Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre encuentros germinales, sobre personas que me ayudaron a ser el camino que soy, y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

miércoles, 2 de abril de 2014

El sueño

Cuarta estampa mongólica


El murmullo de luz corre por el fondo del río, juega a palparlo todo… ni en sueños lo podrás imaginar… La mazamorra. Las raíces de las ovas que flotan arriba, donde la superficie es una corazonada. Las piedras sobre las que estoy sentado. También mi cuerpo se hincha de ese resplandor murmurado, junta la verde profundidad del río con las angustias de la intemperie. Los crujidos de la casa. El mugido del tren que parte hacia algún lugar… detén el tiempo en tus manos… La música del lejano cabaret racheando intermitente la madrugada, regando pedazos de palabras por todas partes. La crudeza de las sábanas. Nada queda a salvo del abrazo luminoso. Tampoco los guajacones, que vienen a besar mi cuerpo con golpecitos livianos, alegres de que yo sueñe sentado en el fondo del río y pueda contar estas sensaciones con palabras como dichas por El Poeta… en el lenguaje misterioso de... Palabras que yo nunca habría podido usar; ¿cómo iba a hacerlo si aún no las conocía?

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro

viernes, 14 de marzo de 2014

Cuba, literatura y exilio: Estertores de la condición paradójica

(Tomado de El Exégeta)


En diciembre de 2013, Armando Yero La O, periodista de CMKX Radio Bayamo, en Cuba, envió un cuestionario al también escritor bayamés José M. Fernández Pequeño acerca de la literatura cubana escrita por emigrantes y sus posibilidades reales para alcanzar al lector de la Isla. La entrevista fue colgada en Sol Bayamo, blog que realiza el entrevistador, donde apenas permaneció on line trece horas, exactamente el transcurso de una noche. En atención al espacio, El Exégeta reproduce ahora las preguntas fundamentales de la entrevista, cuyas respuestas han sido aligeradas además de datos, nombres y explicaciones innecesarias para un lector radicado fuera de Cuba. El texto, en sí mismo, puede ser leído como una paradoja pues la argumentación que desarrolla termina por explicar la naturaleza de una orden de censura que aún no había sido emitida en el momento en que las preguntas estaban siendo respondidas (Ena Columbié).

Yero La O: ¿Qué opinas acerca del acceso del lector de la Isla a la obra de escritores cubanos que están escribiendo en el exterior?

Fernández Pequeño: Ese grifo, si acaso, gotea. En un país sin editoriales ni distribuidoras independientes y con un acceso a Internet tan escaso como selectivo, para el lector cubano casi todo se reduce a los libros impresos sobre papel por editoriales estatales que, mayormente, permanecen de espaldas a los fundamentales procesos creadores que los escritores cubanos han desarrollado durante décadas en buena parte del mundo. Son procesos de una gran complejidad e importancia para la cultura cubana, que no pueden ser abarcados con la publicación de algún libro escrito por un autor clásico, exiliado y ya fallecido; o de unos pocos escritores vivos y emigrados, con preeminencia para quienes mantienen una postura no muy crítica hacia el acontecer político-social de la Isla; o dando cabida en las revistas a ciertas firmas pertenecientes a la llamada diáspora cubana.

Esa es una situación en la que todo el mundo pierde, pero donde nadie sale tan lastimado como el lector y las instituciones culturales del Estado cubano, cuyos premios nacionales y demás gestos promocionales trazan un mapa incompleto, mientras actúan como si así no fuera, como si ese cuerpo al que le falta un ojo, una oreja, media boca, un brazo, una pierna y medio ombligo fuera realmente la literatura cubana. No puede ser de otro modo. El objetivo de la política cultural cubana en ese terreno sigue enfocado en administrar los gustos y deseos de los lectores. Y claro, las instituciones oficiales saben que la decisión de cambiar aunque sea un milímetro de esa política cultural tiene que venir “de arriba” pues cualquier atrevimiento excesivo terminaría poniéndolas “fuera de juego”. Cierto es que algunas lo intentan, pero medrando de concesión en concesión, regateando un poquito de coraje de vez en cuando no puede irse muy lejos.

Dejemos algo bien claro. Aunque hay escritores cubanos regados por casi toda la vasta extensión del planeta, el problema a que nos referimos no es tanto de dispersión como de exclusión. Cuanto llevo dicho hasta aquí afecta también y con más razón aúna no pocos escritores residentes en Cuba que han asumido una postura crítica ante el Gobierno de la Isla, con lo que han ido a parar en el inxilio. Es decir, el centro del asunto sigue estando en el maleficio de la cultura dirigida desde estrictos, implacables y bipolares criterios políticos para los cuales nación, patria, cultura y gobierno se funden en un único concepto despojado de matices y que, por tanto, deja muy raquíticos espacios para el disenso.

En fin, salvo excepciones, si un lector residente en Cuba quiere leer el libro de un escritor cubano radicado dentro o fuera cuya perspectiva resulta incómoda para el Gobierno de la Isla, tiene que atenerse al mecanismo de circulación de mano en mano, como hacíamos tú y yo en los años sesenta con los discos de los Beatles camuflajeados en carátulas de la Orquesta Aragón. Pero y estoy seguro de que te das cuentahan pasado cincuenta largos años, estamos los dos a las puertas de la tercera edad, y al menos valía la pena que algo hubiera cambiado en el país que, con todo derecho, ambos consideramos nuestro.

Yero La O: ¿Cuál es tu opinión acerca de la literatura que hacen los escritores cubanos fuera de la Isla en otros idiomas? ¿Puede considerarse literatura cubana?

Fernández Pequeño: Absolutamente sí. La lengua es una herramienta cultural en la medida que se le observa desde la perspectiva de la comunicación pragmática, en la humana y compleja acción de crear sentidos e intercambiarlos. Su naturaleza cultural no radica solo en las palabras, estructuras y normas disponibles para que podamos usarlas, sino sobre todo en el uso que los hablantes hacen de estas a diario para resolver la tarea de vivir en sociedad… en cualquier sociedad. Convertir la lengua en un fetiche o un símbolo por el estilo de la bandera, el himno, etc., ayuda poco a entender su real importancia. Digámoslo rápido: no importa qué lengua –si el inglés o el español– usaron Guillermo Cabrera Infante o Antonio Benítez Rojo para escribir algún que otro original, el resultado siempre fue todo lo cubano que ellos eran.

El asunto, además, no es nuevo para nosotros. Desde los albores de la nacionalidad, en el siglo xix, tuvimos autores emigrados que escribieron más de un texto en un idioma distinto del español e incluso se insertaron en otros medios intelectuales. Tanto es así, que en 1941 el intelectual dominicano Max Henríquez Ureña se dio a la tarea de estudiar a un grupo de autores cubanos que habían hecho del francés su lengua literaria Heredia, Andrés Poey, Augusto de Armas, etc.–, y tuvo la sagacidad de no desterrarlos. Tituló su ensayo Poetas cubanos de expresión francesa. Creo que hoy estamos obligados a una aún mayor flexibilidad de criterios pues en los últimos cincuenta años la cultura cubana se ha hecho transnacional y nada sería menos sano que atarla territorialmente a una única nación o someterla a un concepto de patria estrecho u obcecado.

Esa condición transnacional no es una excepción cubana. Prácticamente todas las sociedades caribeñas enfrentan la compleja tarea de cómo entenderse a través de procesos culturales protagonizados por sus nacionales en países y condiciones bien diferentes, sin pretender que alguno de estos sea el centro y el resto periferia. Se trata en todas partes de una lectura difícil, pero dudo que esa tarea sea en cualquier otro lugar tan ardua como en el caso cubano donde, a los tabúes, fetichismos e intolerancias típicas del nacionalismo a ultranza, se suma una perspectiva política que mira al emigrado con desconfianza, por decirlo amablemente.

En fin, tu pregunta es más que pertinente. Apunta hacia un pasado en que la cultura cubana jamás fue única ni monolítica, señala a un presente que muchos prefieren no ver y nos enfrenta a lo que sin dudas será un futuro marcado cada vez más por la diversidad.

Yero La O: ¿Cuáles crees que son las causas que impiden una mayor publicación de los escritores cubanos del exilio en la Isla?
Fernández Pequeño: Dícese que hay una razón financiera. Es cierto que los presupuestos para publicar literatura en las editoriales cubanas se han reducido al mínimo, como lo es también que cuando hubo recursos y se publicó cualquier cosa, desde El siglo de las luces hasta el último trino del último componedor de versos en el último taller literario del último caserío de la campiña cubana, tampoco apareció la voluntad de mirar hacia afuera, salvo las excepciones que mencioné al principio.

Dícese igualmente que muchos de los más divulgados autores cubanos residentes en el exterior no autorizarían la publicación de sus textos por parte de las editoriales estatales en la Isla. Y así es. Bien porque fueron perseguidos y obligados a abandonar el país donde nacieron, bien porque se niegan a participar en lo que entienden como una jugada de conveniencia para legitimar un sistema político aquejado de desgaste, bien porque una publicación de esa naturaleza afectaría sus intereses fuera de Cuba; por la razón que fuere, algunos no desean aparecer en los catálogos de las editoriales controladas por el Gobierno cubano. Si bien no comparto ese punto de vista, lo entiendo perfectamente y lo respeto porque, a fin de cuentas, cada quien tiene derecho a elegir con cuál editorial publica sus textos o no.

Lo inadmisible es usar esa negativa por parte de algunos escritores cubanos en el exilio como un pretexto para justificar la obstinación oficial cubana en vetar a autores debido a su posicionamiento político, estén estos dentro o fuera del país. ¿Hay voluntad de poner las obras de todos los escritores cubanos no importa cómo piensen o cuál sea su credo políticoa disposición del lector residente en la Isla? Pues muy fácil, que se autorice el establecimiento de editoriales o distribuidoras independientes y en capacidad de editar o hacer circular las ediciones ya existentes de esos autores. ¿No ha necesitado el Estado cubano volver desesperadamente a la opción privada? Del mismo modo que permite la existencia de una cafetería o una barbería en manos particulares, ¿por qué no hacerlo con una publicación periódica, una editorial o una distribuidora de publicaciones?

En fin, dícese que hay mucha intolerancia entre los intelectuales y las instituciones culturales cubanas de ambos lados; es decir, del país y del exilio. El criterio se me hace de una ingenuidad como mínimo sospechosa. Primero por lo obvio. Tras medio siglo de exclusiones, de a favor todo y en contra nada, de vigilancia y persecuciones por razones de pensamiento, no puede haber sino agresividad e intolerancia. Segundo, porque mixtifica el problema al plantearlo como un diferendo entre instituciones e intelectuales residentes en ambas orillas, cuando –como ya dije antes– las instituciones culturales en la Isla ni son autónomas ni tienen la potestad de tomar decisiones independientes en torno a quién publican, a quién promocionan o a quién invitan. Y tercero porque, bien definidos los verdaderos contendientes en la controversia, usted no puede comparar la intolerancia que ejerce un individuo o un grupo de la sociedad civil con la que se ejerce desde el poder, sobre todo si se trata de un poder absoluto.

Causas que obstaculicen un mayor acceso del lector en Cuba a la obra de los escritores en el exilio y/o inxilio puede haber varias; pero decisiva, una sola: la intolerancia ante lo diferente convertida en política de Estado. Y algo hay de paradójico en todo esto. Nadie ha trabajado con tanto ahínco para multiplicar la migración y, por ende, acentuar la condición transnacional de la cultura cubana como el actual Gobierno de la Isla. Tras medio siglo, esa masa migratoria está formada por millones de personas, constituye uno de los poquísimos sostenes firmes de la economía cubana y, sin embargo, no solo carece del más elemental derecho dentro de su país, menos aún se le dan las gracias, sino que además es vista como potencialmente peligrosa, cuando no decididamente enemiga. ¿No te parece una paradoja descomunal?

Foto: Ena Columbié.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El encuentro

Tercera estampa mongólica



Era fácil saber cuándo papito llegaba con tragos. Traía cara de perro triste y repetía bajito «¡Complicadas que son las mujeres, coño!» Un día se lo comenté a Pepín y él le dio la razón; es más, dijo «Por eso mi héroe secreto no tiene mujer». Verdad, el Llanero Solitario siempre andaba con un indio. Para que vean, Pepín era negro y tenía un héroe secreto blanco; mientras Luisito, que era blanco, había escogido de héroe secreto a un africano que corría descalzo. Abebe Bikila se llamaba.

No me acuerdo quién fue el primero en tener héroe secreto, pero sí cuándo los muchachos empezaron la moda. Los mártires de la historia no servían para ganar las discusiones que se formaban en el portal de Felito después del programa Nocturno. Eran demasiado buenos y estaban muertos. Por eso empezamos a tener dos héroes, uno que se podía nombrar delante de quien fuera y otro secreto, con poderes para hacer las mejores trampas. Qué furor. Hoy aparecía Kinka diciendo que el suyo era Fantomas y mañana venía Alexis con que se había decidido por Dillinger. Yo fui el último en tenerlo, y si lo busqué, fue para que los muchachos no siguieran diciendo que mi héroe secreto era el Bobo de la Yuca.

Escogí a Bartolito-pata-tiesa. Desde niño lo había visto cayéndose de borracho por las calles, pero no supe de su arma poderosa hasta un domingo en Pompita. Ese día, mientras le daba vueltas a la vara del macho asao y se empinaba una botella de ron Pinilla, tío Eusebio contó que Bartolito-pata-tiesa retaba a los bebedores en los bares «Te apuesto un trago a que yo parto esta gallera dándole con mi caoba». Eso decía, y si el otro aceptaba, él sacaba el pirulí y ¡pran!, rompía la galleta con un solo golpe. No cualquier galleta, aclaró tío Eusebio, era una de esas gordas que repartían antes en los velorios de los guajiros. La noche del día siguiente, en el portal de Felito, cuando dije que mi héroe secreto resolvía todos los peligros usando su pirulí, los muchachos aplaudieron. «Coño, mongo, apretaste», repetía Kinka sin parar de reírse.

Así fueron las cosas hasta que ocurrió el encuentro frente al Parquecito de las Madres. Yo regresaba de entregar una tarea de Biología y me llegué para saludar a El Poeta, que estaba sentado en el banco de siempre. Ni caso me hizo él. Señaló nada más hacia un negro gordo y dientú que iba por la calle junto con otros dos. Me quedé tranquilo, esperando que pasaran los hombres, y en eso vi que mi héroe secreto venía dando tumbos en dirección contraria. Al momento de cruzarse con el negro y los otros dos, Bartolito-pata-tiesa les bloqueó la acera apoyando la mano izquierda en la fachada de una casa. Se sacó el pirulí con la mano derecha y preguntó mirando a los tres hombres «¿Qué te parece, Bola?» Todo el mundo quedó patidifuso, menos el negro gordo. Ese se acercó a Bartolito-pata-tiesa y examinó con mucha atención su pirulí. Entonces miró hacia los que estábamos en el parquecito y dijo riéndose «¡Increíble, una como esa solo la vi en el Congo!»

Después El Poeta no quiso explicar. Me llevó a la segunda planta de la biblioteca y sacó un lomplei donde estaba el negro gordo muerto de la risa delante de un piano. No tenía una voz así linda como la de Luisa María Güel, vaya, pero era divertido hasta cuando cantaba canciones tristes. Bartolito-pata-tiesa ya no podía ser mi héroe secreto, él y su arma poderosa habían sido derrotados por un tipo ronco que nada más se reía.

Pues yo, que fui el último en escoger héroe secreto, al final tenía tres. Uno para mencionarlo en la escuela y las actividades de la cuadra. Bartolito-pata-tiesa para competir en el portal de Felito. Y Bola para mí solo. Ni loco iba a confesar delante de los muchachos que mi héroe secreto era un negro pájaro al que, para colmo, le decían Bola de Nieve. ¿Complicado? Bueno, como El Poeta, que no escribía poemas; era espiritista y montaba el muerto de una señora que hablaba en versos. O como las mujeres que decía papito cuando llegaba a casa con tragos y cara de perro triste.

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe

miércoles, 5 de febrero de 2014

García Ibáñez o la gracia de perder



Hay en la palabra sin intermediarios un estremecimiento que ninguna tecnología puede captar, una intensidad de vida que proviene de su condición efímera. La primera vez que conversé con Roberto García Ibáñez fue en Santiago de Cuba durante los años ochenta. Sonreía cuando dijo: «Ayer me invitaron a un ballet. ¿Y cuánto dura la función?, les pregunté. Dos horas, me respondieron. Ah, pues no voy, les dije, me es imposible estar dos horas callado». Cuando García Ibáñez narraba la historia –la vivida, que era mucha; y la soñada, que era todavía más–, los héroes se desalmidonaban, las actitudes valerosas se encogían hasta endosar la estatura de los seres humanos y los acontecimientos escapaban a la ñoña cantaleta de la patria sublimada para instalarse en las mínimas y complejas circunstancias de los mortales.

García Ibáñez conoció mucho esas mínimas y complejas circunstancias. El 26 de julio de 1953, mientras Santiago de Cuba amanecía y él celebraba los carnavales en El Rancho –por entonces un exclusivo lugar para el esparcimiento a la salida de la ciudad–, escuchó disparos y pensó que eran fuegos artificiales. Al salir el sol se enteró de que habían asaltado el cuartel Moncada y un poco después llegó la policía a su casa de Vista Alegre para ponerlo preso bajo la sospecha de ser el autor intelectual del asalto comandado por Fidel Castro. ¿Las razones? Una inquieta carrera política, que incluía su participación en la lucha contra Gerardo Machado; su amistad y colaboración con Antonio Guiteras; su cercanía a Eduardo Chibás y al Partido Ortodoxo, del que fue representante a la Cámara y donde había trabado conocimiento con Fidel Castro; su oposición irrestricta al golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952; etc.

En el llamado Juicio del Moncada, García Ibáñez fue hallado inocente. Paradójicamente, el triunfo revolucionario de 1959 lo condenó al limbo intelectual. Fue marginado por su condición de burgués y por su notable participación en la política republicana. Para la vertical ortodoxia revolucionaria de aquellos tiempos, él era la representación de un pasado que se buscaba borrar, una mancha que no se avenía con la inmaculada pureza ideológica de la nueva era. Sería necesaria la llegada de los años ochenta –es decir, más de veinte años despuéspara que el escritor, historiador y antropólogo Joel James, desde la Casa del Caribe en Santiago de Cuba, consiguiera el permiso para que García Ibáñez hablara en público sobre aquello que conocía de primera mano: la historia republicana de Cuba.

Pura agilidad mental y sentido del humor, eso era García Ibáñez. Al terminar su primera intervención pública permitida, un joven levantó la mano y comenzó a preguntar diciendo: «Como usted sufrió el capitalismo, yo quisiera saber…» El conferencista lo interrumpió: «Perdón, joven. Otros habrán sufrido el capitalismo, yo lo disfruté». Narrador oral de los grandes, en su voz ligera para el chiste y sabia en inflexiones los protagonistas de la historia nos interpelaban de igual a igual, traspasaban un saber indispensable para vivir nuestras nada excepcionales vidas. Una sola anécdota suya lograba lo que rara vez consiguen los maestros de historia: Hacernos conscientes de que los orígenes son una parte viva y esencial de lo que somos en el presente y seremos en el futuro.

Mucho intentó Joel que García Ibáñez permitiera grabar sus testimonios sobre Chibás y la Ortodoxia en Cuba. Nunca aceptó, ni siquiera bajo la promesa de que no se publicaría una sola letra antes de su muerte. Lo suyo era la palabra viva. Años después accedió a que algunas de sus anécdotas fueran incluidas en un número de la revista Del Caribe dedicado a la tradición oral. Fue, si mal no recuerdo, en 1997 y su memoria ya no era la de otros tiempos. Tres de esas anécdotas –las más breves, que no necesariamente son las mejores– pueden leerse al final de este texto. Claro que, transcritas así, son solo un pobre recuerdo de la voz que en su momento les dio vida.

La última vez que lo vi, el hombre que había sido presidente del Vista Alegre Tennis Club caminaba bajo el sol inclemente de Santiago de Cuba con una jaba de saco de yute en la mano derecha. Regresaba a su casa luego de comprar las vituallas que le asignaba la libreta de abastecimiento. Se detuvo y sonrió como siempre. Me preguntó: «¿Sabes que después de su participación en la fracasada expedición de Cayo Confites contra Trujillo, en 1947, Fidel Castro fue a verme al Club San Carlos para pedirme 50 pesos prestados con los cuales regresar a La Habana? Nunca me los devolvió ni yo quiero que me los devuelva. Prefiero que siga debiéndomelos».

En el fondo, cada narrador oral auténtico es un perdedor ganancioso. Tiene conciencia de que un día su voz desaparecerá y solo quedará en la memoria –igualmente perecedera– de quienes le escucharon. Esa es también su más rotunda victoria, aquello que los hace únicos, originales, irrepetibles. Tal es el caso de Roberto García Ibáñez, que supo perder con inigualable gracia. Murió poco tiempo después de aquel último encuentro nuestro en Santiago de Cuba. Yo no estaba allí, pero hay algo de lo que estoy seguro: Murió sonriendo.

Foto: Roberto García Ibáñez junto al líder de la Ortodoxia cubana Eduardo Chibás. Debo la foto a la amabilidad del poeta León Estrada.

Tres anécdotas de Roberto García Ibáñez

Las balas no curvean

Habíamos organizado un mitin contra Machado en la Alameda, aquí en Santiago, y allí fuimos. Estaban andando los discursos y las consignas, cuando llegó la policía y comenzó a disparar. Pues todo el mundo se mandó a correr. Voy corriendo como un loco y me pasa por al lado un negro enorme que me dice:

¡Doble en la esquina, dóctor, doble en la esquina que las balas no curvean!

Porque te vendiste

Alberto Giraudy fue juez aquí, en Santiago de Cuba. Fue a Bayamo. Él había ido en la campaña presidencial de 1940 defendiendo la candidatura de Ramón Grau San Martín. En 1944 volvió, pero contra Grau. Empezó a hablar:

–En esta misma plaza, en esta misma tribuna dije que Grau San Martín era un grande hombre y que merecía dirigir los destinos de la patria. Ahora, cuatro años después, vengo a decir todo lo contrario. ¿Saben ustedes por qué?

Y grita uno desde el público:

–¡Porque te vendiste, hijo de la gran puta!

Mejor a espada

Una vez, por el año cincuenta, estoy sentado con Eddy Chibás en El Patio, que en aquella época estaba en Prado casi llegando a Malecón. En eso entra Eric Agüero, a quien él siempre nombraba padrino en sus duelos. Después que habla con él, me dice Eddy:

–Chico, estoy preocupado porque tengo un duelo y va a ser a sable. Yo preferiría que fuera a espada.

–Pero tú no sabes un carajo de sable ni de espada –le digo.

Eddy pone la carita de pícaro que ponía en esos casos y me dice:

–¿Tú le has visto la punta a una espada? Parece una aguja de coser. Cuando el contrario vea esa puntica, seguro que se apendeja. Y como yo no veo na, a mí me da lo mismo.