Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

sábado, 22 de agosto de 2026

CUANDO LA MEMORIA DOBLA POR TERCERA


Pablo J. Socorro




Conocí a Felo Ramírez allá por 1997, cuando los Marlins ganaron, contra muchos pronósticos, la Serie Mundial de las Grandes Ligas. Mientras compartimos un café en la sala de prensa del antiguo Pro Player Stadium de Miami, él me ponía al día sobre los Marlins, que disputaban el campeonato contra los Indios de Cleveland, y yo le contaba detalles del desempeño en el béisbol cubano de Liván Hernández, el lanzador que abriría el primer juego del Clásico de Octubre y a quien conocía desde su paso por las categorías juveniles y el equipo de Isla de la Juventud.

Seis años después volvimos a encontrarnos, esta vez durante un frío octubre neoyorquino, vísperas del primer partido de la Serie Mundial entre Marlins y los New York Yankees. Junto con mi colega venezolano Pablo Ruelas, compartimos un almuerzo en un restaurante boricua del Bronx. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de peloteros y boxeadores famosos, muchas de ellas firmadas por sus protagonistas. Para entonces, yo trabajaba en la Agencia France-Presse (AFP) y sustituía en la cobertura deportiva a Ruelas, quien se retiraba después de casi medio siglo de profesión.

Felo y Ruelas habían compartido transmisiones en Venezuela. Aquella tarde se fue poblando de anécdotas, nombres, estadios, peleas y recuerdos. Y yo, como una esponja, lo absorbía todo.

Hoy aquellas historias regresan a mi memoria y me parece estar viendo a Felo contar cómo narró el juego perfecto de Don Larsen, el hit número 3000 de Roberto Clemente, el jonrón 715 de Hank Aaron y las peleas de Muhammad Ali, entre tantas otras páginas gloriosas del deporte.

Y ahora he vuelto a conversar con Felo Ramírez.

He revivido aquella tarde del Bronx en las páginas de Y la noche doblaba por tercera, novela de José M. Fernández Pequeño que presentaremos el sábado 29 (2:00 p.m.) en la tertulia Lunetreando en Miami. Dueño de una de las voces narrativas más originales de la literatura cubana contemporánea, Fernández Pequeño construye una obra de notable ambición literaria, donde la historia nacional, el béisbol, la radio, la memoria y la identidad terminan fundiéndose en un relato profundamente humano.

Y la noche doblaba por tercera, en esta segunda edición a cargo de Editorial Lunetra, convierte un tema en apariencia puntual —la narración deportiva— en una reflexión universal sobre la vocación, el éxito, el paso del tiempo, el desarraigo y la fragilidad de la memoria. El protagonista, Mello Domínguez, constituye una recreación literaria de la figura del fallecido cronista y narrador deportivo cubano Rafael «Felo» Ramírez, cuya vida también terminó marcada por esa trituradora de destinos que fue la Revolución cubana.

Mello —Armelio antes de que la radio rebautizara su destino— emerge como un personaje extraordinariamente humano: divertido, contradictorio, vanidoso, sentimental y consciente de sus propias imposturas. Su ascenso desde Bayamo hasta convertirse en una de las grandes voces de la pelota cubana permite reconstruir una época en la que la radio transformó el béisbol en espectáculo nacional y al narrador deportivo en protagonista. La novela recrea aquella feroz competencia de micrófonos, audiencias y emisoras que convirtió a hombres como Mello en verdaderas celebridades.



Pero Fernández Pequeño va mucho más allá de la novela deportiva. La pelota funciona como una gran metáfora de la existencia: avanzar, arriesgarse, perder, esperar el lanzamiento oportuno y descubrir que, cuando creemos estar llegando al plato, quizá apenas estamos doblando por tercera. Cuba, la radio, la política, los viajes, el amor, el desarraigo y, más tarde, Venezuela, Puerto Rico y Miami son estaciones de una vida atravesada por la Historia. El exilio abre otra herida: abandonar el país significa dejar atrás familia, amigos y costumbres para enfrentarse a la incertidumbre de comenzar de nuevo.

Desde las páginas iniciales, el autor advierte que estamos ante una ficción y que aquello que parezca provenir de la realidad es apenas «una puerta». Y esa puerta conduce finalmente al verdadero centro de la novela: la necesidad de ajustar cuentas con uno mismo. Mello llega a comprender que ordenar obsesivamente el pasado puede ser también una manera de esconderse de él.

El béisbol ocupa un lugar privilegiado en estas páginas, pero nunca como simple deporte. Se convierte en metáfora del destino humano. Los innings, las carreras, las derrotas y los batazos adquieren una dimensión simbólica en una existencia donde cada decisión puede alterar el rumbo del juego. La expresión que da título al libro —doblar por tercera— alcanza así una resonancia mucho más amplia: representa ese instante en que el ser humano deja atrás una base y se lanza hacia el plato, aun sabiendo que el out siempre es una posibilidad.

Ahí reside uno de los mayores logros de Y la noche doblaba por tercera: partir de la historia de una voz vinculada al béisbol para terminar hablándonos de algo mucho más universal y dolorosamente humano: el tiempo. Porque quizá todos, llegado cierto momento de nuestras vidas, miramos hacia atrás intentando decidir si aquella jugada que parecía definitiva fue out o quieto. Y mientras buscamos la respuesta, la memoria continúa narrando el juego.

Hoy es mi propia memoria la que dobla por tercera.

Vuelvo a aquel restaurante del Bronx. Veo a Felo Ramírez depositar lentamente la taza de café sobre la mesa, lanzar un suspiro y quedarse contemplando una fotografía de Muhammad Ali de pie ante Sonny Liston caído sobre la lona.

No recuerdo cuánto tiempo permaneció mirándola.

Solo recuerdo que hubo una pregunta que no me atreví a hacerle:

—Felo, ¿usted narró aquella pelea?


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