El libro más cubano de Fernández Pequeño
Amir Valle
Y la noche doblaba por tercera es una novela extraordinaria, contundente, estremecedora. No voy a hablar del nivel de lenguaje porque ya José M. Fernández Pequeño ha demostrado su capacidad de asumir todo tipo de discursos expresivos y lenguajes: culto y cargado de significados y filosofías cuando es necesario; popular y sencillo, pero enriquecido con esa sabiduría ancestral e histórica de la gente de a pie cuando esa norma del habla se impone, envueltas todas sus esencias comunicativas en una musicalidad natural y una poesía auténtica y sabia. Lo ha demostrado en sus cuentos y en su anterior y monumental novela "Tantas razones para odiar a Emilia".
Prefiero hablar del creador de personajes inolvidables, como lo demuestra en esta novela donde crea a un ficticio narrador deportivo Mello Dominguez para homenajear al mítico narrador Felo Ramírez, una de las glorias de Cuba. Extraordinaria proeza narrativa es imbricar la realidad de Felo en la ficción de Mello, haciéndonos ver al verdadero Felo en ese Mello que va armando a lo largo de estas páginas como quien observa un álbum de fotos al tiempo que escucha las anécdotas que sobre esas fotos cuentan el protagonista y quienes con él coincidieron. Nadie dudará que existe un Mello Domínguez, como nadie duda que existió un Felo Ramírez.
Contundente novela porque toca una fibra muy sensible del alma cubana: ese deporte que tantas pasiones ha despertado, que tantas definiciones de “lo cubano” ha generado, que tantas marcas históricas ha dejado en el desarrollo de nuestra sociedad y nuestra cultura, desde que, allá por 1864, el béisbol (“el juego de pelota” para los cubanos) fuera introducido en Cuba por unos jóvenes cubanos que regresaban luego de estudiar en Estados Unidos, aunque algunos aseguren que el impacto real comenzó en 1878, cuando se efectuó el primer juego en el estadio Palmar de Junco, en Matanzas, momentos que tanto Felo como Mello estarían encantados de haber podido narrar.
Y la huella profunda de ese impacto, que muchos ni siquiera pueden valorar en su justo peso, es una de las virtudes de Y la noche doblaba por tercera en la voz de Mello Domínguez, en la anécdota de su inserción temprana en el mundo de la narración deportiva, prolongada incluso hasta en ese deseo suyo de morir narrando; en esas debilidades humanas y pecados capitales que humanizan su grandeza; en las peripecias de esos personajes secundarios que terminan de configurar los misterios en torno a Mello desde sus vidas cotidianas e incluso desde el misticismo del cordón espiritual; en esas luchas personales, primero en un mundo donde el dinero regía el oficio y el mundo exterior, y después en una nueva era, supuestamente revolucionaria e inclusiva, en la cual encontró la marginación y le obligó a escapar. Una vida común y ordinaria que permite, a través de sus vivencias personales y sus contradicciones, entender la complejidad de las huellas que ha dejado ese deporte en el cuerpo vivo de la nación cubana. Toda una proeza literaria, hay que decirlo.
Estremecedora novela porque pone a sus personajes a moverse humanamente (y por ello, imperfecta y cuestionadoramente) en los tres grandes tópicos de la historia nacional, a fin de cuentas tres grandes traumas generados por la miseria humana (y ya se sabe que las grandes novelas se alimentan, diría el gran Hemingway, de la carroña humana): el daño histórico dejado por ese proceso social que se instauró en nuestra isla en 1959; el drama de millones de cubanos que tuvieron que reinventarse en una asfixiante y, mayormente, inhóspita diáspora; y el suicidio forzado (ideología mediante) de los sueños de quienes se quedaron o tuvieron que partir. Una novela que, como los grandes libros de la literatura universal, es un manantial de significados, de mensajes, de guiños de complicidad o crítica despiadada a las culpas que cargamos. El libro, sin dudas, más cubano de Fernández Pequeño.


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