Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre encuentros germinales, sobre personas que me ayudaron a ser el camino que soy, y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 30 de agosto de 2014

Actividades en la República Dominicana


Centro León, Santiago de los Caballeros:






Editorial Santuario, Santo Domingo:



Academia Dominicana de la Lengua, Santo Domingo:





viernes, 22 de agosto de 2014

Veneno


Séptima estampa mongólica


Mientras más muchachos salían de la escuela a gritar «¡Veneno, chivatón, esbirro!», más piedras tiraba el viejo. Cuando por fin estuvo cercado en el medio de la calle, sin posibilidades de llegar hasta algún portal, Veneno lanzó su último pedazo de ladrillo hacia cualquier parte, que vino a ser la esquina de la cafetería por donde Triplefeo asomaba la cabeza. Le rajó el labio de abajo casi hasta la quijá, y según contó el Guille, por la herida se le salía una lengua larga y prieta que me imaginé en seguida igual a la correa de asentar las navajas del abuelo. «Si nunca han podido ganarle la elección del hombre más feo en los carnavales, imagínense ahora», comentó papito con razón.

Fue un primer día de curso diferente. El director Santiso nos tuvo formados al resistero del sol el resto de la mañana, y esa misma noche Alexis se apareció en el portal de Felito con la noticia de que no habíamos visto a Chiqui en los últimos días porque estaba matriculado en la escuela militar. Ahí mismitico se acabó la bronca; a ninguno de los muchachos le quedaron ganas de seguir discutiendo quién había llegado más cerca de Veneno durante el combate de la mañana. Empezaron a mirarse como si las palabras se hubieran puesto escasas; menos Kinka, que dijo «Es raro que lo tuviera tan escondido, ¿no?»

La cosa es que las reuniones en el portal de Felito empezaron a aburrirse. Los muchachos ya no querían contar sus expediciones por los frutales de El Almirante y tampoco volvieron a enseñar los jabones, las patas de rana, y otro montón de cosas chulas que sacaban de las casas del Nuevo Bayamo cuando eran clausuradas porque sus dueños se iban del país. Fue una suerte que la casita de Veneno diera frente con frente a la ventana del aula y yo pudiera entretenerme por las mañanas vigilando sus movimientos para luego, por las noches, anotarlos en una libreta.

Al principio no resultó muy emocionante. El esbirro estaba casi todo el tiempo encerrado y con las luces apagadas; si acaso, alguna vez abría un poquito las persianas despintadas para comprobar que los muchachos no lo estuvieran cazando desde el techo de la escuela y salir un momento al balconcito o bajar hasta la cafetería. Pero una noche, comparando las anotaciones que había hecho en la libreta, encontré el misterio. Todos los viernes, siempre después que habíamos vuelto del recreo, un hombrecito flaco y con sombrero de yarey subía y le entregaba una caja de cartón medianita a Veneno. ¡Ja!, Perry Mason era un penco al lado mío, eso pensé más contento que el carajo.

Por la noche corrí a compartir mi descubrimiento con los muchachos y encontré que Chiqui también estaba en el portal de Felito. Parecía otro, flaco, pelado al rape y con el pellejo prieto por el sol. No paró de enseñarnos las llaves que había aprendido en las clases de defensa personal ni de hablar sobre las armas que iba a usar en las prácticas de tiro después que volviera del pase. Y mientras daba brincos parecidos a los de Toshiro Mifune, se me iba haciendo como más alto y más viejo… más desconocido… digo yo, porque también pudieron ser boberías mías.

Me quedé sin revelar el descubrimiento, ni esa noche ni en los días siguientes. Los muchachos no aparecieron más por el portal de Felito y en la escuela andaban sin ganas de hablar. Pepín y Alexis me hicieron el caso del perro cuando quise contarles. Estaban molestos de verdad. Alexis porque su mamá había invitado a almorzar dos días seguidos a Chiqui y Pepín porque ya no aguantaba más la pejiguera de sus tíos diciéndole que dejara de perder el tiempo intercambiando muñequitos prohibidos de Tarzán y cogiera fundamento. Con Luisito fue peor. Me apuntó con un dedo a la cabeza y dijo «Tú ten cuidado con lo que hablas, mongo; aquí Triplefeo no es el único que tiene la lengua larga».

Así andaban las cosas cuando llegamos a la noche de la guardia en la escuela. Acabábamos de hacer el recorrido de las once y entramos a la dirección. Primero el Guille, después yo, y al final el director Santiso, que se quitó el cinto con la pistola, lo puso encima de la primera mesa y siguió hasta su escritorio para hacer anotaciones en el libro de incidencias. Yo me entretuve viendo los lomos de los libros de Julio Verne, todos amarillos y apilados desde el piso hasta el techo en el librero del fondo. Cuando di la vuelta para preguntarle al Guille qué era una esfinge, me encontré que Veneno estaba dentro de la oficina, de pie al lado de la primera mesa, y al director Santiso que lo miraba lelo, con la mano del bolígrafo suspendida en el aire, igualito que si un fantasma lo hubiera hipnotizado.

Alguien que fue un esbirro torturador cuando la dictadura debía de tener alguna seña malvada, pensé yo, de ningún modo podía ser aquel viejo con la cara llena de baches y las piernas gambadas mirándonos como si estar al lado de una pistola no importara nada, y que todavía le sobrara razón para comentar de lo más normal «No hay quien duerma esta noche con el calor, ¿eh?» Cuanto más tranquilo se veía Veneno allí de pie, más peligroso me parecía, eso era seguro, y en ese momento yo solo atiné a parpadear en cámara lenta. 

Durante el tiempo larguísimo que duró ese cerrar y abrir los ojos, todo alrededor fue una neblina blanca y tan espesa que a Chiqui le costaba tremendo esfuerzo avanzar cargando la caja de cartón medianita donde llevaba enrollada la lengua de Triplefeo, y cuando por fin abrí los ojos otra vez, vi la espalda de Veneno que iba saliendo de la oficina, y oí su voz de viejo cansado decir «Si yo fuera usted, no ponía esa pistola tan cerca de los muchachos». Fue como en el cine cuando le faltaba un pedazo al rollo y la película saltaba de pronto y lo dejaba a uno sin entender el final de la historia, aquella humedad caliente que bajaba empapándome los pantalones.

Ilustración: Afiche para un boxeador retirado (1974), de Jorge Severino. Medios mixtos sobre tela, 92 x 77 cm. Colección Eduardo León Jimenes de Artes Visuales.


Jorge Severino, pintor dominicano. Su obra, marcada por elementos de gran significación social dentro de la cultura, ofrece sin embargo un hondo sentido simbólico, apoyado en un realismo apacible e inquietante.


Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza
Sexta estampa mongólica: El Mudo

domingo, 20 de julio de 2014

Cuando el Caribe se encrespa



No son pocas las personas –incluyendo varios amigos de probada inteligencia– a las que oigo desbarrar todo el tiempo contra Facebook. Es un solar, dicen, un espacio para la megalomanía, el chisme y la banalidad. Todo depende de quién y para qué lo usa, pienso yo. Como siempre, la virtud o la culpa son nuestros, no del medio.

Una mañana de sábado, el poeta e investigador Néstor Rodríguez me lanzó un reto en verso medido usando la plataforma de esa red social. Debido a ocupaciones personales ineludibles, pude responderle solo unas pocas veces –él dice que eso fue un pretexto para huirme, pero no le crean. Con el paso de los minutos, otros cinco escritores se sumaron a una confrontación que duró todo ese sábado y el domingo siguiente. Cuatro puertorriqueños, dos cubanos y un dominicano, siguiendo la encarnizada tradición de la controversia decimista en el Caribe, empeñaron sus cualidades en el manejo de la palabra punzante y bien medida.

¿Tiene ese material alguna importancia? En un mundo anestesiado de frivolidad y farandulerismo, es de agradecer cualquier divertimento inteligente, esa es mi opinión. Por otra parte, cuando repasé las treinta o cuarenta páginas de comentarios y décimas que durante dos días se arremetieron con sagacidad y pasión, recordé una entrevista que alguien hizo a la más Dulce de las Marías, la Loynaz. En esta, la poeta cubana contaba que ella, sus hermanos y sus mayores solían pasar largas veladas compitiendo para ver quién rimaba mejor las palabras. No creo que haga falta especular ahora acerca de cuánto pudo influir ese ejercicio infantil en la obra de quien merecería luego el Premio Cervantes de Literatura.

Pero bien puede ocurrir que en la próxima novela de Pedro Cabiya nos espere un personaje vampiro, travesti y decimero, atento para hincar el diente en las palabras de quienes pasan a su lado. O que un día nos encontremos con un contundente estudio de Lena Burgos-Lafuente sobre los isomorfismos concatenados en la décima popular caribeña y su influencia sobre el actual reguetón. O vaya usted a ver si Elis M. Ávila nos regala un título como “Décimas para ser escuchadas mientras usted maneja por el Turnpike highway durante las horas de congestión vehicular”. Nunca se sabe. Por ahora, reproduzco una mínima selección de aquel intercambio en el que Facebook permitió un mismo espacio –no por virtual menos cálido– a quienes escribían en Santo Domingo, San Juan, Toronto, Miami y Nueva York.

Néstor Rodríguez                         Fernández Pequeño

Sé por santiagueros ceños                Desde la fría Toronto
cubanos y de Quisqueya                   me reta con desparpajo
que no hay quien haga mella            un gallito calandrajo
a un tal Fernández Pequeño             y sin un pelo de tonto.
en versar y terciar sueño.                 Se pregona así de bronco,  
Pero yo que por exigencia                 se anuncia fiero y galante,
en cosas de controversia                   diz que versador de aguante,
meto a tiempo la cuchara                  experto en rima y balsié
vengo a enmendar la plana               ¡Ay del pobre Nestoré
a ese vate en sus carencias.               cuando me vuelva gigante!

Néstor Rodríguez                         Noel Luna

Mala decisión tomó                           Qué chiquillo, Nestoré,
este chispo de gigante                       mi pequeño saltamontes,
que no llega ni a guisante,                queriendo asustar con frontes
mucho menos a concón.                    a los que les digo “olé”.
Si en rimando soy bocó                     Los toreo. ¿Cómo fue?,
de la cuadra Sánchez Beras,             te peguntas apocado,
Pequeño deja la muela                      cuando pasas a mi lado
con tus versitos de pibe                    y sin yo mover un dedo
que en mi sangre pura vive              eres presa de tu enredo
una estirpe de a de veras.                 y acabas anonadado.

Elis M. Ávila                                    Néstor Rodríguez

Han mentado estos primates            Lo que faltaba, señores,
mi leopoldina prosapia,                      Elis Milena en el ruedo
qué cosa esa lengua zafia                   echando más leña al fuego
de tan menguados quilates.               con sus tímidos tambores.
Sea mi canto el detonante                  De mi pie no esperes flores,
de esta enmendada de plana             que correrás como Luna
con la autoridad arcana                      cuando entiendas la andadura
de una poeta de cuna,                         de esta décima resuelta
Reina me dio la fortuna                      que fácil se da la vuelta
de la espinela cubana.                         y ni a batazos recula.

Lena Burgos-Lafuente                 Noel Luna

Lo siento, no me convence                 El que la piedra tirara
este paso de comedia,                         escondió pronto la mano
que ni Miletos remedia                       retirándose temprano
tanto equívoco circense.                     de la fiesta a que invitara.
Hizo alarde el amanuense                  Y sale esta Lena rara
de sus dotes de sofista                        con montón de eruditeces
y estrellose en media pista                 pensando que grandes peces
después de hacer un amago               se cogen con redes finas
de espinel; Noel quedó gago,              y no sé qué muselinas
¿son estos los estilistas?                     ni abultadas pequeñeces.

Jinete Sin cabeza                         Pedro Cabiya

He aquí un depredador                    Cuánta broza y mojiganga
que baja de las alturas                      se cuela en este pastel
para meter en cintura                      de perdedores a granel,
a aquellos que se las echan.              palomos y papanatas.
Y es que ninguno menea                   Babean una bravata
la olla como mi mano                         que ni rima ni les luce.
y aunque de esto yo me ufano         Quieren hablar y balbucen.
me dan pena los demás                     Creyendo que soplan, se mean;
porque no hay otro igual                    pues solo Cabiya los cocotea
que me supere, mi hermano.            y les come gustoso los dulces.

Néstor Rodríguez                       Lena Burgos-Lafuente

Cabiya, con gran donaire,               Llegó la testosterona
al cargar esa escopeta                     a niveles inauditos,
dejó entrever las guaretas              se me cierra el apetito
y el chin del cabito al aire.               con tanta licencia nona.
Lanza versos al desgaire                 Pero Pedro, ¿qué aleccionas
creyendo eso artesanía.                   con tus sílabas choretas?
Celoso de mi nombradía                  Te pasaste de la meta,
de Romana hasta Río Piedras         repito: baja el telón (bis).
trepa Cabiya cual hiedra                 ¿Por qué no escribes de zombies
en la fama de mis días.                     o del Capitán Planeta?

Pedro Cabiya                                Noel Luna

Choreto me dice Lena.                    Ay Pedrito, qué bobera
Luna me dice cayuco.                      la que desluce tu rima
Tito se jala el truco                          tan flojita y chapucera
porque de todo cojea.                      que no nos da sino grima.
Me les robé la batea                        Semejas la bembetera
cual colosal Príamo.                         que no sabe lo que dice.
Dios los junta, pero críalos              Sin un gallo que te pise
el mismísimo diablo.                        te entretienes en sandeces
Piden tembol y ella, al rato             y charras ridiculeces
me agarra el endecasílabo.             como tantos aprendices.

Jinete Sin cabeza                        Noel Luna

Despiértense de ese sueño             El mulato Nestoré
que yo la rima aquilato                    se las daba de trovero
a todos los desbarato                       repentista: fue el primero
con el mínimo de empeño.              que sin pena destrocé.
Y como bufón risueño                      La Lena vino; después
se tira al medio Brunito                   el acéfalo Jinete.
yo le doy un tres pasitos                  A todo ese reguerete
y lo cuelgo como trapo.                    de gente mi verso humilla
De paso, lo uso de mapo                   y al mismísimo Cabiya
que está flojo el sorenito.                 sometí dándole fuete.

Néstor Rodríguez                        Fernández Pequeño

Noel tiene el ego inflado                  Señores, pido perdón
con eso del repentismo                    por tan tremendo guirigay
no vale ni el exorcismo                    floja refriega si las hay
que con él he practicado,                 de un mal poeta y bocón.
su ingenio sigue mezclado               Se dice tan jorocón,
de soseras rimbombantes.              se muestra para pelea
No hay bardo que aguante              y de inmediato flaquea
tamaña mínima rima,                      echando el alma a temblar.
mejor que se juya y diga                  Porque si eso fue versar
que lo viré como un guante.            que venga Dios y lo vea.

Los contendientes (en orden de aparición):

Néstor Rodríguez: Poeta e investigador dominicano. Por dieciséis años respiró el salitre de Puerto Rico.

José M. Fernández Pequeño: Narrador y ensayista cubano. Vivió quince años en la República Dominicana.

Noel Luna: Escritor puertorriqueño natural de Cidra, cuna de poetas.

Elis M. Ávila: Poeta cubana, hija de la también poeta Reina María Rodríguez. Reside en Miami.

Lena Burgos-Lafuente: Académica puertorriqueña residente en Nueva York.

Jinete sin Cabeza: Escritor puertorriqueño. Se niega a revelar su nombre propio.

Pedro Cabiya: Poeta y narrador puertorriqueño. Desde hace mucho reside en la República Dominicana.

Y quien desee leer la controversia completa comentarios incluidos–, pues que la busque en el muro de Nestoré Rodz... Sí, claro, en Facebook, donde solo se aburre quien quiere.

Ilustración: Yo sé lo que tú estás pensando (2002), de Rafael de Lemos. Medios mixtos sobre papel, 150.5 x 197 cm. Colección Eduardo León Jimenes de Artes Visuales, Santiago de los Caballeros.


Rafael de Lemos (1951) es un pintor y dibujante dominicano de extensa y reconocida trayectoria. Su obra está marcada por una alta maestría técnica y una búsqueda creativa que no pocas veces roza lo surreal, pero que en todos los casos deja una profunda reflexión sobre el ser humano, su vida y su destino.

miércoles, 25 de junio de 2014

El Mudo


Sexta estampa mongólica


El tren de Contramaestre se fue con el impulso de siempre. Tan distinto al de Santiago, que jamás entraba a su hora y se oía enfurruñado, a lo mejor por tener que cargar gente hasta encima del techo. Y del habanero ni se diga, ese era el peor de todos; sonaba como si se creyera importante. Después que el silbato dejó de oírse más allá de los elevados, me quedé tranquilito en la cama, pensando en lo que dirían los trenes si pudieran hablar.

Al salir para la escuela, tuve que dar una vuelta porque habían cerrado la calle Figueredo y una pila de gente se empujaba tratando de ver qué estaban haciendo los policías en el portal de la esquina, donde habían encontrado a El Mudo con un punzonazo en el corazón. «Más muerto que un muerto», informaba Yoyi a quienes llegaban nuevos. Y opinaba: «Él se lo buscó por fresco y rescabuchador».

Como el profe Jacinto faltó ese día, quedó una hora libre después del receso. Pepín y Alexis querían a jura Dios que bajara con ellos para ver a las muchachas de décimo haciendo Educación Física; pero no, me fui a la biblioteca. La historia con final sorprendente que nos había pedido la profe de Español me salió de un golpe, igualito que si alguien me la hubiera puesto ya escrita en la cabeza. Fui de lo más contento para el aula de Educación Laboral y allí estaba la directora, esperándonos para informar que el profe Jacinto no daría más clases de Historia. Lo habían expulsado por hablar en el aula de no me acuerdo qué libro escrito por un traidor a la patria.

Algunos días llegan como el tren de Santiago, atravesados. Que mataran a El Mudo, pase; dormía en la calle y se masturbaba delante de las mujeres. Pero el profe Jacinto era un tipo diferente. A la salida, Pepín dijo que iba a extrañar los cuentos sobre personajes de la historia que hacía el profe Jacinto. «Él se lo buscó», respondió Manzanillo, «hay cosas que no se pueden decir», y lanzó un bostezo grande. De todas formas, ya tenía escrita mi historia y eso era lo importante, pensaba yo.

Esa tarde, en punto a las cinco, puse rumbo al Parquecito de las Madres y encontré a El Poeta en su banco, cogiéndole la sombra a la estatua. Mientras él leía mi escrito, no dejé de mirarlo fijo a la cara, queriendo adivinar qué le parecía la conversación del muchacho con su mejor amigo, que en la última línea se descubría era un tren. Al terminar no exclamó «¡Qué final tan sorprendente!» Leyó todo de nuevo y por fin dijo «Yo tú, no la entregaría; la gente se asusta con las cosas que le parecen raras». Y se viró como si buscara el apoyo de la estatua para lamentarse «Mírame a mí, que ni trabajo tengo por reconocer que soy espiritista».

Al regreso encontré un revuelo terrible en la cuadra. Resulta que una noche de esas, jugando dominó frente al tostadero, Salomón-la-luna comentó que si El Mudo volvía a propasarse con su nieta, le iba a dar una puñalada. Pues la policía se lo había llevado preso. Nunca supimos quién dio el pitazo. Ese fue un misterio tan grande como la manera en que Salomón-la-luna hubiera podido acertarle un punzonazo en el corazón a El Mudo siendo un viejo que ni podía despachar el arroz en la bodega por el temblor de las manos. Eso opinó tío Eusebio, y papito contestó «Hay que tener cuidado hasta con lo que uno dice delante del espejo».

Llevaba un rato despierto cuando el tren de Contramaestre se fue esa madrugada. Oyendo la alegría y el embullo del silbato que se perdía más allá de los elevados, me convencí de que a él también le parecía extraño ese tanto miedo a decir las cosas. Al final, nadie hablaba menos que El Mudo y era el único que estaba muerto.

Ilustración: Descomposition, indian clear (2014), de Citlally Miranda. Collage. Fotografía sobre papel, 20” x 26”.

Primera estampa mongólica: Bromelio
Segunda estampa mongólica: El héroe
Tercera estampa mongólica: El encuentro
Cuarta estampa mongólica: El sueño
Quinta estampa mongólica: La cabeza

Sobre la artista:

Citlally Miranda (Santo Domingo, 1970): Creadora multidisciplinaria, su propuesta visual es el resultado de una intensa búsqueda y arroja una mirada cuestionadora sobre su entorno. Cuando le preguntamos en qué trabajaba ahora, respondió: «Estoy en la fase en que me pregunto cuáles son esos elementos que construyen identidad, y por qué son tan importantes».