Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Maneras considerables de culpar al lector





Palabras leídas por José M. Fernández Pequeño
en la presentación de 
El transeúnte considerable y otros relatos
,
de Ernesto G., el 2 de septiembre de 2016
Centro Cultural Español de Miami.


Todo parecía muy simple al principio. Solo se trataba de presentar un libro de cuentos titulado El transeúnte considerable y otros relatos (Editorial Silueta), que se decía escrito por Ernesto G. Ahora admito, sin embargo, que ya en aquel momento habían comenzado a manifestarse algunas señales inquietantes. Por ejemplo, la obra se divulgaba como (y cito) “el último libro de Ernesto G.”; no el más reciente, entiéndase, sino el último… ¿Se retirará el escritor después de haberlo publicado?, me pregunté. ¿Estaban tan seguros los editores de que terminaría siendo asesinado por sus lectores? En fin, todo puede ser, incluso que esta noche no estemos en una presentación sino en una despedida de duelo.

¿Y a quién estaríamos despidiendo? Como ya nada era seguro y yo carecía de una respuesta redonda para tal pregunta, me propuse interrogar al personaje central de la trama: el libro. El transeúnte considerable y otros relatos es un conjunto de ficciones breves organizadas con extrema lucidez y paciencia, depuradas línea a línea con la quisquillosa precisión del profesional que sabe cómo empeñarse, pero también cómo jugar. Estructurado en cinco secciones, el volumen comienza haciendo de la literatura su protagonista, convirtiendo el acto creador en texto, y se extiende luego hacia asuntos que son muy frecuentes en este autor, como el amor y el erotismo, la fantasía lúdica, la rutina enjuagada en alucinación surrealista, para regresar en la última parte otra vez a la metaliteratura, pero ahora recreando recursos morfológicos de las anécdotas. Algo así:

«El escritor se sentaba frente al ordenador todas las noches y escribía varias horas sin parar. Terminaba agotado y sudoroso, como si hubiera corrido todo ese tiempo detrás de algo inasible. Concluida la historia, invariablemente hacía lo mismo. Movía el cursor hacia el extremo superior derecho de la pantalla y pinchaba la X. Cuando la computadora le preguntaba “¿Quisiera guardar los cambios que ha hecho?” pinchaba siempre No y se iba feliz a la cama». (“El escritor”, p. 23).

¿Absurdo? De ningún modo, más bien inquietante. Este libro es, para comenzar, un intento de definición de la literatura desde la literatura: su naturaleza, sus funciones y disfunciones, sus pequeños o grandes rituales, sus notables mascaradas, y sobre todo, sus actores: personaje, historia, lector, narrador, crítico, etc., aunque ninguno de estos llega a ser tan cuestionado como el autor, ese mismo Ernesto G. que presentamos (o despedimos) esta noche. Son pruebas de todo esto las muchas veces en que El transeúnte considerable y otros relatos insiste sobre el motivo de la duplicación y el intercambio de identidad o de funciones entre los protagonistas del acto creativo, que en ocasiones son al mismo tiempo ellos y sus contrarios. Es prueba así mismo que el primer relato del libro sea, a modo de advertencia, “El transeúnte considerable”. Y son pruebas contundentes, además, ficciones como esta, deudora del “Axolotl” cortazariano:

«La mano en la arena buscando la sal. El discurrir del agua. Un minuto antes de estallar en asociaciones, salta un pez que brilla y te ciega. Te ciega no su brillo, te ciega no su tamaño, es la brevedad del momento lo que te ciega. Buscas un saco donde guardar tu goce, le arrancas los ojos al pez que aún no has capturado, los colocas en tus oídos. Te atacan aves multicolores, atraídas por el olor del pez que aún no está en tus manos. Te subes en una roca y te lanzas al mar. Te conviertes en pez y saltas al vacío deslumbrando con tu brillo a alguien que te observa desde la orilla». (“El pez”, p. 81).

Sería interesante estudiar la creciente frecuencia con que aparece el motivo de las escisiones y duplicaciones de caracteres en la narrativa cubana posterior a 1970. Por lo pronto, fue interrogando las que se despliegan en este libro, escudriñando en sus narradores narrados, en los veedores a su vez vistos, que pude hacer un primer y esencial descubrimiento: Ernesto G. no es el único, ni siquiera el principal autor de estos textos. Una corriente sutil y revoltosa recorre todo el libro: es Maurice Sparks. ¿Cómo pudimos pensar que ese señor, con lo punzante y cínico que es, se quedaría tan tranquilo en el primer libro publicado por Ernesto G.? Pues aquí está de nuevo, no hay dudas, y puesto en evidencia tal ocultamiento, fue fácil adivinar qué estamos haciendo realmente esta noche: Maurice Sparks ha escrito a Ernesto G. con la complicidad del transeúnte considerable y la Editorial Silueta, y todos los antes dichos han venido apandillados a escuchar cómo yo presento al indefenso lector.

Tal circunstancia, ahora revelada, permite entender por qué el libro se desarrolla en su totalidad sobre un intenso pulseo entre narración y reflexión. Mientras Ernesto G., todo él un señor muy serio y dedicado, quiere contar historias, Maurice Sparks desorganiza sus esfuerzos, reniega de los argumentos y busca a través de la meditación fermentadora un sentido para esa gesticulación que solemos llamar vida en sociedad. El resultado de ese conflicto entre narración y reflexión es un encogimiento sutil que enhebra todo el libro, guiado por un admirable sentido del detalle, que en numerosas ocasiones cruza los límites hacia la poesía. En el fondo, las piezas que forman este volumen pueden ser agrupadas en tres tipos: las que sintetizan una historia; las que plantean solo una situación inicial, a partir de la cual el lector deberá aportar su propia historia; y las que son apenas reflexiones, lo que no significa que carezcan de trama pues la reflexión es acción conceptual, del mismo modo que lo poético bien manejado dentro del texto narrativo se convierte en acción verbal. Muchas páginas de Paradiso no me dejarán mentir. Esta página tampoco:

«Esto que intentamos leer no es una historia. Es un eco. Una sombra. Es quizá el relato inconcluso de algo que hacemos lo posible por entender. Es la destrucción de un mito, el reflejo de la diana que vemos en la distancia, un objetivo común al que nadie llega. La literatura quizá sea eso. Hallar el reflejo donde encontramos lo que somos en realidad. La sombra que se torna luz, la mentira que nos muestra las verdades de las que huimos. Escribir como descubrimiento, búsqueda de significados que nos deja en la más profunda confusión. Las voces que escuchamos regresan constantemente en busca del eco del que pretendemos huir». (“Esto que intentamos leer no es una historia”, p. 12).

El transeúnte considerable y otros relatos es un libro maduro, no pocas veces brillante e ingenioso, que conjuga la pericia técnica de Ernesto G. y la forma en que Maurice Sparks hace literatura desde vida. Es, por lo mismo, un libro pérfido, un dechado del engaño y la persuasión. Si en un principio y página a página su bipolar autor se pregunta cosas tales como: ¿quién soy?, ¿no seré acaso aquel que hasta hace un momento parecía tan diferente?, ¿para qué sirve a fin de cuentas escribir literatura?, luego, con su minimalismo rampante, su desapego de las grandes historias, su aparente renuncia a las mediaciones que ofrece el sistema del narrador, su engañosa preferencia por lo leve, termina contaminándonos a todos y nos hace preguntarnos: ¿quiénes somos?, ¿no seremos acaso aquel que hasta hace un momento nos pareció un antípoda?, ¿para qué sirve a fin de cuentas leer literatura?, ¿es que tenemos la obligación de descubrirnos todos los días? No hay salida, solo esto:

«Una parte de mí decide escapar hacia algún lado desconocido, alguna tierra de nadie, alguna zona deshabitada y baldía. La otra parte de mí decide permanecer. La distancia entre esas dos partes es lo que algunos llaman el vacío». (“The Wasteland”, p. 84.) 

¿Y saben lo irónico del caso? Que al final, a cambio de tanta inquietud sin respuesta, de esas apelaciones implacables que nos condenan a volver una y otra vez sobre nosotros mismos, terminaremos dando gracias por la buena literatura a Maurice, al transeúnte considerable, y claro, también a Ernesto G.



Las personas interesadas en solicitar
El transeúnte considerable y otros relatos
solo deben hacer clic sobre el título


Ilustración: Foto de Chienfa Wong.

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lunes, 29 de agosto de 2016

¿Conoce usted al transeúnte considerable?





“Los Gilles han visto al transeúnte considerable…” 
Rimbaud le fils, Pierre Michon

Abro los ojos y ahí está, el transeúnte considerable, con gabán oscuro y barba sucia. Su figura es apenas distinguible en la neblina de la mañana. Enciende un cigarrillo, se apoya contra el muro al lado de su bicicleta. El transeúnte fuma y mira a lo lejos. Un gato gris se acerca. Se saludan. El transeúnte considerable se echa en su cama, que es un amasijo de colchas sucias debajo de un árbol. Cae una lluvia fina. El transeúnte considerable abre un libro, empieza a leer y en ese momento no estoy seguro si soy el que observa o el observado.
Ernesto G.



Centro Cultural Español, viernes 2 de septiembre, 7:30 p.m.

El pasado 11 de agosto, a la salida del Centro Cultural Español, alguien escuchó de pasada el siguiente diálogo entre presentado y presentador:

Fernández Pequeño: Oye, ¿y tú escribiste el libro solo?
Ernesto G.: ¡Pues claro! ¿Quién me iba a ayudar? ¿El gato Benjamín?
Fernández Pequeño: Bueno, no sé si te ayudó o te la puso difícil, pero yo creo que por ahí anda la mano de alguien más. Lo discutimos el día de la presentación...


Lo que soy yo, no falto


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viernes, 5 de agosto de 2016

Destinos





Los habitantes del suburbio no encontraron qué otra cosa hacer sino mirarse inquietos, ansiosos por comprobar que en efecto eran ellos y que amanecían en el mismo sitio donde se habían acostado a dormir. Lo eran, de eso podían estar al menos tan seguros como de que la noche anterior aquel puente no cruzaba sobre las naves ruinosas donde alguna vez hubo una fábrica de películas fotográficas, más allá de la última hilera de casas.

En las proximidades del mediodía, Jonas Demelis escupió una babaza ácida que le subía desde el estómago y declaró:

—Estamos bien jodidos.                                  

—Bueno, tampoco hay que tomarlo tan a la brava –intentó apaciguarlo el cojo Frandes, creído de que el viejo se quejaba porque en los últimos cuatro días solo les había alcanzado para yerba sintética–. Podríamos ir hasta la mecánica de Gabio y hablarle. Otros lunes ha resultado.

Demelis se incorporó trabajosamente, deslizando su espalda sobre la pared, y escupió otra vez hacia la calle. Desde arriba, el cojo acuclillado en la acera le trajo el recuerdo de esas cucarachas aplastadas, entre pardas y grises, que habitan en los desagües.

—Estamos jodidos, recuerda que te lo dije hoy. Nadie regala nada por gusto.

La curiosidad terminó venciendo a la desconfianza. A pesar de las advertencias emitidas por el Consejo de Gobierno para que continuaran con su rutina diaria, los habitantes de la ciudad invadieron el suburbio –primero solo algunos hombres; luego familias enteras, las mascotas incluidas– queriendo ver de cerca aquella mole. Pudieron comprobar que era un puente, en efecto, y mientras más tocaban las enormes columnas de hormigón gris y más observaban en lo alto la osadía con que las barandas metálicas bordaban el azul pálido del cielo, más aumentaba el estupor. Intuían un reto confuso, imposible de identificar en ese momento, pero cuya intensidad seguramente iría creciendo cada vez que encararan el horizonte. Y como las autoridades no daban explicación…

—Despliegue todas las fuerzas, pida el apoyo del Ejército. El suburbio deberá amanecer bajo control. Mañana es domingo y esos actos de violencia no pueden repetirse… ¿me ha entendido? Envíe copia del plan para su aprobación en cuanto esté listo.

El alcalde Nastio cerró la llamada. Intentó regresar su atención al juego de baloncesto colegial que el equipo del estado perdía por catorce puntos en la pantalla del televisor pero le fue imposible. Se volteó furioso hacia su esposa:

—Deja de mirarme así y acaba de soltar lo que te esté picando en el buche.

Ella construyó una expresión de inocencia –levantó las cejas y los hombros, proyectó los labios hacia arriba–, hasta pensó en responderle que no lo miraba por mirarlo, solo se divertía viendo el reflejo distorsionado del juego en la frente y la calva de su marido. Pero desistió de la broma. Ya tendría tiempo de usarla en una circunstancia más adecuada.

—Tienes que decidir algo. La gente quiere sentirse segura… saber que el Consejo tiene la situación agarrada por los cuernos.

—Y dime, ¿qué cuernos podemos agarrar ahora mismo? Los científicos no se explican de dónde carajo vino ese puente y el Gobierno federal anda peor. Solo saben repetir que sigamos los acontecimientos atentamente.

Con delicadeza y usando ambas manos, ella empujó hacia arriba el borde inferior de su peinado, que terminaba en un hondo bucle casi a punto de tocar los hombros. Luego tomó una fosforera y prendió una varita de incienso enhiesta en la mesa de centro.

—Bueno, tú sabes tus cosas, pero ahorita aparece un atronado incitando a la gente para poner flores en el puente o para tumbarlo, da lo mismo, y quedarás como un indeciso… Si fuera yo...

—¿Y si el puente desaparece mañana igualito que vino?

No desapareció. La imponente estructura siguió en su sitio, un poco más allá del suburbio ahora militarizado, como mirando fijamente hacia la ciudad. El clima de tensión iba traspasando el límite de lo aconsejable cuando un tuit del arquitecto Petrus Kasialis se hizo viral antes de cumplir los quince minutos. Sus nueve palabras saltaron primero de cuenta en cuenta, se desbordaron enseguida hacia el rumor, e invadieron los medios de comunicación hambrientos de primicias:

—Un puente tiene sentido si salva algún obstáculo relevante –eso decía.

Hubo un unánime suspiro de alivio. Por supuesto, sobrevolar unos edificios ruinosos ofendería la condición de cualquier puente, cuánto y más de uno como aquel. Identificado el origen del miedo, lo demás resultó fácil. A propuesta del alcalde Nastio, el Consejo de Gobierno determinó emplear los fondos reservados para catástrofes e imprevistos y sembrar un río.

Un proyecto sin dudas innovador, reconocieron los ingenieros hidráulicos, aunque amenazado por una dificultad de respetable envergadura. Si en el estado sobraban las costas y sus habitantes alardeaban de bañarse en las mejores playas de la nación, no había una mísera montaña donde pudiera nacer un río. Era la dura realidad, y no fueron pocos quienes descubrieron en ese momento lo injusta que había sido la naturaleza con la región.

Por suerte la consternación duró apenas un par de días. Duró hasta que Dicent Portand, excampeón estatal de ajedrez cuando solo tenía doce años de edad, detuvo su explicación acerca del momento adecuado para ejecutar un enroque, se mesó la barba blanca con avisada expresión de patriarca, miró directo a la cámara lo que equivale a decir directo a los ojos de cada espectador sentado frente a su televisor–, y cuestionó:

—¿Y los puentes no sirven precisamente para enfrentar los retos de la naturaleza?

También era cierto. El Consejo de Gobierno decidió construir un río artificial, al tiempo que ordenaba redactar un llamado a la población. Solo con el apoyo material y moral de todos podría la ciudad salir victoriosa en aquella ciclópea empresa. Y efectivamente, el día en que las aguas huérfanas de peces cruzaron por debajo del puente, saltando entusiastas en su camino al mar, el alcalde Nastio declaró desde el helicóptero en que sobrevolaba el histórico momento:

—Esta obra es un símbolo de la voluntad humana. Podemos sentirnos orgullosos por el presente y esperanzados en el porvenir.

Como ocurre en las borracheras profundas, la población se dejó arrastrar por la alegría, y cuando terminaron las celebraciones, cada quien quedó a solas con la duda de si no habría cometido algún exceso imposible de recordar. Una nube de inquietud se aposentó sobre la ciudad y durante días nada fue tan duro como levantar los ojos por la razón que fuera –seguir el vuelo de unas aves o calcular las probabilidades de lluvia para esa tarde, por ejemplo– y tropezar en el horizonte con un puente que cruzaba sobre el ocre fluir de un río. Un puente que no venía ni iba para algún lugar.

Esta vez la dificultad del proyecto obligó a buscar el apoyo de las autoridades federales, cuya intrincada burocracia se ocupó de que todo avanzara en la forma más lenta y engorrosa posible. Los trabajos duraron ocho años y dejaron al puente hermosamente conectado a una audaz maraña de autopistas que, apenas inauguradas, se congestionaron de vehículos apresurados por llegar a algún sitio. Ante la tela de araña atiborrada de viajeros, no quedó alma en la ciudad sin preguntarse cómo habían podido vivir tantos años indiferentes a la necesidad de aquella obra que llenaba sus vidas con una luz distinta.

—¿¡Quién!? –preguntó Riamia sentándose de un salto en la cama, y por un instante pareció referirse al hombre dormido a su lado, desnudo y bocabajo.

Kiaris fue recogiendo los mechones de pelo rubio dispersos sobre la frente de la muchacha, esperó un momento a que la intensidad del susto cediera un poco en su rostro. Por fin le tomó la barbilla:

—Tienes que levantarte, querida, hubo un accidente anoche en la 641 y parece que tu hermano estaba ahí.

Pero Riamia no reaccionaba. A la vista de las mejillas hinchadas, las dos carreteras grises corriendo en arco bajo los ojos azules y los labios resecos que se abrieron y cerraron varias veces como si intentaran recobrar algún sabor, Kiaris recordó lo que su madre le dijo alguna vez, hacía una barbaridad de años: la belleza es una ilusión.

—Ven –le dijo halándola por ambas manos–. Vamos a echarte un poco de agua en esa cara. Dos policías te están esperando en el recibidor… Por el cliente no te preocupes, yo me encargo.

Visto desde la perspectiva que da el tiempo, puede decirse que en realidad el puente conectó a la ciudad y no al revés. No solo la dotó de un símbolo a la altura de la Torre Eiffel, el Cristo de Corcovado o la Gran Muralla China. También la convirtió en un centro de atracción visitado cada mes por miles y miles de hombres de negocios, científicos, artistas de fama diversa, o simples turistas y viajeros que leían admirados en los impresos promocionales cómo una década había bastado a la región para colocarse entre las cinco de mayor crecimiento económico en toda la nación.

Ante un presente tan intenso, ¿quién necesitaba preocuparse por el futuro? Y así fue hasta que apareció el primer suicida colgando del puente, algo que en sí mismo no tenía por qué ser considerado una catástrofe; en todas partes hay gente inoportuna y amargada. Lo intrigante en ese caso, como en el de los otros ahorcados que aparecieron después, fue que ninguna de las numerosas cámaras colocadas a lo largo del puente registrara lo ocurrido, ni tampoco vieran algún movimiento sospechoso los policías que vigilaban la obra por aire y tierra, o al menos uno entre los miles de conductores que iban o venían sin pausa.

Tratando de sobrepujar el ruido del helicóptero, el capitán de la policía informó al inspector enviado por el Gobierno federal:

—La única pista sobre el suicida es un nombre escrito con tinta en el forro de su chaqueta: Jonas Demelis. Pero en el registro consta que esa persona murió hace más de cuatro años y tampoco hemos encontrado familiares o allegados suyos. Claro, la chaqueta pudo haber pertenecido antes al tal Demelis y…

Se detuvo, era obvio que el inspector no lo estaba escuchando. Miraba fijamente a través de la ventanilla, como embelesado. Por fin hizo una mueca ratonil al apuntar con los labios hacia el puente y la maraña de carreteras que se desplegaba debajo:

—¿Qué había en la zona antes de que todo eso fuera construido?

El capitán de la policía sintió un pequeño sobresalto. No porque desconociera la respuesta, pasaba de los cincuenta años y había vivido toda su vida en la ciudad, sino porque de momento le pareció que aquel hombrecito escuálido y molestoso indagaba sobre un tiempo improbable, algo semejante a cuando en la escuela de su infancia escuchaba mencionar la Edad Media o la época de Pericles. Por fin, sobreponiéndose a sí mismo y al desagrado que le causaba el inspector, respondió:

—Ahí vivía la gente del suburbio, pero eso fue hace mucho.



Ilustración: Dibujo del artista inglés Pete Amachree (fragmento).
Tomado de http://lacrudeza.blogspot.com/2012/11/el-thriller-futurista-apocaliptico-de.html



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sábado, 9 de julio de 2016

Los transtierros de la memoria


Palabras en la presentación del libro Memorias del equilibrio,
Centro Cultural Español de Miami, 24 de junio de 2016.


Varios de los cuentos que aparecen en este libro pudieron ser escritos en los años setenta del siglo pasado. El joven que era yo por entonces no solo rumiaba ya algunas de esas vivencias; también estaba consciente de las potencialidades que tenían para la fermentación narrativa. Que en aquel momento no se convirtieran en literatura obedece a cuestiones personales: mi oficio no estaba maduro para tal empresa. Que no lo intentara a pesar de los impulsos de la edad, amerita otra explicación.

Gran parte de los narradores cubanos nacidos en los años cincuenta comenzamos a publicar libros de manera tardía. Y se entiende. Nuestra adolescencia coincidió con el proceso de radicalización revolucionaria que arrancó entre 1966 y 1967. Cumplimos los veinte años en un período que va desde la zafra de los diez millones (1970) hasta las proximidades de la estampida hacia Estados Unidos que partió del Mariel (1980), lo que incluye el Congreso de Educación y Cultura, los procesos contra intelectuales críticos o no muy entusiastas al aplaudir, las purgas de profesores y estudiantes por razones políticas, de preferencia sexual o de no alineación irrestricta con el experimento socialista en marcha.

Lo que comenzó aplastando a los desafectos o a quienes pretendían mantener una postura intelectual independiente (los escritores agrupados en las ediciones El Puente, Reynaldo Arenas o Carlos Victoria, para mencionar tres ejemplos) terminó castigando en los años setenta a autores que apoyaron sin cortapisas el proyecto político cubano, cuya obra incluso se había reconocido como expresión de los «nuevos tiempos»: Jesús Díaz, Eduardo Heras León o Norberto Fuentes, para limitar los ejemplos de nuevo a solo tres. No era tiempo para asuntos raros, puntos de vista inquietantes o ambigüedades expresivas que, por otra parte, son el alma misma de la literatura.

Si pienso en narradores nacidos en la Cuba de los cincuenta que comenzaron a publicar temprano sus libros dentro del país y luego hicieron una consistente carrera literaria solo me vienen a la mente los nombres de Senel Paz y Miguel Mejides, ambos nacidos en 1950. Sin dudas habrá otros, pero no son demasiados.

Igual, casi todos los cuentos de Memorias del equilibrio pudieron haber sido escritos durante los años ochenta y supongo que no ocurrió así por la razón antes expuesta: su autor no estaba listo. Admitiré, sin embargo, que tampoco soplaban aires muy favorables para el escritor que, todavía confusamente, aspiraba yo a ser. El rebrote narrativo de esa década en la Isla se apoyó sobre todo en el accionar de una masa de escritores que llamaré reformistas. Creíamos que era posible perfeccionar el sistema político-social cubano, purgarlo de sus excesos intolerantes, y de manera más bien espontánea, apoyándonos en eventos que tenían lugar a lo largo del país o en las propias organizaciones del sistema, luchamos por al menos tres objetivos: 1) Que se entendiera la naturaleza contradictoria del acto creador y el espacio que el escritor ocupa dentro de la sociedad. 2) Que no se repitieran sin respuesta los actos de agresión y enclaustramiento que habían ocurrido en la década anterior. 3) Que en lo posible, los jóvenes narradores emergentes no fueran objeto de las persecuciones que habíamos conocido antes.

No es este el espacio para valorar adónde condujo todo eso. Decepcionados, muchos optamos un día por emigrar (Félix Luis Viera, Luis Manuel García o Jesús Díaz, para continuar con los ejemplos en trío), otros decidieron permanecer en la Isla (Leonardo Padura, Arturo Arango, Eduardo Heras León). Lo que me interesa recalcar ahora es que el canon narrativo predominante en Cuba a lo largo de los ochenta mantuvo su foco en la así llamada función social de la literatura, aunque cambiando de perspectiva: ser críticos ante la realidad del país se convirtió en anhelo supremo. Se discutía entonces con fervoroso empuje quién había bautizado al primer gay en nuestra corriente narrativa, o quién había sido el pionero en airear el jineterismo, o quién se había atrevido a... En fin, contrarrestar el silencio de los periodistas y el triunfalismo de la propaganda oficial cubana devino por aquellos años entre nosotros (y lo es todavía en no pocos espacios intelectuales) aplaudido valor literario.

Yo buscaba otros caminos. Amir Valle, una de las voces más notables entre las que emergieron en esa década, ha testimoniado que por entonces le resultaba difícil entender en mi incipiente trabajo «la mezcla de absurdo, fantasía y realismo, algo realmente raro para nosotros, defensores de los cuentos duros, directos, realistas, pero sobre todo algo distinto en el panorama del cuento santiaguero […].» Recuerdo a mi vez el primer cuento que por entonces leí de otro narrador fundamental en ese grupo, Alberto Garrido. Me parecía insólito que un muchacho de apenas dieciocho años pudiera escribir un texto con tal madurez narrativa, pero de seguro Garrido debió sentir como un despropósito que aquel viejo de treinta y pico le sugiriera insistir en el detalle de un timbre cuyo sonido era imposible acallar en su cuento, antes que en la actitud corrupta de su personaje protagónico.

Y claro que pude haber escrito todos los cuentos que hoy forman Memorias del equilibrio en la primera década del siglo que ahora habitamos, cuando ya me había asentado en la República Dominicana. Pero tampoco estuve listo entonces, aunque por una causa diferente: para mi desesperación, llegó un momento en que no podía escribir sobre el pasado, cada línea que intentaba era contaminada por mi abrumador presente de emigrante. Fue duro. Hoy, dueño de otra perspectiva, comprendo que estaba en tránsito hacia el transtierro, para usar un concepto caro al escritor dominicano Keysi Montás; es decir, camino a convertirme en un ser humano desplazado que, en lugar de decidir entre dos culturas, opta por poner patria a medio camino entre ambas, en el centro del puente que las une. El mejor testimonio de ese proceso es mi libro El arma secreta, que terminé de escribir en 2013, luego de haber llegado a Miami.

No existe mejor lugar para un transterrado que Miami. Es una ciudad y huele a campo; está conectada a un continente pero respira el orgullo pretencioso de las islas. En sus calles no campea una forma regular y dominante de manifestarse que deba ser acatada. Se impone la mezcla, convive lo distinto, y exactamente como en cualquier ciudad del Caribe, la gente habita un presente eterno, un tiempo que parece avanzar hacia sí mismo. Miami no es algo terminado, es un espacio que se reconstruye sin parar en la mirada de sus transeúntes y donde la geografía del gesto, igual que la del habla, cambia con cada paso que das. Nada es definitivo en este lugar; para saberlo, basta levantar la cabeza y seguir el vuelo de los aviones que no cesan de llegar o irse. Tomando prestado el concepto de Joel James, diría que Miami es un proyecto de inconclusión, un lugar donde el ser híbrido que es todo transterrado puede vivir a plenitud sus perspectivas conjugadas.

Apenas asentado en Miami, los asuntos que hoy forman Memorias del equilibrio comenzaron a regresar uno a uno, urgiendo ser escritos con un vigor inesperado si tomamos en cuenta que se trataba de vivencias longevas. No sé si los cuentos que resultaron de tal ejercicio tienen algún valor, ¿quién soy yo para juzgar eso? Al presentarlos hoy como un proyecto definitivo, sí me siento feliz de haber mantenido sus asuntos fuera de la literatura con aspiración de crítica o de testimonio, sea este histórico, político o social. Ubicadas en Cuba entre los años sesenta y la primera década del siglo XXI, estas historias seguramente provocarán en el lector reflexiones de diversa índole, según sea su particular experiencia. El autor, por su parte, prefiere quedarse con la dignidad del hombre común y corriente que un día comienza a dialogar con los muertos, o con la aviesa y vengativa mirada del mongo sobre un mundo que lo ningunea, o con la posible enfermedad del hombre incapaz de evitar que su portañuela aparezca abierta en público, o con la rebeldía tal vez inútil de los derrotados que, sin embargo, termina por sembrar una montaña…

El narrador argentino Julio Cortázar declaró muchas veces que tras el triunfo de la revolución cubana, en 1959, su obra había incorporado una conciencia más colectiva. Memorias del equilibrio realiza el viaje inverso. En medio del colectivismo que pretendió imponer esa revolución, regresa al individuo, a su desesperada búsqueda de un equilibrio que deje intacto el elemental derecho a ser diferente.



Memorias del equilibrio fue publicado en junio de 2016 por K ediciones, de Miami, e incluye quince narraciones acompañadas por dibujos de la artista Margarita García Alonso. La ilustración de este post forma parte de esos dibujos. Si desea solicitar el libro, solo haga clic sobre el título.



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