CUANDO LA MEMORIA DOBLA POR TERCERA
Pablo J. Socorro
Conocí a Felo Ramírez allá por 1997, cuando los Marlins
ganaron, contra muchos pronósticos, la Serie Mundial de las Grandes Ligas.
Mientras compartimos un café en la sala de prensa del antiguo Pro Player
Stadium de Miami, él me ponía al día sobre los Marlins, que disputaban el
campeonato contra los Indios de Cleveland, y yo le contaba detalles del
desempeño en el béisbol cubano de Liván Hernández, el lanzador que abriría el
primer juego del Clásico de Octubre y a quien conocía desde su paso por las
categorías juveniles y el equipo de Isla de la Juventud.
Seis años después volvimos a encontrarnos, esta vez durante
un frío octubre neoyorquino, vísperas del primer partido de la Serie Mundial
entre Marlins y los New York Yankees. Junto con mi colega venezolano Pablo
Ruelas, compartimos un almuerzo en un restaurante boricua del Bronx. Las
paredes estaban cubiertas de fotografías de peloteros y boxeadores famosos,
muchas de ellas firmadas por sus protagonistas. Para entonces, yo trabajaba en
la Agencia France-Presse (AFP) y sustituía en la cobertura deportiva a Ruelas,
quien se retiraba después de casi medio siglo de profesión.
Felo y Ruelas habían compartido transmisiones en Venezuela.
Aquella tarde se fue poblando de anécdotas, nombres, estadios, peleas y
recuerdos. Y yo, como una esponja, lo absorbía todo.
Hoy aquellas historias regresan a mi memoria y me parece
estar viendo a Felo contar cómo narró el juego perfecto de Don Larsen, el hit
número 3000 de Roberto Clemente, el jonrón 715 de Hank Aaron y las peleas de
Muhammad Ali, entre tantas otras páginas gloriosas del deporte.
Y ahora he vuelto a conversar con Felo Ramírez.
He revivido aquella tarde del Bronx en las páginas de Y
la noche doblaba por tercera, novela de José M. Fernández Pequeño que
presentaremos el sábado 29 (2:00 p.m.) en la tertulia Lunetreando en Miami. Dueño
de una de las voces narrativas más originales de la literatura cubana
contemporánea, Fernández Pequeño construye una obra de notable ambición
literaria, donde la historia nacional, el béisbol, la radio, la memoria y la
identidad terminan fundiéndose en un relato profundamente humano.
Y la noche doblaba por tercera, en esta segunda
edición a cargo de Editorial Lunetra, convierte un tema en apariencia
puntual —la narración deportiva— en una reflexión universal sobre la
vocación, el éxito, el paso del tiempo, el desarraigo y la fragilidad de la
memoria. El protagonista, Mello Domínguez, constituye una recreación literaria
de la figura del fallecido cronista y narrador deportivo cubano Rafael «Felo»
Ramírez, cuya vida también terminó marcada por esa trituradora de destinos que
fue la Revolución cubana.
Mello —Armelio antes de que la radio rebautizara su destino—
emerge como un personaje extraordinariamente humano: divertido, contradictorio,
vanidoso, sentimental y consciente de sus propias imposturas. Su ascenso desde
Bayamo hasta convertirse en una de las grandes voces de la pelota cubana
permite reconstruir una época en la que la radio transformó el béisbol en
espectáculo nacional y al narrador deportivo en protagonista. La novela recrea
aquella feroz competencia de micrófonos, audiencias y emisoras que convirtió a
hombres como Mello en verdaderas celebridades.
Pero Fernández Pequeño va mucho más allá de la novela
deportiva. La pelota funciona como una gran metáfora de la existencia: avanzar,
arriesgarse, perder, esperar el lanzamiento oportuno y descubrir que, cuando
creemos estar llegando al plato, quizá apenas estamos doblando por tercera.
Cuba, la radio, la política, los viajes, el amor, el desarraigo y, más tarde,
Venezuela, Puerto Rico y Miami son estaciones de una vida atravesada por la
Historia. El exilio abre otra herida: abandonar el país significa dejar atrás
familia, amigos y costumbres para enfrentarse a la incertidumbre de comenzar de
nuevo.
Desde las páginas iniciales, el autor advierte que estamos
ante una ficción y que aquello que parezca provenir de la realidad es apenas
«una puerta». Y esa puerta conduce finalmente al verdadero centro de la novela:
la necesidad de ajustar cuentas con uno mismo. Mello llega a comprender que
ordenar obsesivamente el pasado puede ser también una manera de esconderse de
él.
El béisbol ocupa un lugar privilegiado en estas páginas,
pero nunca como simple deporte. Se convierte en metáfora del destino humano.
Los innings, las carreras, las derrotas y los batazos adquieren una dimensión
simbólica en una existencia donde cada decisión puede alterar el rumbo del
juego. La expresión que da título al libro —doblar por tercera— alcanza así una
resonancia mucho más amplia: representa ese instante en que el ser humano deja
atrás una base y se lanza hacia el plato, aun sabiendo que el out
siempre es una posibilidad.
Ahí reside uno de los mayores logros de Y la noche
doblaba por tercera: partir de la historia de una voz vinculada al béisbol
para terminar hablándonos de algo mucho más universal y dolorosamente humano:
el tiempo. Porque quizá todos, llegado cierto momento de nuestras vidas,
miramos hacia atrás intentando decidir si aquella jugada que parecía definitiva
fue out o quieto. Y mientras buscamos la respuesta, la memoria continúa
narrando el juego.
Hoy es mi propia memoria la que dobla por tercera.
Vuelvo a aquel restaurante del Bronx. Veo a Felo Ramírez
depositar lentamente la taza de café sobre la mesa, lanzar un suspiro y
quedarse contemplando una fotografía de Muhammad Ali de pie ante Sonny Liston
caído sobre la lona.
No recuerdo cuánto tiempo permaneció mirándola.
Solo recuerdo que hubo una pregunta que no me atreví a
hacerle:
—Felo, ¿usted narró aquella pelea?


