Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

domingo, 17 de enero de 2016

De copas y literatura


Martes, 26 de enero de 2016: Tertulia literaria guiada


Están todos invitados. Y ya saben, la primera copa va por la casa, pero la literatura la pone usted.

¿Cómo llegar? Haga clic en Koubek Center del Miami Dade College y consulte allí.

Información:
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sábado, 19 de diciembre de 2015

Ajeno final

Viene de la entrada anterior: Ciudades



Al apoyar el rifle sobre el muro, una punzada en la cintura le reclamó las horas que llevaba agazapado en el balcón. Vamos a lo que vinimos, quiso darse ánimo, apartar de su pensamiento todo lo que no fuera apuntar con la mayor precisión. Como había planeado tantas veces desde la noche anterior, adelantó el cañón entre las claras hojas de la madreselva y buscó colocar la perspectiva del disparo sobre el nacimiento de las cejas, pero la expresión del rostro atrapado en la mira, más indiferente que desprevenido, suspendió cualquier emoción que hubiera imaginado sentir en ese instante. Observó la figura sentada frente a la mesa, allá abajo, que se le ofrecía en una inconcebible fragmentación. El escaso y blanco cabello, los enormes espejuelos de pasta destinados a amplificar una mirada inexistente, las comisuras de los labios hundidas en una patética –y hasta ahora no descubierta por él– expresión de tiburón triste, las manos muertas sobre el mantel, a la espera de que el ayudante acabara de acomodarle la comida en el plato. No encontró una relación plausible, adecuada para un momento como aquel, entre los ojos ciegos, perdidos en lo alto, y las manos que comenzaron a moverse torpemente, acarreando el alimento hasta la boca, mientras el resto de los comensales en torno a la larga mesa blanca hablaban y reían y celebraban su nombre –el Presidente esto, el Presidente aquello– como si vivieran en otra realidad, una donde los granos de arroz y los pedazos de pollo no escaparan de los dedos del anciano ni cayeran sobre la camisa blanca, la roja corbata, el saco azul. Intuyó que debía rearmar la imagen tal y como su rencor la había conservado por tantos años, y enfrentó aquella figura senil con el recuerdo de la voz agria y el condenatorio dedo índice apuntando detrás del micrófono; repasó trozos implacables de sus discursos, las fotos altivas que por décadas habían acompañado frases suyas en las primeras planas de los periódicos; regresó la imagen de Carlín tirado en la escalera, dejando ir su sangre hacia abajo, escalón por escalón; recuperó el olor a creolina de los días en la celda común, esperando que llegara la hora de la pelota para arracimarse en torno al radito de pilas y pescar la voz del narrador entre los ruidos de la onda corta. Vamos a lo que vinimos, intentó espolear otra vez su ánimo, y devolvió el centro de la mira a la frente manchada de lunares pálidos que le facilitaba allá abajo esa postura incoherente tan habitual en quienes no nacieron ciegos: el tronco encorvado y el rostro levantado hacia el techo... Y nada, no consiguió restituir una expresión despiadada al anciano que rompió a toser mientras el ayudante se apresuraba para acercar un vaso con agua a sus manos. Tampoco encontró dentro de sí restos de ira, ni siquiera ante el argumento de que aquel hombre no solo lo había expulsado alguna vez del lugar donde nació, sino que ahora venía a retarlo en esta otra ciudad. En vez del odio que supuso haría hervir su ánimo en un instante como ese, le pareció que el gatillo del rifle palpaba la yema de su dedo índice con una frialdad inexplicable, incluso absurda a la luz de la crucial decisión que él estaba obligado a tomar. A este viejo le queda una afeitada si acaso, pensó, y en una de esas seguridades absolutas que llegan no más de tres o cuatro veces durante una vida, comprendió que al contraer el dedo dispararía también contra todo lo que hasta ese momento había sido su propio mundo y, de algún modo al mismo tiempo insólito y natural, no tuvo la menor duda de que aquella ruina humana atrapada en la mira era un poco él mismo, puede que su reverso, pero alguien personal e íntimo a fin de cuentas. Disfrutó unos segundos la forma en que esa idea relajó los músculos de sus hombros y respiró profundamente el aroma de la madreselva. Una gran paz lo invadía en el momento que ap…

¿Sería tan amable, estimado lector, de agregar las tres palabras que faltan para concluir esta historia? Hasta donde alcanzo a ver, tres son también las posibilidades:

a) …apretó el gatillo.
b) …apartó el arma.
c) Cualquier otra combinación a partir de ap… que le parezca adecuada.

Gracias.

Ilustración: The Executioner, de Margarita García Alonso.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Ciudades



Así fundé yo esta ciudad; lo hice sin planificarlo y de a poco, un chin hoy y otro mañana, porque de que tomó su tiempo, lo tomó... eso puedo jurarlo. Y claro que cuando llegué ya había calles allá afuera, lo mismo que edificios, moles y vehículos con gente yendo a cualquier parte, pero era igual que si no estuvieran. Por mucho que luchara para hacerme un caminito entre las gasolineras, los ciclistas, los parquímetros y los semáforos, nada… ni modo de hallar una sombra, una brisita amable aunque fuera, así que no importaba si yo jamás de los jamases había visto ese canal o aquella autopista elevada, el caso era que el canal y la autopista me rebotaban para la ciudad de donde Él me expulsó… una ciudad –y dígase porque es cierto– donde nunca se ha visto un canal ni una autopista elevada… Pues ahí estaba yo, mascando aire, viendo a los jomles empujar sus carritos repletos de tereques, tan conformes con el paso de los días porque a fin de cuentas las calles estarían siempre allí para ellos, y en algún momento debí decirme esta vaina no puede seguir, no señor, y empecé a empatar lo que se daba suelto. O al menos eso creo. ¿Cuándo supe, por ejemplo, que las torres del dauntaun están para que el horizonte valga la pena y la ciudad no padezca la falta de montañas? Ni idea. Se me ocurre que quizás empecé a entenderlo –de a chin, ya lo dije antes– en aquellos madrugones que me cayeron encima cuando conseguí trabajo como aprendiz de jardinero y tropecé con el olor a palo, a tierra, a brote húmedo, a la bruma que la última oscuridad de la noche esconde entre las casas de bloc, tan nítidas con sus parabólicas sobre los tejados rojos y los carros quietecitos en los garajes. ¡Esos no eran los olores que uno esperaría encontrar en el amanecer de un sitio tan dado al fantasmeo! Pero, la verdad, cómo rayos iba a saber yo que en ese momento fundaba algo, si hasta ignoraba por qué no hay forma de levantar la cabeza sin ver en el cielo un avión que no es para nada un avión, por mucho que a uno así le parezca, sino una maña de la ciudad para recordarte cuántos caminos tienes en caso de que quieras irte… Yo nunca me fui. Nunca regresé a la ciudad de donde Él me expulsó, aunque una época hubo en que los parientes y los amigos escribían cartas por un tubo y siete llaves para decir que las cosas allá cambiaban, que ya Él no era dictador sino presidente, que oyera las noticias porque todavía estaba a tiempo de volver y estudiar para periodista, como quería yo de muchacho... Y no, dijeran lo que dijeran, allá estaba Él, y con Él la cárcel, la sombra del chivato que no se te descose del miedo, así que preferí quedarme y hacerle jardines a esta ciudad. Los he hecho de día y de noche, inventando combinaciones de colores en los canteros y colgando tarros hasta de las nubes; tirando grama como un orate y podando árboles con los que no puedes equivocarte porque si los dañas te echan más años de cárcel que por matar a un cristiano. En casas, parques, condominios, oficinas, hoteles como este, donde quiera hay un jardín hecho con mis manos, y tanto afanar solo para amansarle los caprichos a esta ciudad que se da difícil, donde si te descuidas el sol te achicharra los sesos y al pie y medio de estar cavando lo mismo puedes tropezar con un piso de rocas que con un manantial… En el fondo, no deja de ser una jodida cosa que yo haya venido a comprender todo eso aquí, escondido en el balcón de la madreselva que cae hacia el patio interior del hotel donde los camareros bromean con los sequiúritis mientras preparan la mesa enorme con un cartel detrás que dice bienvenido, señor presidente en un español pintado de rojo. Un cartel que sus ojos ciegos no verán. Como no verán la madreselva que sembré hace más de tres años para que fuera un chorro de olor cayendo sobre el patio y limpiara el aire todo alrededor. En esa época quién iba a imaginar este día y cómo de pronto lo único importante será esperar el aviso de las voces allá abajo y apoyar el rifle sobre el muro, deslizar sutilito el cañón entre las flores blancas de la madreselva y apuntar bien para que mis manos de jardinero siembren una bala en su frente. Voy a disparar por lo mucho que nos ha hecho sufrir y por mi hermano Carlín, eso puedo jurarlo. Pero ahora sé que también va a morir porque, viejo y ciego como está, todavía tiene la cachaza de venir a burlarse, a robarme una ciudad que tantos años me costó fundar.

Continúa y concluye en Ajeno final...

Ilustración: Foto de Maurice Sparks

sábado, 24 de octubre de 2015

¿Y qué pasa si alguien se llama Apeco?



El conferencista habla en un inglés lento. Más que pronunciarlas, pareciera que va dejando caer una a una las palabras para comprobar la contundencia de su peso. «Cada época fija rumbo a la creación artística; de muchos modos, prefigura el trabajo de los creadores», afirma y nos mira tan sin apremio, que podría sospechársele interesado en contar cuántas personas formamos el no muy nutrido auditorio. De todas maneras, en tanto él no es Clark Kent ni yo soy transparente, queda sin enterarse de cómo sus palabras han hecho que la figura de Apeco se asome a mis recuerdos.

Entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado, mientras Wifredo García y el resto de la vanguardia fotográfica en la República Dominicana se valían del fotoclubismo y la acción docente para encarrilar la adultez de la fotografía moderna en ese territorio, Apeco fue un fotógrafo solitario y autodidacta que escribía y actuaba extraños monólogos, al tiempo que se ganaba la vida retratando eventos familiares y sociales, algo no muy bien visto por muchos de los que entonces protagonizaban una cruzada en el país para lograr que la fotografía fuera definitivamente reconocida como un género de las artes visuales.

Más aún. Cuando lo usual era que los grupos fotográficos organizaran continuas excursiones campestres con la esperanza de encontrar en el paisaje rural la “verdadera y más auténtica” imagen nacional, Apeco prefería los espacios urbanos, cuanto más solitarios y fragmentados mejor; retrataba personajes inmersos en contextos de gran espesor patrimonial –el carnaval, los velorios, las fiestas populares, los locos callejeros–; y adelantaba una experimentación que ponía en jaque el perfeccionismo técnico de la época. «Claro –dice Apeco alzando muchísimo las cejas dentro de mi recuerdo–, la fotografía es un poco de técnica y mucho de inspiración».1

Por supuesto que el conferencista no puede escucharlo, en parte por las razones apuntadas más arriba y en parte porque está ocupado diciendo: «Si Picasso no hubiera existido, alguien hubiera aportado las soluciones estéticas que él aportó». Y para el momento en que la palabra aportó es pronunciada, ya Apeco desanda en mi memoria por Santiago de los Caballeros, se detiene a cambiar bromas con un paletero apostado en la esquina de San Luis y la calle El Sol, contempla con sobreactuada admiración a una criolla que pasa explayando al viento sus monumentales volúmenes.

Viéndolo otra vez así, se entiende el aura de personaje extravagante que le endosó la sociedad santiaguense, algo que Apeco se tomaba como un cumplido. Solo sonreía y continuaba actuando aquellos monólogos llenos de metáforas que hoy se llamarían performances, o dando charlas en las que, cuando el público menos lo esperaba, sacaba una tijera y cortaba su corbata o desgarraba su camisa. Las miradas sin mucho calado no supieron ver más allá de esas salidas suyas. Incluso no pocos de sus colegas lo consideraron por bastante tiempo apenas un fotógrafo intuitivo y empeñoso, propietario de impulsos ingobernables que en ocasiones acertaban a plasmar alguna fotografía inquietante.

Apeco, mientras tanto, seguía sonriendo. Exploraba las posibilidades de lo que hoy se denomina narrativa fotográfica y elegía con toda conciencia un camino diferente de los grandes relatos colectivos que predominaron en gran parte de la fotografía dominicana tras la muerte de Rafael L. Trujillo, en 1961, para concentrarse en las historias individuales. Puede que a veces no lo pareciera, pero Apeco lo tuvo siempre muy claro: su trabajo no era captar la posible hermosura o la fuerza social de los espacios y las personas; su trabajo consistía en reinventarlos a través de una muy peculiar mirada fotográfica.

«Por mucho que el trabajo de algunos artistas a veces pretenda desafiar los límites de su tiempo, esos esfuerzos terminan siendo un reconocimiento tácito de tales límites», asegura el conferencista, y en mi memoria Apeco levanta la cabeza con un movimiento alerta, cualquiera pensaría que ha escuchado lo dicho por el charlista. Pero no, él siempre tuvo cosas más importantes de qué ocuparse. Pionero del autorretrato en la fotografía dominicana, buscó dar salida a sus ángeles y demonios internos en cada personaje, en cada edificio y calle solitaria, en cada árbol de ramaje enrevesado que fotografió, y gracias a esa sinceridad, consiguió apresar algunas de las más espléndidas y también de las más terribles intimidades de su sociedad sin rendir culto al “reflejo social en el arte”, que era la nota característica por entonces. Es más, si lo apuramos un poco, estoy seguro de que repetiría ahora mismo: «Ante todo está el compromiso conmigo mismo».

Pues, sacando provecho de que el charlista concluye y el protocolo indica preguntar si hay preguntas, levanto la mano. Tras recibir el gesto aprobatorio correspondiente, empiezo: «En Santiago de los Caballeros hubo un fotógrafo nombrado Natalio Puras Penzo, a quien todos llamaban Apeco…», pero el conferencista me interrumpe: «Are you kidding me? ¿¡Apico!?», y suelta una incrédula carcajada. Yo también río; no porque su alegría sea contagiosa, claro, sino porque dentro de mi cabeza Apeco, ese fotógrafo provinciano que anduvo dos pasos por delante de su tiempo y propuso una obra capaz de dialogar con nuestra contemporaneidad ahíta de posts, casi postrera, me hace un guiño cómplice y redondea con sus labios una O burlesca.

1 Las opiniones de Apeco que aquí cito han sido tomadas de entrevistas que le fueron realizadas a lo largo de su carrera. Con esas entrevistas preparé en 2012 un texto único, una suerte de credo fotográfico de Apeco que, si desea, puede leer haciendo clic sobre el título: “Ese fotógrafo que soy”.

Imágenes:

Autorretrato, Apeco se asume cámara fotográfica, c. 2006.

Autorretrato del 78, 1978.

Pareja en el camino, 1964.

Diseño para multiplicar risitas lúdicas 1, 1985.

Burro en el Gran Teatro del Cibao, 1995.


Para ver las más importantes obras de Natalio Puras Penzo (Apeco), solo tiene que hacer clic en el título de la exposición La insólita mirada irónica de Apeco, que fuera exhibida primero en la Pinacoteca de São Paulo (2013) y luego en el Centro Cultural Eduardo León Jimenes (2015). Si desea ver toda la obra de Apeco, solo haga clic en el Fondo de Fotografía Dominicana Natalio Puras Penzo (Apeco), que atesora el Centro León.

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Mesa: "El cuento, vivito y coleando", 21 de noviembre de 2015, a las 12:30 p.m., room 3314 de la Feria Internacional del Libro de Miami. Allí estaré presentando mi libro de cuentos El arma secreta. Están invitados.