tres. No era tiempo para asuntos raros, puntos de vista inquietantes o ambigüedades expresivas que, por otra parte, son el alma misma de la literatura.

Si pienso en narradores nacidos en la Cuba de los cincuenta que comenzaron a publicar temprano sus libros dentro del país y luego hicieron una consistente carrera literaria solo me vienen a la mente los nombres de Senel Paz y Miguel Mejides, ambos nacidos en 1950. Sin dudas habrá otros, pero no son demasiados.

Igual, casi todos los cuentos de Memorias del equilibrio pudieron haber sido escritos durante los años ochenta y supongo que no ocurrió así por la razón antes expuesta: su autor no estaba listo. Admitiré, sin embargo, que tampoco soplaban aires muy favorables para el escritor que, todavía confusamente, aspiraba yo a ser. El rebrote narrativo de esa década en la Isla se apoyó sobre todo en el accionar de una masa de escritores que llamaré reformistas. Creíamos que era posible perfeccionar el sistema político-social cubano, purgarlo de sus excesos intolerantes, y de manera más bien espontánea, apoyándonos en eventos que tenían lugar a lo largo del país o en las propias organizaciones del sistema, luchamos por al menos tres objetivos: 1) Que se entendiera la naturaleza contradictoria del acto creador y el espacio que el escritor ocupa dentro de la sociedad. 2) Que no se repitieran sin respuesta los actos de agresión y enclaustramiento que habían ocurrido en la década anterior. 3) Que en lo posible, los jóvenes narradores emergentes no fueran objeto de las persecuciones que habíamos conocido antes.

No es este el espacio para valorar adónde condujo todo eso. Decepcionados, muchos optamos un día por emigrar (Félix Luis Viera, Luis Manuel García o Jesús Díaz, para continuar con los ejemplos en trío), otros decidieron permanecer en la Isla (Leonardo Padura, Arturo Arango, Eduardo Heras León). Lo que me interesa recalcar ahora es que el canon narrativo predominante en Cuba a lo largo de los ochenta mantuvo su foco en la así llamada función social de la literatura, aunque cambiando de perspectiva: ser críticos ante la realidad del país se convirtió en anhelo supremo. Se discutía entonces con fervoroso empuje quién había bautizado al primer gay en nuestra corriente narrativa, o quién había sido el pionero en airear el jineterismo, o quién se había atrevido a... En fin, contrarrestar el silencio de los periodistas y el triunfalismo de la propaganda oficial cubana devino por aquellos años entre nosotros (y lo es todavía en no pocos espacios intelectuales) aplaudido valor literario.

Yo buscaba otros caminos. Amir Valle, una de las voces más notables entre las que emergieron en esa década, ha testimoniado que por entonces le resultaba difícil entender en mi incipiente trabajo «la mezcla de absurdo, fantasía y realismo, algo realmente raro para nosotros, defensores de los cuentos duros, directos, realistas, pero sobre todo algo distinto en el panorama del cuento santiaguero […].» Recuerdo a mi vez el primer cuento que por entonces leí de otro narrador fundamental en ese grupo, Alberto Garrido. Me parecía insólito que un muchacho de apenas dieciocho años pudiera escribir un texto con tal madurez narrativa, pero de seguro Garrido debió sentir como un despropósito que aquel viejo de treinta y pico le sugiriera insistir en el detalle de un timbre cuyo sonido era imposible acallar en su cuento, antes que en la actitud corrupta de su personaje protagónico.

Y claro que pude haber escrito todos los cuentos que hoy forman Memorias del equilibrio en la primera década del siglo que ahora habitamos, cuando ya me había asentado en la República Dominicana. Pero tampoco estuve listo entonces, aunque por una causa diferente: para mi desesperación, llegó un momento en que no podía escribir sobre el pasado, cada línea que intentaba era contaminada por mi abrumador presente de emigrante. Fue duro. Hoy, dueño de otra perspectiva, comprendo que estaba en tránsito hacia el transtierro, para usar un concepto caro al escritor dominicano Keysi Montás; es decir, camino a convertirme en un ser humano desplazado que, en lugar de decidir entre dos culturas, opta por poner patria a medio camino entre ambas, en el centro del puente que las une. El mejor testimonio de ese proceso es mi libro El arma secreta, que terminé de escribir en 2013, luego de haber llegado a Miami.

No existe mejor lugar para un transterrado que Miami. Es una ciudad y huele a campo; está conectada a un continente pero respira el orgullo pretencioso de las islas. En sus calles no campea una forma regular y dominante de manifestarse que deba ser acatada. Se impone la mezcla, convive lo distinto, y exactamente como en cualquier ciudad del Caribe, la gente habita un presente eterno, un tiempo que parece avanzar hacia sí mismo. Miami no es algo terminado, es un espacio que se reconstruye sin parar en la mirada de sus transeúntes y donde la geografía del gesto, igual que la del habla, cambia con cada paso que das. Nada es definitivo en este lugar; para saberlo, basta levantar la cabeza y seguir el vuelo de los aviones que no cesan de llegar o irse. Tomando prestado el concepto de Joel James, diría que Miami es un proyecto de inconclusión, un lugar donde el ser híbrido que es todo transterrado puede vivir a plenitud sus perspectivas conjugadas.

Apenas asentado en Miami, los asuntos que hoy forman Memorias del equilibrio comenzaron a regresar uno a uno, urgiendo ser escritos con un vigor inesperado si tomamos en cuenta que se trataba de vivencias longevas. No sé si los cuentos que resultaron de tal ejercicio tienen algún valor, ¿quién soy yo para juzgar eso? Al presentarlos hoy como un proyecto definitivo, sí me siento feliz de haber mantenido sus asuntos fuera de la literatura con aspiración de crítica o de testimonio, sea este histórico, político o social. Ubicadas en Cuba entre los años sesenta y la primera década del siglo XXI, estas historias seguramente provocarán en el lector reflexiones de diversa índole, según sea su particular experiencia. El autor, por su parte, prefiere quedarse con la dignidad del hombre común y corriente que un día comienza a dialogar con los muertos, o con la aviesa y vengativa mirada del mongo sobre un mundo que lo ningunea, o con la posible enfermedad del hombre incapaz de evitar que su portañuela aparezca abierta en público, o con la rebeldía tal vez inútil de los derrotados que, sin embargo, termina por sembrar una montaña…

El narrador argentino Julio Cortázar declaró muchas veces que tras el triunfo de la revolución cubana, en 1959, su obra había incorporado una conciencia más colectiva. Memorias del equilibrio realiza el viaje inverso. En medio del colectivismo que pretendió imponer esa revolución, regresa al individuo, a su desesperada búsqueda de un equilibrio que deje intacto el elemental derecho a ser diferente.



Memorias del equilibrio fue publicado en junio de 2016 por K ediciones, de Miami, e incluye quince narraciones acompañadas por dibujos de la artista Margarita García Alonso. La ilustración de este post forma parte de esos dibujos. Si desea solicitar el libro, solo haga clic sobre el título.



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domingo, 12 de junio de 2016

Cuando las memorias (al fin) se equilibran




Viernes 24 de junio de 2016
Presentación del libro:



Combinando los meandros del relato y las tensiones del cuento corto, los conflictivos narradores de este libro convocan a seres humanos atrapados por una gesta supuestamente colectivista que sin embargo los orilla de la historia. Son ante todo figuras que bracean para encontrar alguna forma de equilibrar su vida, de hacer que la existencia adquiera algún sentido. Y, quizás para su propio mal, a veces lo logran de la única y terrible manera a su alcance: como una pírrica victoria humana frente a la exclusión, la crueldad y el olvido a que los condena el poder. «Este es un regreso literario a Cuba», dice su autor, «he querido escribir muchos de estos asuntos desde que era un niño».

El autor

Al salir de Cuba, José M. Fernández Pequeño llevaba en la maleta un río y cierta cantidad de abrazos, protectores infalibles contra la nostalgia. Ha publicado dieciséis libros en géneros como la crítica literaria, la narrativa, el ensayo y la literatura infantil. Entre 1998 y 2013 vivió en la República Dominicana, donde ha recibido el Premio Nacional de Cuentos (2013) y el Premio Nacional de Literatura Infantil-Juvenil (2016). En ese país descubrió además los colmados, el poder de la libertad y toda la verdad contenida en la expresión «Más pa’lante hay gente». Actualmente reside en Miami. Su último libro, El arma secreta, recibió la Medalla de Oro en los Florida Book Awards al mejor texto en español publicado por un residente en ese estado durante 2014. Es editor, profesor universitario y gestor cultural, además de un culé convencido, un discutidor de oficio y un adepto impenitente a la cerveza.

El presentador

Manuel Vázquez Portal: Poeta y periodista nacido en Morón. Fue profesor de enseñanza media, asesor literario del Ministerio de Cultura y periodista en varios medios estatales cubanos. Ganador de los premios UNEAC 1984, La Edad de Oro 1985 y 1993, publicó cinco libros en Cuba. En 2003 fue condenado a dieciocho años de prisión junto a 74 disidentes más. Vive en Miami, donde ha publicado los libros de poesía Celda número cero y Velo de cristal, a los que se suma Escrito sin permiso, que apareció en Italia. Es fundador de la prensa independiente cubana. Mientras estuvo en la cárcel, recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa (2003), que otorga el Comité de Protección al Periodista y el de Human Right Watch en 2004.

La artista dibujante

Margarita García Alonso, periodista, poeta y artista visual cubana nacida en Matanzas. Ha publicado diez libros entre poemarios, novelas y cuadernos de arte. Licenciada en periodismo por la Universidad de La Habana, posee también un máster en Industrias Gráficas. Ha obtenido numerosos premios en artes visuales y literatura. En Cuba fue directora del semanario cultural Yurumí y editora en Casa de las Américas. Reside en Francia desde 1992 y dirige las ediciones Hoy no he visto el paraíso. Los dibujos que aparecen en el libro fueron realizados específicamente para este proyecto.

1490 Biscayne Boulevard, Miami, Florida 33132
Parqueo en la calle trasera del edificio.
Si desea saber cómo llegar, haga clic sobre el nombre de la institución.

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viernes, 29 de abril de 2016

Declaración de independencia





Porque escribir es a veces eso,
observar y apropiarse de la basura ajena.


Maurice Sparks y/o Ernesto G.


¡Por favor, no vuelva a decir que es increíble! protesta con el celular apretado contra el oído izquierdo y viene a recostarse de mí.

Conozco cada reacción suya, cada impulso que sus decisio-nes igual las muy meditadas como las más irreflexivas ponen a circular por ese cuerpo menudo y casi siempre en tensión. Hace mucho aprendí a leer lo que siente a través de sus contactos y puedo asegurar que ahora mismo está al borde del colapso. Mientras escucha, saca con la mano derecha uno de los libros alineados en el quinto estante, contando de abajo hacia arriba, y lo muñequea bruscamente, como si necesitara comprobar que no hay algo peligroso escondido entre las páginas. Son las Ficciones de Borges, lo confirmo cuando tira el volumen encuadernado en rústica y formato seis por nueve sobre la mesa de trabajo para despegarse de mí reclamando al pequeño transmisor:

–Siete años sin escribir, siete años de espantosa sequía, y ahora que por fin regresa el impulso, ocurre esto… ¡dígame si no es cruel!

Y comienza a pasearse frente a mí, de pared a pared, ida y vuelta desde la puerta que conduce a su dormitorio hasta la ventana que da a la calle, a una ciudad que él no se ha cansado de maldecir páramo, desierto, estercolero de engreídos, nido de superficiales con dinero, eso y más la ha llamado durante los últimos siete años.

Nada de eso importa ahora tira un golpe al aire con el brazo libre–. Lo que escribo aparece luego cambiado, dígame qué parte de esa desgracia no entiende y se la explico otra vez.

Detiene su ir y venir. Se congela con los cinco dedos de la mano derecha unidos y muy cerca del rostro, mientras respira angustiado la voz que ha de estar vibrando en las entrañas del aparato y los huecos en sus mejillas se ahondan todavía más.

¡No quiero calmarme! explota al fin–. Ayúdeme a encontrar una explicación, que para eso usted es el autor y se inventó esta bronca del escritor emigrado y la ciudad hostil, ¿cómo va a venirme ahora con que no puede controlar un conflicto que usted mismo imaginó?

Camina hacia la mesa de trabajo, toma una hoja de papel que ha estado todo este tiempo sobre el monitor de la computadora:

La otra noche escribí y lee–: «De cierto modo, adoro los caminos inciertos», y cuando me levanté a la mañana siguiente decía «De cierto camino, adoro los modos inciertos», ¿ve? ¿Considera que algo así es aceptable?... Qué va, olvide el mambo y cante bolero, no hay posibilidad de error. Otra cosa no tendré, pero buena memoria me sobra… Mire, ayer mismo escribí –y vuelve a leer–: «Ahora encuentro mis historias por doquier, a menudo en la basura ajena», ¿y quiere saber cómo apareció esta mañana? Pues «Encuentro ahora la basura ajena por doquier, a menudo en mis historias».

Se sienta sobre la mesa de trabajo, de espaldas hacia donde estoy, lo que me ahorra sus ojos enrojecidos, la expresión de desamparo que hace lucir más salientes aún los huesos de sus pómulos.

¡Vaya! exclama, y se da un golpe en el muslo con la mano que todavía empuña el papel–, así que escribir es en sí mismo un acto de traición… ¡qué frase tan bien compuesta, lo felicito! Pero, ¿sabe qué?, no me sirve de nada. Si no es usted, ¿quién cambia lo que escribo? ¿El gato? ¿El librero? Como están las cosas, a lo mejor el librero aspiró un soplo de vida y ni usted ni yo nos hemos enterado. ¿O seré sonámbulo? Eso, ¿andará suelta por ahí una manifestación salvaje de mí mismo que reescribe mientras duermo o estoy en la calle? Porque las palabras no cambian solas de lugar, ¿o sí?

Y bueno, en ese último aspecto discrepo de su razonamiento, incluso podría facilitarle dos o tres libros de entre los que él mismo ha colocado en mis estantes para estimularlo a revisar sus criterios sobre los hábitos de las palabras, o por lo menos a tomar en consideración el carácter revoltoso de ciertos escritos… Pero mejor dejamos ese ejercicio para otro momento, no es prudente contradecir a una persona como él cuando está así de alterada.

Ilustración: The writer isolator, de Margarita García Alonso.


Margarita García Alonso: Periodista, poeta y artista visual cubana. Es una de las personas más ocupadas del planeta. En la mañana escribe mundos que echan a girar apenas salen de sus manos. La tarde la dedica a una investigación sobre el modo subjuntivo en la comunicación afectiva de las flores. En su tiempo libre se desempeña como reina en Groenlandia... sin remuneración, claro. Y en la noche, mientras parece dormir, en realidad ejercita la cuántica, lo cual le permite hacer audaces dibujos para textos que sus amigos alguna vez escribirán, aunque ellos todavía no lo sepan. ¿No me creen? Pues solo hagan clic sobre su nombre.


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miércoles, 30 de marzo de 2016

Lo que Lino Novás Calvo sí sabía





Y en el símbolo cabe todo:
desde la mentira más alta, a la más baja insidia. 

Lino Novás Calvo


Dos preguntas han perseguido al escritor cubano Lino Novás Calvo (1903-1983): ¿Por qué su producción literaria decae hasta casi desaparecer después de su consagración narrativa en los años cuarenta del siglo pasado? y ¿por qué abandona Cuba en 1960? Sobre la primera interrogante, que desde hace mucho quita el sueño a críticos y admiradores de la obra novaciana, intenté reflexionar en un texto anterior. La segunda se ha repetido con notable constancia en los estudios y proyectos editoriales desarrollados sobre este autor dentro de Cuba y tiene una respuesta definitiva en el libro Lo que entonces no podíamos saber,1 recopilación realizada por el investigador y crítico Carlos Espinosa Domínguez de los textos que escribiera Novás Calvo para la revista Bohemia Libre.

Son artículos publicados entre octubre de 1960 y agosto de 1961 es decir, apenas el narrador decidió exilarse en los Estados Unidos–, y tienen el evidente objetivo de contrapesar la propaganda política del Gobierno instaurado en Cuba tras la revolución de 1959, a la que Novás Calvo entendió desde el inicio como un tránsito hacia la consolidación de un sistema comunista a la sombra del orbe soviético. Compulsados por la urgencia de tal confrontación, los textos ahora recopilados poseen momentos en que el escritor confunde sus deseos con realidades, se explaya en excesos de euforia, o emite opiniones lastradas por la inmediatez de la circunstancia que intenta racionalizar. Pero, más allá de eso, hay en sus valoraciones una minuciosidad y una claridad de juicio relevantes.

Ahí radica, en mi opinión, el valor inicial de los artículos rescatados por Espinosa Domínguez con el profesionalismo que le es característico: son testimonios de primera mano acerca de cómo y mediante qué recursos prácticos y simbólicos empezó a desmontarse el sistema democrático cubano en el arranque de los sesenta. El segundo valor de estos textos apunta hacia el propio Novás, hacia los elementos que permiten entender la actitud de este fundamental cuentista iberoamericano ante el proceso social que se vivía en Cuba.

La primera oleada de intelectuales que abandonaron la isla tras el triunfo revolucionario incluyó nombres tan notables como Jorge Mañach, Lydia Cabrera o Gastón Baquero, pero la noticia de que Novás Calvo había pedido asilo político produjo un gran impacto en el sector intelectual que apoyaba a la revolución, el cual lo calificó de traidor. Tal apreciación partía de que el escritor había emigrado muy joven desde Galicia y conocido en Cuba la más cerrada miseria, que había defendido durante una etapa importante de su vida las ideas comunistas2 y peleado por la República en la Guerra Civil Española, que había sufrido en carne propia muchas de las lacras republicanas cuando ya era autor de una literatura reconocida, que escarbaba con peculiar eficacia en rincones de la sociedad cubana marcados por una violenta marginalidad. ¿Cómo podía abandonar entonces un proceso político-social que se desarrollaba a nombre de los humildes y que prometía erradicar los males de la sociedad cubana?, esa fue y es la pregunta que todavía se escucha.

El Lino Novás Calvo que vivió el triunfo de la revolución cubana tenía otra perspectiva sobre las cosas y gracias a Lo que entonces no podíamos saber puede afirmarse hoy sin la menor duda que su exilio fue un acto de convicción, no algo nacido de una ofuscación momentánea o de un miedo incontrolable, aunque ciertamente miedo hubo y no poco.

Es sabido que, tras su salida hacia Estados Unidos, la obra de Lino Novás Calvo y las referencias a su persona desaparecieron del ámbito público cubano. Sergio Chaple, desde el mismo Instituto de Literatura y Lingüística que por más de dos décadas cumplió la orden de mantener al escritor nacido en Galicia fuera de los diccionarios de autores cubanos, especuló en algún momento que este no podía ser indiferente al hecho de que el premio nacional de cuento en Cuba llevara el nombre de Luis Felipe Rodríguez, aseveración en la que resultaba difícil determinar cuál dolor era mayor, si el supuesto de Novás Calvo porque el certamen no exhibiera su nombre o el real de Chaple por haber perdido al eminente narrador como aliado del proceso político cubano.

Tanto resentimiento tiene explicación, claro. Con el exilio de Novás Calvo se esfumaba la posibilidad de presentar su obra como punto de partida de la cuentística cubana que nacía a la sombra del nuevo orden político y bajo la firma de autores como Jesús Díaz, Eduardo Heras León, Norberto Fuentes, Antonio Benítez Rojo, entre otros. El autor de “La noche de Ramón Yendía” habría aportado a tal discurso no solo su prestigio, sino también su origen como emigrante pobre, el haber iniciado la poesía de tema obrero en el país, sus reconocidos “esfuerzos por darle una validez estética al lenguaje popular cubano”,3 más una obra narrativa cuyo poderoso registro social escapaba de la mácula panfletaria, pues “sus cuentos son […] universales por su feliz ahondamiento en la común entraña humana”.4 Es decir, Lino Novás Calvo pudo ser para la cuentística revolucionaria lo que fue Nicolás Guillén para la poesía, y ya se sabe cuánta relevancia ha tenido el manejo de símbolos en el último medio siglo de historia cubana.

Cuando el poder político cubano dio el visto bueno para la “recuperación” de Lino Novás Calvo y su obra escrita antes de 1960 volvió a publicarse en la Isla, en el segundo lustro de los años ochenta, la búsqueda de respuestas para la pregunta citada más arriba alcanzó un lugar preponderante. Jesús Díaz, quien compiló el tomo destinado a romper el silencio, veía “un nexo orgánico, revelador, levemente siniestro”5 entre el hecho de que el escritor cubano nacido en España hubiese dejado de escribir primero y abandonara su país de adopción después.

A partir de ahí, se han citado como causas de su renuncia a la izquierda marxista y su incomprensión ante el triunfo revolucionario de 1959 hechos tales como la traumática experiencia que vivió Novás Calvo durante la Guerra Civil Española, la forma en que su carácter se fue agriando por las dificultades financieras en el tránsito de los años cuarenta-cincuenta y su decepción ante un ejercicio literario que no le traía el reconocimiento y la estabilidad esperados. A estas razones agregaré su descontento por la actuación de los comunistas cubanos en esa misma época6 y sobre todo –muy sobre todo– por los acontecimientos en los países que formaban el bloque comunista mundial, algo de lo que Novás Calvo estaba muy al tanto pues parte de su trabajo como Jefe de Información de la revista Bohemia consistía en traducir textos sobre el acontecer político internacional.

Esa búsqueda de causas también ha tenido sus momentos de especulación con ribetes detectivescos, como achacar el divorcio entre Novás Calvo y la izquierda política a la influencia de algunas personas próximas a él, entre los que se señala a Carlos Montenegro, Emma Pérez, Rolando Masferrer, Herminia del Portal –esposa del escritor–, o Miguel Ángel Quevedo.7 Y finalmente se ha dejado escuchar la afirmación de que el escritor decidió abandonar Cuba porque creía que en Estados Unidos tendría “una nueva vida que pensaba le sería más grata que la vivida hasta entonces”.8

La verdad parece ser que en condiciones normales Lino Novás Calvo jamás habría abandonado Cuba.9 Huyó espantado por los acontecimientos políticos que ocurrían en la isla y por el futuro que avizoraba. Pidió asilo en la embajada de Colombia un día de agosto de 1960, mientras dejaba su casa con las luces encendidas y el televisor funcionando para despistar la vigilancia. Las fuertes confrontaciones entre el poder político cubano y el equipo de la revista Bohemia, que tuvieron en Fidel Castro un protagonista de primera línea y ya para ese agosto de 1960 habían empujado hacia el asilo político al director de ese medio, Miguel Ángel Quevedo, convencieron a Novás Calvo de que podía ser encarcelado en cualquier momento, como declaró a Fulgencio Lequerica Vélez, entonces embajador de Colombia en Cuba.10

Lino Novás Calvo llegaba a Estados Unidos con cincuenta y cinco años, dejaba detrás todo lo que había conseguido con mucho esfuerzo, y lo hacía no porque creyera que allí tendría una vida mejor, sino porque buscaba escapar a cualquier precio de lo que intuía sería un futuro desastroso. Los artículos compilados en Lo que entonces no podíamos saber permiten entresacar cuál era su pronóstico para el destino Cuba: la educación convertida en adoctrinamiento político, la clausura de la libertad de prensa y opinión, la ocupación de todos los estratos de la sociedad civil para garantizar el control total del poder político sobre los individuos, una dirección política basada en el personalismo mesiánico, la depauperación de la producción agrícola, el fin de los pequeños negocios privados, la quiebra de la economía nacional como resultado de su centralización por el Estado, entre otros. Han pasado cinco décadas y media desde que Lino Novás Calvo escribió esos artículos y dejo al lector en la más absoluta libertad para determinar si el pronóstico del intelectual cubano se hizo realidad o no.

Hay un argumento que jamás falta a la hora de asombrarse por la forma en que Lino Novás Calvo huyó de Cuba en 1960. A principios de ese mismo año había sido convocado para formar parte del jurado en el primer concurso Casa de las Américas, algo que la crítica y la investigación en la Isla han entendido de forma unánime en tanto “un evidente reconocimiento a su magisterio como narrador”11 por parte de la dirección revolucionaria. Pudiera ser, digo yo, pero ese reconocimiento apenas significaba nada ante las preocupaciones que –ahora lo sabemos bien– atormentaban al escritor, y en eso debemos admitir que no le faltaba razón. Para solo poner un ejemplo, entre los que acompañaron a Novás Calvo en aquel jurado estuvo el también fundamental escritor cubano Virgilio Piñera, quien permaneció en el país y sufrió luego un implacable período de ostracismo y persecución al que solo la muerte pondría fin.

Lo que atormentaba al autor de “La visión de Tamaría” estaba en la naturaleza comunista del proceso político-social cubano, no reconocida de manera pública en el momento que comenzó a escribir los artículos para Bohemia Libre, y malamente podía sentirse honrado de colaborar con ese proyecto un hombre para quien la condición del militante comunista radicaba en que “no duda, y siempre obedece sin vacilación y sin preguntar”, mientras veía para los fellow-travelers un único destino: seguir “derramándose por los bordes, sobre las cercas, hasta que llega la hora caliente, revolucionaria, de las definiciones”.12 Y él, a esa altura de su vida, no estaba dispuesto a entrar en ninguna de las dos categorías.

La inminente publicación de los artículos escritos por Lino Novás Calvo durante la Guerra Civil Española, recopilados también por el incansable Carlos Espinosa Domínguez bajo el título de “Un escritor en el frente republicano”, nos dará la posibilidad de contrastar la distancia de pensamiento que llegó a existir entre el escritor comunista y combatiente en la conflagración bélica española de los años treinta y el escritor liberal que más de dos décadas después huye de la revolución cubana. Por ahora, Lo que entonces no podíamos saber clausura para siempre el asombro ante esa huida y demuestra que Novás Calvo no hubiera podido actuar de otro modo sin suicidarse como individuo e intelectual. En fin, pregunta respondida.


Notas

1 Lino Novás Calvo: Lo que entonces no podíamos saber; compilación de Carlos Espinosa Domínguez; prólogo de Rafael Rojas. [Estados Unidos], Los Libros de las Cuatro Estaciones, Término Editorial, 2015.

2 Escribe Novás Calvo: "En tanto, me había afiliado al Quinto Regimiento, primera unidad de choque comunista y me habían enviado como responsable a una librería incautada. Y ser miembro del Quinto Regimiento era devenir, automáticamente, miembro del Partido Comunista. Así fue como entré yo en el Partido Comunista de España: la primera vez que entré en un partido político". Cira Romero: Fragmentos de interior. Lino Novás Calvo: su voz entre otras voces. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, p. 144.

3 Antonio Benítez Rojo: “Sobre Lorraine Elena Roses, Voices of the Storyteller. Cuba’s Lino Novás Calvo”, en Revista Iberoamericana, Vol. LVI, No. 152-153, julio-diciembre de 1990, Pittsburgh, p. 1377.

4 José Antonio Portuondo: “Lino Novás Calvo y el cuento hispanoamericano”, en Cuadernos Americanos, Vol. XXXV, año VI, No. 5, septiembre-octubre de 1947, México, p. 251.

5 Jesús Díaz: “Prólogo”, en Lino Novás Calvo, Obra narrativa. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1990, p. 8.

6 Vid. Rafael Rojas: “Novás Calvo divisa el comunismo”, en Lino Novás Calvo, Lo que entonces no podíamos saber, p. 12.

7 Lisandro Otero: “Lino Novás Calvo, recobrado”, en Unión, año II, No. 7, julio-agosto-septiembre, 1989, Ciudad de La Habana, p. 18.

8 Cira Romero: “Prólogo”, en Lino Novás Calvo, Angusola y los cuchillos; compilación de Cira Romero. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2003, p. 8.

9 En la segunda mitad de los años cuarenta, Lino Novás Calvo recibió varias veces la propuesta de ir a trabajar en Estados Unidos, lo que rechazó siempre a pesar de que atravesaba una pésima situación económica, que llegó a afectar profundamente tanto su siquis como su carácter. En el momento que triunfa la revolución, su situación financiera podía considerarse buena y estable, luego de haber pasado a ser Jefe de Información de la revista Bohemia en 1953 y haber recuperado su trabajo como profesor de francés. Al momento de su exilio, todo eso queda detrás para comenzar otra vez desde cero en Estados Unidos a los cincuenta y cinco años. Vid. Laberinto de fuego; epistolario de Lino Novás Calvo; recopilación y notas de Cira Romero; prólogo de Eduardo Heras León. La Habana, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2008.

10 Fulgencio Lequerica Vélez: 600 días con Fidel, apud Lorraine Elena Roses, Voices of the Storyteller. Cuba’s Lino Novás Calvo. Estados Unidos, Greenwood Press, 1986, p. 35.

11 Eduardo Heras León: “Prólogo”, en Laberinto de fuego; epistolario de Lino Novás Calvo, p. 12.

12 Lo que entonces no podíamos saber, p. 182 y 178.


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