Creo firmemente que vivir es un itinerario hacia uno mismo, hacia la persona que nacimos para ser. En este blog se habla sobre literatura y se recrean encuentros con personas que me ayudaron a ser el camino que soy y que viven otra existencia aparte aquí conmigo, como talismanes contra el desamparo. Algunas de ellas son conocidas; otras, apenas siluetas tras la cortina de humo del tiempo; las menos, figuras que pueblan la realidad de mi imaginación; todas fundamentales.

jueves, 2 de julio de 2026

José M. Fernández Pequeño: Borrar los límites

Argenis Osorio



Durante casi dos años gocé el privilegio de que cerca cincuenta escritores cubanos, anclados en los espacios más disímiles de la geografía universal, abrieran su corazón y su alma a este impenitente preguntón que siempre fui, y respondieron desde el único compromiso y la libertad de su verdad. Nunca censuré nada (ni lo haría jamás), tampoco nadie me pidió crear un espacio como este, y tampoco recibí (ni aceptaría nunca) un centavo. Hoy me despido agradecido de todos (incluso de quienes no quisieron estar o no les fue posible). Al cerrar Cubaconvite, me satisface hacerlo con un cuarto bate como es la figura de José M. Fernández Pequeño. Mientras preparábamos su entrada, me dijo: «Argenis, solo me interesan los proyectos humildes». Fue gratificante. 

Usted ha afirmado que escribir es, en esencia, un camino hacia uno mismo. En ese sentido, ¿cómo se presentaría ante un lector que aún no conoce su obra?

No estoy seguro de ser la persona indicada para semejante tarea, pero lo intentaré. Quizás le diría: aquí hay un escritor que acude a la literatura porque es la mejor forma que ha encontrado de dialogar consigo mismo usando cuanto existe a su alrededor como intermediario. Sé que tal enfoque podría sonar poco amable, incluso herir la sensibilidad de ese hipotético lector al que le estoy ratificando su irrelevancia mientras escribo… Ahora bien, si se tratara de un lector inteligente y esencial, a lo mejor le agradaría mi voluntad de no hacer comercio con la literatura ni emplearla para subir peldaños hacia ese esperpento social que llaman reconocimiento. Es decir, a lo mejor agradece mi poco interés en conquistarlo porque, a fin de cuentas, toda operación de conquista obliga a una cierta manipulación de los contenidos y las circunstancias, una forma de engaño tan jodida como cualquier otra.

El nombre de Santiago aparece de manera recurrente en su trayectoria vital y literaria, concretamente en las ciudades de Santiago de Cuba y Santiago de los Caballeros. ¿Qué le aportaron y qué le arrebataron cada una de ellas? Y, desde su mirada, ¿cuál cree que fue su propio aporte a esos lugares que lo han marcado tan profundamente?

Aunque nací en Bayamo, en una casa sin libros, supe que sería escritor desde la época en que veía el cartel de Humanidades y suponía que ahí había una Escuela de Medicina. Es una vocación que precede a mi conciencia. Algo parecido me ocurre con los Santiagos, y digo “parecido” porque en ese caso las explicaciones están más a la mano. Soy nieto de cuatro gallegos emigrados a Cuba, así que algún invisible polvillo de Santiago de Compostela pudo haberse derramado sobre la cuna de mis primeros sueños.

A Santiago de Cuba llegué para estudiar en la universidad. Reconozco que al principio fue difícil entenderme con esa ciudad drástica, calurosa, implacable como una cicatriz, que prefiere la rudeza de la montaña a la blanda paciencia del mar. Por suerte, hubo un mediador oportuno. Durante los cinco años de estudios universitarios, no paré de hacer teatro y, en tres de ellos, me tocó salir a la escena dando voz y figura a… ¡Santiago Apóstol! Por respondona e impulsiva que sea, ni siquiera Santiago de Cuba puede negarse a alguien que la corteja desde el alto caballo apostólico y envuelto en la capa del santo patrón, ya convenientemente mestizado a golpe de requinto. ¿Qué me dio Santiago de Cuba? Allí me formé. Primero, en la universidad, con personas tan decisivas como Ricardo Repilado y Ercilia Estrada; luego, en el extraordinario ambiente cultural que, desde los años sesenta, venía forjando un grupo importante de intelectuales y gestores a golpe de inteligencia y necesidad de abrir espacios para su trabajo. Allí se me sembró dentro la cultura popular cubana; allí di mis primeros y torpes pasos como editor; allí transcurrieron los largos años de diálogo literario con Jorge Luis Hernández, Aida Bahr, León Estrada y algún que otro nombre más; allí ayudé a fundar las Noches Culturales de la Calle Heredia, el Festival del Caribe, la Casa del Caribe, la revista Del Caribe y muchísimos otros proyectos; allí escribí mis libros iniciales y me despedí de la ciudad con mi primera y muy amarga colección de cuentos: Un tigre perfumado sobre mi huella (1999). En fin, allí tuve el privilegio de ser protagonista en una década cultural (los años ochenta) como difícilmente esa ciudad conozca otra.

Santiago de los Caballeros es un espacio diferente. Su ubicación en un fértil valle, su vínculo espiritual con un río (“las cosas cambian cuando hay un río de por medio”, ha escrito con razón Abilio Estévez) y las montañas que levantan el horizonte le conceden un alma vegetal semejante a la del Bayamo donde crecí, solo que a ritmo de perico ripiao. Allí llegué en 2007 para trabajar como gerente de Proyectos Culturales en el Centro León, una de las instituciones culturales más importantes del Caribe contemporáneo. No es posible imaginar dos formas de gestionar la cultura tan distintas como las del Centro León y la Casa del Caribe. Lo que en el Centro (concebido y dirigido por la familia León Jimenes y Rafael Emilio Yunén, el gestor cultural mejor formado de la República Dominicana) era método y sistema, en la Casa (concebida y dirigida por Joel James, el más brillante gestor cultural de la segunda mitad del siglo XX en Cuba) era intuición e impulso. ¿Qué me dio Santiago de los Caballeros? Pausa y reflexión, todo lo que yo necesitaba para completar mi oficio de escritor. También la coherencia de saber que la patria está donde yo esté. Siglos de intercambio humano entre el Cibao dominicano y el llano del Oriente cubano construyeron un hondo sentido de territorio común que persiste de mil sutiles formas, así que durante esos años pude moverme a satisfacción entre tantas amables sombras (la saga del trío Matamoros, Sindo Garay cubriendo el campo corto durante uno de los primeros juegos de pelota celebrados en territorio dominicano, o simplemente la campesina que en plena Sierra Septentrional usa una palabra tan cara para mi infancia como “cutara”). Durante mi estancia en Santiago de los Caballeros, el contacto con la cultura popular y las artes visuales dominicanas obró de manera decisiva para hacerme comprender con absoluta claridad quién es el escritor que yo había nacido para ser. De esa ciudad me despedí con el libro de cuentos que, creo, marca mi madurez como narrador: El arma secreta (2014).

Resumiendo. Así como el oficio de escritor estuvo siempre (y contra toda probabilidad) en mi destino, esa misma extraña fuerza cuidó de que nunca me faltara un Santiago a tiempo.

¿Cómo es el proceso creativo de José M. Fernández Pequeño? ¿Sigue un método de trabajo definido, se apega a algún ritual o planificación previa, o, por el contrario, prefiere fluir al ritmo que le imponen sus personajes?

No hago planes ni fijo rutas: escribo narrativa sin que me preocupe no saber qué ocurrirá en el siguiente párrafo. Si me bloqueo, dejo de pulsar el teclado a sabiendas de que la solución llegará pronto y sin forzarla. La ventaja de este no-método es lo mucho que disfruto; las desventajas son dos: estoy obligado a desarrollar la investigación para mis textos a medida que los voy escribiendo y no paro de escribir ni un solo segundo. Haga lo que haga, hay en mi interior un mecanismo implacable y no siempre consciente que registra estímulos, resalta frases oídas al azar y se encarga de mantener activo el flujo de la ficción.

De cualquier forma, cada proyecto (como cada persona) impone su temperamento. Me pasé diez años tratando de terminar la novela Tantas razones para odiar a Emilia (2021) y no fue posible hasta que di el brazo a torcer y dibujé su “estructura” en una pared. Mientras tanto, en la novela Y la noche doblaba por tercera (2025), escribí el capítulo cuatro sin saber cómo serían el dos y el tres; por no saber, ni siquiera sabía que estaba escribiendo el capítulo cuatro.

¿Rutinas? Muchísimas. Sé que la madrugada me dejará las mejores ideas y la mayoría de las soluciones, como sé que luego del amanecer los problemas tendrán una apariencia menos amenazante, así que al insomnio me entrego resignadamente (por cierto, hace semanas que me obsesionan el sonido y la figura del número 33, un camino que aún no sé a dónde lleva). Me levanto alrededor de las cuatro sin necesidad de despertador y escribo hasta las siete, hora en la que salgo para el trabajo. De regreso, sobre las tres de la tarde, descanso un poco y sigo escribiendo mientras chequeo cómo mi hijo Thiago hace sus tareas escolares. Aparte de eso y si el proyecto lo exige, puedo escribir en los espacios entre clases, en la espera de un turno médico, mientras hago ejercicios en el gimnasio… incluso detenido en una de esas tan miamenses congestiones del tráfico. Bueno, si cuando era joven logré escribir en las terminales de ómnibus cubanas, esas prefiguraciones del infierno, ¿cómo no voy a hacerlo en cualquier otro lugar?

También desarrollo otras rutinas conscientes. Mientras trabajo en un proyecto (a veces en más de uno al mismo tiempo), me hago un plan de lecturas y relecturas que podrían resultar estimulantes. Por ejemplo, desde que comencé a escribir mi novela más reciente y que se mantendrá inédita hasta 2027 o 2028 (“Cada hoja es el árbol”, así se titula), me he releído a escritores como César Aira, Antonio Tabucci, Clarice Lispector, Guillermo Vidal, Ricardo Piglia (debo a una frase suya el punto de vista para narrar el capítulo cinco de la novela), Paul Auster, entre muchísimos más. Otra: una vez que termino un libro, le concedo al menos un año de reposo antes de publicarlo o enviarlo a cualquier parte; a lo largo de ese tiempo, ya inmerso en otros proyectos, lo leo cada cierto tiempo y voy corrigiendo, reescribiendo o eliminando partes.

Cambiar de actividad mientras escribo es decisivo para mí y no me quejo… nada es más lógico cuando has borrado los límites entre vivir y hacer literatura.



Argenis Osorio, escritor y promotor literario

sábado, 21 de marzo de 2026


El libro más cubano de Fernández Pequeño


Amir Valle


Y la noche doblaba por tercera es una novela extraordinaria, contundente, estremecedora. No voy a hablar del nivel de lenguaje porque ya José M. Fernández Pequeño ha demostrado su capacidad de asumir todo tipo de discursos expresivos y lenguajes: culto y cargado de significados y filosofías cuando es necesario; popular y sencillo, pero enriquecido con esa sabiduría ancestral e histórica de la gente de a pie cuando esa norma del habla se impone, envueltas todas sus esencias comunicativas en una musicalidad natural y una poesía auténtica y sabia. Lo ha demostrado en sus cuentos y en su anterior y monumental novela "Tantas razones para odiar a Emilia". 

Prefiero hablar del creador de personajes inolvidables, como lo demuestra en esta novela donde crea a un ficticio narrador deportivo Mello Dominguez para homenajear al mítico narrador Felo Ramírez, una de las glorias de Cuba. Extraordinaria proeza narrativa es imbricar la realidad de Felo en la ficción de Mello, haciéndonos ver al verdadero Felo en ese Mello que va armando a lo largo de estas páginas como quien observa un álbum de fotos al tiempo que escucha las anécdotas que sobre esas fotos cuentan el protagonista y quienes con él coincidieron. Nadie dudará que existe un Mello Domínguez, como nadie duda que existió un Felo Ramírez.

Contundente novela porque toca una fibra muy sensible del alma cubana: ese deporte que tantas pasiones ha despertado, que tantas definiciones de “lo cubano” ha generado, que tantas marcas históricas ha dejado en el desarrollo de nuestra sociedad y nuestra cultura, desde que, allá por 1864, el béisbol (“el juego de pelota” para los cubanos) fuera introducido en Cuba por unos jóvenes cubanos que regresaban luego de estudiar en Estados Unidos, aunque algunos aseguren que el impacto real comenzó en 1878, cuando se efectuó el primer juego en el estadio Palmar de Junco, en Matanzas, momentos que tanto Felo como Mello estarían encantados de haber podido narrar. 

Y la huella profunda de ese impacto, que muchos ni siquiera pueden valorar en su justo peso, es una de las virtudes de Y la noche doblaba por tercera en la voz de Mello Domínguez, en la anécdota de su inserción temprana en el mundo de la narración deportiva, prolongada incluso hasta en ese deseo suyo de morir narrando; en esas debilidades humanas y pecados capitales que humanizan su grandeza; en las peripecias de esos personajes secundarios que terminan de configurar los misterios en torno a Mello desde sus vidas cotidianas e incluso desde el misticismo del cordón espiritual; en esas luchas personales, primero en un mundo donde el dinero regía el oficio y el mundo exterior, y después en una nueva era, supuestamente revolucionaria e inclusiva, en la cual encontró la marginación y le obligó a escapar. Una vida común y ordinaria que permite, a través de sus vivencias personales y sus contradicciones, entender la complejidad de las huellas que ha dejado ese deporte en el cuerpo vivo de la nación cubana. Toda una proeza literaria, hay que decirlo.

Estremecedora novela porque pone a sus personajes a moverse humanamente (y por ello, imperfecta y cuestionadoramente) en los tres grandes tópicos de la historia nacional, a fin de cuentas tres grandes traumas generados por la miseria humana (y ya se sabe que las grandes novelas se alimentan, diría el gran Hemingway, de la carroña humana): el daño histórico dejado por ese proceso social que se instauró en nuestra isla en 1959; el drama de millones de cubanos que tuvieron que reinventarse en una asfixiante y, mayormente, inhóspita diáspora; y el suicidio forzado (ideología mediante) de los sueños de quienes se quedaron o tuvieron que partir. Una novela que, como los grandes libros de la literatura universal, es un manantial de significados, de mensajes, de guiños de complicidad o crítica despiadada a las culpas que cargamos. El libro, sin dudas, más cubano de Fernández Pequeño.



martes, 17 de marzo de 2026

 


Un jonrón de Pequeño con las bases llenas


José Hugo Fernández


No diré que la he leído de un tirón. No leo así. Mucho menos cuando se trata de una novela tan jugosa como Y la noche doblaba por tercera, de José M. Fernández Pequeño, auténtica rara avis dentro del panorama de la narrativa cubana en nuestros días. El gozo mayor de la lectura -creo yo- radica en la lectura misma. Debe ser por eso que me resisto a sobrevolar todo lo emocionante y placentero que hay en una página bien escrita solo por el apuro de saber lo que ocurrirá más adelante. No propongo que todos lean igual. Habría que estar loco para prefijar normas en torno a una práctica tan personal e intransferible. Cada cual con su cuero hace tambores. Ni siquiera dudo que aún quede algún genio suelto por ahí que haya podido beberse las más de doscientas páginas de esta novela corriendo sin parar tras la anécdota, pero saboreando a la vez cada uno de sus deliciosos párrafos.

De hecho, resulta una perspectiva tentadora para el caso, ya que el argumento arrastra al lector, al tiempo que la sólida consistencia en la estructura, y la fluidez verbal, sugestiva, convocante (la gramática es la música del pensamiento, sostuvo Steiner), convidan al remanso y a la plena abstracción.

Como ya se ha comentado, esta novela recrea un largo período en la vida de Felo Ramírez, el mejor y más afamado cronista deportivo cubano, toda una institución en sí mismo, tanto en la Isla como en el exilio, hacia donde debió partir temprano, en 1961, con las primeras ráfagas del ciclón fidelista. Desde luego que escoger ese tema para una novela denota un gran tino por parte del autor. Fue su primer acierto. Al punto de que le hubiera alcanzado para redondear un buen libro. Pero parece que Pequeño no se conformó con batear un oportuno jit. Así que apostaría por el jonrón con las bases llenas.

Diferentes recursos de la narrativa de ficción se trenzan aquí con los del ensayo, la biografía, el esquicio histórico, la crónica deportiva y sociocultural, el anecdotario… logrando, juntos y revueltos, una suerte de síntesis de polifonía que le otorga rango de genuina novela cervantina, lo cual equivale a decir el mejor ejemplo de riqueza evolutiva que puede exhibir la novelística moderna.

Dueño del espacio y del tiempo narrativo, Pequeño mueve escenarios y personajes entre una época y otra, sin ocasionar el menor sobresalto. La trama, absorbente, meticulosa, resolutoria. Las reflexiones del protagonista y del autor, puntuales y chispeantes, aunque también portadoras, por momentos, de una recogida morriña. Felo reina con su gracejo en el espectro luminoso de esta obra. Lo asumimos muy vivo, porque resulta especialmente vívido todo cuanto narra o comenta. Pero no es el único personaje en cuyo diseño se lució el autor. Hay otros, no pocos, que transitan por estas páginas deslizando sus testimonios y pareceres, a modo de cordial guiño a la novela coral. Mediante sus palabras se percibe igualmente una afectiva rendición de cuentas a la niñez, la adolescencia, la amistad, la familia, y en especial a la ciudad de Bayamo, terruño del protagonista y del autor.
Siempre con las emociones del béisbol moldeando el ritmo, Y la noche doblaba por tercera prodiga una detallada y amena incursión en los predios de la pelota y un agudo análisis en torno a la industria que le sirve de sustento. Por sus pasajes discurren, además, figuras entrañables de nuestra cultura popular casi o completamente olvidadas hoy. Distantes luminarias a las que, gracias a la novela, volvemos a frecuentar como si fueran vecinos del barrio. Orestes Miñoso con su cautivadora sonrisa. El Niño Valdés, gran comelón de filetes, dejándose convencer por Felo para que publicite la malta Hatuey luego de uno de sus contundentes nocauts. Bola de Nieve con su voz de persona…
En fin, se trata de un libro de exquisita densidad, muy trabajado, desde el título hasta el epílogo. Al repasarlo sin atropellamientos ni saltos de páginas, he vuelto a experimentar ese cúmulo de sensaciones que propicia adentrarse en la lectura como lo que siempre fue, desde sus orígenes: singular generadora de placer, a más de un hondo y enriquecedor proceso intelectual. ¿Lo será todavía?

Miami, marzo de 2026


Para solicitar la novela, haga clic en el título: Y la noche doblaba por tercera

sábado, 27 de mayo de 2023

 

Rafael Duharte Jiménez:
formas de fundar y morir


José M. Fernández Pequeño


Para Rafaelito y Elsa.


Hay muchas formas de muerte. La más común, la que llega tras el último resuello, se ha apropiado del historiador Rafael Duharte Jiménez en Santiago de Cuba. Las manifestaciones de duelo en las redes sociales no se han hecho esperar: hablan de su trabajo como profesor, de sus investigaciones, de sus desvelos en la divulgación de la historia santiaguera… Pero, si deuda grande tienen la ciudad y el país con Duharte, esta pasa por sus esfuerzos en la gestión cultural.

Cuando logramos fundar la Casa del Caribe, en 1982, se nos presentó un problema muy serio: necesitábamos personas capacitadas, que lograran entender el proyecto, pero que al mismo tiempo fueran organizadas. Joel James no lo era, al menos no en el sentido burocrático, ni yo tampoco, ni menos Jesús Cos Causse. Todo el período que antecedió a la irrupción de Las Noches Culturales de la Calle Heredia (1980) y se alargó luego hacia el Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño (abril de 1981) estuvo repleto de chispazos, impulsos, asombros y descubrimientos. Bajo la capitanía de Joel, nos fuimos encontrando versiones inusitadas de nosotros mismos a través de las igualmente inusitadas expresiones culturales que se mostraban a nuestros ojos, y cada posibilidad hizo visible otra posibilidad, hasta que se creó la Casa del Caribe.

Una institución que pretendía no solo mantener el festival, sino también aunar un tipo gestión cultural poco común con la investigación sobre la cultura popular en el Caribe y crear una revista capaz de expresar todo ese universo de certezas y suposiciones, requería organización. Y en esa encrucijada, nadie tan idóneo como Rafael Duharte, por entonces profesor de Historia en el Pedagógico de Santiago de Cuba. Al momento de abrir la Casa del Caribe, no hubo la menor duda sobre la pertinencia de Duharte para ocuparse del Departamento de Investigaciones. Él nos había ayudado con la organización del evento teórico que nació dentro del festival (El Caribe que Nos Une) y había dejado más que clara su milimétrica capacidad para la organización y su seriedad profesional. Por otra parte, desde hacía años y de manera independiente, llevaba una investigación acerca de la esclavitud en Cuba, con búsquedas de archivo centradas en casos muy específicos y siguiendo los pasos de Pedro Deschamps Chapeaux, un trabajo que hoy puede ubicarse dentro de la microhistoria y la historia regional. Era, al menos por los asuntos de su interés, un investigador no demasiado distante de las líneas que Joel ansiaba desarrollar.

Hoy es difícil imaginar lo que fueron aquellos primeros años de la Casa del Caribe. Al no ser un proyecto pensado por la rígida y centralizada estructura cultural cubana, no aparecía en ningún plan y quedaba sujeto a la administración, siempre renqueante, de la Dirección Provincial de Cultura en Santiago de Cuba. Éramos un extraño caso de propuesta nacida desde la práctica, en la base cultural cubana misma, y que Armando Hart, entonces ministro de Cultura y miembro del Buró Político del PCC, había entendido conveniente apoyar. Esto nos generaba una enorme inestabilidad: la revista Del Caribe, cuyo primer número apareció en 1983, no tenía un espacio definido de impresión y saltaba de poligráfico en poligráfico según un trayecto dictado más por los contactos a nivel de “socios” que por una verdadera planificación productiva; las instituciones intelectuales cubanas cuyo trabajo se relacionaba con el Caribe (algunas tan poderosas como Casa de las Américas) nos miraban, en el mejor de los casos, con suspicacia; tampoco estábamos en La Habana ni teníamos a mano las redes oficiales de comunicación con el resto de los países que forman el Caribe. Pero ya entonces sabíamos que estas dificultades irían desapareciendo con los años y el trabajo. El principal problema era interno y recalaba precisamente en el área de las investigaciones, es decir, aquella para la cual llegó Rafael Duharte. Cierto que teníamos el apoyo de estudiosos e investigadores externos tan disímiles como Olga Portuondo, Gladys González o Ricardo Repilado, pero era necesario un frente de investigación estable dentro de la institución, cuyo trabajo alimentara las acciones de gestión cultural y de publicación.

Era un reto de gran magnitud. Primero, por el objeto de estudio. Puedo decir que, aparte de Joel, ninguno de quienes comenzamos en la Casa del Caribe éramos investigadores de la cultura popular tradicional cubana y, menos aún, caribeña. No lo eran Bernardo García ni Radhamés de los Reyes ni el propio Duharte. Cos Causse, ese ser tan especial, no lo sería jamás. Julito Corbea se situaba en las proximidades del territorio bajo investigación, pero sobre un tema muy específico: el poblado del Cobre y la virgen de la Caridad. Otros lucharon para reconvertirse, como José Millet y Rafael Brea. En cuanto a mí, el asunto era fascinante, pero desde la perspectiva del escritor que entonces soñaba ser. Y luego estaban los métodos. Si Joel fue, sin dudas, el intelectual más importante en ese terreno de estudio durante la segunda mitad del siglo XX cubano, se debe a una aproximación teórica donde resulta imposible determinar las fronteras entre la ciencia, la reflexión filosófica y la creación literaria. Al mismo tiempo, la experiencia de Joel como estudiante de Historia en la Universidad de Oriente, anegada por el marxismo de manual y la actuación de comisarios políticos tan obtusos como implacables, le generó un rechazo absoluto hacia la investigación de corte académico. Echar a andar líneas de investigación fuertes en esas circunstancias fue, ya lo dije antes, un reto.

El punto de equilibrio en proceso tan complicado y tan nutrido de variables diversas, a veces irreconciliables, fue Rafael Duharte, apoyado en su paciencia, su meticulosa capacidad organizativa y su tino para moverse con la brújula de la cordura cerca de ese maravilloso tornado de ideas y coraje que fue Joel James. Pronto el coloquio El Caribe que Nos Une se multiplicó en otros eventos científicos o artísticos, a veces puntuales, como el Coloquio Maurice Bishop in Memoriam o el Congreso Mundial sobre la Muerte, a veces dentro del propio festival, como el coloquio de arqueología que capitaneaba Jorge Ulloa o los encuentros de poesía. Todos encontraron en Duharte, por entonces subdirector de la Casa del Caribe, un organizador equilibrado y lúcido. Viéndolo desde hoy, tantos años después, cuesta entender cómo apenas una docena de personas podíamos llevar adelante todo aquel trabajo. Pero bueno, eran otros tiempos. 

Y aquí me detengo. En la foto que encabeza estas líneas, Duharte y yo estamos en Baní, República Dominicana, junto al cartel que señala el lugar donde nació Máximo Gómez. Es noviembre de 1997 y ya en ese momento he informado a Joel mi intención de radicarme en la República Dominicana cuando regresemos a ese país, en marzo de 1998. Había trabajado dieciséis años seguidos en la Casa del Caribe. No sé cuántos estuvo allí Duharte, pero no fueron menos de veinticinco… ¡un cuarto de siglo! Me parece muy triste que, en su página oficial de Facebook, la Casa del Caribe actual, esa institución tan dada a colocar bustos, celebrar velorios y presentar fundadores apócrifos, no señale esa condición primigenia para Rafael Duharte y liquide su muerte con apenas dos vertiginosas líneas“trabajó como jefe de departamento de investigaciones (sic) y luego como subdirector en la Casa del Caribe”. Dos líneas para sepultar un cuarto de siglo. Debe ser un récord mundial de frugalidad informativa.

Cierto, hay muchas formas de morir. También de matar.

jueves, 20 de enero de 2022


Manuel Matos Moquete



1. Lo mejor de esta novela es que se va deshaciendo del autor, a quien nombro aquí para que el pobre José M. Fernández Pequeño no quede en el olvido, puesto que la obra sola ha ido haciendo su camino, como todas las cosas que han quedado en la historia. ¿A quién le importa saber quién inventó el palito de coco? ¿Qué ventaja da saber quién escribió El Quijote?

2. La mala fe de esa novela, siempre hay mala fe en la obras literarias, es que fue escrita con ganas, pasión y entrega, como un soplamocos a quienes creen que la literatura es un maíz y que escribir es ponme ahí tres de yuca y dos de papa, y ya está, y salir por ahí alardeando de gran escritor.

3. Ese texto, además de tener 362 páginas, encierra varios mundos-culturas. Por lo pronto, el cubano, el dominicano, el caribeño y el propio del autor. Y su lectura requiere detenimiento y esfuerzo de comprensión mediante recursos de apoyo, si se quiere aprovechar, aun en un primer nivel de lectura, como fuente de conocimiento y aprendizaje. En cambio, el valor enciclopédico de esa obra es de una enorme dificultad para los lectores de pacotilla, como hay tantos en República Dominicana, donde se lee poco, pocas páginas, cosas fáciles y rápidamente, como para decir que se leyó algo.

4. Otro gran valor de la obra, que agrava la dificultad para el lector superficial, es que ella representa una tamaña pela de trabajo en el arte de narrar, en el cual el autor se vale de múltiples magias creativas, diversos escenarios, formatos, registros de habla, situaciones, y todo rueda como en coche. Es decir, la obra es un pandemonio muy ordenado y difícil de penetrar con solo un simple por arriba de lectura, pero que produce un enorme placer y riqueza en quienes se dan a su lectura con deseos de penetrar en el universo literario de formas-sentidos.

5. Lo malo de esa novela es su misma complejidad, como si fuera verdad lo que dice la gente: Que todo tiene su pro y su contra y que no hay mal que por bien no venga. Claro, si no olvidamos que Tantas razones para odiar a Emilia es una obra escrita por un señor que es genio y figura hasta la sepultura. Y quien mete esa sencillez y ese gracejo que dan seguidillas en todo lo que él dice y hace, como son los tantos relajos cubano-dominicanos que generosamente desparrama, como en estas pizcas de diálogos:

“—No relaje… Pues vea, ayer yo era Sammy Sosa, pero me sacaron de la pelota por la bobería esa del bate con corcho, y más luego perdí todos los cuartos apostando en los gallos. ¿Le parece?"

“— ¡Coñóóóó, ahora sssí hirvió el potaje! Ni sabía que ibas al seminario, assere.”

En fin, que es mejor leer la novela con sus propios ojos, gozarla, no que yo se la cuente, y olvidarse de Fernández Pequeño.


Para adquirir la novela, haga clic sobre el título:

Tantas razones para odiar a Emilia



Nota: El nombre de Emilia, que ilustra este texto, fue escrito por el artista colombiano Oswaldo Maciá en el programa de un simposio sobre arte contemporáneo en el Caribe que tuvo lugar en Martinica y durante el año 2008. Esa grafía descendente marca el momento en que apareció la idea de escribir una novela titulada Tantas razones para odiar a Emilia.

sábado, 26 de enero de 2019

Para explicar ciertas regularidades del verbo ir(se)


Foto: Karenia Guillarón

Uno hace el esfuerzo de, aunque sea en la vejez, comportarse como una persona normal... ¿qué es eso de andar escribiendo invenciones, imaginando historias, intercambiando golpes con unas palabras que a fin de cuentas terminan por burlarse de uno? ¡No, señor, basta ya! Entonces sale de su casa y camina ahí, haciendo nada, y tropieza con la vecina nica, una señora en tránsito a los ochenta cuyo trabajo parece ser pasear al perrito y poner luces de Navidad. Hola vecino, dice, tenga cuidado, no se vaya muy lejos. Le pregunto por qué y me cuenta. ¿Usted ve esa casa al lado de la suya? Pues ahí vivían unos cubanos, eran como catorce, y un día el señor más viejo salió caminando, cruzó la entrada del condominio, saludó al guardia, y no volvió jamás. ¿Lo asaltaron?, pregunto, ¿lo encontraron muerto? No, informa ella, solo salió y se perdió, desapareció nadie sabe todavía hacia dónde. Y de momento no hallo nada qué decir, lo único que se me ocurre es un horroroso chiste sobre elefantes. Doy el hasta luego y regreso a casa bien pendiente de mí, atento para no permitirme imaginar el rumbo de ese señor abuelo, padre, tío, buen vecino, etcétera, etcétera, que un día salí por el portón del condominio, saludé al guardia y...


Me decido a cambiar la losa rota en el sendero de entrada a la casa (estoy empeñado en ser un tipo normal, ya lo dije, y los tipos normales arreglan cosas). Es temprano y el condominio se aposenta sobre una melaza de silencio que solo perturban los gritos de quienes juegan soccer todos los sábados en el patio de la escuela colindante. Cambiar una losa exige precisión, mucha precisión, sí señor. Puro, ¿quiere que le preste un nivel?, me saluda el vecino de al lado, a punto de montarse en su enorme camioneta. Tengo uno digital, grita por encima del motor que brama. No, gracias, le sonrío en cuclillas. Los movimientos del vecino son bruscos; su figura, gorda y calva, conserva todavía restos de una juventud que se despide. La camioneta se le parece; es bronca, ruidosa, y deja en el aire un mareante olor a petróleo quemado. ¿Cómo es la apariencia de alguien que un día sale de su casa para no regresar jamás? ¿Y si al momento de salir no planea que será para siempre? ¿Qué pasa si solo arranca a caminar y nunca siente el deseo de volver atrás? No sé, es difícil hacer tangible a alguien que únicamente desaparece, y la vecina nica (esa a quien podría preguntarle) aún no saca a pasear su perro. La familia que queda detrás se deja imaginar mejor. Hermanos, esposa, hijos, nietos, sobrinos, y así hasta llegar a la cifra de catorce personas (según el conteo generoso de la vecina nica), gente que quizás nunca tuvo paciencia para tejer, que termina por seguir su rutina insistiendo en creer que cada día es el bueno para recibir al hermano, esposo, abuelo, padre, tío... de regreso. Con muy poco esfuerzo puedo verlos ir y venir por la casa de donde salió el vecino de la camioneta. Tienen rostros verosímiles, unas maneras que se acomodan a lo posible. Entro a casa. Poner una losa no es tan fácil como parece, va a ser mejor llamar a un handyman, pero al menos ya sé por qué el hombre no puede regresar. Su ausencia da sentido a quienes abandona, los hace eternos.


Se aleja. Desde mi posición arrodillada (estudio formas para extender el tubo del desagüe hasta mitad del jardín), la imagen se me ofrece halada hacia arriba, y asumo que por esa distorsión el hombre luce demasiado flaco, demasiado huesudo, su cabeza de anciano demasiado pequeña y alta mientras se aleja con una paz que impresiona. No parece despedirse. Para nada, la displicencia de su paso es ajena a ese dolor; más bien se diría que va restituyendo las cosas en su lugar (un condominio de townhouses ahí, ese edificio de apartamentos allá, la entrada a la plaza comercial en este lado, la oficina de correos en aquel otro…), devolviéndolas para librarse de tener que recordarlas luego. Las cosas ya no son como antes, dice la vecina nica parada frente a mí, ganando también unas pulgadas de estatura y perdiendo algunos kilos de grosor con el estiramiento que produce mi perspectiva en contrapicado. Últimamente el barrio se ha llenado de cundangos, árabes y negros… Hay que andar con cuidado. Como el tono de su voz desciende hacia el punto final, le hago nuevas preguntas, y en efecto, la imagen del hombre reaparece en sus ojos. De espaldas siempre, alejándose todo el tiempo. En esta ocasión avanza por una calle bastante estrecha, tendida entre casitas amarillas, todas exactamente iguales, que lo ven pasar liviano, liberado de pertenecer. Irse como él lo hace pudiera ser una forma de morir yendo hacia uno mismo, pienso, y la idea me recuerda el ascensor que soñé anoche. Estoy seguro de que en el sueño no era tan amplio ni tan limpio ni tan brillante como el recuerdo lo regresa a la luz de la mañana, pero sin moverme de su interior yo podía ocuparme de todo: iba de compras al supermercado, visitaba a mi compadre Hiram, atendía el trabajo de la redacción… Lo único que nunca hice durante el sueño (bastante largo, por cierto) fue apretar algún botón y poner el ascensor en movimiento. Estoy hablando de un sueño, claro, y los sueños no se explican. Como tampoco me sería posible explicar qué relación hay (si la hubiera) entre el ascensor soñado y el hombre que ya no se aleja en los ojos de la vecina nica porque ella abandonó el tema y está contando algo que ocurrió ayer o antier a las hijas de un vecino colombiano. Devuelvo la atención al conector obtuso que no estoy seguro sea el adecuado para extender el tubo de desagüe y nada comento sobre el sueño, no sea que mi interlocutora decida incluirme en su lista de raros y peligrosos, junto a los homosexuales, los árabes, los negros, y vaya usted a saber cuánta gente más.


¿En qué momento desaparece el hombre que se va? Dicho de otro modo, ¿qué indicaría su desvanecimiento final? Mi esposa levanta la mirada del plato y responde en clave sorda, preguntándome a su vez cuándo se podrá abrir de nuevo la entrada de agua a la casa. Tiene el mentón levemente contraído, su señal preferida para indicar contrariedad. Hago un movimiento con los hombros que lo mismo podría significar pronto como en el siglo próximo, e intento seguir comiendo, pero ella no deja de mirarme y el mentón ha acentuado su condición contráctil. Cuando termine de almorzar y repose un poco, verificaré que el pegamento de los tubos haya secado bien, digo. La carga de resignación con que regresa su mirada al plato no deja dudas sobre lo que vendrá. ¿Por qué no compraste el pegamento que te dijo Hiram, el que seca en unos segundos? Pausa. Eres escritor, no plomero. Y sí, quizás la clave sea el vértigo del segundo. Quizás el decisivo sea ese segundo a partir del cual los perros dejan de ladrar al paso del que se marcha. Puede que haya un instante en que los signos del hombre se hagan inaudibles para el universo (cualquiera sea la amplitud mística que concedamos a tal palabra) y su avance hacia el horizonte desaparezca en el radar de los dioses. Sin huella no hay presencia, al menos no para los ojos humanos y su horrible pretensión de atrapar la mayor cantidad posible de realidad para elaborar rutinas. El tipo que inventó los tubos de PVC y nos ahorró el engorro de la soldadura merecería ser elevado al Olimpo de los genios, digo solo por decir algo, para aflojar la tensión del momento.


Estuve a punto de morir anoche. Olvidé que había tomado la medicina para la presión y dos copas de vino (sumadas a media pastilla de algo que no declararé en este lugar) me provocaron una crisis de desmembramiento. Eso sentía tirado en la cama: un frío enorme y el horror de deshacerme. Morir es un estado de desequilibrio, créanme. Como no quise (con voz que sonó en mi interior a eco ajeno) que llamara al 911, mi esposa se arrodilló junto a la cama y comenzó a rezar. Así de fea anduvo la cosa. Perdida la gravedad interior, temblando y con los ojos cerrados, me aferré al recuerdo de la muerte de mi madre. Fui asociando sus reacciones finales con mis síntomas, reconociendo en mí cada peldaño que ella descendió. Confiaba en que la misma muerte no podía ocurrir dos veces en dos personas tan próximas, y en algún momento me dormí. Aquí estoy, pues, en la sobrevida, dando un paseo tempranero por el condominio. De la experiencia nocturna queda un persistente dolor en las articulaciones, que me obligará a suspender los trabajos en el patio y el frente de la casa por unos días, más alguna huella a la espera de un ojo sagaz. Estoy a punto de doblar en la esquina, cuando la vecina nica sale de su casa y lo primero que me pregunta es si me siento mal. Desecho su curiosidad. Quien tan próximo anduvo de la muerte, no está obligado a guardar consideraciones, así que le echo en cara: Usted inventó la historia del hombre que se fue y nunca regresó… ese tipo no existió. El ancho rostro de la vecina nica cambia vertiginosamente de expresión, como si repasara a toda velocidad el catálogo de reacciones a su disposición. Finalmente sonríe con sonrisa de abuela cumplida. Tironea la correa para someter la inquietud de su perrito y me mira condescendiente, entendiendo algo que no logro entender. Claro que existió, y su sonrisa se apaga, lo que no sabemos es adónde fue. Y fíjese que eso nos puede pasar a todos. ¿Nunca ha sentido usted que no está en el lugar donde se supone que está? No esperaba esa respuesta, la verdad, y ella aprovecha mi silencio, lo asume como una señal de derrota. ¿Ha visto al vecino gringo de la 331, el que todas las tardes a las cinco saca su sombra a pasear? Silencio, ¿qué puedo decir? No lo he visto. El rostro indígena de la vecina nica está tan serio que parece como si se alejara. Continúa: Y no me vaya a decir que el gringo está loco, eso lo saben hasta las piedras del condominio, pero lo difícil de explicar es cómo logra que el collar se mantenga atado al cuello de su sombra mientras camina. Piénselo. Así dijo la vecina nica y se fue con paso de abuela cumplida, arreando a su perrito. Cierro los ojos con todas mis fuerzas, aunque inútilmente. La voz dentro de mi cabeza (esta vez sin ecos, ni propios ni ajenos) se admira: ¡qué personajazo para un cuento!... Pero ni muerto, estoy retirado de la literatura, ahora soy solo un hombre que arregla cosas en su casa.


domingo, 21 de octubre de 2018

Medio siglo


Foto: Ena LaPitu Columbié

Hoy cumplo cincuenta años. Nunca pensé ir tan lejos (¡medio siglo!) pero, como llegué hasta aquí, me veo obligado a hacer planes y prevenirles, no sea que mis decisiones puedan afectarles. Allá va eso:

  1. Decido dar las gracias a quienes me han querido, no importa si mucho o poco, si de forma interesada o desinteresada, y hacerles saber que es mi voluntad continuar mortificándoles todo lo que esté a mi alcance.
  2. Decido seguir siendo escritor, sentarme frente al computador con premeditación, alevosía y ensañamiento: no sólo tendrán que sufrir tres libros nuevos, ya terminados y en vías de publicación, sino también los proyectos por escribir. Despreocúpense, para aquellos que la muerte no me diera tiempo, entonces escogeré al peor escritor disponible y se los dictaré al oído, desde las nieblas del más allá. Esto es: no esperen salvación.
  3. Decido mantener mi mala memoria, cultivar mi arrogancia, ser (si esto fuera posible) aún más roscaizquierda, disfrutar mi torpeza para las cosas prácticas, reírme de los que creen en la ropa a la moda y reincidir en el incómodo defecto de pensar lo que me dé la gana y decirlo cuando me dé la gana. En resumen: no tengo ninguna intención de ser mejor, sino todo lo contrario.
  4. Decido ser cubano hasta el último día y no dejarme engañar otra vez: la patria no se entona como un himno ni se ondea como una bandera. Cuba está donde quiera que yo esté o sueñe estar. Adendum: Decido que soy dominicano más allá de cualquier papel o ley, y le disguste a quien le disguste; es más, declaro que nunca me he sentido más cubano que siendo dominicano, y viceversa.
  5. Decido que discutir es un deporte más atractivo, apasionante y sorprendente que la pelota y el balompié juntos, aunque nadie te pague una purruchada de millones por practicarlo ni al final lleguemos a conclusión alguna.
  6. Decido que no necesito intermediario para hablar con Dios, que nuestro mutuo cariño incluye el idioma común y la posibilidad de no estar de acuerdo.
  7. Decido no ser incondicional de nada ni de nadie, desconfiar de los mesías, las razones intransigentes y las verdades que no conciban su propia negación, recordar siempre que nada será bueno en el futuro si no puedo disfrutarlo en el presente.
  8. Decido pelear cada round que me proponga la muerte. Saber que, si al final no puedo ganarle la pelea, sí está en mis manos irme con la satisfacción de haber intentado devolverle cumplidamente cada golpe.
  9. Decido que el futuro es más interesante que el pasado y que me asiste todo el derecho de olvidar siempre que tenga ese deseo.
  10. Decido dar las gracias a mis enemigos y, por extensión, a todo aquel que ha querido hacerme daño. Ellos han sido mi acicate, el estímulo para seguir, el alimento de mi terquedad.
Escrito y firmado hoy y mañana y pasado y dentro de cincuenta años más. Quedan advertidos.


Pequeño

sábado, 1 de septiembre de 2018

Decapitación de Manolito el explotador



Barrio de la ciudad de Bayamo hoy
Foto: Osvaldo Gouyonnet


Nunca se llegó a saber qué era mayor en Manolito, si su mal genio o su buen corazón. Tampoco supimos de su condición explotadora hasta aquel día.

Antes de ese momento, Manolito fue un niño-adolescente con una impresionante habilidad manual y una viveza para aprender que a los dieciocho años lo convirtieron en talabartero con negocio propio, uno pequeñito en la calle Martí casi esquina a Figueredo. La pequeñez del negocio, sin embargo, no impidió que dos años después Manolito importara de Estados Unidos la mejor máquina de coser cuero que habría en Bayamo hasta los años ochenta, lo que no es un decir escaso porque estamos hablando de mediados de los cincuenta y Manolito apenas rebasaba los veinte años.

La década del sesenta y su carga de sucesos estremecedores para el país encontraron a Manolito casado, con una hija y casa propia. Mantenía aún el negocio de la calle Martí, igual de pequeño y ajetreado. ¿Debieron estos hechos llevarnos a identificar el corazón explotador que latía en Manolito? Bueno, las cosas no eran tan simples. Empezando porque su esposa no trabajaba en la calle y las monturas, botas, cinturones y tantas otras maravillas que Manolito sacaba del cuero alcanzaban también para contratar a una señora que ayudaba en los quehaceres de la casa. Visto así, no es fácil sostener que Manolito explotara a su esposa.

Para más defensa de nuestra inocencia, tampoco tenía Manolito empleados en su talabartería, a menos que consideremos como tal a un sobrino de diez años que solía llevarse hasta el negocio cuando no era día de escuela, con el pretendido deseo de que ayudara y fuera curtiéndose en los modos del trabajo, aunque la tal “ayuda”, en el caso del pequeño, no iba más allá de ponerse a jugar con las cajas de clavos, de manera que cuando Manolito necesitaba clavos de un cuarto, debía revisar todas las cajas hasta encontrarlos en la correspondiente a los de una pulgada.

Si a todo eso agregamos la satisfacción con que los clientes pagaban sus encargos ya terminados, deberíamos concluir que, según todo indica, Manolito era un explotador de sí mismo.

Así las cosas, estoy seguro de que los mayores (Manolito antes que nadie) esperaban lo que ocurrió el día ya mencionado al principio; ahora, para el sobrino fue un verdadero impacto. En el centro del grupo de hombres que bloqueó la puerta de la talabartería estaba Mayo, el vecino, solo que no traía el rostro risueño con que tantas veces había prometido al niño que sería la segunda base regular en el equipo del ICP cuando cumpliera los doce años. Ahora se veía sombrío y, ciertamente, no faltaron sombras en la voz con que gritó:

—Este negocio está intervenido en nombre del pueblo revolucionario.

Al día de hoy, todavía el sobrino tiene la impresión de que no eran cinco o seis los hombres que obstaculizaban la entrada de la luz mañanera, sino cientos, miles. Tanta fue su sorpresa que vino a despertar cuando ya Manolito había agarrado una chaveta en cada mano y respondía:

—Díganle al pueblo revolucionario que, si tiene cojones, pase y ocupe el negocio.

El sobrino se asustó. Él conocía muy bien aquel tono de voz bajo, reverberante; además, había visto a Manolito afeitarse con el filo de las chavetas ¡y sin jabón! Tras un instante de suspenso, Mayo hizo un gesto a sus acompañantes y, empujándolos con los brazos abiertos, los obligó a cruzar la calle Martí y detenerse en la acera de enfrente.

El resto de la mañana transcurrió a fuego lento. Manolito fue llamando a los clientes que tenían teléfono para que recogieran sus encargos, terminados o no, antes del mediodía, aunque solo unos pocos de ellos se atrevieron a entrar en el negocio bajo la hosca mirada del grupo apostado enfrente. Estoy muy seguro. Solo la vieja amistad que ese día terminaba impidió que Mayo llamara a la policía. Una vecindad que se extendía a los padres de ambos lo hizo mantenerse allí, a la espera de algo que no creo le resultara claro.

Cerca de la una, Manolito tomó al sobrino por el hombro izquierdo y lo condujo afuera. Luego cerró la puerta del que hasta ese día había sido su negocio, puso la llave sobre la acera y se fue sin mirar atrás, siempre conduciendo por el hombro al sobrino, que tampoco se atrevió a volver la mirada. En completo silencio doblaron la esquina de la ferretería que hasta hacía poco había pertenecido a los Landrove. Entonces Manolito murmuró:

—Esto se jodió, hay que ver cómo te sacamos del país.

—¿Y por qué, tío?

Manolito seguía mirando al frente. Guardó silencio dos, tres, cuatro, cinco segundos, y entonces:

—Porque, como tú, hay a quien le ha dado por jugar a poner los clavos en la caja equivocada.

En ese momento no lo entendí.



lunes, 6 de agosto de 2018

Destino de ser nube


Foto: Rodolfo de la Fuente


Para Haydee López Peliquín, donde esté.


Digamos que se llamaba Nube. Era delgada, de grandes ojos pardos y fumaba sin descanso, pero lo que la sitúa en este recuerdo es el acto de escribir. Literatura, quiero decir, Nube escribía poemas que los maestros aplaudían y a veces eran publicados en revistas y periódicos. Y se leían además en los actos patrióticos. En fin, si alguien en la escuela pronunciaba palabras como inspiración o escritor, todos pensaban en Nube.

Y exacto ahí entro yo. Para un adolescente que soñaba con ser escritor sin un solo antecedente familiar en tan arduo asunto, ver que alguien apenas un año mayor escribía literatura y hacía públicos sus textos con semejante desenfado era, como poco, alentador. Los escritores no solo estaban en los olorosos libros o en las clases de literatura para justificación de un maestro que, hastiado de sí mismo, enumeraba las “características” de esta época, aquel movimiento o la otra generación. No, también podían tener un delicado cuerpo humano, y andar con ligereza de nube por los pasillos de la escuela, y mirar las cosas de todos los días como si el mundo cupiera dentro de su asombro, y fumar como locos, y (más, más importante) escribir versos con las mismas mundanas palabras de decir ¡qué tronco de calor hace, caballeros!

Nube, como puede suponerse con muy poco esfuerzo, aspiraba a estudiar literatura, de modo que a punto de finalizar el pre pidió la carrera y su escalafón académico se la permitió: Licenciatura en Letras. Y entonces, inopinadamente, la llamaron a una reunión. El país necesitaba defectólogos y pedía que Nube renunciara a la carrera de Letras y fuera a estudiar Defectología en la Unión Soviética. Ella argumentó, estaba segura de que enseñar niños con dificultades especiales era una hermosa tarea… para quien tuviera esa vocación. Ella quería ser poeta, no maestra.

Pero el país no entendió. En el reino de los obreros y los campesinos, ser poeta pasaba por no sentirse alguien especial ni creer que se pertenecía a una élite intelectualmente superior, ni muchísimo menos que por escribir versos uno adquiría carta de crédito para ponerse fuera del juego cuando le diera la gana. Nada de eso, que Nube recordara lo ocurrido en La Habana un tiempito atrás con aquel poeta que se había orillado de la historia y convertido en enemigo del pueblo.

Con su acostumbrada determinación, el país dio tres días para pensar, setentaidós horas en las que Nube se ahogó bajo el peso de dos argumentos como peñascos: el país que le propiciaba estudios gratuitos era el mismo que ahora necesitaba su cooperación y, muy por encima de todas las cosas, ella era militante de la Juventud Comunista, parte de una vanguardia lista para dar un paso al frente cada vez que la patria lo solicitara. Y la patria, qué duda había, eran aquellos dirigentes ante los que Nube renunció por fin a su carrera de Letras para aprender ruso e irse a estudiar en la Unión Soviética.

Ahí la perdí de vista por más de diez años.

Una mañana iba de camino a la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba, y a la salida de la Plaza de Marte tropecé con Nube. Debió ser en 1984, quizás 1985, y sentí una enorme alegría al verla. Se había transformado en una señora joven y todavía delgada, con la misma expresión de asombro en los grandes ojos pardos, aunque ahora un par de arrugas pusieran entre paréntesis su risa de dientes asediados por la nicotina. Nos actualizamos: ella vivía en Santiago, se había casado, tenía dos niños en el trayecto de los seis a los ocho años, y trabajaba en un círculo infantil.

Hacia el final de la conversación, cuando se iba haciendo obvio que las respectivas obligaciones no nos permitirían seguir interrumpiendo por mucho más tiempo el paso en la acera de la avenida Victoriano Garzón, le informé que cada quince días, los miércoles, un grupo de amigos nos reuníamos a debatir sobre literatura. No era un taller literario oficial, éramos solo amigos de confianza que se habían escogido entre sí para leer textos e intercambiar. ¿Por qué no se nos unía el próximo miércoles?

A Nube se le cansó la sonrisa.

—Te lo agradezco pero no, ya no pertenezco a ese mundo. No creo que a estas alturas encuentre fuerzas.

Y lo dijo con la perpleja tristeza que casi siempre dejan las nubes al marcharse.

sábado, 16 de junio de 2018

Para poner las kaes en su sitio (literario)


Miércoles 20 de junio de 2018
7:00 p.m.
Centro Cultural Español de Miami



Kianny Antigua y Keiselim A. Montás son dos relevantes escritores dominicanos de la diáspora. Autores de obras disímiles, comparten sin embargo la condición de transterrados y una experiencia creativa marcada por circunstancias con no pocos puntos comunes, sobre la cual se extenderán durante un intercambio en el que a su vez estarán presentando sus últimos libros. El diálogo será propiciado por el escritor domínico-cubano José M. Fernández Pequeño.


Kianny Antigua (San Francisco de Macorís, 1979). Trabaja como profesora adjunta en Dartmouth College y dirige el programa de español en Howe Library. Ha publicado siete libros de literatura infantil, cuatro de cuentos, una novela, un poemario y un libro de microrrelatos. En 2016 y 2018 ganó el premio Letras de Ultramar en literatura infantil. En 2016 fue la escritora homenajeada de la XIII Feria del Libro de Escritoras Dominicanas (NYC).


Keiselim A. Montás (Santo Domingo, 1968). Desde 1985 vive en EE. UU., donde estudió una licenciatura y una maestría en Lengua y Literatura Castellanas. En la actualidad vive en New Hampshire y trabaja en Dartmouth College. Ha publicado cinco poemarios, dos libros de ensayo y uno de cuentos. Ha ganado el premio Letras de Ultramar en 2006 (cuento) y en 2015 (ensayo).


Centro Cultural Español de Miami
1490 Biscayne Boulevard, Miami, Fl. 33132


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